CAPÍTULO 4
A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, Júlia atravesó la puerta del instituto y saludó al conserje.
El aire fresco del exterior dio paso al característico olor a productos de limpieza.
Esa primera hora le tocaba guardia de pasillo, así que subió directamente las escaleras hacia la primera planta, donde se ubicaba el punto de control: una mesa de melamina deslucida por el uso con un ordenador presidiendo el distribuidor principal.
Tecleó su código para fichar la entrada y abrió la aplicación de gestión de guardias del centro para revisar la pantalla de incidencias.
En el listado de ausencias solo figuraba una baja confirmada: Joan, el profesor de educación física.
Júlia recordó inmediatamente la conversación que había tenido con él dos días atrás en el bar del centro educativo, cuando le confesó preocupado que su hijo pequeño no levantaba cabeza y que tendría que llevarlo temprano al PAC para hacerle una analítica completa.
—Júlia, buenos días —interrumpió una voz apresurada.
Era Maite, la cap d’estudis , que caminaba a paso ligero cargada con un fajo de carpetas bajo el brazo—.
Apunta a Xisca de catalán. Me acaba de llamar de urgencia; se le ha reventado una tubería en el baño y está esperando a que llegue el fontanero.
Llegará seguramente a segunda hora, así que cubrid su grupo.
—Anotada queda —respondió Júlia, tecleando la falta en el programa.
Pocos minutos después aparecieron por el pasillo Adela, su compañera de departamento, y Matías, el profesor de filosofía, arrastrando los pies y sosteniendo con fuerza sus tazas térmicas.
Les tocaba turno de guardia con ella, y Júlia consultó la pantalla para comprobar cómo había cuadrado las ausencias la aplicación del centro.
—Buenos días chicos, ya tenemos las sustituciones asignadas —anunció levantando la vista del monitor—. Adela, te toca cubrir la clase de educación física de Joan en tercero C. Y a ti, Matías, te ha caído la guardia de Xisca de catalán en cuarto A hasta que el fontanero le resuelva la papeleta.
—¡Lo que me faltaba! —resopló Matías con cara de pocos amigos, dando un trago corto a su café—. Se me acaba de ir al garete la única hora que tenía para terminar de redactar el examen a los de bachiller.
—Venga, Matías, no te me dramatices antes de tiempo —lo animó Júlia con una sonrisa comprensiva—. Son los de cuarto, tampoco es el fin del mundo. Los pones a trabajar en silencio y seguro que te da tiempo a preparar el examen mientras los vigilas.
—¿Pero ha dejado Xisca alguna tarea indicada para que hagan? —preguntó él, manteniendo un pequeño rayo de esperanza en la mirada.
—¿Tarea? ¡Qué va! Si la pobre ha llamado a la desesperada. Debe tener ya el agua por los tobillos —repuso Júlia encogiéndose de hombros—. Te toca tirar de repertorio e improvisar algo, filósofo.
Justo en ese momento, el timbre metálico del instituto resonó con estrépito por todos los rincones, marcando el inicio formal de las clases y una multitud de pisadas, mochilas arrastradas y murmullos de los alumnos que abarrotaban los pasillos se fue disolviendo a medida que iban ocupando las aulas.
Júlia esperó a que la marea humana se encauzara en las aulas y comenzó su ronda de inspección, asomándose a las cristaleras de las puertas para comprobar que los profesores hubieran ocupado sus puestos y todo estuviera en orden.
Al fondo del pasillo del ala norte, sin embargo, el volumen del ambiente no bajaba.
De la clase de segundo de Bachillerato salía un estruendo inequívoco de risas, sillas arrastrándose y música emitida desde algún teléfono móvil.
Júlia caminó hasta la entrada y se asomó al marco de la puerta.
Al verla aparecer, el jaleo disminuyó un par de decibelios.
—¡Buenos días, chicos! —saludó Júlia alzando la voz sobre el murmullo general.
—¡Buenos días, profe! —respondieron varios alumnos a coro con la confianza de quien ya la conoce bien después de tantos cursos.
—¿A quién tenéis a primera hora para tener montada semejante fiesta? —preguntó cruzándose de brazos y esbozando una sonrisa inquisitiva.
—¡Nos toca dibujo técnico con Fany! —contestó uno de los alumnos desde la primera fila, encogiéndose de hombros—. Pero todavía no ha venido y ya han pasado diez minutos.
Júlia dejó escapar un leve suspiro de resignación, ajustó la carpeta que llevaba bajo el brazo y dio un paso hacia el interior del aula.
—Está bien, guardad los móviles y sacad la lámina que tenéis que hacer hoy. Me quedo con vosotros de guardia hasta que llegue Fany.
El timbre que marcaba el final de la primera hora resonó en las paredes del pasillo, desencadenando el habitual cambio de aula.
Fany no había hecho acto de presencia en ningún momento, así que Júlia dio por concluida la guardia, se despidió de los chicos de la clase y bajó directamente las escaleras hacia la jefatura de estudios.
Cruzó la puerta y se encontró a Maite sepultada entre papeles, con el teléfono fijo pegado a la oreja mientras garabateaba algo en un bloc. En cuanto Maite colgó, Júlia se acercó a su mesa.
—Maite, apunta otra incidencia en la lista —dijo Júlia apoyándose en el quicio del escritorio—. Fany no ha venido a primera hora. He estado yo con los de segundo de bachillerato toda la hora.
Maite levantó la vista, arqueando una ceja con sorpresa mientras buscaba el cuadrante de horarios.
—¿Fany? Qué raro... Con lo puntual que siempre es ella, y no me ha dejado ningún aviso ni ningún mensaje a primera hora —comentó la cap d’estudis , anotando la ausencia en el registro con gesto preocupado.
—A mí también me ha extrañado —asintió Júlia ajustándose el bolso—. Los chavales decían que no sabían nada.
—Nada, me lo apunto ya mismo —sentenció Maite, alcanzando su teléfono móvil sobre la mesa—. Le mando un WhatsApp ahora mismo para ver qué le ha pasado o si ha tenido algún percance camino del centro. Gracias por cubrirla, Júlia.
—De nada, me voy volando a mi clase antes de que los míos aprovechen el cambio de hora para montarme un circo —respondió con una sonrisa rápida, encaminándose de nuevo al pasillo.
A última hora de la tarde, el aire cálido del exterior dio paso a la penumbra fresca del estudio de Pilates.
Júlia desenrolló su esterilla mientras Sacra, a su lado, se desataba las zapatillas con esa energía inagotable y risueña que la caracterizaba.
Sacra era la alegría personalizada del claustro: una andaluza de pura cepa que desembarcó en Mallorca hacia el año dos mil al ritmo de “ Yo quiero bailar” de Sonia y Selena en un alocado viaje de fin de curso de la universidad, se cruzó en una fiesta con un mallorquín y terminó echando raíces en la isla para siempre, compartiendo desde hacía cinco años instituto e intimidades con Júlia.
—Oye, Sacra, ¿a ti te ha dicho algo Fany? —preguntó Júlia en voz baja mientras se estiraba sobre la esterilla—. Me he quedado preocupada. Esta mañana no ha aparecido a primera hora y Maite me ha dicho que le iba a mandar un mensaje, pero sigue sin dar señales de vida.
—Ni un mísero pío, chiquilla —respondió Sacra arqueando las cejas mientras se recogía el pelo en una coleta alta—.
Y a mí eso me da mala espina, la verdad.
Que Fany es de las que te contesta hasta con la crema de noche puesta.
Le he mandado un par de WhatsApps a mediodía por un asunto de la comisión de extraescolares y ni siquiera ha entrado al chat. No tiene los dos checks azules puestos.
—Es muy raro en ella —asintió Júlia con el ceño fruncido—. Fany es súper meticulosa para el trabajo. Si le hubiera pasado algo con el coche o se hubiera puesto mala, nos habría avisado por grupo de las Ladys .
Ni el claustro, ni la máquina de café y ni en el bar siquiera: el verdadero santuario de Júlia, Sacra y Fany cabía en la palma de la mano. Se llamaba Ladys Institute , un chat privado que nació años atrás como la válvula de escape perfecta para desahogarse y sobrevivir a la fauna del instituto.
Allí no había sitio para la burocracia, las programaciones didácticas ni el tono formal de la sala de profesores.
Ladys Institute era un confesionario lleno de complicidad donde se compartían los cotilleos más jugosos del claustro, se criticaba con humor el último comunicado de la directiva y se enviaban memes en código secreto en mitad de las reuniones más soporíferas.
Era un espacio libre de juicios donde cualquier crisis pedagógica o personal se disolvía entre risas, notas de audio eternas y emoticonos de apoyo.
Por eso mismo, el silencio de Fany en ese grupo encendía todas las alarmas.
Que no respondiera a Maite o al correo oficial del centro podía tener una explicación burocrática, pero ignorar Ladys —el lugar al que Fany siempre acudía la primera para soltar lastre ante cualquier imprevisto— era una anomalía absoluta.
Si Fany no había dicho nada en el grupo, es que algo fuera de lo normal estaba pasando.
—Eso digo yo, mi arma —suspiró Sacra, soltando una carcajada franca para espantar el mal augurio—.
A ver si le ha dao un arrebato y se ha fugado, que la vida te cambia en un segundo.
Mírame a mí: vine pa cinco días a la playa con mis amigas, con más ganas de cachondeo que de otra cosa, me tropecé con Pep y...
¡pum! Veinticinco años después aquí sigo, dando clases de historia y casada con un mallorquín más cerrao que un candado
—Menos mal que te quedaste, porque si no a ver con quién vendría yo a Pilates a deslomarme —sonrió Júlia, contagiándose del buen humor de su amiga.
—Ni lo dudes, Júlia. Pero fuera de guasa —repuso Sacra recuperando la seriedad y dándole un toque afectuoso en el brazo—, si a la hora de cenar sigue sin contestar ni a Maite ni a nosotras, igual deberíamos llamar a alguien o enterarnos de si está en su casa. Ese silencio no pega nada con ella.
Mientras enrollaban las esterillas al terminar la clase, Sacra se detuvo en seco con una expresión de súbita claridad dibujada en el rostro. Se dio un golpe flojo en la frente con la palma de la mano, como si acabara de encenderse una bombilla en su cabeza.
—¡Chiquilla, escúchame! —soltó Sacra bajando la voz —. ¿Te acuerdas de lo que mandó Fany al grupo el jueves por la noche?
Júlia entornó los ojos, intentando rescatar entre la bruma del cansancio algún recuerdo del aluvión habitual de notificaciones.
—Entre la menopausia y las prisas en el instituto tengo la memoria a corto plazo destruida, Sacra... ¿Lo del chico nuevo?
—¡Claro, Júlia! —asintió Sacra con los ojos muy abiertos—. Dijo que estaba conociendo a un bombón de los que hacen época.
A sus veinticinco años, Fany era la benjamina del departamento de Plástica: joven, despampanante y con esa actitud libre de una chica de hoy en día que no le rinde cuentas a nadie.
Hacía justo un año que había mandado a paseo al novio de toda la vida tras descubrir que la engañaba, y desde aquel momento decidió que se había acabado el sufrir por amor.
Había cambiado por completo la banda sonora de su vida, sustituyendo las baladas dramáticas y melancólicas al estilo de “ Rosas” de La Oreja de Van Gogh por el festivo y empoderado ritmo de “ Despechá” de Rosalía.
Su nueva filosofía era clara: exprimir la vida al máximo, salir y disfrutar sin compromisos.
El chat de Ladys Institute se había convertido en su confesionario particular, el lugar donde compartía con pelos y señales cada cita, cada coqueteo y cada ligue de fin de semana.
Júlia y Sacra, desde la barrera que da la madurez y con un tono casi de hermanas mayores, le soltaban sermones y consejos llenos de prudencia que Fany, por supuesto, escuchaba entre risas para luego hacer exactamente lo que le daba la gana.
—Es verdad —recordó Júlia, frotándose la nuca mientras encajaba las piezas—. Pero esta vez no soltó casi nada de información, ¿no? Cosa rara en ella, que nos envía hasta la captura del perfil de Instagram.
—¡Eso mismo, mi arma! —prosiguió Sacra cogiendo la bolsa del gimnasio—.
De otros ligues nos hacía un informe con pelos y señales, pero de este solo soltó cuatro pincelás: que era bastante más mayor que ella, guapísimo, alto y que olía a coche caro y dinero del bueno.
Nos dijo que tenía una posición potente y que la iba a llevar a navegar en la lancha que tiene en Port Adriano, pero no largó ni el nombre, ni a qué se dedicaba, ni dónde lo había conocío.
Dijo que esta vez quería jugar al misterio para no gafarlo.
Júlia se quedó pensativa, sosteniendo la esterilla bajo el brazo. La combinación de una chica de veinticinco años, un desconocido adinerado del que nadie sabía nada y un silencio absoluto desde la noche anterior empezaba a formar un cóctel incómodo en su cabeza.
—¿Tú crees que habrá quedado con él y se le ha ido la mano en alguna la fiesta? —preguntó Júlia, mirando a su amiga con una mezcla de duda y recelo.
—Ojalá sea eso, Júlia, te lo digo de verdad —suspiró Sacra borrando por un segundo su habitual sonrisa risueña—.
Ojalá esté durmiendo la resaca en la cama de un tío guapo y millonario.
Pero que no nos haya mandao ni un mísero audio de diez segundos para presumir...
eso sí que no me huele nada bien, mi arma.