Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 50
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A las nueve menos diez del domingo diecisiete de octubre estoy sentada en la cama de mi cuarto de Tetuán con el móvil en la mano y la puerta cerrada.

Wafa duerme desde las once de la mañana.

Ha comido dos platos de tagliatelle regulares en el suelo de la cocina y se ha ido a la cama con el pijama sanitario puesto, sin ducharse, y no se ha despertado en todo el día.

De su cuarto no sale ningún ruido. Del patio de luces sale el del tercero tosiendo.

De la calle, un coche que busca sitio, despacio.

En la estantería, el rodillo de Rosa. Lavado. Seco. Con un poco de harina todavía metida en las vetas de la madera, que no sale ni con el estropajo, y que no quiero que salga.

En la pantalla del móvil, el chat de mi padre. El último mensaje, de noviembre: Has llegado bien? Sin la interrogación de abrir. Debajo, nada. Once meses de nada.

Y encima, en el registro de llamadas, las dos de diciembre.

Llamada perdida — Papá — 21:05. Domingo veintiuno.

Llamada perdida — Papá — 21:05. Domingo veintiocho.

Y después, ninguna. Ni en enero, ni en febrero, ni en marzo cuando el INE, ni en abril cuando la sala Rodalquilar, ni en julio cuando los veintiséis, ni en septiembre cuando la carpeta azul. Ninguna.

Mi padre ha oído el silencio y ha dejado el espacio. Diez meses de espacio.

Ahora me toca a mí.

•

A las nueve menos cinco miro el reloj del móvil. A las nueve menos tres. A las nueve menos uno.

No sé qué le voy a decir.

Llevo todo el día pensándolo, desde que Wafa se fue a dormir.

En la cocina, fregando la olla. En el sofá gris, con la planta enorme.

En el portal, cuando bajé a tirar la basura, que no es martes, que es domingo, y no se acaba el mundo.

Llevo todo el día buscando la frase, como buscaba la frase de los catorce a las dos de la mañana en la primera planta de Oleaje con un Bic sin tinta. Y no la encuentro.

¿Qué le digo? ¿Que me han echado? ¿Que no firmé?

¿Que llevaba dos años en una ciudad sin mar haciendo anuncios con un hombre casado que nunca me mintió?

¿Que me ascendieron con un número que no existía?

¿Que tengo el paro el veintiocho a las nueve y cuarenta en la calle Santa Engracia?

¿Que he vuelto a un cuarto sin ascensor con una grieta en el techo?

¿Que he hecho tagliatelle? ¿Que un chico de Alzira con un cactus en una caja no me va a perdonar?

No cabe nada de eso en una llamada. No cabe en un escalón.

A las nueve y dos, dejo de buscar la frase.

Me acuerdo de Álvaro en Conde Duque, con mi portátil abierto. No expliques el número. Cuéntalo. Y me acuerdo de mí en la sala de la sexta planta, diez días atrás, de pie junto a la pantalla, explicando el número por primera vez, página por página, hasta el final.

A mi padre no le voy a explicar nada. Ni le voy a contar nada.

Le voy a llamar. Y ya está.

•

A las nueve y cinco toco su nombre.

Papá.

Con mayúscula. Como me lo guardó él a los doce años, en mi primer móvil, sentado en el escalón de la oficina, apretando las letras con un dedo, como si fueran timbres.

Suena una vez.

No suena la segunda.

—¿Hija?

La depuradora.

La oigo antes que su voz. O a la vez. El zumbido grave, constante, de máquina vieja que no se rinde.

La que cambiaron el invierno que yo estaba en Bolonia y que suena igual que la vieja.

O a lo mejor soy yo, que la oigo igual. Diez meses sin oírla y la reconozco en el primer segundo, como se reconoce el olor de tu casa al abrir la puerta después de un viaje largo.

Y su voz. Un poco más ronca. Un poco más baja. La de un hombre de cincuenta y cinco años sentado en un escalón a las nueve y cinco de un domingo de octubre, con un cigarro que no fuma.

No me sale nada.

Tengo la boca abierta y no me sale nada.

Como en la sala Zahara con el reel de Faro.

Como en el baño de mármol negro con Irene.

Como en la esquina de Ramona con Diego. Tengo todo lo de estos dos años detrás de los dientes, apretado, como el agua en una botella que has llenado demasiado, y no sale nada.

Mi padre tampoco dice nada.

No me pregunta dónde he estado. No me pregunta por qué no lo he cogido en diez meses. No me pregunta qué tal Madrid ni qué tal el trabajo ni si estoy bien. No me pregunta nada. Espera. Con la depuradora de fondo. Dejándome el espacio.

Y esta vez sé que no es el espacio de la puerta de la catorce. Es el otro. El que se deja para que no te sientas obligada. El que se deja porque te quieren y no saben cómo decírtelo de otra manera.

—Papá —digo al final.

Solo eso. Con la voz rota por la mitad.

—Dime, hija.

Como si fuera cualquier domingo. Como si hubiera sido cualquier domingo todos los domingos.

Me tapo la boca con la mano. Me dejo caer hacia atrás en la cama, con el móvil en la oreja, y miro la grieta del techo. De la lámpara a la esquina. Como un río en un mapa.

—Nada —digo—. Que quería oírte.

Mi padre no dice nada durante un rato. Oigo la depuradora.

Oigo algo más, lejos, que tardo en reconocer: agua.

Olas pequeñas, muy pequeñas, de laguna, contra la orilla del camping, a cincuenta metros del escalón de la oficina.

El Mar Menor por la noche en octubre, con el viento de levante flojo. Lo reconozco como se reconoce una voz.

—Pues ya me oyes —dice mi padre.

Y me río. Con la mano en la boca, con los ojos llenos, tumbada en la cama de Tetuán mirando la grieta, me río. Y él también, un poco, al otro lado. Casi nunca se le oye reírse.

•

Hablamos veintidós minutos.

No le cuento nada. Él no pregunta nada. Me cuenta el camping.

Que los holandeses llegan el mes que viene, que Hans está bien de lo suyo, que la revisión de Utrecht salió limpia.

Que el señor Paco se ha comprado un perro que se llama Pepe y que se escapa todas las mañanas a bañarse en la laguna.

Que Chelo le ha dicho que vaya a comer los domingos y él ha ido tres.

Que Lucía tiene al crío en la guardería y que ya dice «abuelo» a todos los hombres mayores del pueblo, también a él.

Que la depuradora hace un ruido raro desde septiembre y que la tiene que mirar.

No me dice nada del dinero. No me dice nada del banco.

No me dice nada del camping que no sea el perro del señor Paco y el ruido de la depuradora.

Lo noto. Noto algo en su voz, en las pausas, algo que se calla, que se guarda para otro momento, como se guardaba la ese del cartel desde el temporal de 2019.

Pero no pregunto. Esta noche no. Esta noche le dejo el espacio a él.

Y al final, cuando ya me está diciendo que me deja, que es tarde, que mañana madruga, se para.

—Ah —dice—. Y el agua está más clara este año.

Me quedo quieta en la cama.

—¿Qué?

—El agua. La de la laguna. —Oigo que se levanta del escalón. Los pasos en la grava—. Está más clara. Se ve el fondo desde la orilla. Hacía años que no se veía. Los peces, las piedras, todo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo veo, hija. Tengo ojos. —Hace una pausa. La depuradora—. Y porque lo dice Hugo.

Hugo.

Me lo dice así, de pasada. Como me dijo en noviembre de hace dos años que había puesto una boya amarilla con una antena delante del camping. Como si fuera el tiempo.

—Viene a medir los martes —sigue mi padre—. Con los del proyecto. Mete el disco ese blanco en el agua, el de la cuerda. Dice que este año es el mejor desde que lo mide. Que todavía falta, pero que va a mejor. —Otra pausa—. Te manda recuerdos, siempre que viene.

No digo nada. No sé qué decir.

El agua está más clara. Se ve el fondo.

—Dale recuerdos —digo.

—Se los doy.

—Papá.

—Qué.

—El domingo que viene te llamo. A las nueve y cinco.

Mi padre no contesta enseguida. Oigo las olas pequeñas de la laguna. La depuradora. El viento de levante, flojo.

—Vale, hija —dice—. Aquí estaré.

Y cuelga. Como siempre. Sin despedirse del todo, porque en esta familia despedirse del todo es gastar.

Me quedo tumbada en la cama con el móvil encima del pecho. Veintidós minutos y cuarenta segundos. Miro la pantalla hasta que se apaga sola.

Y luego miro la grieta del techo, que va desde la lámpara hasta la esquina, fina, como un río en un mapa. La sigo con los ojos de un extremo a otro, varias veces, despacio.

En algún sitio, a cuatrocientos kilómetros, al final de ese río, hay una laguna cerrada donde lo que pasa fuera no llega. Donde no hay mar de fondo.

Y este año el agua está más clara.

Y se ve el fondo.