45
El viernes ocho voy a Oleaje a las diez y media, como siempre, porque no sé qué otra cosa hacer.
Paloma levanta la vista cuando entro. Hoy lleva las uñas sin pintar. Es la primera vez en dos años que se las veo así, cortas, de su color.
—Buenos días, Nerea.
No dice nada más. Pero no vuelve al teclado enseguida. Me mira subir la escalera hasta que doblo el primer tramo.
La planta está llena y está callada. No es el silencio de Gonzalo, el de los grillos que teclean más fuerte.
Es otro. Es el silencio de un sitio donde todo el mundo sabe algo y está esperando a que alguien lo diga primero.
Nadie me mira cuando entro. Y nadie deja de mirarme mientras cruzo la sala hasta mi mesa, junto a la ventana.
Bea no está. Su silla está metida debajo de la mesa y el portátil no está.
Álvaro está al fondo, con los cascos. No levanta la vista.
Toni está en su mesa, al lado de la mía. Cuando me siento, se levanta. Coge la Moleskine. Se va a la sala Zahara y cierra la puerta.
Diego no ha llegado. Diego llega siempre a las diez y cuarto.
A las once llega. Deja la mochila en su mesa. Me mira. Tiene la cara de alguien que ha dormido mal y no sabe por qué. Se acerca.
—¿Qué pasa? —dice, bajito—. Todo el mundo está rarísimo. Carla no me ha dado ni los buenos días.
Y yo, que ayer a las diez y cuarenta y ocho me senté en una silla de plástico en el vestíbulo del IJCD con las manos quietas, que no me temblaron, abro la boca y no sale nada.
—Luego te cuento —digo.
Diego me mira un segundo más.
—Vale —dice.
Y se va a su mesa.
·
El correo del IJCD llega a las doce y veinte.
No me llega a mí. Llega a Gonzalo, con copia a Bea.
Lo sé porque a las doce y veintidós Bea baja de la tercera planta, donde ha estado toda la mañana, y cruza la sala hasta la sala Zahara, donde está Toni, y entra, y cierra.
Y a las doce y veinticinco, Carla, que sabe todo antes de que pase, se levanta de su mesa y va a la esquina de Ramona con el móvil en la mano, y dos de cuentas la siguen, y los tres miran la pantalla con las cabezas juntas.
No necesito leerlo. Lo leo igual, a las doce y cuarenta, cuando Diego me lo reenvía desde su móvil sin ningún comentario, porque alguien se lo ha reenviado a él.
Es corto. El Instituto de Juventud y Convivencia Digital comunica a Oleaje Comunicación, S.
L., que, a la vista de la documentación recibida el siete de octubre, suspende con carácter inmediato el procedimiento de renovación del acuerdo marco.
Que ha dado traslado de la documentación a sus servicios jurídicos para la apertura de un expediente de reintegro de las cantidades abonadas en función de indicadores no acreditados.
Que se reserva cualesquiera otras acciones que pudieran corresponder.
Y que, conforme a la cláusula veinte del pliego, resuelve el contrato de la fase 2 en lo pendiente de ejecución.
Lo firma la directora general. La de la chaqueta de tweed. No Inma.
Inma no aparece en ningún sitio. Ni en copia.
Leo el correo dos veces, en mi mesa, junto a la ventana, con la piscina azul del jardín abajo. Resuelve el contrato. Reintegro. Servicios jurídicos. Todo en esas frases largas de los pliegos, frases que no tienen sujeto, que no tienen cara, que no se sabe quién ha decidido nada.
Nadie hace nada. Todo pasa.
Me lo enseñó Bea. Ahora lo hace el IJCD.
Diego me mira desde su mesa. Tiene el móvil en la mano. No me escribe nada.
·
El fin de semana no sale nadie de la agencia del grupo de trabajo. El chat del IJCD, el de Bea, Álvaro, Diego, Maite, Lucas y yo, se queda quieto desde el viernes a las doce y cuarenta. Nadie escribe. El último mensaje es mío, del jueves por la mañana, a las ocho y media: «Voy para allá».
El sábado Román viene al estudio con naranjas y no dice nada. Se sienta conmigo en el sofá pequeño y ponemos una película francesa que ninguno de los dos entiende y nos la vemos entera.
El domingo Wafa me llama a las nueve y cinco. No sé si lo hace a propósito, la hora. Creo que no. Me dice que tiene libre el sábado que viene. No me pregunta nada. Le digo que vale.
A las nueve y cinco del domingo, en el sofá, con el móvil en la mano después de colgar a Wafa, abro el chat con mi padre. Has llegado bien? Noviembre.
No escribo nada. Todavía no.
·
El lunes once, a las diez y media, hay un sobre blanco encima de mi teclado.
No es la carpeta azul. Es un sobre blanco, alargado, con el logo de la ola en la esquina, con mi nombre escrito a mano en la cara. Nerea Baresa Escalante. Con los dos apellidos. La letra de la chica de recursos humanos que me dio la tarjeta con la foto del DNI el primer día.
Lo abro en mi mesa. Es una carta de dos páginas. La leo entera, como me enseñó Bea.
Por causas productivas y organizativas, derivadas de la pérdida de la cuenta del Instituto de Juventud y Convivencia Digital, que representaba un porcentaje significativo de la facturación de la empresa y cuyo equipo de trabajo queda sin actividad, Oleaje Comunicación, S.
L., procede a la extinción de mi contrato de trabajo con fecha de efectos del día trece de octubre.
Me corresponden veinte días de salario por año trabajado.
Llevo dos años y un mes en la casa, contando el contrato formativo.
Hacen la cuenta en un anexo. Una cifra con decimales que miro tres veces, como miré el sueldo nuevo hace un año, para comprobar que no he leído mal un cero.
No he leído mal. No tiene ningún cero de más.
Perder la cuenta es verdad. Es la verdad exacta. Oleaje ha perdido la cuenta del IJCD. El equipo de la cuenta se queda sin trabajo. Nadie puede decir que la carta mienta.
Nadie hace nada. Todo pasa.
Me acuerdo de Rocío, en el entresuelo de Bravo Murillo, encima de la tienda de colchones.
Te pueden despedir de muchas formas que parecen legales.
Le hago una foto a la carta con el móvil.
Se la mando. Contesta a los diez minutos: Guárdala.
No firmes nada más que el recibí. Pon «no conforme» al lado. Ven el miércoles.
Firmo el recibí con el Bic de Román. Al lado pongo «no conforme», en letra pequeña, redonda.
·
No soy la única.
Eso lo sé a las once, cuando miro alrededor. Hay otros tres sobres blancos en la planta.
Uno en la mesa de Julián, el de medios, un chico de Burgos de treinta años que compraba los espacios de la programática de la cuenta del IJCD y que no ha hablado conmigo más que tres veces en dos años. Está leyendo la carta con la mano en la boca.
Otro en la mesa de Elvira, la planificadora, que llevaba la acción en institutos y el podcast de la psicóloga.
Tiene treinta y cuatro años y dos niños.
La he visto llorar en el baño de la segunda planta una vez, en febrero, por algo de su casa.
Ahora no llora. Mira la carta como se mira una multa de aparcamiento.
Y otro en la mesa de Diego.
Diego no está en su mesa. El sobre está ahí, blanco, encima del teclado, con su nombre escrito a mano. Diego Sanchis Ferrer.
Miro alrededor. Diego está en la esquina de Ramona, de pie, con el móvil en la oreja, de espaldas a la sala. Habla bajo. Con alguien de su casa, o del banco, o con Lorena, que a esta hora está en clase con veinticuatro niños y no puede coger el teléfono. No sé. Todavía no ha visto el sobre.
Y en la sala Zahara, detrás del cristal, con la puerta cerrada, Bea está sentada con Toni. Le está enseñando algo en el portátil. Toni asiente. Apunta en la Moleskine.
No hay sobre blanco en la mesa de Toni.
Me entero a las doce, por Carla, que se lo dice a Sonia en la esquina de Ramona lo bastante alto como para que lo oiga media planta: Bea ha conseguido que Toni se quede.
Con un contrato nuevo. Con las otras cuentas que llevaba Nerea, las dos pequeñas, la de una marca de zumos y la de un museo.
Porque Toni no estaba en la cuenta del IJCD, dice Carla, estaba en formación.
Porque Toni tiene mucho futuro, dice Carla que ha dicho Bea. Porque Toni se ha portado muy bien.
Si me porto bien.
Me quedo en mi mesa con el sobre blanco abierto encima del teclado y el Bic de Román en la mano.
Y pienso, por primera vez con palabras, en lo que pensé el miércoles por la noche en el sofá del estudio y me negué a pensar entero.
Un portátil abierto diez minutos. Vietnam en la primera fila.
dsanchis@oleaje en gris en la cabecera. Un chico de veinticuatro años con los cascos puestos que no me miró en toda la mañana.
Y Gonzalo, que lo sabía desde el lunes.
No lo sé. No tengo ninguna prueba. No hay nada por escrito. Aquí nunca hay nada por escrito.
Pero lo sé como se sabe el frío del agua antes de meter el pie.
·
A las doce y cuarto, Diego vuelve de la esquina de Ramona. Guarda el móvil en el bolsillo. Llega a su mesa.
Ve el sobre.
Se queda de pie mirándolo. No lo coge. Lo mira un rato largo, con las manos colgando a los lados del cuerpo.
Luego lo coge. Lo abre. Lee. Pasa a la segunda página. Lee el anexo, la cifra con decimales.
Levanta la vista.
Y me mira a mí.
No a Bea, que está en la sala Zahara detrás del cristal. No a Gonzalo, que está en la tercera planta. No a Álvaro, que está al fondo con los cascos puestos, sin levantar la vista, sin sobre blanco en su mesa, porque Álvaro no firma nada y no cae nunca. A mí.
Y en su cara, mientras me mira, veo cómo lo entiende.
Poco a poco. Como sube la marea por la orilla sin que la veas moverse.
Todo el mundo rarísimo desde el viernes.
Carla sin darle los buenos días. El correo del IJCD que alguien le reenvió.
La reunión del jueves, a la que fui yo y no él.
El export. El export para cuadrar, que él me bajó un lunes de marzo con su usuario, sin preguntar para qué.
Diego me mira. Yo lo miro.
No dice nada.
Dobla la carta en tres, despacio, por las mismas marcas.
La mete en el sobre. Se guarda el sobre en el bolsillo de atrás del pantalón.
Se sienta en su silla. Y se queda mirando la pantalla apagada de su portátil durante una hora entera, sin tocar el teclado, sin moverse, hasta que llega la hora de comer y se levanta y se va sin decir nada a nadie.
Ese día no vuelve.
Mi último día es el miércoles. El suyo también.