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El miércoles trece de octubre, a las siete de la tarde, Diego está en la acera de la calle Zurbano con una caja de cartón en los brazos.
Lo veo desde la verja, entre las dos palmeras.
Yo salgo con la mochila y una bolsa de tela con lo poco que tenía en la mesa: la taza blanca de la ola azul, que me han dicho que me puedo llevar; el taco de pósits amarillos, que no es mío pero que nadie va a echar de menos; el marco con el plano de las siete y catorce,
que tuve dos años en la mesa, apoyado en la pantalla, y que nadie me preguntó nunca qué era.
Diego está parado en la acera, delante de la placa de latón pequeña.
Tiene la caja apoyada contra el pecho. Una caja de las de folios, sin tapa.
Dentro se ve una taza igual que la mía, un cargador enrollado, una planta pequeña en una maceta de plástico, un cactus, y la carpeta del presupuesto, la que no soltaba en Famara ni para dormir.
No se va. Me está esperando.
Salgo por la verja. Me paro delante de él. Hay un metro de acera entre los dos, el mismo metro de sofá gris que había en Conde Duque la primera noche.
—Diego.
No contesta enseguida. Me mira. Tiene la cara cansada, las gafas un poco torcidas, la camisa de cuadros remangada como el primer día en la esquina de Ramona, cuando me dijo que no le diera al capuchino.
—Esta mañana me ha llamado Gonzalo —dice—. A la tercera planta. Primera vez en cinco años.
—Me ha preguntado por el export. —Diego tiene la voz muy baja, muy tranquila, y es lo peor, la tranquilidad—.
Por qué había bajado yo, en marzo, con mi usuario, los datos en bruto de todas las plataformas de la cuenta del IJCD.
Todos. De las dos fases. Treinta y ocho archivos.
Tenía una lista. Con las fechas y las horas.
—Diego…
—Le he dicho la verdad. Que me los pediste tú. Para cuadrar. —Se sube las gafas con un dedo, con la caja apoyada en la cadera—. Y me ha mirado. Con esa cara que tiene, que no se sabe de qué color son los ojos. Y me ha dicho: «Ya». Solo eso. Ya.
La señora de noventa años de la verbena de la Paloma. El «ya» de la plaza de la Paja. El mío, el de él. Todos los «ya» de estos dos años, y ahora este, en la boca de Gonzalo, en la tercera planta, con el velero gris del cuadro detrás.
—No sabía nada —digo—. Tú no sabías nada. Eso es lo que te iba a proteger. Si no sabías nada, no podían…
—¿Proteger?
Diego se ríe. Una risa corta, rota, que no le he oído nunca. No es la del bar de Nuevos Ministerios ni la de la gorra de chulapo en la Pradera. Es otra.
—Me han echado, Nerea.
—Nos han echado a los dos. A los cuatro. Por la cuenta. No por el export. La carta dice…
—Ya sé lo que dice la carta. —Deja la caja en el suelo, en la acera, junto a la placa de latón—. Me la sé de memoria. Causas productivas. Veinte días por año. Cinco años. La cifra con decimales. —Se endereza—. No es la carta. No me importa la carta.
—Entonces…
—¿Tú sabías que esto me llevaba por delante?
Lo dice mirándome a los ojos. Sin gritar. Con las manos vacías colgando a los lados.
No contesto.
Y mi silencio es la respuesta. Lo sabemos los dos.
Lo sabe él antes de que yo abra la boca, porque me conoce, porque lleva dos años leyéndome la cara en la esquina de Ramona mejor que nadie en este palacete, mejor que Álvaro, que nunca preguntaba.
Porque me vio en el Cantábrico cuando Álvaro escribió mi frase en la pizarra.
Porque me sirvió agua en vez de vino. Porque me vio salir del agua de Famara con el pelo mojado a las seis y cuarto.
—Lo sabías —dice.
—Lo pensé.
—Lo sabías. —Asiente—. Lo sabías en marzo, cuando me pediste el export. Lo sabías en mayo, en el piso, cuando brindé con el cava de mi padre y dije que ahora ya no me podía quedar sin trabajo en treinta años. Estabas sentada en la caja de cocina. Me miraste. Me acuerdo de tu cara.
No digo nada.
—Y lo sabías el jueves pasado, a las nueve de la mañana, cuando subiste a la tercera planta.
—Se le quiebra un poco la voz al final, y la aprieta—.
Y no me dijiste nada. Nada. Ni el jueves, ni el lunes que me dijiste «luego te cuento», ni en ocho meses.
Me dejaste firmar una hipoteca a treinta años sabiendo que tenías un pendrive con mi nombre en la cabecera de treinta y ocho archivos.
—No era tu nombre. Era tu usuario. Era…
—Nerea.
Me callo.
Diego me mira. Y en su cara, por primera vez en dos años, no hay nada que me cuide.
No hay agua en vez de vino. No hay mandarina pelada en espiral.
No hay café con la leche que no es de Carla.
No hay «cuídate». Hay un hombre de veintiocho años con una caja de cartón en el suelo y un cactus dentro, en una acera de Chamberí, a las siete de la tarde de un miércoles de octubre.
—No me importa que no firmaras —dice—. Te lo digo de verdad.
Me parece bien. Me parece de puta madre, fíjate.
Me parece lo más valiente que he visto en esta agencia en cinco años.
Si me lo hubieras contado en marzo, a lo mejor te habría dicho que no lo hicieras.
O a lo mejor te habría dicho que sí. No lo sé.
—Se encoge de hombros—. Nunca lo vamos a saber. Porque no me lo preguntaste.
—Quería protegerte.
—No. —Diego niega con la cabeza—. Querías no tener que verme la cara cuando te dijera lo que pensaba. Que no es lo mismo.
Se me cierra la garganta.
Y tiene razón. Esa es la parte que no puedo aguantar, de pie en la acera, delante de la placa de latón, con la bolsa de tela y el marco de Hans dentro.
Tiene razón. Decidí por los dos. Decidí lo que podía saber y lo que no, por su bien, sin preguntarle.
Como mi padre con mi madre, durante años.
Como Álvaro en la sala de la sexta planta, con mi historia, sin decir mi nombre.
Me pareció cariño. Lo era. Pero no solo.
—Lo siento —digo.
Diego no contesta.
Se agacha. Coge la caja del suelo. Se la apoya en la cadera. El cactus se tambalea en su maceta de plástico.
—Lorena me ha dicho que te dé las gracias —dice, mirando la acera—. Por lo de no firmar. Le parece muy bien. A ella le parece todo muy bien. Esta noche llora en el sofá con la mantita y mañana me dice que ya encontraremos algo. —Se sube las gafas con el dedo—. Yo no te doy las gracias.
—Diego.
—No, Nerea. Hoy no. —Echa a andar hacia Alonso Martínez. Se para a los dos metros. No se gira—. A lo mejor otro día. A lo mejor no.
Y se va por la calle Zurbano con la caja en la cadera, con el cactus asomando, con la camisa de cuadros remangada, sin darse la vuelta.
Igual que se fue calle de Toledo arriba en la verbena de la Paloma, entre las guirnaldas.
Solo que esta vez no hay guirnaldas, ni organillo, ni señora de noventa años.
Solo los árboles de Chamberí con el tronco pintado de blanco y las hojas empezando a caer.
Lo miro hasta que dobla la esquina.
·
Me quedo en la acera. No sé cuánto tiempo.
El trabajo no me duele. Eso es lo raro. Lo pienso ahí, delante de la placa de latón pequeña que dice OLEAJE, con la bolsa de tela en la mano.
No me duele el sueldo casi doble ni el contrato indefinido ni el estudio de mil ciento cincuenta euros.
No me duele la dirección de estrategia que no voy a tener, ni la mesa de Bea, ni una segunda comida en la calle Jorge Juan.
No me duele Gonzalo diciendo mi nombre en el Cantábrico.
No me duele el pueblo donde todo el mundo conoce a todo el mundo y donde a mí ya no me va a llamar nadie.
Me duele un cactus en una maceta de plástico, tambaleándose dentro de una caja de folios, doblando la esquina de Alonso Martínez.
Me duele más que todo lo demás junto. Y no hay nada escrito en ningún sitio que diga cuánto vale eso. No hay anexo con una cifra con decimales. No hay reintegro.
Echo a andar hacia el estudio. Diez minutos. Esta vez los ando.
En el portal, antes de subir, abro el chat con Diego. El último mensaje es el mío, de mayo, en la boca del metro de Oporto: «Gracias por invitarme. El piso es precioso». Y debajo, nada. El mensaje largo que escribí y borré letra a letra con el pulgar quieto encima de la flecha.
Escribo: «Lo siento. Tenías que haberlo sabido. Tenía que habértelo dicho yo.»
Lo leo dos veces.
Lo mando.
Las dos rayitas se ponen grises. Una. Dos.
No se ponen azules. Ni esa noche ni la siguiente.