39
Cumplo veintiséis años un jueves de julio y no se acuerda nadie de Oleaje.
Ni siquiera Diego. Lo compruebo a las siete de la tarde, en la esquina de Ramona, cuando me pasa un café solo con la leche que no es de Carla y me habla del informe de junio, de una plataforma que ha cambiado sus condiciones,
de que Lorena ha terminado el curso y se va con sus alumnos de excursión a Cercedilla.
No dice nada más. No hay paquete envuelto en papel de periódico con un cordel de carnicero.
No sé si se le ha olvidado o si se acuerda y ha decidido que no.
Desde el coche de febrero, las dos cosas se parecen mucho.
No me importa. Me lo digo delante de Ramona. No me importa.
Me importa.
Toni tampoco se acuerda. O no lo sabe, porque no ha visto mi ficha. Maite está de vacaciones en Cádiz. Lucas, en Japón, otra vez, detrás de la chica de Valladolid. Bea no se acuerda de los cumpleaños de nadie, lo dice ella: «No me acuerdo de los cumpleaños, no me lo tengáis en cuenta».
Álvaro lo sabe. Tiene mi ficha. Tiene mi DNI escaneado. El año pasado no dijo nada porque un cumpleaños es algo que se ve. Este año no dice nada porque ya no hay nada que no se tenga que ver.
A las siete y media me voy. En recepción, Paloma levanta la vista.
—Hasta mañana, Nerea.
Y luego, cuando ya tengo la mano en la puerta, sin levantar la voz:
—Y felicidades.
Me giro. Paloma está escribiendo algo en el teclado, con las uñas de color coral.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque en recepción tenemos la lista de todos para lo de las tartas —dice, sin dejar de escribir—. Lo que pasa es que este año se ha dejado de hacer lo de las tartas, porque Gonzalo dice que es un gasto. —Me mira por fin—. Pero la lista sigue aquí.
No sé qué decir.
—Gracias, Paloma.
—No me des las gracias. —Vuelve al teclado—. Vete a celebrarlo con alguien.
·
No tengo con quién celebrarlo.
Eso es lo que pienso en la calle Zurbano, a las siete y treinta y cinco, con cuarenta grados, con el aire caliente subiendo del asfalto como en el camping en agosto.
Román está en un rodaje en Almería. Me lo dijo el lunes.
Una semana, en el desierto de Tabernas, para un anuncio de una bebida energética con caballos y vaqueros.
Wafa me contesta con una palabra cada tres semanas.
Mi padre lleva siete meses sin llamarme los domingos.
Me voy al estudio. Subo los cuatro pisos. Me siento en el sofá pequeño con el ventilador que compré en junio dándome en la cara.
A las ocho y cuarto suena el timbre.
No espero a nadie. No viene nunca nadie. Me acerco al telefonillo y pregunto quién es, y la voz que contesta es una voz de mujer, cansada, ronca, que no oía desde octubre:
—Baja. Coge un bañador.
·
Wafa está en la acera, delante de la panadería de la puerta verde, con unas chanclas, unos pantalones cortos, una camiseta de un concierto de Rosalía que se le queda grande y una bolsa de deporte al hombro.
Tiene las marcas de la mascarilla en la cara, pero flojas, de hace horas. Sale de un turno de mañana.
Me quedo en el portal con el bañador en la mano. El de rayas, el único que tengo, el que llevé a Famara hace año y medio y no me he vuelto a poner.
—Hola —digo.
—Hola. —Me mira. Con la mirada de tomar el pulso. Mucho rato—. Estás más delgada.
—Un poco.
—Y más fea.
Me río. Me sale sin querer, una risa que me pilla por sorpresa, en el portal, con el bañador en la mano.
—Gracias.
—De nada. —Echa a andar—. Venga. Que cierran a las nueve y media.
—¿El qué?
—La piscina.
·
La piscina municipal de Playa Victoria está en Tetuán, detrás de Bravo Murillo, a dos calles del piso de Wafa.
Mi piso. El que era mi piso. Vamos en metro, en la línea diez, las dos de pie, sin hablar mucho.
Wafa no me pregunta nada. Yo no le pregunto por qué ha venido. En Estrecho, sin mirarme, dice:
—Me lo dijo Román. Que hoy cumplías. Que estaba en Almería y que no te iba a llamar nadie.
—¿Y has venido por eso?
—He venido porque llevo nueve meses enfadada y ya estoy cansada de estarlo. —Se agarra a la barra—. El cumpleaños es una excusa. Si no, habría venido en agosto, o en septiembre. Me ha venido bien que fuera hoy.
No contesto. Me agarro a la barra también, al lado de su mano.
—Te fuiste sin decirme por qué —dice, mirando la ventanilla negra—.
Me dijiste «con el ascenso» y eso era mentira, y yo lo sabía, y tú sabías que yo lo sabía.
Y aun así lo dijiste. —Hace una pausa—. Eso es lo que me enfadó.
No que te fueras. Que me mintieras a la cara en mi cocina, en mi encimera, después de haberte sentado en mi suelo.
Tetuán. Las puertas se abren. Wafa se baja. Yo detrás.
—Perdona —digo en el andén.
Wafa no se para. Sube la escalera mecánica andando, de dos en dos.
—Ya —dice, sin girarse.
Y en ese «ya» no hay la señora de noventa años de la verbena de la Paloma. Hay otra cosa. Una puerta que se abre, un poco, sin ruido, como se abre la puerta pequeña recortada dentro de un portón de madera.
·
Playa Victoria no es una playa. Es una piscina municipal de los años setenta, con un muro de ladrillo alrededor, un césped amarillo de agosto lleno de toallas, tres piscinas de azulejo azul claro, una grande, una mediana y una pequeña para los niños,
y un bar con toldo verde donde venden polos y bocadillos de tortilla y cervezas en vaso de plástico.
Huele a cloro y a crema solar y a césped quemado.
Hay cientos de personas. Familias enteras con neveras.
Señoras mayores en sillas de playa, en círculo, con los pies en remojo.
Niños tirándose de bomba, chillando, y un socorrista de dieciocho años con un silbato que no deja de pitar.
Y el agua.
Me quedo en el borde de la piscina grande, con el bañador de rayas puesto, con los pies en el primer escalón.
Está fría. Menos que Famara. Más que el Mar Menor en agosto.
Azul de azulejo, transparente, con el fondo pintado de líneas negras y las marcas de las calles para nadar, y la luz de las ocho y media de la tarde entrando de lado, dorada, y rompiéndose en el agua en cientos de trocitos que se mueven en el fondo.
Hace casi un año y medio que no me meto en el agua. Desde Famara. Desde que salí tosiendo con los vaqueros puestos y un hombre me puso su chaquetón en los hombros.
—¿Qué haces? —dice Wafa, que ya está dentro, con el agua por el pecho, con el moño deshaciéndose.
—Nada.
—Pues métete. De golpe. —Me echa agua con la mano—. Como los de Famara, que me lo contaste en diciembre.
No me acuerdo de habérselo contado. Pero me lo contó alguien. O me lo contó ella a mí, sin saber que yo ya lo sabía.
Me meto de golpe.
El agua me corta la respiración. Salgo tosiendo, con el pelo en la cara, con cloro en los ojos, y Wafa se ríe, fuerte, entera, la risa de la Pradera de San Isidro que en casa no le había oído nunca.
Y yo me río también. Y nado. Nado hasta el otro lado de la piscina, mal, con la cabeza fuera, como nadan los de pueblo de playa, y vuelvo, y me tumbo boca arriba y floto.
Floto en el medio de la piscina grande de Playa Victoria, en Tetuán, un jueves de julio a las nueve menos cuarto de la noche, con veintiséis años recién cumplidos.
Con los oídos debajo del agua, donde todo suena lejos y amortiguado: los niños, el silbato, las señoras.
Con el cielo encima, de un azul que se va volviendo naranja por un lado, y un avión muy alto cruzándolo, dejando una raya blanca.
Con niños tirándose de bomba a dos metros, que me salpican, que me hunden un poco, que me da igual.
El agua me sostiene. Sin que yo haga nada.
Y pienso que es lo primero que me sostiene en un año sin que yo tenga que hacer nada a cambio.
·
A las nueve y media, cuando el socorrista pita para que salgamos, Wafa y yo nos sentamos en el césped amarillo con las toallas por encima, a comernos un bocadillo de tortilla del bar a medias y dos polos de limón.
No me pregunta nada. No le cuento nada. Todavía no.
Pero antes de irnos, cuando ya está recogiendo la toalla, me dice:
—La habitación sigue libre.
Me quedo con el polo a medio comer.
—¿Qué?
—La de Tetuán. La tuya. —Mete la toalla en la bolsa—. Estuvo una chica de Salamanca dos meses. Se fue porque roncaba el del tercero y decía que se oía por el patio—. No he buscado a nadie más. Me da pereza.
No dice nada más. Cierra la cremallera de la bolsa. Se levanta.
Y yo me quedo sentada en el césped amarillo con el polo de limón derritiéndose en la mano, mirándola, sin saber qué me está diciendo, sabiendo exactamente lo que me está diciendo.
·
Esa semana, el martes, Toni se queda en Oleaje hasta las once.
Lo veo al pasar por la planta a las diez y media, porque he vuelto a por el cargador del portátil, que me había dejado en la mesa.
La planta está a oscuras salvo una lámpara, la suya.
Toni está inclinado sobre la pantalla con la Moleskine abierta al lado, lleno de números con su letra redonda y pequeña.
Tiene la camisa azul claro arrugada por la espalda y la manga manchada de tinta.
Me acerco. No me oye. Tiene los cascos.
En su pantalla hay una hoja de cálculo. La reconozco en un segundo, por el formato, por las columnas: dominios, países, duración.
Es la mía. No la mía: la suya. Ha hecho lo mismo que yo.
Con otro export, uno que se habrá bajado él.
Ha rehecho la fase 2. Abajo, en una celda sola, en amarillo, hay un número.
Le toco el hombro. Da un salto en la silla. Se quita los cascos.
—Jefa. Perdona. Estaba…
—Vete a casa, Toni.
—Ya casi estoy.
—Toni. —Bajo la voz—. Son las once. Aquí no te ve nadie. Y esto —señalo la pantalla con la barbilla— no lo tiene que ver nadie tampoco. Ciérralo. Vete a casa. Duerme.
Toni me mira. Tiene ojeras, más que yo. Veintitrés años, veinticuatro en septiembre.
—¿Tú qué vas a hacer? —dice—. En septiembre. Con el certificado.
No contesto.
Toni cierra la hoja. Despacio. Como si fuera a romperse. Recoge la Moleskine. Se pone la chaqueta, que no le hace falta, porque fuera hace treinta grados a las once de la noche.
En la escalera, antes de bajar, se gira.
—Yo lo firmaría —dice—. Si fuera tú. Lo firmaría y subiría.
Lo dice sin maldad, como lo decía todo el primer día, con los zapatos marrones brillantes y la marca blanca de la maquinilla en la nuca.
—Lo sé —digo.
Y lo sé. Lo sé porque yo, con veinticuatro años, en su silla, con la camisa planchada y la Moleskine nueva, también lo habría firmado.
Toni baja la escalera. Me quedo en la planta a oscuras, con el cargador en la mano. Al fondo, la mesa de Álvaro, vacía. La piscina del jardín, por la ventana, iluminada desde dentro, azul, quieta, sin nadie.
Tengo el pelo todavía un poco tieso por el cloro de Playa Victoria. Me lo toco. Huele a piscina municipal, a verano de verdad, a algo que no se compra.