Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 40
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El martes catorce de septiembre, a las diez y cuarenta de la mañana, hay una carpeta de plástico azul encima de mi teclado.

La misma. Esta vez estoy segura. La del pliego del concurso de hace dos años, la del anexo de designación de hace uno: tiene una esquina doblada y la pegatina blanca medio despegada por un lado, con los restos de una letra que ya no se lee.

Alguien la ha guardado dos años en algún cajón de la primera planta para esto.

Bea no está en su mesa. Su silla está metida debajo, con el portátil cerrado encima. En el chat de trabajo, a las nueve y cuarto, ha puesto que tiene reunión fuera toda la mañana.

No abro la carpeta. Me siento. Dejo la mochila en el suelo.

Enciendo el portátil. Miro el correo. Tengo doce correos sin leer, dos de ellos del IJCD, uno de Inma confirmando la fecha de la reunión de cierre de la fase 2: jueves 7 de octubre, 10:00, sede del Instituto.

La carpeta azul sigue encima del teclado, y para escribir tengo que apartarla, y no la aparto.

Toni me mira desde la mesa de al lado. Lo contrataron en marzo, al acabar la beca, con un contrato de un año que es como el mío de hace dos: formativo, sin posibilidad de prórroga.

Tiene la Moleskine cerrada. Lleva una camisa nueva, verde oscuro, de manga corta, porque todavía hace calor. Ve la carpeta. Aparta los ojos.

A las once la abro.

·

Dentro hay un documento de dos páginas con el escudo del Instituto de Juventud y Convivencia Digital arriba a la izquierda, azul y blanco.

CERTIFICADO FINAL DE RESULTADOS — FASE 2

Campaña de sensibilización «No lo reenvíes» — Expediente IJCD/2030/0047

Lo leo entero. Como me enseñó Bea el primer día. Lo leo dos veces, incluso, porque las cosas que se firman aquí se leen enteras.

La primera página es un resumen. Los objetivos del pliego, en una columna.

Los resultados de la fase 2, en otra. Todo en verde.

Todo superado. En la fila del alcance único, en la columna de resultados, pone: 11,8 millones de personas de 15 a 29 años.

Y al lado, en la columna de observaciones, en letra más pequeña: Cobertura prácticamente total del público objetivo.

La segunda página es la declaración.

La persona abajo firmante, en su calidad de responsable de la cuenta designada conforme al anexo III del contrato, CERTIFICA que los datos de resultados recogidos en el presente documento y en el informe final que lo acompaña son veraces,

han sido obtenidos conforme a la metodología aprobada y reflejan fielmente la ejecución de la campaña, a los efectos previstos en la cláusula 12 del pliego de prescripciones técnicas y, en particular, de la renovación del acuerdo marco.

Debajo, una línea horizontal, negra, larga. Y debajo de la línea, mecanografiado, en la misma letra que el resto:

Fdo.: Nerea Baresa Escalante

Responsable de cuenta — Oleaje Comunicación, S. L.

Mi nombre. Ya escrito. Con los dos apellidos, el de mi padre y el de mi madre, que no uso nunca y que alguien ha buscado en mi DNI escaneado de la carpeta de recursos humanos para ponerlo completo, como se pone en los documentos que importan.

Solo falta la firma. El garabato encima de la línea. La ese de Baresa torcida.

Y en la esquina, pegado con un clip, un pósit amarillo. De los de Álvaro, de los del taco que tiene junto al teclado. Pero la letra no es la suya. Es la de Bea, que la conozco de los márgenes de la carpeta de referencias del primer mes: Obvio. Mejor. Recta, pequeña, sin inclinar.

Para el 6/10. Gracias.

Gracias.

·

No me muevo.

No sé cuánto tiempo estoy sin moverme. En el Salitre, a los veinte, en la barra, cuando no sabía qué hacer, Fran me decía que contara hasta diez y siguiera. Nunca expliques. Corrige y sigue. Cuento hasta diez. No sigo. Cuento otra vez.

La planta suena como siempre. Ramona despegando al fondo. Teclados. Alguien que se ríe en la esquina de la escalera. La música de la pantalla gigante, que hoy pasa sin sonido el anuncio del agua mineral de Álvaro, la chica corriendo por la playa del Cantábrico con las olas grises detrás.

Y yo estoy en otro sitio.

Estoy en un barco. En La Manga. En agosto de hace seis años, con veinte, en la cubierta de un velero de alquiler con un nombre en la popa que ya no recuerdo, con la música muy alta y el sol encima y la sal en la piel.

Bruno está a mi lado. Bruno, con veintiséis años y la camisa de lino abierta y el pelo mojado.

Bruno, que me había enseñado a preparar un cóctel con especias, que me había mirado desde la otra punta de la barra durante un mes entero, que me había besado en la terraza de arriba, la que Iván me dijo que no mirara.

Y Bruno me está dando un papel.

No me acuerdo del papel. Me acuerdo de su voz. De cómo me lo pidió: sin prisa, con una sonrisa, como quien te pide que le pases la sal.

Solo un mes. Es un lío de papeles.

Necesitaba que yo fuera titular de una cuenta.

Una cuenta del club. Solo un mes. Solo para un trámite.

Y yo, que llevaba un mes enamorada de él, que tenía veinte años y quería que me pasara algo, que le había pedido a San Juan tres deseos y el primero era ese, que me pasara algo, estuve a punto.

Estuve así de cerca. Con el boli en la mano.

Y me acuerdo de Saray, en la barra, llevando tres cafés en una mano, contándome lo de Noelia.

Noelia, de Torrevieja, que había trabajado en el Salitre dos veranos antes.

Que se enamoró de alguien del club. Que firmó una sociedad, solo para ayudar, solo un trámite.

Y que ahora debía dieciocho mil euros a Hacienda y no podía abrir ni una cuenta a su nombre.

Y me acuerdo de Fran. De Fran, que llevaba quince años de temporada en temporada y sabía exactamente qué no mirar.

De Fran en la barra, una noche de agosto, secando vasos sin mirarme, diciéndome la frase que lo cambió todo, la que me llevo encima seis años como se lleva una cicatriz que ya no duele pero que sigue ahí cuando te miras en el espejo:

Aquí nadie firma nada por amor.

Y me acuerdo del DJ de Molina. El chaval de diecinueve años, la noche de la inspección, con las luces azules en el agua, llorando en la cocina del barco porque no tenía contrato y pensaba que le iban a meter en la cárcel.

Y de lo que le dije yo, con veinte años, sin saber de dónde me salía, agachada a su lado, con la mano en su hombro:

Tú no eres el que firma.

No firmé. Esa noche no firmé nada. Esa fue la única cosa que hice bien aquel verano, entre todas las que hice mal.

·

Estoy en Oleaje. En Zurbano. En mi mesa junto a la ventana, con la piscina azul iluminada del jardín.

Tengo veintiséis años, no veinte. Tengo un contrato indefinido y un estudio de mil ciento cincuenta euros en Chamberí donde no se oye nada.

No hay ningún barco. No hay ningún Bruno con la camisa abierta.

No hay ninguna cuenta de un club de La Manga ni ninguna sociedad de Torrevieja.

Hay una carpeta de plástico azul. Hay una línea negra con mi nombre debajo. Hay un pósit que dice gracias.

Y hay un hombre, otra vez. No me ha pedido que firme.

No me ha pedido nada. Álvaro nunca me ha pedido nada.

Pero todo lo que ha pasado en estos dos años, el pósit del plano de las siete y catorce, la frase de los catorce en la pizarra del Cantábrico, el código de la caja, la presentación de junio en Conde Duque, el ascenso con mi nombre en la boca de Gonzalo, el anexo que firmé con el Bic de Román,

todo me ha traído hasta esta mesa, hasta esta carpeta, hasta esta línea.

Paso a paso. Sin que nadie pidiera nada.

Aquí las cosas no se piden. Pasan.

Y si firmo, lo firmo por él. No por amor, ya no. Eso se acabó en enero, con un «basta» y cuarenta segundos. Pero lo firmo por lo que él me dio. Por haberme elegido. Por el sitio que me hizo en esta casa y que ahora tengo que pagar.

Es lo mismo. Es exactamente lo mismo que en el barco. Solo que ahora tengo veintiséis años y lo veo.

Lo aprendí a los veinte.

Me lo digo en voz baja, en mi mesa, con la carpeta azul delante. Tan bajo que Toni, que está a un metro con los cascos puestos, no me oye. O me oye y hace como que no.

Lo aprendí a los veinte.

·

A la una, cuando la sala se vacía hacia la comida, meto la carpeta en la mochila. No en el cajón, no en la bandeja de la mesa. En la mochila, con el portátil, con el pendrive con forma de pez en la funda del móvil.

No firmo.

Tampoco digo que no. No hago nada. Me la llevo.

En la esquina de Ramona me encuentro a Diego, que está sacando un solo con la leche que no es de Carla. Me ve la cara.

—¿Estás bien? —dice. Es la segunda vez en dos años que me lo pregunta directamente.

—Sí.

—Ya.

Me da el café que era para él. Se hace otro.

Lorena y los alumnos, dice, han empezado el curso.

Tiene a un niño que sabe todas las capitales de Europa y otro que llora si le cambias el sitio en la fila.

Me lo cuenta en la esquina de Ramona, con la taza en la mano, contento, y yo lo escucho, y no le digo nada, y tengo en la mochila una carpeta azul que puede hacer que dentro de un mes a Diego no le quede ningún trabajo con el que pagar treinta años de hipoteca.

A nadie que tenga nada que perder. Y a nadie que tenga mucho.

A las dos, en el baño de la segunda planta, el de la cisterna rota, que sigue rota dos años después, saco el móvil. Abro el chat con mi padre. El último mensaje sigue siendo de noviembre: Has llegado bien?

No escribo nada.

Pero lo abro. Lo miro. Lo dejo abierto un rato, con la pantalla encendida, en el baño, con el pestillo sujeto con la mano.

Y pienso en un hombre sentado en el escalón de una oficina, a las nueve y cinco de un domingo, con un cigarro que no fuma, que llevaba treinta años cuadrando cuentas con una calculadora de pilas, sin trampas, aunque le salieran mal.

Que se negó cuatro veces a asociarse con Damián Puche.

Que prefirió deberle al banco a deberle a él.

Mi padre no firmó.

No lo sé por él. Lo sé por Hans, que me lo contó en invierno, hace años, en la parcela nueve, con la toalla al hombro. Pero lo sé.

Cierro el chat. Guardo el móvil. Salgo del baño.

Quedan veintidós días.