Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 49
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La furgoneta de Karim es blanca, tiene una abolladura en la puerta corredera y en el costado pone, en letras azules, KARIM EL AMRANI — ELECTRICIDAD Y FONTANERÍA, con un número de teléfono y un dibujo de un rayo que alguien pintó a mano hace años y que ya se está despintando.

Está aparcada en doble fila delante de mi portal, con los intermitentes puestos, entre la panadería de la puerta verde y el bar de las dos mesas.

Wafa está apoyada en ella, con los brazos cruzados, con una sudadera gris con capucha y las zapatillas blancas de goma de urgencias.

Karim está al volante, con la ventanilla bajada, fumando, con la radio puesta en una emisora de flamenco.

—¡La murciana! —grita Karim al verme salir del portal, igual que Diego en la Pradera de San Isidro, y la señora que sale de la panadería con una barra de pan se da la vuelta a mirar.

Me quedo en la acera con las llaves en la mano.

—¿Qué es esto?

—Una mudanza —dice Wafa.

—¿Qué mudanza?

—La tuya. —Se descruza de brazos—. Me lo ha contado Román. Lo del folio con las dos columnas. —Hace una pausa—. Bueno, no me lo ha contado. Me ha dicho que habías hecho la cuenta de tu padre. Y yo he sabido lo que salía.

—Wafa, no puedo…

—Sí puedes. —Abre la puerta corredera de la furgoneta. Dentro hay mantas dobladas, cuerdas, una carretilla plegable de las de mudanzas y una caja de herramientas de Karim—. El cuarto sigue libre. Te lo dije en julio. La chica de Salamanca se fue. No he buscado a nadie.

—Pero el estudio… el contrato… la fianza…

—Eso lo arreglas el lunes con el señor del jersey de cuello vuelto. —Wafa me mira con la mirada de tomar el pulso—. Hoy subimos cajas. Venga.

No me muevo.

Wafa se acerca. Me coge las llaves de la mano, con cuidado, como se le quita a un niño algo que no debería tener. Y me mira de cerca.

—Nerea —dice—. En octubre del año pasado te bajé las bolsas de Ikea por la escalera de Tetuán después de doce horas de turno y no te dije nada.

Porque estaba enfadada y porque pensé que te ibas a un sitio mejor.

—Se guarda mis llaves en el bolsillo de la sudadera—.

No era mejor. Era más caro. Hoy te las subo.

·

Tardamos tres horas.

No tengo casi nada. Lo mismo que traje hace un año, más cuatro cosas.

La maleta grande, la de la rueda nueva. Las dos bolsas de Ikea con la ropa de invierno.

La caja de libros. El vestido negro de la fiesta de Navidad, que me costó más que un mes de luz.

El vestido azul marino de la calle Jorge Juan.

La cafetera de cápsulas, que Karim mira con desprecio y dice que eso no es café.

El ventilador de junio. El termómetro de Wafa.

El marco con el plano de las siete y catorce.

Los folios de las dos columnas. La bolsa de tela con la taza de la ola azul y el taco de pósits.

Y el rodillo de Rosa.

Lo descuelgo el último. Las dos alcayatas se quedan en la pared de la cocina, vacías, con la marca de la pintura un poco más clara entre las dos, donde estaba el rodillo. Lo envuelvo en el jersey gordo, como llegó a Madrid. Como un bebé muy delgado.

Karim baja las cajas por la escalera de cuatro pisos silbando, de dos en dos, sin pararse ni una vez, como si fueran de cartón vacío. Wafa baja las bolsas. Yo bajo el rodillo. Y en el portal, cuando está todo en la furgoneta, subo una última vez, sola, al estudio vacío.

No hay nada. La cama de ciento treinta y cinco sin sábanas. El sofá pequeño sin manta. La mesa redonda sin folios. El techo liso, blanco, sin grieta. El silencio.

Me quedo en el medio del estudio un minuto.

No sé qué espero sentir. No siento casi nada.

Un poco de pena, pero no por el sitio. Por la chica que lo alquiló en octubre del año pasado, con un sueldo nuevo que miró tres veces, pensando que una puerta que fuera solo suya era lo mismo que un sitio donde nadie la mirara raro.

Cierro la puerta. Dejo las llaves en el buzón, en un sobre, con una nota para el casero. Le llamo el lunes. Gracias por todo. Nerea.

Bajo los cuatro pisos. En el tercero no me paro.

·

La furgoneta huele a tabaco y a cable eléctrico. Voy en el medio, entre Karim y Wafa, en el asiento de tres, con el rodillo envuelto en el jersey encima de las rodillas porque no cabe atravesado en ningún sitio.

Karim conduce por Madrid como se conduce en un pueblo, con una mano, hablando con las dos.

Me cuenta que la pequeña ya lee sola, que la mayor quiere ser bombera, que su madre, Latifa, ha dicho que el domingo que viene como en Villaverde o no me vuelve a hablar.

La radio pone flamenco. Karim canta encima, mal, con los ojos entrecerrados en los semáforos.

Wafa mira por la ventanilla sin decir nada, con media sonrisa.

Bajamos por Santa Engracia. Por Cuatro Caminos. Por Bravo Murillo. Pasamos por delante de la marquesina de la parada del 3, la de enfrente de la frutería de los carteles en árabe. Tiene un anuncio de un musical.

Me acuerdo de Iker. Del pulgar quieto. De la chica del pelo rojo apoyada en el cristal, de espaldas, sin mirar.

Me acuerdo de que eso fue hace un año y medio. Parece que fueran diez.

·

El portal de la calle que baja de Bravo Murillo sigue igual. Ladrillo de los años sesenta, cinco plantas, un portero automático al que le faltan la mitad de los botones.

Sin ascensor.

Subimos los cuatro pisos. Karim con las cajas, silbando. Wafa con las bolsas. Yo con el rodillo. En el tercero me paro a respirar. Como siempre. Como el primer día. Wafa se para también, un escalón por encima, y espera, sin decir nada.

El piso huele igual. A limpio de alguien que limpia cuando no puede dormir. La planta enorme de la esquina del salón, que ahora es más enorme todavía. El sofá gris. La cocina estrecha con la ventana al patio de luces, donde el del tercero sigue fumando. La nevera que no enfría bien la puerta.

Mi cuarto. El que da a la calle. La cama, el armario, la mesa pegada a la ventana, la estantería vacía. La luz entra de lado, amarilla, porque es octubre y el sol está bajo.

Y en el techo, la grieta. La que va desde la lámpara hasta la esquina, fina, como un río en un mapa.

Me siento en la cama. El colchón se hunde en el centro con una forma que conozco.

Wafa se apoya en el marco de la puerta, como el primer día, con los brazos cruzados.

—El agua caliente va bien —dice—. La lavadora sigue centrifugando como si fuera a despegar. El del tercero sigue fumando en el patio. La basura pasa los martes a las once y hace un ruido que parece que se acaba el mundo.

—¿Y ya?

—Y ya. —Se descruza de brazos—. Esta noche tengo turno. Entro a las nueve. Salgo mañana a las ocho y media.

—Vale.

—Si llaman al timbre, no abras. Es el del gas y no es el del gas.

Me río. Ella no, pero algo se le mueve en la cara que lo es.

Y se va a su cuarto a dormir la siesta antes del turno, sin preguntar nada. Sin preguntar cómo estoy. Sin preguntar qué ha pasado. Porque ya lo sabe todo por Román, o porque no le hace falta saberlo, o porque sabe que se lo voy a contar cuando pueda y que preguntar no sirve para nada.

Desenvuelvo el rodillo del jersey. Lo pongo encima de la estantería vacía, en horizontal, como un remo en una pared de bar de playa.

Queda ridículo. Lo dejo.

·

El domingo diecisiete, a las ocho y cuarto de la mañana, estoy en la cocina de Tetuán con las manos llenas de harina.

No he dormido mucho. Me he despertado a las seis sin alarma, como en Famara, como en todos los sitios que no son míos.

Pero esta vez no me he quedado mirando el techo.

He bajado a las siete al Mercadona de Bravo Murillo, que los domingos abre a las nueve, y estaba cerrado, y he ido a un colmado de la esquina, de los de fruta y de todo, abierto las veinticuatro horas,

con un señor de Bangladés que me ha vendido un kilo de harina de trigo y una docena de huevos y me ha preguntado si iba a hacer un pastel.

—Pasta —le he dicho.

—¿Pasta? —Se ha reído—. ¿Con eso? Eso es pastel.

—Es pasta —he dicho—. Me lo enseñó una señora de Bolonia.

Y he vuelto a subir los cuatro pisos, parándome en el tercero, y he descolgado el rodillo de la estantería.

Ahora está encima de la encimera de la cocina, que es estrecha, demasiado estrecha para estirar bien, y he tenido que apartar la tostadora y el bote de las cucharas.

He hecho un volcán de harina en el centro, como me enseñó Rosa, con las manos, un volcán con un cráter en medio.

He cascado los huevos dentro. Uno por cada cien gramos.

He batido con un tenedor, despacio, desde el centro, cogiendo harina de las paredes del volcán poco a poco, sin que se desborde.

Se me ha desbordado igual. He recogido el huevo con la mano.

He amasado diez minutos. Me duelen las muñecas. No me acordaba de que dolía.

Y ahora estiro.

Desde el centro hacia fuera. Nunca al revés. Sin prisa. El rodillo de sesenta centímetros, que es demasiado largo para esta encimera, choca contra la pared a cada pasada. La masa se me pega. Echo más harina. La masa se rompe por un lado, en el borde, un agujero pequeño.

La junto. Aprieto con los dedos. Vuelvo a empezar.

La masa sabe cuándo la estás engañando.

No la engaño. No sé hacerlo bien, pero no la engaño. La estiro despacio, desde el centro, hasta que se ve la luz de la ventana del patio a través de ella, casi transparente, amarilla, como una tela vieja.

A las ocho y cuarenta oigo la llave en la cerradura.

Wafa entra en la cocina con el pijama sanitario, las marcas de la mascarilla en la cara, rojas, recientes, los ojos cansadísimos. Se para en la puerta.

Me mira. Mira la encimera, llena de harina. Mira el rodillo de Rosa, por fin, dos años después, lleno de masa pegada. Mira la sfoglia estirada, casi transparente, con un remiendo en un lado.

—¿Qué es eso? —dice.

—Tagliatelle —digo—. Bueno. Lo van a ser.

Wafa no dice nada. Se sienta en el suelo de la cocina, con la espalda contra la puerta del horno, como aquella noche de noviembre, con las zapatillas blancas de goma puestas y las rodillas dobladas.

—¿Cuánto falta? —dice.

—Veinte minutos. Hay que dejarla secar un poco antes de cortar.

—Vale. —Apoya la cabeza contra el horno. Cierra los ojos—. Espero.

Y espera. Y yo corto la sfoglia en tiras con un cuchillo de la cocina, no muy rectas, unas más gordas que otras, y las extiendo sobre un paño limpio encima de la mesa, y pongo agua a hervir en la olla más grande que tiene Wafa, y le echo sal, un puñado, como Rosa.

Y a las nueve y cuarto de la mañana de un domingo de octubre, en una cocina de Tetuán, echo al agua los primeros tagliatelle que hago en mi vida sin que nadie me enseñe al lado.

Los como con Wafa en el suelo de la cocina, cada una con un plato en las rodillas, con mantequilla y queso rallado del Mercadona, que es lo único que hay en la nevera. Están un poco gordos. Algunos se han pegado entre sí. Uno está crudo por dentro.

Wafa se come el plato entero sin decir nada. Luego me pide otro.

—Están buenísimos —dice, con la boca llena, con los ojos cerrándosele solos.

No es verdad. Están regular. Pero en esta cocina, esta mañana, es verdad.