Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 44
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El jueves siete de octubre, a las nueve menos cinco de la mañana, subo por primera vez en dos años a la tercera planta de Oleaje.

La escalera sigue más allá de la segunda, donde están las salas con nombre de playa.

Nunca la había subido. El último tramo es más estrecho, con la barandilla de madera oscura y las paredes forradas de fotos enmarcadas: premios, campañas viejas, Gonzalo con un señor que creo que fue ministro, Gonzalo de joven con un hombre mayor que se le parece mucho,

en la puerta de un bajo de la calle Ferraz con dos mesas y un teléfono. El padre. 1981.

Arriba hay un pasillo corto con moqueta gris y una sola puerta al fondo, abierta.

Llevo en la mochila las cinco páginas de Román, seis copias grapadas, y el pendrive con forma de pez en la funda del móvil. Llevo el vestido azul marino de la comida de la calle Jorge Juan, porque no tengo otro que no sea negro. Llevo el Bic de Román en el bolsillo. No he dormido.

—Pasa, Nerea.

El despacho de Gonzalo es más pequeño de lo que pensaba.

Una mesa de madera antigua, sin nada encima salvo un teléfono y una lámpara de latón.

Dos sillas de cuero delante. Una estantería con libros de arte.

Una ventana grande al jardín de atrás, a la piscina azul, que desde aquí arriba parece un rectángulo de agua de juguete.

Y en la pared, un solo cuadro: una marina, un velero en un mar gris con el cielo encapotado, de los que se compran en subastas.

Gonzalo está de pie junto a la ventana. Traje gris. Sin corbata. El reloj de oro.

Bea está sentada en una de las dos sillas de cuero. No me mira.

Encima de la mesa, en el centro exacto, hay dos folios. El certificado. Ya lo conozco. La línea negra. Mi nombre debajo, mis dos apellidos. Y al lado, en paralelo al borde del papel, perfectamente alineada, una pluma estilográfica negra con el capuchón puesto.

—Siéntate —dice Gonzalo.

No me siento.

Gonzalo me mira. No dice nada. No me pregunta por qué no me siento. Se queda junto a la ventana con las manos en los bolsillos, esperando, como esperaba Álvaro en la puerta de la catorce. Dejándome el espacio. Que sea idea mía.

Me acerco a la mesa. Miro el certificado. Miro la pluma.

—No lo voy a firmar —digo.

No me tiembla la voz. Me sorprende. La tengo preparada desde las cuatro de la mañana, cuando dejé de intentar dormir, y creía que al decirla me temblaría, y no. Sale igual que salió «basta» en Conde Duque. Como se dice algo que ya estaba dicho.

Gonzalo no se mueve.

Bea tampoco.

Pasan cinco segundos. Diez. En el jardín, abajo, alguien pasa una red por la piscina.

—Bien —dice Gonzalo.

Solo eso. Bien. Como quien apunta un dato. Saca una mano del bolsillo, coge la pluma de la mesa, la mira un momento y se la guarda en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego coge el certificado y se lo da a Bea, que lo mete en la carpeta azul sin mirarlo.

—Inma Vilches espera a la firmante del certificado a las diez —dice Gonzalo—.

Está en el contrato. Si no vas, se pregunta por qué.

—Se coloca el cuello de la chaqueta—. Así que vas a ir.

Con Beatriz y con Álvaro. Y Beatriz explicará que el certificado se enviará firmado en los próximos días, por una cuestión de revisión interna.

Me mira.

—Y tú no vas a decir nada, Nerea. Porque no tienes nada que decir. Eres la responsable de la cuenta y estás revisando. Es lo que eres. Es lo que has pedido. Rigor.

No lo dice como una amenaza. Lo dice como decía lo de su hija en Londres, lo de su padre en el hospital. Con la voz baja y tranquila de alguien que nunca ha tenido que levantarla.

—El taxi está abajo —dice.

Y se vuelve hacia la ventana, hacia la piscina de juguete, hacia el velero gris del cuadro. Y ya no dice nada más.

·

En el taxi vamos los tres. Bea delante, con el taxista. Álvaro y yo detrás, cada uno en una ventanilla, con el hueco del medio vacío entre los dos.

Álvaro no me mira. Mira por su ventanilla. Castellana arriba. El tráfico de las diez menos cuarto. Lleva el abrigo de paño gris y la pulsera de Menorca. No ha dicho una palabra desde que me ha visto bajar la escalera de la tercera planta. Ni hola.

Bea mira el móvil. Escribe algo. Lo borra. Escribe otra cosa.

Nadie habla. El taxista lleva la radio puesta, muy baja, en una emisora de noticias.

Hablan del tiempo. Una borrasca en el Atlántico, lejos, que no va a llegar a la península pero que va a traer mar de fondo al Cantábrico y a Canarias el fin de semana.

Precaución en las playas del norte. Aunque haga sol.

Me río. Muy bajo. Sin querer. Álvaro gira la cabeza un poco al oírme. No dice nada.

·

La sala de la sexta planta es la misma de siempre. La mesa ovalada de melamina gris. Las sillas con ruedas. La ventana al edificio de enfrente donde la gente trabaja en el espejo. El reloj de estación en la pared. Clic.

Inma está sola. Como en junio de hace un año. Jersey granate de cuello alto, porque ya es octubre. Las gafas de leer colgadas del cordón. El cuaderno de tapas negras con el boli encima, en paralelo al borde, alineado.

—Nerea —dice al darme la mano. Y me mira un segundo más, como la primera vez—. Beatriz. Álvaro.

Nos sentamos. Bea al lado de Inma, donde me sentaba yo. Álvaro al fondo, con la silla un poco separada. Yo en la otra punta.

Empieza Bea. El cierre de la fase 2. Los spots de Antes.

La acción en institutos. El podcast con la psicóloga, que ha tenido más escuchas de lo previsto.

Las piezas que más han funcionado en redes.

Habla bien. Habla como habla Bea, ladrillo a ladrillo.

Pone la presentación en la pantalla. Llega a la diapositiva del alcance.

La del verde. La del once coma ocho en grande, en una página para él solo.

—En exposición —dice Bea—, la fase 2 alcanza una cobertura prácticamente total del público objetivo, con un alcance único acumulado de…

—Perdona, Bea.

Me oigo. No sé cuándo he decidido hablar.

A lo mejor en el taxi, con la borrasca del Atlántico.

A lo mejor en el despacho de la tercera planta, cuando Gonzalo se guardó la pluma.

A lo mejor a los veinte años, en un barco de La Manga, con el boli en la mano.

A lo mejor en la marquesina de Bravo Murillo, con una chica de pelo rojo apoyada en el cristal, de espaldas, sin mirar.

Bea se para. Se gira hacia mí. Tiene la cara quieta, blanca, sin nada.

Inma me mira.

—¿Sí, Nerea?

Me levanto. No sé por qué me levanto. Me levanto como se levantó Álvaro en noviembre de hace dos años, y rodeo la mesa, y me paro junto a la pantalla, al lado del once coma ocho en verde.

No me siento en el borde de la ventana. No hablo bajo para que se inclinen. No hago nada de lo que me enseñó él.

Esta vez sí explico el número.

—Ese número no es verdad —digo.

Silencio. El reloj. Clic.

—En España hay siete millones cuatrocientas mil personas de quince a veintinueve años.

Según el INE, a uno de enero. —Saco las copias de la mochila.

Le doy una a Inma. Dejo otra en la mesa, delante de Bea.

La tercera, delante de la silla vacía de Álvaro, que no la coge—.

El informe dice once millones ochocientas mil. No puede ser. No hay tantos jóvenes.

Inma no coge la copia enseguida. Me mira a mí.

—Siga —dice.

Y sigo. Explico. Por primera vez en dos años, explico un número en vez de contarlo.

Página por página, como las ordenó Román.

De dónde sale la diferencia: las webs clonadas, los juegos de móvil en países donde nadie habla castellano, las visualizaciones de dos segundos cuando el mensaje empieza en el veintiocho, el alcance sumado plataforma por plataforma sin quitar a los que se repiten.

Tres ejemplos de cada. Enseño la captura del vídeo de Antes del tamaño de un sello, sin sonido, debajo de un anuncio de un casino.

Explico cómo lo he recalculado, con qué criterios, con qué fuentes. Y el resultado. Dos millones cien mil.

—Que no es poco —digo—. Son dos millones cien mil jóvenes de verdad que han visto la campaña de verdad. Ha funcionado. Pero no es lo que dice el certificado. Y el de la fase 1 tampoco. En la fase 1 fue un millón ochocientos mil, no seis millones cien mil.

Me paro. Respiro.

—Y en junio del año pasado usted me preguntó si el alcance estaba deduplicado entre plataformas —digo—. Y yo le dije por escrito que estaba verificado. Y no lo había comprobado. Lo siento. Esa es la parte que es mía.

Nadie dice nada.

Bea no se mueve. Mira la copia que tiene delante sin abrirla, con las dos manos encima de la mesa, planas, quietas.

Álvaro tampoco se mueve. Está en su silla del fondo, separada, con el abrigo gris puesto.

Me mira. No dice nada. No dice que es la metodología.

No dice que eso es de Bea. No dice que él hace anuncios.

No dice que no me va a mentir. No dice nada.

Ni una palabra para defenderme. Ni una para atacarme.

Me mira desde la silla del fondo con la cara quieta, tranquila, de alguien que ya eligió hace años y no va a volver a elegir.

Inma coge la copia. Se pone las gafas de leer. La lee. Entera. Las cinco páginas. Despacio, pasando las hojas con cuidado. No levanta la vista ni una vez. Tarda seis minutos. Los cuento por el reloj de estación. Trescientos sesenta clics.

Cuando termina, cierra la copia. Se quita las gafas. Las deja colgando del cordón.

Me mira.

—Gracias —dice.

Solo eso. Luego, con la misma voz, sin cambiar nada:

—¿Me lo puede mandar por escrito? A mi correo. Con el anexo.

—Sí.

—Hoy.

—Hoy.

Inma asiente. Se levanta. Nos da la mano. A Bea, que se levanta como si le pesara el cuerpo entero. A Álvaro, que se levanta despacio, sin quitarse el abrigo. A mí.

Cuando me da la mano a mí, no la suelta enseguida. La tiene fría, como en noviembre de hace dos años tenía los nudillos blancos. Me la aprieta una vez.

Y no dice nada más.

·

En el ascensor, al bajar, estamos los tres. Seis plantas. Bea en una esquina, Álvaro en otra, yo en la tercera. Nadie habla.

En la planta baja se abren las puertas. El vestíbulo de mármol gris. El arco de seguridad. El ficus de plástico. El cartel enrollable, que ya no es de Iker ni de Antes: es de otra campaña del Instituto, una de ciberacoso, con un chico de espaldas.

Bea sale primero, deprisa, con el móvil en la oreja, sin decir nada. La veo parar un taxi en la Castellana. Se sube. Se va.

Álvaro sale después. Se para en la puerta. Se pone las gafas de sol.

No se gira.

Y se va andando hacia Nuevos Ministerios, con el abrigo gris, con la pulsera de Menorca, sin mirar atrás.

Me quedo sola en el vestíbulo del IJCD, delante del ficus de plástico, con tres copias grapadas que sobran en la mochila y un pendrive con forma de pez en la funda del móvil. Son las diez y cuarenta y ocho de un jueves de octubre.

Saco el portátil allí mismo, en una silla de plástico del vestíbulo, junto al arco de seguridad, y escribo el correo para Inma. Como me dijo Rocío. Todo por escrito. Copia para mí.

Lo mando a las once y siete.

Y luego me quedo sentada en la silla de plástico un rato largo, mirando cómo entra y sale gente por el arco, pitando a veces, con las llaves o el cinturón. Nadie me mira. Tengo las manos quietas encima del portátil cerrado.

No me tiemblan.