Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 42
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Durante nueve noches, el estudio de Chamberí deja de ser un sitio donde no se oye nada.

Se oye el portátil. El ventilador del portátil, que se pone a girar como un motor de barca cuando abro el export entero, los treinta y ocho archivos a la vez, cientos de miles de filas.

Se oye la cafetera de cápsulas, que ahora uso tres veces cada noche.

Se oye el Bic de Román, que va por su octavo recambio, rayando folios en la mesa redonda.

Se oye mi voz, a las tres de la mañana, leyendo números en voz alta para comprobar que los he copiado bien, como leía mi padre las cuentas de la temporada en la recepción, en voz baja, moviendo los labios.

Y enfrente, en la pared de la cocina, el rodillo de Rosa. Horizontal. Como un remo. Mirándome.

No sé por qué lo miro tanto. Lo miro cada vez que levanto la vista del portátil, que es cada pocos minutos, cuando se me cansan los ojos.

Un rodillo de madera de sesenta centímetros que me regaló la madre de un chico al que quise en otra ciudad, hace cuatro años.

Con el que no he hecho pasta nunca. Que he colgado en dos paredes, primero en Tetuán y ahora aquí, como se cuelga un adorno.

Rosa me enseñó a usarlo una tarde, en la cocina de la trattoria, con las manos llenas de harina. Me dijo que la sfoglia se estira desde el centro hacia fuera, nunca al revés. Que no hay que tener prisa. Que si se rompe, se junta y se vuelve a empezar. Que la masa sabe cuándo la estás engañando.

Me acuerdo de eso a las cuatro de la mañana del sábado diecinueve, mirando una columna de visualizaciones de dos segundos.

·

Lo que hago esas nueve noches es sencillo de decir y muy difícil de hacer: rehago la fase 2 entera. Como hice la primera en marzo, con fiebre. Pero esta vez sin fiebre, y despacio, y bien.

Quito las webs clonadas. Una a una, abriéndolas para comprobarlo: ciento doce dominios con la misma plantilla, el mismo texto copiado, los mismos treinta anuncios por página.

Quito las aplicaciones de juegos servidas desde países donde no se habla castellano: Vietnam, Indonesia, Bangladés, Filipinas, Pakistán.

Quito las visualizaciones de menos de diez segundos, como recomienda la guía de la plataforma más grande, la del PDF de sesenta páginas.

Estimo la duplicación entre plataformas con los datos que hay, a la baja, con las mismas tablas que monté en marzo y que Toni rehízo en julio y que ahora comparo con las suyas, que me mandó sin que se las pidiera un domingo por la noche, sin mensaje.

Lo escribo todo. Cada paso. Cada criterio. Cada fuente. Como me enseñó Carmen en segundo, en la asignatura de Narrativa Audiovisual, cuando nos hacía justificar cada plano de un corto: lo bonito no puntúa. Lo que se sostiene, sí.

El domingo veinticinco, a las dos y veinte de la mañana, tengo un número.

La fase 2 de «No lo reenvíes», con el doble de presupuesto que la fase 1, no ha llegado a once millones ochocientos mil jóvenes de quince a veintinueve años. Ha llegado, siendo generosa, a dos millones cien mil.

Uno de cada cuatro, más o menos. Como la fase 1.

Dos millones cien mil chicos y chicas que, en algún momento, en una marquesina o en una pantalla de autobús o en un vídeo de antes de otro vídeo, han tenido delante durante al menos diez segundos a una actriz de Valencia contando el segundo antes.

No es poco. Es mucho. Es una campaña que ha funcionado, a su manera, como funcionan las cosas de verdad: menos de lo que se dice y más de lo que parece.

No es once millones ochocientos mil. Es la verdad.

Me quedo mirando el número en la pantalla, en una celda sola, sin color, sin verde, sin ola azul en la esquina. En letra normal. Del tamaño de las demás.

Lo miro hasta que amanece. No es un número bonito. Es un número que se sostiene.

·

El domingo por la tarde llamo a Carmen Berruezo.

No hablo con ella desde junio de hace dos años, desde la defensa del trabajo de fin de grado, cuando me dio la mano en el pasillo después de la nota y me dijo: enhorabuena, Baresa, el plano de la ventana es lo mejor que ha salido de este departamento en diez años.

No se lo he dicho nunca a Álvaro. No se lo he dicho nunca a nadie. Carmen lo vio antes que él.

Tengo su número desde segundo, de cuando me acompañó a comisaría. No sé si sigue siendo el mismo. Lo es. Contesta al cuarto tono, con la voz de siempre, seca, exacta, con ruido de tráfico detrás.

—¿Sí?

—Carmen. Soy Nerea Baresa.

Un silencio corto.

—Baresa —dice. Y noto que sonríe, aunque no se oye—. Estoy aparcando en la Gran Vía de Murcia. Dame un segundo, que me multan.

Oigo un motor que se apaga. Una puerta de coche. Pasos.

—Dime.

Se lo cuento. No todo. No le cuento lo de Álvaro, ni Conde Duque, ni los jueves.

Le cuento la campaña, el pliego, la frase de los catorce, que era mía.

El seis coma uno, el once coma ocho, el INE.

Los juegos de Vietnam y las webs clonadas.

Bea y la metodología, Gonzalo y la perdiz.

El certificado con mi nombre ya escrito y los dos apellidos.

El siete de octubre. Y las dos cifras, la de ellos y la mía.

Carmen escucha sin interrumpir. La oigo andar por una acera, parar en un semáforo, seguir. Cuando termino, tarda en hablar.

—¿Qué quieres de mí, Nerea? —dice al final.

No es brusco. Es Carmen. Exacta.

—No lo sé. Que me digas qué hago.

—No te voy a decir qué haces. No soy abogada, ni tu madre, ni tu jefa. —Oigo que se sienta en algún sitio, en un banco—. Lo que sí te voy a decir es lo mismo que te dije hace cinco años en mi despacho. Qué puedes hacer, cuánto va a tardar y qué te va a costar.

Me siento en el sofá pequeño del estudio. El rodillo en la pared de enfrente.

—Vale.

—Puedes firmar —dice Carmen—. Tarda un segundo. Te cuesta nada ahora y todo después, pero después es muy lejos y a lo mejor no llega nunca. Mucha gente vive así. No te voy a decir que es fácil no hacerlo.

—Vale.

—Puedes no firmar y no decir nada. Irte. Buscar otro trabajo. Que lo firme otro. Tarda lo que tardes en encontrar otro sitio, que en ese pueblo que me describes, con ese señor de la perdiz, puede ser mucho. Te cuesta el puesto y te deja sin nada que contar.

—Vale.

—Y puedes no firmar y contarlo. —Una pausa—. Y eso ya es otra cosa.

—¿A quién?

—Eso es lo primero que tienes que decidir tú.

—Carmen se toma su tiempo—. Hay canales para esto.

Hay una ley. Hay autoridades. No te sé decir cuáles ni cómo funcionan, porque no soy abogada, y antes de hacer nada tienes que hablar con una.

Una de verdad, laboralista, que te diga qué te protege y qué no.

Eso no es opcional, Baresa. Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Bien. —Otra pausa—. Pero antes de la abogada, antes de la ley, tienes que saber a quién se lo quieres decir. No a quién se lo deberías decir. A quién se lo quieres decir tú.

Lo pienso. No tardo mucho.

—A la persona a la que le dije que estaba verificado.

Carmen no contesta enseguida. La oigo respirar. Un autobús pasa cerca de ella y no oigo nada durante unos segundos.

—Vale —dice—. Entonces escúchame bien, porque esto es lo importante, y es lo que te va a costar.

—Dime.

—Hace cinco años viniste a mi despacho y eras la víctima.

—Lo dice sin suavizarlo—. Te habían hecho algo.

Todo el mundo, antes o después, más o menos, estaba de tu parte.

La facultad, la policía, la ley. Yo. Hasta los que se reían en la última fila de Anselmo sabían, en el fondo, que tú no habías hecho nada.

—Esta vez te va a costar más. —La voz de Carmen se endurece un poco—.

Porque esta vez no eres la víctima. Eres la que avisa.

Y a la que avisa no la quiere nadie. Ni los que ha denunciado, que la odian.

Ni los que se salvan gracias a ella, que prefieren no deberle nada.

Ni los que caen con ella sin haber hecho nada, que la odian más que a nadie. —Hace una pausa—. ¿Me entiendes?

—Sí.

—¿Hay alguien que caiga contigo? ¿Alguien que no haya hecho nada?

Pienso en un balcón de Carabanchel. En una habitación pequeña con la ventana a las acacias, para la bici. En dsanchis@oleaje, en gris.

—Sí —digo.

—Entonces piénsalo muy bien. —Carmen se levanta del banco, lo oigo—. No te digo que no lo hagas. Te digo que lo pienses sabiendo eso. Que no te pille por sorpresa. Que no te lo cuentes luego de otra manera.

—Vale.

Nos quedamos un momento calladas. Ella en la Gran Vía de Murcia, un domingo por la tarde, con el tráfico. Yo en un estudio de Chamberí con un rodillo en la pared.

—Baresa.

—Qué.

—Hubo una alumna. Antes que tú. Tres años antes. —Carmen habla más bajo, y por primera vez en toda la conversación no suena exacta—. Le pasó algo parecido a lo tuyo, con otro profesor. Vino a mi despacho. Y yo no hice nada. No supe. No quise. Dejó la carrera en febrero y no la he vuelto a ver.

No sé qué decir.

—No te lo cuento para que me compadezcas —dice Carmen—. Te lo cuento porque desde entonces sé una cosa que no sabía. Que callarse también tiene un precio. Lo que pasa es que no lo paga el que se calla. Lo paga otro. Más tarde. Y el que se calla no se entera nunca de cuánto ha costado.

La oigo abrir la puerta del coche.

—Llama a la abogada —dice—. Y luego haz lo que tengas que hacer. Y llámame después, sea lo que sea.

—Gracias, Carmen.

—No me des las gracias. —El motor arranca—. Lo bonito no puntúa, Baresa. Nunca ha puntuado.

Y cuelga.

·

El lunes veintiséis, a la hora de comer, voy a una abogada laboralista que me ha buscado Wafa, que es amiga de una amiga de su cuñada Sara, y que tiene el despacho en un entresuelo de la calle Bravo Murillo, encima de una tienda de colchones que lleva dos años liquidando por cierre.

Se llama Rocío. Tiene cuarenta años y el pelo gris muy corto y una mesa llena de carpetas.

Me escucha una hora. Me hace preguntas que no se me habían ocurrido. Cuántos empleados tiene Oleaje. Si hay canal interno de denuncias. Qué pone el anexo que firmé. Qué pone el certificado. Si tengo algo por escrito que diga que me han pedido que firme.

—No —digo—. Nadie me ha pedido nada. Nunca.

Rocío deja el boli en la mesa.

—Esos son los peores —dice.

Me explica lo que puede pasar. Lo que me protege y lo que no.

Lo que me puede costar. Me dice que si no firmo nadie me puede obligar, y que si firmo sabiendo que es falso me puedo meter en un lío muy serio yo sola.

Me dice que si lo cuento, lo cuente de una manera que ella me explica, con papeles, con copias.

Me dice que me pueden despedir de muchas formas que parecen legales.

Me dice que si pasa, vuelva, y que ya veremos.

Me cobra cincuenta euros. Me dice que la primera consulta suele ser gratis, pero que Wafa le ha dicho que me cobrara algo para que no me sintiera en deuda.

Salgo a Bravo Murillo a las tres y media, con cuarenta grados de finales de septiembre. La marquesina de enfrente, la de la parada del 3, la de la frutería de los carteles en árabe, ya no tiene a Iker con el pulgar. Tiene un anuncio de un musical.

Me quedo mirándola un rato.

Y esa noche, en el estudio, a las once, antes de ponerme otra vez con los números, me levanto de la mesa redonda, voy a la cocina, descuelgo el rodillo de Rosa de las dos alcayatas y le quito el polvo con un trapo húmedo. Despacio. Desde el centro hacia fuera. Y lo vuelvo a colgar.