Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 43
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Román viene al estudio el sábado veintisiete con una bolsa de naranjas de Cieza, una botella de vino de Jumilla y un portátil que tiene más pegatinas que carcasa.

—Me ha llamado Wafa —dice en la puerta, antes de que yo diga nada—. Me ha dicho que has ido a una abogada. Que no duermes. Que tienes una hoja de cálculo que te va a matar. —Deja la bolsa en la encimera, debajo del rodillo—. Y que eres tan cabezota que no me ibas a llamar.

—Te iba a llamar.

—Mentira.

No le discuto. Es mentira.

Román mira el estudio. La mesa redonda con los folios, los recambios vacíos del Bic, las tres tazas de café sin fregar. La cama sin hacer. El sofá pequeño con la manta. El rodillo en la pared.

—Esto parece un piso de guionista en huelga —dice.

—Gracias.

—No era un halago. —Se quita la chaqueta vaquera, la de segundo de carrera, y la tira en el sofá—. Enséñamelo.

·

Se lo enseño todo. El INE. El export. La fase 1, un millón ochocientos mil. La fase 2, dos millones cien mil. El certificado con mi nombre y los dos apellidos. Las notas de la abogada. La conversación con Carmen, que le cuento de memoria, casi palabra por palabra, porque me la sé.

Román escucha sin interrumpir, con el tenedor quieto a medio camino, como siempre, solo que esta vez no hay tenedor: tiene una naranja en la mano, pelada a medias, y la tiene quieta.

Cuando termino, se come un gajo.

—Vale —dice—. Esto está muy bien hecho. Y no se entiende.

—¿Cómo que no se entiende?

—Que yo lo entiendo porque me lo has contado durante una hora con la cara que tienes.

—Deja la naranja en la mesa—. Pero si esto se lo das así a alguien que no te conoce, en una reunión, se va a perder en la tercera hoja de cálculo.

Tienes cuarenta pestañas, Baresa. Cuarenta.

Con colores. Con fórmulas que solo entiendes tú.

Tiene razón. Lo sé nada más oírlo.

—¿Y qué hago?

Román sonríe. Esa sonrisa suya, la de pedir perdón por ocupar sitio.

—Lo que te enseñó el tío ese. El de los jueves. —Coge otro gajo—. No lo expliques. Cuéntalo.

·

Trabajamos el sábado entero y el domingo entero.

Román es productor. Eso es lo que hace, lo que lleva haciendo tres años en Madrid: conseguir cosas imposibles antes de las siete de la mañana.

Jirafas, caballos blancos, pulpos vivos.

Y ahora esto. Coge mis cuarenta pestañas y las convierte en cinco páginas.

No cinco páginas bonitas. Cinco páginas claras.

Una por idea. En la primera, la cifra del informe y la cifra del INE, una al lado de la otra, sin nada más.

En la segunda, de dónde sale la diferencia: webs clonadas, juegos en países donde no se habla castellano, visualizaciones de dos segundos, alcance sumado sin deduplicar.

Con tres ejemplos de cada, con capturas de pantalla, con el vídeo de Antes del tamaño de un sello debajo del anuncio de un casino.

En la tercera, cómo lo he recalculado: los criterios, las fuentes, el PDF de la plataforma.

En la cuarta, el resultado: dos millones cien mil.

En la quinta, lo que eso significa. Que la campaña ha funcionado.

Que ha llegado a dos millones cien mil jóvenes de verdad.

Que no es poco. Que no es lo que dice el certificado.

Y un anexo, aparte, con las cuarenta pestañas, para quien las quiera mirar.

—¿Por qué pones que ha funcionado? —le pregunto el domingo a las once de la noche, cuando ya estamos con la quinta página, los dos en el sofá pequeño con el portátil encima de las rodillas de él.

—Porque es verdad —dice Román—. Y porque si no lo pones, parece que vienes a destruir. Y tú no vienes a destruir nada. Vienes a decir cuánto es. —Me mira—. Eso es lo que hace alguien que avisa, ¿no? Lo que dijo tu profesora. No es la que rompe cosas. Es la que dice cuánto es.

Me quedo mirándolo. Román Vidal-Quadras, de Cieza, que me dejó un Bic el primer día de clase hace seis años y nunca me lo pidió de vuelta. Que me dijo en el Retiro que esto ya lo había vivido y que me lo diría una sola vez. Que lo cumplió.

—¿Por qué haces esto? —le digo.

Román tarda en contestar.

—Porque en abril de hace cinco años no supe qué hacer.

—Mira la pantalla—. Te vi en la cafetería de la facultad sin poder levantar la vista de la mesa y lo único que se me ocurrió fue hablarle de naranjas a Anselmo para que dejara de mirarte.

Naranjas, Baresa. —Se ríe, sin gracia—. Esta vez sé qué hacer. Esto sé hacerlo. Déjame.

No digo nada. Le apoyo la cabeza en el hombro un momento. Él sigue escribiendo.

·

Lo de Diego lo decido el lunes veintinueve, en la esquina de Ramona, con un café en la mano.

Él está a mi lado sacando su solo. Me habla de Lorena, que tiene en clase a un niño que se ha tragado una canica y no ha pasado nada, que la ha echado al día siguiente.

Me habla del piso, que ya tiene sofá, uno de segunda mano de un compañero de Lorena, verde botella, horroroso, que le encanta.

Me habla de que su madre viene de Alzira en Todos los Santos a conocer el piso y que está aterrado.

Y yo lo escucho, y pienso en el export con dsanchis@oleaje en gris en la cabecera de treinta y ocho archivos.

Y decido no contárselo.

Me lo digo así, en la esquina de Ramona, con el café quemándome los dedos: no se lo cuento para protegerlo.

Si no sabe nada, no puede estar metido en nada.

Si alguien le pregunta, podrá decir, con toda la verdad del mundo, que yo le pedí un export para cuadrar y que él me lo bajó, como le bajaría un export a cualquiera.

Si no sabe nada, no tendrá que decidir nada.

No tendrá que elegir entre Lorena y el sofá verde botella y los treinta años de hipoteca, y yo.

No le voy a poner en ese sitio. Ya le puse una vez, en febrero, en un coche en doble fila, y fue él el que tuvo que decir que no.

Esta vez decido yo por los dos.

No veo lo que eso es. De que es exactamente lo que me hicieron a mí.

De que decidir por alguien lo que puede saber y lo que no, por su bien, sin preguntarle, es lo que hizo mi padre con mi madre durante años.

Lo que hizo Álvaro al contar mi historia en la sala de la sexta planta sin decir mi nombre. No lo veo. Me parece cariño.

Lo es. Pero no solo.

—¿Estás bien? —me dice Diego, en la esquina de Ramona, con la taza en la mano.

—Sí —digo—. Muy bien.

—Ya.

·

El jueves dos de octubre, a las once y media de la mañana, bajo a Ramona y me dejo el portátil abierto.

No es a propósito. Esa es la verdad, y la pongo aquí aunque no me sirva de excusa.

Estoy en mi mesa repasando la segunda página de Román, la de los ejemplos, comparándola con el export para comprobar que las capturas coinciden con los datos.

Tengo abierto en pantalla uno de los treinta y ocho archivos, el de la programática de la fase 2, filtrado por país, con Vietnam en la primera fila.

Y en la cabecera, en gris, dsanchis@oleaje.

Me suena el móvil. Es Wafa, preguntando si esta noche ceno en Tetuán. Me levanto para contestarle con la voz y no por escrito, porque desde julio nos hablamos con la voz, y bajo a la esquina de Ramona para que no me oiga la planta.

Tardo diez minutos. Wafa me cuenta un turno horrible y yo le cuento que Román me ha hecho cinco páginas y se ríe y dice que Román es un santo y que si no fuera por el pelo se casaba con él. Me hago un café. Vuelvo a subir.

Toni está en su mesa, con los cascos puestos, escribiendo en la Moleskine.

No me mira cuando me siento.

No me mira en toda la mañana. Y eso es raro, porque Toni me mira siempre, aunque sea de reojo, aunque lleve los cascos. Pero no le doy importancia. Es jueves. Todo el mundo está cansado. Bea sube a la tercera planta en dos semanas y la sala entera anda rara, como antes de una tormenta.

Miro mi pantalla. El export sigue ahí, abierto. Vietnam en la primera fila. dsanchis@oleaje en gris.

Lo cierro. No pienso nada.

·

El miércoles seis de octubre a las siete de la tarde dejo en la mesa de Bea la carpeta de plástico azul.

Dentro está el certificado. Sin firmar. Y encima, con un clip, un folio con una sola línea, escrita a mano con el Bic de Román:

Necesito hablar del certificado antes de la reunión. Nerea.

Bea no está. Su silla está metida. Su portátil, cerrado.

Me voy a casa.

A las once y cuarto de la noche, en el estudio, con las cinco páginas de Román impresas en la mesa redonda, y seis copias, y el anexo en el pendrive con forma de pez, y la abogada Rocío en un mensaje de esta tarde que dice Todo por escrito. Copia para ti. Tranquila, me suena el móvil.

Es Bea.

No me ha llamado nunca. En dos años, nunca. Solo el chat, los correos, los pósits.

—Nerea.

—Hola, Bea.

—He visto la carpeta. —Su voz suena distinta por teléfono. Más baja. Más cansada—. Ha habido un cambio. Gonzalo quiere que el certificado se firme mañana a las nueve. En su despacho. Antes de ir al IJCD.

Me quedo quieta.

—El pósit decía el seis por la tarde. En tu mesa.

—Ya sé lo que decía el pósit. —Una pausa—. Ha cambiado.

—¿Por qué?

Bea no contesta enseguida. Oigo algo de fondo, una tele, un perro que ladra una vez.

—Porque Gonzalo sabe desde el lunes que estás preparando algo —dice al final—. Y quiere que lo firmes delante de él.

No me muevo. El rodillo en la pared de enfrente.

—¿Cómo lo sabe?

Bea no contesta.

—Bea. ¿Cómo lo sabe?

—A las nueve —dice—. En la tercera planta. No llegues tarde.

Y cuelga.

Me quedo en el sofá pequeño con el móvil en la mano. Son las once y veinte. La reunión con Inma es a las diez. Gonzalo me espera a las nueve. Tengo cinco páginas en la mesa, seis copias, un pendrive con forma de pez.

Desde el lunes.

Y pienso en un portátil abierto diez minutos el jueves en una mesa de la primera planta, con Vietnam en la primera fila. En un chico de veinticuatro años con los cascos puestos que no me miró en toda la mañana.

No. Me lo digo en voz alta, en el estudio. No. Toni no.

Pero lo pienso.