41
El miércoles quince, a las diez y media, Bea está en su mesa y la carpeta azul está en mi mochila.
La noto en la espalda desde el metro. No pesa nada, dos folios en una funda de plástico, pero la noto como se nota una piedra en el zapato: no por el peso, por el sitio.
Me siento en mi mesa y no la saco. Enciendo el portátil.
Contesto correos. A las once y cuarto, Bea levanta la vista desde el fondo de la sala y me mira. Un segundo. Vuelve a su pantalla.
A las doce le escribo por el chat.
«¿Tienes cinco minutos?»
Tarda un minuto entero. Luego:
«Rodalquilar.»
·
La sala huele a humedad, como en abril. La lámpara del techo zumba. En el patio de luces ya no hay ninguna sábana tendida; solo una cuerda vacía con tres pinzas de colores.
Bea se sienta enfrente. No trae el portátil. Trae una taza de café de Ramona y la deja en la mesa, entre las dos, sin beberla.
—Dime.
—Necesito unos días —digo—. Para revisar el certificado.
Bea me mira.
—¿Revisar qué?
—Las cifras. El informe final que lo acompaña. Quiero leerlo entero antes de firmar. —La miro—. Me lo dijiste tú el primer día. Todo lo que firme aquí, que lo lea entero.
No es mentira. Es la única frase que he preparado en toda la noche que no es mentira.
Bea no contesta enseguida. Coge la taza, la gira sobre la mesa, sin levantarla, con el asa hacia un lado, luego hacia el otro.
—¿Cuántos días?
—Los que haya hasta la reunión.
—Hasta la reunión hay tres semanas.
—Lo sé.
Bea deja la taza quieta. Me mira un rato largo. Con los ojos grises del office de las lentejas, los del Mar Menor un día de levante.
—Voy a preguntar —dice.
Y se levanta. Y sale de Rodalquilar sin la taza. Y la oigo subir la escalera, no bajarla. Hacia la tercera planta.
Me quedo sola con su café en la mesa, enfriándose, y la lámpara zumbando.
Tarda doce minutos. Los cuento en el móvil. Cuando vuelve, no se sienta. Se queda en el umbral, con la mano en el pomo.
—Gonzalo dice que no hay ninguna prisa —dice—. Que lo revises con calma. Que para eso estás.
—Vale.
—Que la reunión con Inma es el jueves siete a las diez. Y que el certificado tiene que ir firmado a esa reunión. —Hace una pausa—. Con que lo tengas el seis por la tarde en mi mesa, es suficiente. Como pone el pósit.
—Vale.
Bea no se mueve. Sigue en el umbral. Mira su taza de café en la mesa, fría ya. No la recoge.
—Nerea.
—Qué.
—Gonzalo también ha dicho otra cosa. —No me mira. Mira la taza—. Que le alegra mucho que seas tan rigurosa. Que eso es justo lo que necesita la dirección de estrategia.
Y se va. La puerta de Rodalquilar se cierra con el muelle.
La taza se queda en la mesa. No la recoge nadie en todo el día. Al día siguiente sigue ahí, con una línea marrón seca dentro, marcando hasta dónde llegaba el café.
·
La dirección de estrategia. Ahora lo han dicho en voz alta.
No Gonzalo; Bea, repitiendo lo que dice Gonzalo, con doce minutos de escalera por medio.
Nadie ha dicho «si firmas». Nadie lo va a decir nunca.
Pero la frase ha subido a la tercera planta y ha bajado otra vez, y en el camino se ha convertido en otra cosa.
En una tarjeta de visita encima de una mesa, empujada con dos dedos.
Tengo hasta el seis por la tarde.
Vuelvo a mi mesa. Toni levanta la vista. No se quita los cascos, pero me mira, y tiene la cara de alguien que ha oído subir a Bea a la tercera planta y bajar doce minutos después, porque en esta sala todo el mundo oye todo aunque lleve los cascos puestos.
Me siento. Abro el informe final de la fase 2 que acompaña al certificado. Ochenta y cuatro páginas. Lo ha montado Bea sola, en agosto, mientras yo estaba de vacaciones de mentira en el estudio de Chamberí, sin ir a ningún sitio, flotando los fines de semana en Playa Victoria con Wafa.
Empiezo a leerlo entero. Como me enseñó ella.
·
El jueves dieciséis, a las siete de la tarde, Toni se acerca a mi mesa con la Moleskine cerrada.
—¿Puedo? —dice. Señala la silla de al lado, la de Lucas, que está vacía porque Lucas se ha ido a Japón otra vez, esta vez para quedarse, dicen.
—Siéntate.
Toni se sienta. Deja la Moleskine en la mesa. No la abre.
—¿Por qué no lo firmas ya? —dice.
Lo dice bajo, sin maldad, con la misma voz con la que en septiembre de hace un año me preguntó de dónde salía el seis coma uno. Con curiosidad. Como quien no entiende una fórmula de Excel y quiere que se la expliquen.
—Estoy revisándolo.
—Ya. Pero ya lo has revisado. —Me mira—. Lo revisaste en marzo. Con el INE. Y en abril, con el export. Y yo lo revisé en julio. Los dos sabemos lo que pone.
—Bea sube a la tercera en octubre —sigue Toni—. Todo el mundo lo sabe ya. Lo ha dicho Carla en la esquina de Ramona. Y su puesto se queda libre. Y lo que se dice es que es tuyo.
—Lo que se dice.
—Lo que se dice. —Toni se encoge un poco, los hombros hacia delante—. Y si es tuyo, alguien tiene que llevar la cuenta del IJCD. La responsable de cuenta. —Hace una pausa—. Bea me ha dicho que a lo mejor soy yo. Si me porto bien.
Me quedo mirándolo.
—¿Eso te ha dicho?
—Más o menos. —Se pone rojo—. Me ha dicho que tengo futuro. Que me lo iba a tener en cuenta cuando se reorganizara el equipo en octubre. —Se mira las manos—. Y que me fijara en ti. Que tú eras el ejemplo de cómo se sube en esta casa.
El ejemplo de cómo se sube en esta casa.
No sé si Bea lo ha dicho con ironía. No sé si Bea dice nada con ironía. Creo que no.
—Toni —digo—. ¿Tú qué harías?
—Ya te lo dije en julio. —Levanta la vista—.
Lo firmaría. —Y luego, más bajo, casi sin voz—: No entiendo por qué no lo haces.
De verdad que no lo entiendo. Todo el mundo suma.
Lo dijo Bea. Lo dice todo el sector. Si no firmas tú, lo firmará otro.
Y otro subirá. Y a ti no te habrá servido de nada. No va a cambiar nada.
No contesto enseguida. Lo miro. Veinticuatro años desde el lunes, porque cumplió el lunes y tampoco se acordó nadie, y solo lo sé porque Paloma me lo dijo en recepción, con la lista de las tartas que ya no se hacen.
La camisa verde oscuro. La manga manchada de tinta.
La Moleskine que ya no es nueva, que tiene las esquinas dobladas y una mancha de café en la tapa.
—Puede que tengas razón —digo—. Puede que no cambie nada.
—¿Entonces?
Me acuerdo del DJ de Molina en la cocina del barco, llorando con diecinueve años. De lo que le dije. Tú no eres el que firma. Me acuerdo de que no se lo dije para cambiar nada. Se lo dije porque era verdad, y porque él necesitaba oírlo, y porque yo necesitaba decirlo.
—Entonces nada, Toni —digo—. Vete a casa. Son las siete.
Toni me mira un segundo más. Luego coge la Moleskine. Se levanta.
Y no se va a casa. Vuelve a su mesa, se pone los cascos, y a las nueve y media, cuando me voy yo, sigue ahí, con la luz de su lámpara encendida, inclinado sobre la pantalla, por si alguien lo ve.
Esta vez no le digo nada.
·
El viernes diecisiete, a las siete y media de la tarde, me voy de Oleaje con la carpeta azul en la mochila. Paloma me dice «hasta el lunes». En el jardín delantero, entre las dos palmeras, me paro en la verja con la mano en el hierro, que en septiembre todavía está caliente del sol de la tarde.
Miro atrás. El palacete. La placa de latón pequeña. Las ventanas de la primera planta con las lámparas encendidas. La de Toni. La de Bea. La de Álvaro, al fondo.
Quedan diecinueve días.
Y no sé qué voy a hacer. Esa es la verdad. Lo escribo aquí sin adornos, como escribí en su momento que no hice la cuenta. El diecisiete de septiembre, a las siete y media de la tarde, con la carpeta azul en la mochila y el pendrive con forma de pez en la funda del móvil, no sé qué voy a hacer.
Sé lo que no quiero hacer. Que no es lo mismo.