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El jueves catorce, a las doce del mediodía, estoy sentada en el sofá pequeño del estudio con el portátil en las rodillas y no tengo ningún sitio adonde ir.
Es la primera vez en dos años. Desde el dieciséis de septiembre de 2030, cuando bajé del AVE en Chamartín con una maleta y un rodillo envuelto en un jersey, no ha habido un solo día laborable en que no tuviera que estar en algún sitio a las diez y media.
Ahora son las doce, y no hay ningún sitio, y el estudio de Chamberí está en silencio, y en la calle se oye la panadería de la puerta verde y alguien que arrastra un carro de la compra.
Abro la página del SEPE.
Es azul y gris, como la del INE. Fea, llena de pestañas.
Tardo cuarenta minutos en entender que para pedir el paro hay que pedir cita previa, y que para pedir cita previa hay que tener una clave, y que para tener la clave hay que ir a otra página, y que la otra página no funciona los jueves por la mañana, o no me funciona a mí.
A la una y cuarto consigo una cita. Para el veintiocho de octubre.
En una oficina de la calle Santa Engracia, a quince minutos andando.
La apunto en el calendario del móvil. SEPE — 28/10 — 9:40. Debajo de Reunión cierre IJCD — 7/10 — 10:00, que sigue ahí porque no la he borrado.
No la borro.
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Por la tarde mando currículums.
Tengo la lista hecha desde septiembre, desde las noches de la hoja de cálculo, en un documento que llamé Por si acaso y que no abrí nunca hasta hoy.
Veintidós agencias de Madrid. Las cuatro grandes que dijo Gonzalo en la calle Jorge Juan y dieciocho de las veinte pequeñas.
Con el nombre de alguien en cada una, cuando lo sé.
Con una línea sobre por qué me gustaría trabajar ahí, cuando lo sé. En casi todas, no lo sé.
Escribo una carta. La reescribo cuatro veces.
En la primera cuento lo del IJCD, por encima, sin nombres.
La borro: Rocío me dijo que no pusiera nada por escrito que no hiciera falta.
En la segunda no cuento nada y parece que me he ido de Oleaje por aburrimiento.
La borro. En la tercera pongo la campaña, la frase, los premios del Anuario que firmó otro.
La borro, porque parece que me quejo. En la cuarta pongo lo que he hecho, con fechas, sin adjetivos.
Estratega. Responsable de cuenta. Dos años.
Una campaña pública de sensibilización con dos fases. Un informe que se sostiene.
Mando veintidós correos entre las cuatro y las siete.
El viernes por la mañana me contestan tres.
Las tres, entre las nueve y las nueve y veinte.
Las tres, con frases muy parecidas. Gracias por tu interés.
En este momento el puesto está cubierto.
Guardaremos tu candidatura para futuros procesos.
Una de ellas, la de una agencia pequeña de Malasaña que tiene un pato en el logo y que ni siquiera tenía ningún proceso abierto, porque lo miré, porque no había ningún puesto publicado, me dice que el puesto está cubierto.
El puesto que no existía.
Las otras diecinueve no contestan. Ni el viernes, ni el lunes, ni nunca.
A las once del viernes me escribe Román.
«¿Has mandado currículums?»
«Veintidós.»
Tarda un minuto. Lo veo escribir, parar, escribir.
«Un chico de mi productora tiene un amigo en una de las grandes. Le ha preguntado esta mañana, por ti, de pasada, sin decir nada. Dice que el martes Vergés llamó a las cuatro grandes. A las cuatro. Que no dijo nada malo. Que solo dijo tu nombre y que ya no estabas en su casa.»
Dejo el móvil en el sofá.
Lo cojo otra vez.
«Solo tu nombre», repite Román, en otro mensaje. «No hizo falta más.»
Si alguien de mi casa se va a otra, a mí me llaman antes de que le hagan el contrato. Y a los demás les pasa lo mismo conmigo.
No es una amenaza. No hay nada por escrito. Solo un hombre de pelo blanco que llama a cuatro personas un martes y dice un nombre.
Madrid publicitario es un pueblo.
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El viernes por la tarde miro la cuenta del banco.
No es una cuenta difícil. Es la cuenta que hacía mi padre con la calculadora de pilas, en la recepción, al final de la temporada. Lo que entra y lo que sale. La hago en un folio, con el Bic de Román, en la mesa redonda, en dos columnas, como la de enero, la del «basta».
A la izquierda: la indemnización, que me ingresan el lunes. La cifra con decimales. Lo que queda en la cuenta de la última nómina. El paro, que no sé cuánto va a ser ni cuándo va a llegar, porque la cita es el veintiocho y la señora del teléfono me ha dicho que luego tarda.
A la derecha: mil ciento cincuenta euros de alquiler, el uno de noviembre. Y el uno de diciembre. Y el uno de enero. La luz, el agua, internet. El abono transporte, que ya no me paga nadie. Comer.
La columna de la derecha llega hasta diciembre. La de la izquierda, hasta mediados de noviembre.
Miro el folio. Hago la cuenta dos veces. Tres. Sale igual.
No puedo pagar el estudio de Chamberí.
No es una sorpresa. Lo sabía. Lo sabía desde el martes catorce de septiembre, desde la carpeta azul encima del teclado.
Lo sabía desde abril, desde la sala Rodalquilar.
Lo sabía, a lo mejor, desde octubre del año pasado, cuando lo alquilé con un sueldo que miré tres veces porque no me lo creía.
Mil ciento cincuenta euros era mucho dinero para un sitio donde no se oye nada.
Pero saberlo no es lo mismo que verlo en un folio con tu letra, en dos columnas, con la de la derecha más larga.
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El sábado por la mañana, a las diez, entro en LinkedIn por primera vez desde el martes.
No sé para qué. Para mirar. Es lo que hace todo el mundo en esta profesión cuando está en la calle: mirar LinkedIn como se mira el mar desde la ventana de un hospital.
No miro mi perfil. No tengo ninguna notificación que no sea de gente que me pide que valide sus habilidades en Excel.
Miro el del Instituto de Juventud y Convivencia Digital.
Hay una publicación de ayer, viernes, a las cinco.
Una foto de la fachada de cristal de Nuevos Ministerios, con el cielo azul.
Un texto corto. El IJCD publica la licitación de su nueva campaña de sensibilización frente a la difusión no consentida de imágenes íntimas entre jóvenes.
En esta nueva convocatoria, el plan de medición y la verificación independiente de resultados tendrán un peso del 40 %.
Y un enlace a la plataforma de contratación del Estado.
Cuarenta por ciento. En el concurso de hace dos años era un treinta.
Leo los comentarios. Doce. Gente de agencias felicitando al Instituto por el rigor. Gente de agencias diciendo que ya era hora. Uno de un director de estrategia de una de las cuatro grandes, que dice que la medición honesta es el gran reto del sector y que desde su agencia llevan años defendiéndola.
Ninguno menciona a Oleaje.
Ninguno me menciona a mí.
Busco a Inma. Tiene perfil. Una foto sin sonreír, la misma de la web. No ha publicado nada. No ha comentado nada. No ha dado a me gusta a nada. No me ha escrito. Ni el jueves siete por la tarde, después del correo con el anexo. Ni el viernes, cuando se rescindió el contrato. Ni hoy.
No me va a escribir. Lo sé mirando su foto sin sonreír.
Inma me dio las gracias en la sala de la sexta planta, me apretó la mano una vez, y siguió con su vida.
Tiene una campaña que volver a licitar. Tiene un expediente de reintegro.
Tiene una directora general con chaqueta de tweed.
No tiene nada que decirme. No me debe nada.
Y está bien. Me lo digo en el sofá pequeño, con el portátil en las rodillas, el sábado dieciséis de octubre a las diez y cuarto de la mañana.
Está bien. No lo hice para que me escribiera.
No lo hice para que nadie me diera las gracias.
No lo hice para que la licitación nueva tuviera un cuarenta por ciento en vez de un treinta, aunque ahora que lo veo, en una publicación de LinkedIn con doce comentarios, algo en el pecho se me afloja un poco.
Lo hice porque en junio le dije que estaba verificado, y no lo estaba.
Eso es todo. Y nadie me lo va a aplaudir. Carmen me lo dijo por teléfono, en la Gran Vía de Murcia: a la que avisa no la quiere nadie.
Cierro el portátil.
En la pared de la cocina, el rodillo de Rosa. Sin polvo, desde el lunes de la abogada. Horizontal. Como un remo.
A las diez y veinte me suena el móvil. Es Wafa.
—Baja —dice—. Estoy abajo.
—¿Qué?
—Que bajes. Estoy en doble fila. —Se oye un claxon—. Y tráete las llaves, que vamos a subir cajas.