Mar de fondo CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El guardia de turno se asomó al cristal de la garita, reconoció al instante el vehículo y le dedicó un gesto de amable camaradería al conductor.

—Buenas noches. Vaya horas para salir al mar —comentó el vigilante, apoyando la mano cerca de la ventanilla con tono distendido.

—Buenas noches, Tomeu. Ya sabes que a estas horas el agua está como un plato y no hay nadie que moleste —respondió el conductor desde la penumbra del habitáculo, devolviéndole un saludo escueto pero cordial.

El guardia asintió y accionó el mecanismo.

La barrera se elevó en silencio y la furgoneta se adentró despacio por la calzada interior del puerto.

Avanzó sin prisa entre el murmullo lejano del oleaje hasta alcanzar el tramo final del trayecto, girando a la derecha al llegar al último pantalán, el rincón reservado para las embarcaciones más potentes y exclusivas de la marina.

Al fondo de la pasarela, pegada a la mismísima salida del puerto, descansaba una elegante lancha de diez metros de eslora, líneas aerodinámicas y motores fueraborda de gran cilindrada.

El conductor maniobró con precisión hasta aparcar en la plaza privada que lucía pintado el nombre de la embarcación.

Por una calculada orientación de los postes de iluminación y la perspectiva de las cámaras del recinto, esa zona concreta resultaba ser un punto ciego de visión, un ángulo muerto perfecto donde la luz no llegaba a registrar los detalles.

La puerta del conductor se abrió. Bajó un hombre vestido íntegramente de negro, con gorra calada, sudadera oscura y pantalones con bolsillos a los lados.

Con movimientos rápidos y calculados, deslizó la puerta lateral de la furgoneta y extrajo una nevera portátil, con ruedas, de gran tamaño, sosteniendo el peso con firmeza.

Subió la carga a la cubierta de la lancha, volvió sobre sus pasos para asegurar el cierre centralizado del vehículo y abordó de nuevo la nave.

En cuestión de segundos, la sombra se diluyó en la consola de mando, lista para encender motores y deslizarse mar adentro.

A diez millas de la costa, envuelto en la absoluta negrura del Mediterráneo, el hombre desacopló las marchas y apagó los motores.

El rugido mecánico se extinguió de golpe, dejando espacio al inmenso murmullo del mar meciendo el casco a la deriva y a la inconfundible voz de Frank Sinatra interpretando “My Way” a un volumen casi al mínimo.

Sin prisa, se dirigió a la nevera de a bordo, sacó una lata de cerveza helada y la abrió con un chasquido seco.

Dio un largo trago, saboreando lentamente el líquido amargo mientras disfrutaba de la brisa marina.

Con la lata en la mano, se aproximó al contenedor de grandes dimensiones que había embarcado minutos antes y retiró los cierres de seguridad.

Al levantar la tapa, lo primero que hizo fue extraer con cuidado una bolsa de plástico que reposaba en la parte superior, dejándola a un lado sobre la cubierta.

Al dirigir la mirada al fondo del arcón, la luz tenue iluminó varios bultos envueltos en tejido de lino, con evidentes manchas de sangre y atados firmemente con cuerda de yute.

Sus formas pesadas e irregulares evocaban de manera inquietante los miembros seccionados de un cuerpo humano.

Aquella elección de materiales no era casual: el lino natural y la fibra vegetal habían sido escogidos con fría premeditación para acelerar la degradación en el agua salada y permitir que la fauna marina hiciera su trabajo sin dejar un solo rastro, evitando cualquier fibra sintética que pudiera flotar o resistir al paso del tiempo.

Los contempló fijamente unos segundos, dio un nuevo sorbo a la cerveza y, sosteniendo la lata en alto como si brindara con la penumbra, pronunció con frialdad:

—Aquí nos despedimos, querida.

Sin dudarlo, agarró los paquetes uno a uno y los arrojó por encima de la borda. El impacto de la carga al hundirse en el agua negra resonó como la sentencia final de un secreto que jamás saldría a la superficie.

Una vez vacío el contenedor, conectó la manguera y limpió el interior de la nevera con una pulcritud obsesiva, aclarando y secando cada rincón hasta dejarla impoluta.

Con el compartimento listo, tomó la bolsa que había apartado al principio y vertió su contenido sobre el fondo limpio: una espectacular serviola de buen tamaño, de lomo azulado y destellos plateados, acompañada por dos magníficos déntols de escamas rojizas.

Acomodó las capturas sobre una base de hielo, encajó la tapa y regresó al puesto de mando, listo para poner de nuevo rumbo a puerto.