Mar de fondo CAPÍTULO 1
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Mar de fondo

Mar de fondo

Por Aina Rigo

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CAPÍTULO 1

E l callejón no salía en las guías turísticas y la vieja puerta de madera, sin ningún rótulo a la vista, encerraba el secreto mejor guardado del centro de Palma.

Cruzar el umbral era entrar en un espacio en penumbra, luces bajas y cortinajes de terciopelo verde, pensado para que nadie pudiera cotillear la mesa vecina.

De fondo, una tenue melodía de jazz acústico flotaba en el ambiente a un volumen casi imperceptible, envolviendo el aire con una calidez sofisticada sin entorpecer las conversaciones.

Era un rincón hecho a medida para el anonimato, donde el verdadero lujo consistía simplemente en pasar desapercibido.

Aquel ambiente de discreción absoluta no le venía grande al local.

En las mesas más reservadas solían coincidir magnates alemanes, financieros madrileños de fin de semana, ejecutivos de paso hacia Ibiza y alguna que otra cara conocida de la música y el cine que buscaban alejarse del foco mediático.

En una isla llena de fortunas de paso y visitas breves, él era solo un cliente más de los que usaban Palma como su coto privado de caza.

En uno de los reservados, la conversación fluía a un ritmo tranquilo entre el susurro del contrabajo y las notas pausadas de un piano de fondo.

Él vestía un traje impecable pero relajado, sin la menor necesidad de ostentar nada.

Tenía una serenidad natural que imponía cierta presencia, aunque su mejor baza era una voz grave y cálida que lograba crear una complicidad inmediata.

Cada frase sonaba cercana, desenfadada y envolvente.

Frente a él, ella brillaba con la insolencia de su juventud.

Sostenía la copa de vino con soltura, mientras unos delicados pendientes de oro, con una pequeña perla en el centro, atrapaban la luz tenue de las velas y enmarcaban su rostro acentuando la armonía de sus facciones.

Un leve rubor en las mejillas delataba que semejante despliegue de atención la tenía encandilada.

El vino, un tinto de bodega privada que él había elegido sin necesidad de mirar la carta, terminaba de rematar el toque exclusivo del encuentro.

Él se inclinó un poco sobre la mesa, buscando su mirada con una sonrisa franca y distendida.

—Dime que no tienes prisa —comentó con tono cercano—. Esta noche hemos dejado el reloj en la puerta.

Ella sonrió, jugando con el pie de la copa de cristal.

—No tengo ninguna prisa —respondió con una risa suave—. Aunque confieso que el sitio impresiona un poco. Es todo demasiado secreto, ¿no?

—Esa es la gracia —admitió él, apoyando los antebrazos en la mesa—. Fuera de aquí todo el mundo va ajetreado, pero en esta mesa se está de lujo. Me gusta la tranquilidad porque así puedo prestar atención a lo que importa.

—¿Y qué se supone que es lo que importa hoy? —preguntó ella, siguiéndole el juego con la mirada.

Él se tomó un segundo, extendió la mano sobre el mantel y le rozó con suave complicidad los dedos antes de continuar.

—Descubrir si estás disfrutando tanto como yo —susurró con una sonrisa sincera—. Y comprobar si eres consciente del peligro que tienes cuando sonríes así.

—No creo que tenga ningún peligro —protestó ella de broma, inclinando la cabeza mientras el movimiento hacía oscilar el sutil brillo de la perla en su oreja, dejándose llevar por el coqueteo—. Más bien me parece que tú sabes exactamente lo que haces y que lo tienes todo estudiado.

Él dejó escapar una risa baja, encantado con la respuesta, y remató:

—Solo me estoy asegurando de que no olvides nunca esta noche