CAPÍTULO 2
E l pitido del despertador no interrumpió el sueño de Júlia; solo le dio permiso para dejar de fingirlo.
Llevaba desde las cuatro dando vueltas sobre las sábanas, atrapada en esa sofocante marea de calor y desvelo que la reciente menopausia le regalaba noche tras noche sin pedirlo.
A su lado, Toni respiraba con la parsimonia envidiable de quien puede dormirse en cualquier postura y bajo cualquier circunstancia.
Júlia lo miró un segundo con un destello de enojo, apartó la colcha y se sentó en el borde de la cama, esperando a que la pesadez de la falta de descanso se disipara antes de poner un pie en el suelo.
Se dirigió al baño notando que la casa aún guardaba el silencio de la madrugada.
Al encender la luz del espejo, se encontró con la imagen descorazonadora de sus párpados hinchados y esa sombra de agotamiento en la mirada que ningún corrector parecía poder disimular últimamente.
A sus cuarenta y cinco años, Júlia poseía una belleza madura, real y expresiva.
De mediana estatura y curvas favorecedoras, proyectaba una figura tan atractiva como natural, envuelta en una elegancia y calidez que la convertían de inmediato en el pilar afectivo de su entorno.
Con una risa leve y sin el menor atisbo de complejo, se recogió la ondulada melena castaña en su habitual moño desenfadado, sujetándolo con una pinza para el pelo.
Se lavó la cara con agua fría y se enfundó un vaporoso vestido de alegre estampado que acentuaba su silueta con soltura.
Le gustaba vestir bien, pero el ajetreo de la maternidad la obligaba a menudo a sacrificar esos pequeños detalles de coquetería en favor del pragmatismo, algo que ella encajaba siempre con humor.
En la cocina, la cafetera italiana comenzó a gorgotear, ofreciéndole el primer rayo de esperanza de la jornada. Fue entonces cuando la casa despertó de golpe. Las pisadas de su hijo menor por el pasillo anunciaron el fin de la tregua.
—Mamá, no encuentro la camiseta del entreno —proclamó Marc, apareciendo despeinado y a medio vestir en el marco de la puerta.
—Está en la silla de tu habitación, donde te dije anoche que la dejaras —respondió Júlia, esforzándose por mantener un tono sereno mientras se servía una taza de café.
Los típicos ruidos de su hijo al desayunar acabaron poco a poco por colmar la escasa paciencia de Júlia tras su mala noche. Al ver que el reloj no daba tregua, se giró hacia el pasillo y gritó a pleno pulmón:
—¡Pau, levántate ya o te vas a quedar tirado en la calle! ¡Como no te des prisa, vas a llegar tarde al instituto otra vez y no voy a ser yo quien te firme el justificante! —vociferó hacia las habitaciones, sintiendo cómo la garganta se le secaba por el esfuerzo.
Fue justo en ese instante de tensión cuando Toni hizo su aparición en la cocina como un auténtico bálsamo.
Sin aspavientos ni prisas, apareció luciendo su camisa recién planchada y mostrando esa tranquilidad habitual que siempre lograba calmar el hogar.
Con la empatía que lo caracterizaba, se acercó a Júlia por la espalda, la envolvió con un abrazo suave por la cintura y le depositó un beso tierno en la mejilla, dejando sus manos un par de segundos sobre sus hombros para ayudarla a destensar la carga.
—Tranquila, cariño. Déjamelo a mí —le susurró al oído —. Sé que no has pegado ojo. Tómate el café despacio; hoy me encargo yo de llevar a los chicos a clase.
En cuestión de minutos, Toni desplegó su magia cotidiana.
Con mano firme pero templada, logró que Pau bajara a trompicones con la mochila a medio cerrar, desayunara en un santiamén y acto seguido organizó la salida de la casa sin un solo reproche.
Antes de cruzar el umbral, volvió la cabeza hacia Júlia, le dedicó un guiño cargado de complicidad y afecto, y cerró la puerta dejando tras de sí un bendito silencio.
Júlia dejó salir un largo suspiro y apoyó las manos en la encimera, saboreando el brusco cambio de ritmo.
Hoy empezaba las clases a las nueve, un pequeño regalo en su horario que le concedía casi una hora entera para ella sola.
Con el altavoz de la cocina reproduciendo a bajo volumen las notas melancólicas y reconfortantes de “ El sitio de mi recreo” de Antonio Vega, fue recogiendo la mesa con una tranquilidad casi terapéutica.
Puso en marcha el lavavajillas al ritmo cadencioso de la canción y pasó por los dormitorios para abrir las ventanas y hacer las camas, dejando que la melodía y el aire fresco de la mañana disiparan los últimos restos de la pesadez nocturna.
Con la casa finalmente en orden y la mente despejada, tuvo tiempo de acabar de arreglarse, recoger sin prisas los exámenes a medio corregir que dejó la noche anterior en el cuarto de estudio y salir de casa.
Al cruzar el umbral y cerrar la puerta tras de sí, el aroma de jazmín que trepaba por la fachada de la vivienda la envolvió, otorgándole un poco de claridad mental.
Cruzó el pequeño jardín y salió a la calle tras sellar la verja de la entrada.
Al otro lado de la acera, la verja del chalé de enfrente se abría con un murmullo eléctrico para dejar salir a Iris.
Vivir en Palmanyola tenía sus ventajas. Ubicada a apenas diez kilómetros del centro de Palma y situada a medio camino entre ésta y Bunyola —pintoresco pueblo enclavado en la Serra de Tramuntana declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2011—, la urbanización debía su propio nombre a la combinación de ambas ( Palma y Bu nyola ).
Cuando los primeros chalés comenzaron a brotar allá por la década de los setenta, la zona se percibía absurdamente lejana de la ciudad (las distancias en Mallorca siempre se han medido bajo una escala propia, infinitamente mayor a la del resto del mundo).
Por aquel entonces, apenas eran modestas edificaciones de quienes se podían permitir una segunda residencia que no estuviera en la costa, y querían un entorno natural, aunque en aquella época, estaba desprovista de cualquier tipo de transporte público y servicios básicos.
Con los años, a medida que Palma crecía, Palmanyola lo hizo a su ritmo, acortando distancias y convertirse así en una urbanización a tiro de piedra de la ciudad, selecta y codiciada, equipada con supermercados, restaurantes, una farmacia e incluso una clínica veterinaria.
Las antiguas casas familiares habían ido cediendo terreno a profundas reformas o a nuevas construcciones de gran nivel.
Este era precisamente el caso de la residencia de Iris y su marido Gonzalo: un chalé de diseño suntuoso y vanguardista, de líneas sobrias, hormigón visto y enormes ventanales reflectantes que no pegaba en absoluto con la arquitectura más tradicional y sencilla del resto de las casas de esa zona de la urbanización.
Iris, a sus treinta y ocho años, parecía haber sido esculpida para encajar a la perfección en esa estética.
Exuberante, radiante y vestida con un gusto exquisito que convertía la acera en una pasarela improvisada, era el tipo de mujer que acaparaba todas las miradas sin el menor esfuerzo.
Júlia, observadora nata y dotada de una intuición afilada, la miró caminar con ese aire de seguridad.
A diferencia de Iris, Júlia representaba el contrapunto terrenal y espontáneo a la vida metódica de su vecina: frente a la excelencia y el lujo calculado del chalé de enfrente, Júlia aportaba la frescura de quien no tenía el menor reparo en admitir el caos cotidiano de su propia casa, las discusiones entre Marc y Pau o la falta crónica de tiempo para sí misma.
Aun así, entre ambas existía un afecto auténtico, libre de rivalidades.
—¡Júlia! ¡Buenos días! —saludó Iris desde el otro lado, bajándose levemente las gafas de sol para regalarle una amplia sonrisa que parecía iluminar la calle.
“Unas tanto y otras tan poco” pensó Júlia. —¡Hola, Iris! Pero qué buena cara tienes, qué envidia, de veras. Yo llevo despierta desde las cuatro —respondió Júlia acercándose al borde de la acera mientras cruzaban miradas cómplices.
—¿Otra vez insomnio? Esta menopausia no te deja tranquila.
—No te preocupes, ya te llegará... —respondió Júlia guiñando un ojo a su amiga—. ¿Qué tal todo? ¿Cómo se presenta el día?
—Bien. Tengo un par de reuniones en el despacho. A ver si termino temprano y puedo ir un ratito al gimnasio. Mi culo ha olvidado su entrenamiento militar y se ha pasado al pacifismo absoluto —dijo Iris con una carcajada que enseñaba su blanqueada dentadura.
—Oye, por cierto —comentó Júlia arreglándose la tira del bolso sobre el hombro —, hoy salgo temprano. Puedo pasar a recoger a los niños del entreno. Como esos dos son uña y carne, te quito ese peso de encima y así tú respiras un poco.
—¡Oh! Genial, muchas gracias, preciosa —dijo Iris llevándose una mano al pecho en un gesto exageradamente afectuoso que hizo sonreír a Júlia.
IES Marratxí. Marratxí
Eran las once de la mañana y la hora del recreo había transformado la sala de profesores en un ambiente espeso y ruidoso.
Con el aire impregnado de café de máquina y papel recién impreso, el departamento de Física y Química se atrincheró en la mesa del rincón para abordar la última pesadilla burocrática: el enésimo decreto educativo autonómico que obligaba a rehacer todas las programaciones.
Al frente del debate estaba Adela, la compañera que encarnaba como nadie el papel de pelota oficial y erudita autoproclamada. Vestida siempre con primorosas blusas y una carpeta llena de post-its de colores, Adela gesticulaba con aires de suficiencia mientras aireaba un borrador oficial.
—Es evidente que no entendéis la lógica del nuevo enfoque por competencias —pontificaba ajustándose las gafas con superioridad—.
El decreto exige subordinar los contenidos de toda la vida al «perfil de salida» del alumno.
Yo ya he diseñado mis unidades didácticas con una rúbrica multidimensional.
Es un concepto elemental para cualquiera que maneje un mínimo de rigor pedagógico.
Los demás profesores asentían con cara de agotamiento mental, demasiado cansados para replicar. Todos menos Júlia, cuya agudeza para detectar las imposturas y la pedantería se activó al instante.
Júlia se acercó a la cafetera, cogió el café recién servido, dio un sorbo a su vaso y observó el documento que Adela blandía como si fuera un dogma de fe.
—Adela, con todo el respeto a tu «perfil de salida», si lees el anexo del boletín oficial, verás que los contenidos no se subordinan, sino que se evalúan en paralelo según la competencia específica —replicó Júlia con total tranquilidad, apoyándose en la mesa—.
De hecho, esa rúbrica multidimensional que propones contradice la norma sobre la simplificación burocrática del profesorado.
—Eso... eso lo habrás interpretado mal tú —respondió Adela, perdiendo por un segundo su sonrisa y parpadeando con rapidez—. Las directrices de inspección son claras.
—Tan claras que el propio servicio de inspección sacó una aclaración la semana pasada rectificando ese punto por invadir competencias —prosiguió Júlia, sacando el móvil y mostrando el PDF descargado directamente de la web oficial—.
Si aplicas esa rúbrica tal como la tienes redactada, nos van a tumbar la programación en septiembre por duplicidad de indicadores.
El silencio en la sala de profesores fue absoluto.
Uno de los compañeros más veteranos soltó una carcajada disimulada tapándose la boca con la taza, mientras Adela se quedaba muda, mirando la pantalla del teléfono con los ojos abiertos de par en par, sin saber qué excusa inventar para recuperar el control de la conversación.
Júlia sonrió con suavidad, dejó el vaso vacío en la papelera y le dio una palmadita cariñosa en el hombro a su compañera, tirando de esa empatía natural que impedía que nadie le guardase rencor.
—No te preocupes, Adela. Si quieres, luego te paso mi plantilla resumida. Al fin y al cabo, la ciencia exacta no deja margen para inventar fantasías pedagógicas.
En ese instante sonó el timbre de fin del recreo y la sala de profesores empezó a vaciarse.
Júlia cogió su carpeta y su bolso para ir a la siguiente clase. De camino, la vibración de su teléfono le anunció que tenía un mensaje de WhatsApp. Lo sacó sobre la marcha y la pantalla se iluminó con una notificación letal: la habían añadido al grupo «⚓ El abordaje del Capitán Borja 🏴☠️✨».
El mensaje de bienvenida firmado por Iris era una obra maestra del estilo pijo-maternal.
Con una amabilidad empalagosa y perfecta, recordaba a las 35 mamás incluidas en la lista que, en dos sábados, el 13 de junio, celebrarían el octavo cumpleaños del rey de la casa en su «pequeña morada» —léase: la mansión futurista de enfrente—.
El dress code para los niños era, cómo no, de piratas de alta mar, y como plato fuerte del evento presumía de la instalación en el jardín de un castillo hinchable de proporciones colosales.
No pasaron ni dos segundos cuando el chat se convirtió en un campo de minas.
«¡Contad con Álvaro!», «¡Avisad si la merienda tiene frutos secos!
», «¡Qué ilusión!», acompañado de una ráfaga incesante de emojis de tartas, parches en el ojo y confeti.
Sintiendo que la cabeza le iba a estallar con cada pitido, Júlia aplicó la única maniobra de supervivencia posible: tres toques veloces en la pantalla y grupo silenciado durante un año (o para siempre, si la aplicación lo permitiera).
Guardaba el teléfono victoriosa cuando una voz severa resonó a su espalda:
—Júlia, recuerda que la normativa del centro prohíbe el uso del teléfono móvil en los pasillos... Hay que dar ejemplo.
Júlia escondió el aparato en el bolso a la velocidad de la luz, puso su mejor cara de profesora modélica y respondió con una sonrisa angelical:
—¡Tienes toda la razón, disculpa!
«Si supieras de la que me acabo de salvar, me ponías una medalla», pensó para sus adentros mientras empujaba la puerta del aula, lista para enfrentarse a veinticinco adolescentes que, en comparación con un grupo de WhatsApp de 35 mamás, parecían un remanso de paz.