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El portátil lo tengo que devolver el jueves catorce a las diez, en sistemas, en la segunda planta.
Lo dice un correo de recursos humanos del miércoles por la tarde, a una cuenta que ya no es mía y que se cierra el viernes: Por favor, entregue el equipo informático y la tarjeta de acceso en el departamento de Sistemas. Gracias por su colaboración.
Gracias por su colaboración.
Llego a las diez menos cinco. Paloma me abre la verja desde recepción, porque mi tarjeta ya no funciona.
La probé en el lector y la lucecita se puso roja, y Paloma, que me estaba mirando por el cristal, apretó un botón y la verja hizo el zumbido de siempre.
Cuando entro, no dice nada. Me mira. Tiene las uñas otra vez sin pintar.
Subo la escalera. Por última vez, pienso, y me da vergüenza pensarlo con esas palabras, como en una película.
En la primera planta todo sigue igual. Treinta nucas iluminadas por pantallas. Ramona despegando al fondo. La pantalla gigante de la pared, sin sonido, con el anuncio del agua mineral, la chica corriendo por la playa del Cantábrico.
Mi mesa ya no es mi mesa.
Toni está sentado en ella.
No en la suya, la de al lado, la que tuvo dos años con la silla que todavía tenía el plástico en el respaldo.
En la mía. La de la ventana al jardín. Con su portátil encima, su Moleskine, su taza de la ola azul, el boli metálico.
Lleva una camisa nueva, blanca, recién planchada.
Los zapatos marrones que brillan, recién limpiados. Tiene los cascos puestos.
Me ve entrar. Lo sé porque se le quedan quietas las manos encima del teclado un segundo. Solo uno.
No levanta la vista.
Paso por detrás de él, camino de la escalera de la segunda planta. Por detrás de mi silla, que ya es la suya. Veo su pantalla. Tiene abierta la cuenta de los zumos. Una de mis dos cuentas pequeñas, la de la marca que hacía un spot al año con una granja de naranjos en Valencia.
Sigo andando. No me paro. No digo nada.
Al fondo de la planta, la sala Cantábrico tiene la puerta de cristal cerrada. Dentro está Álvaro, de pie, junto a la pizarra, con Lucas —que ha vuelto de Japón, o no se había ido, o nadie sabe— y con dos de arte, presentando algo, con un rotulador negro en la mano. Me ve pasar a través del cristal.
Levanta la mano.
No es un saludo. O no del todo. Es la mano abierta, a la altura del hombro, quieta, un segundo. Como un hombre en la ventana iluminada de una recepción de camping saludando a alguien que baja al agua sin saber que lo están grabando.
No se la devuelvo. No porque no quiera. Porque no sé qué significa. Y porque ya no me hace falta saberlo.
Él baja la mano. Se vuelve hacia la pizarra. Sigue hablando.
Es la última vez que veo a Álvaro Redondo.
·
Sistemas es un cuarto sin ventanas al fondo de la segunda planta, entre la sala Rodalquilar y el baño de la cisterna rota.
Un chico de veinte años que no he visto nunca coge el portátil, lo enchufa, comprueba algo en la pantalla, lo apaga.
Coge la tarjeta con la foto del DNI, la de la cara de haber visto un accidente.
La mete en un sobre. Me da un papel para firmar.
Lo leo entero.
Lo firmo con el Bic de Román.
Para bajar, en vez de la escalera, cojo el ascensor.
No lo he cogido nunca. Es un ascensor pequeño, al fondo del pasillo de la segunda, que se instaló cuando reformaron el palacete para las cajas del material de rodaje y para cumplir la ley de accesibilidad, y que no usa nadie porque en Oleaje la escalera es donde se ve a la gente.
Tiene las paredes de acero y un espejo al fondo, y cabe justo para cuatro personas o para dos baúles de focos.
Le doy al botón. Llega enseguida, porque no lo usa nadie.
Entro. Me doy la vuelta. Le doy al cero.
Las puertas empiezan a cerrarse.
Una mano las para.
Bea entra en el ascensor.
Lleva el traje negro de chaqueta y pantalón de la fiesta de Navidad, y el pelo recogido en la coleta tirante, y una caja de cartón pequeña en los brazos, de las de folios, como la de Diego.
Pero la de Bea no tiene cactus. Tiene un portátil, unos libros, una taza de la ola azul y una foto enmarcada boca abajo.
Se muda. A la tercera planta. Hoy.
Me ve. Se para un segundo en el umbral. Luego entra. Se pone a mi lado, mirando hacia las puertas. Le da al botón del tres. Yo ya le he dado al cero. El ascensor tiene que decidir.
Las puertas se cierran. El ascensor baja. Primero al cero, porque le he dado yo antes.
No decimos nada. En el espejo del fondo estamos las dos, una al lado de la otra, de espaldas a él, reflejadas, como en el baño de mármol negro del hotel de la Castellana con Irene. Bea con su caja. Yo con mi bolsa de tela vacía.
Segunda planta. Primera.
—Gonzalo lo sabía desde el lunes —dice Bea.
No me mira. Mira las puertas.
—Lo sé —digo.
—No. No lo sabes. —Bea tiene la caja apoyada en la cadera—. Crees que lo sabes. Crees que se lo dije yo. Llevas una semana pensando que fui yo.
No contesto. Porque es verdad. Lo he pensado. Lo he pensado mucho, a las cuatro de la mañana, con el techo liso del estudio encima.
—Se lo dijo Toni —dice Bea.
El ascensor se para en la planta baja. Las puertas no se abren todavía. Hay un segundo en que el ascensor se queda quieto, con las dos dentro, con un zumbido.
—El lunes por la mañana —sigue Bea, con la misma voz de siempre, la de los ladrillos—.
Subió a la tercera. Sin pedir cita. Se lo contó todo a Gonzalo.
Lo del export, lo de tu hoja, lo de las cinco páginas.
Que te había visto trabajando en ello en tu mesa el jueves.
Que llevabas meses. —Hace una pausa—. Gonzalo me llamó a mí después.
Por eso te llamé el miércoles. Por eso las nueve.
Las puertas se abren.
El vestíbulo de la planta baja. El sofá de terciopelo mostaza. El neón rosa en la pared, encendido aunque sea de día: NADIE SE ACUERDA DEL SEGUNDO. Paloma en recepción, de espaldas.
No salgo.
—¿Por qué me lo cuentas? —digo.
Bea mira el neón rosa a través de las puertas abiertas.
—Porque se va a quedar en tu mesa —dice—.
Y se va a llevar tus cuentas. Y dentro de dos años, si se porta bien, se va a quedar en la mía, cuando yo suba otra vez o me vaya.
—Se encoge un poco de hombros, con la caja—.
Y porque yo, a los veinticuatro, habría hecho lo mismo que él. Y quería que alguien lo supiera.
Me mira por fin. Con los ojos grises del Mar Menor un día de levante.
—Yo lo firmé, Nerea.
Lo dice como una cosa que lleva once años sin decir en voz alta y que ahora dice en un ascensor que no usa nadie, con una caja de cartón en los brazos, el día que sube a la tercera planta.
—Lo firmé. En 2021. Y lo volví a firmar en septiembre del año pasado, el informe de la fase 1, con tu página verde dentro.
Y en marzo. Y en abril. Y este lo habría firmado yo si tú no hubieras estado.
—Hace una pausa—. Y no me arrepiento. Eso es lo que te quería decir.
Que no me arrepiento. Que tengo treinta y cinco años y una dirección general adjunta y una caja con una foto boca abajo, y que no me arrepiento.
No dice más.
Y yo la miro, en el ascensor de acero, con el espejo detrás, y veo que es mentira. No lo que dice. Lo que dice es verdad: no se arrepiente. Lo que es mentira es que eso sea lo que me quería decir.
Salgo del ascensor.
Me doy la vuelta en el vestíbulo, delante del sofá mostaza, debajo del neón.
Bea está sola en el ascensor, con la caja. Le da otra vez al botón del tres, aunque ya está marcado. Las puertas de acero empiezan a cerrarse, despacio, con un zumbido, desde los dos lados hacia el centro.
Y en el último momento, en el hueco que queda, antes de que se junten, la veo reflejada en el espejo del fondo. De espaldas a mí. Sola. Con la caja. Mirándose.
Las puertas se cierran.
El ascensor sube.
Me quedo en el vestíbulo mirando las puertas de acero cerradas. Encima, una lucecita roja con un número que cambia. Uno. Dos. Tres.
Se para en el tres.
—Nerea —dice Paloma, desde recepción.
Me giro.
Paloma me mira. Tiene las manos quietas encima del teclado, con las uñas sin pintar. Detrás de ella, en la pared, el neón rosa: NADIE SE ACUERDA DEL SEGUNDO.
—Yo sí —dice.
Y vuelve al teclado.
Salgo al jardín. Cruzo entre las dos palmeras. La verja hace el zumbido. Estoy en la calle Zurbano.
No me doy la vuelta.