Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 38
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En junio llevo cinco meses sin hablar con Álvaro de nada que no sea trabajo, y el jueves dieciocho, a las nueve de la noche, me levanto de mi mesa y voy a la suya.

No lo he planeado. O lo he planeado tanto que ya no parece un plan.

Llevo tres semanas, desde la fiesta de Carabanchel, dando vueltas en la cama del estudio a las cuatro de la mañana con el techo liso encima, sin grieta que seguir.

Llevo tres semanas con el pendrive con forma de pez en la funda del móvil y la hoja de cálculo abierta en el portátil cada noche, sin tocarla, como se mira una herida para ver si ha cambiado de color.

Llevo tres semanas buscando a alguien a quien preguntarle qué hago.

A Román no, porque Román me diría lo que ya sé.

A Wafa no, porque Wafa me contesta con una palabra cada tres semanas.

A mi padre no, porque llevo seis meses sin hablar con mi padre.

A Diego no, por Lorena, por la hipoteca, por la habitación pequeña de la bici.

A Toni no, porque Toni tiene veintitrés años y me llama jefa.

Y a Bea ya se lo pregunté. Y a Gonzalo no hace falta, porque me contestó sin que le preguntara, con una perdiz y una foto de su hija disfrazada de sirena.

Queda Álvaro.

Es el único que me ha enseñado algo de verdad en este sitio.

Me enseñó a contar un número en vez de explicarlo.

Me enseñó a presentar delante de la persona menos tonta que me voy a encontrar.

Me enseñó que la idea es de quien la tiene y la venta de quien la vende.

Lleva veinte años en esto. Conoce a Gonzalo mejor que nadie.

Conoce a Bea mejor que nadie, aunque no se hablen. Y nunca me ha mentido.

Esa es la frase que me repito, a las nueve menos cinco, en mi mesa, con la planta casi vacía. Nunca me ha mentido. Si hay alguien en este palacete que me va a decir la verdad sobre lo que va a pasar, es él.

·

Está en su mesa del fondo con los cascos puestos, montando algo. En la pantalla, planos de un anuncio de una marca de agua mineral: una chica corriendo por una playa del norte, con las olas grises detrás. Se ve que es el Cantábrico. Se ve que hace frío.

Me paro al lado de su mesa. Él tarda en verme. Cuando me ve, se quita un auricular, solo uno.

—Nerea.

—¿Tienes cinco minutos?

Me mira. Un segundo. Dos.

Y se quita el otro auricular.

—Siéntate.

No hay silla. Cojo la de la mesa de al lado, la de Lucas, que está vacía porque Lucas se ha ido a las siete. Le doy la vuelta y me siento a horcajadas, con los brazos en el respaldo, como se sentó él el primer jueves, hace casi dos años, cuando me dijo que me había elegido.

No sé si se da cuenta. Si se da cuenta, no lo dice.

—Dime.

No le enseño el portátil. No le enseño la hoja ni el INE ni el once. Con Bea lo hice así, con las tres ventanas abiertas, dejando el número delante. Con él no puedo. Con él solo puedo contarlo.

Así que lo cuento. Como me enseñó él. Sin explicar.

Le cuento lo del INE, lo de los siete millones cuatrocientos mil.

Lo de las webs clonadas y los juegos de Vietnam y los dos segundos.

Lo del millón ochocientos mil de la fase 1.

Lo de la sala Rodalquilar, lo de Bea en 2021, lo de la dirección general adjunta.

Lo de la comida en la calle Jorge Juan. Lo del certificado de septiembre, con mi nombre.

No le cuento lo del export. No digo de dónde lo he sacado.

Lo cuento en cinco minutos, en voz baja, con la planta vacía y el neón rosa de la escalera al fondo y la chica del anuncio del agua corriendo en bucle por la playa del Cantábrico en su pantalla, sin sonido.

Cuando termino, Álvaro no dice nada.

Se echa hacia atrás en su silla. Se frota los ojos con las dos manos, como si le escocieran. Tiene más canas que hace un año. O a lo mejor es que ya no lo miro de cerca.

—¿Qué quieres que te diga? —dice al final.

—Qué harías tú.

Álvaro se ríe. Sin gracia. Un ruido corto por la nariz.

—Yo no estoy en tu sitio.

—Ya lo sé. Pero si estuvieras.

—No lo estoy, Nerea. —Baja las manos. Me mira—. Y no lo voy a estar. Ese es el punto.

No entiendo.

—¿Qué quieres decir?

Álvaro se incorpora. Apoya los codos en la mesa, al lado del teclado. Baja la voz, aunque no hay nadie en la planta.

—Quiero decir que yo hago anuncios —dice—.

Eso es lo que hago. Lo que se mida, cómo se mida, lo que se firme y lo que se deje de firmar, es de Bea.

Y lo que decida Bea lo decide Gonzalo. Yo no estoy en esa cadena.

—Hace una pausa—. No he estado nunca. Llevo quince años en esta casa sin firmar un solo informe de resultados. ¿Sabes por qué?

No contesto.

—Porque me lo busqué así. —Lo dice sin orgullo—. Porque vi lo que le pasaba a la gente que firmaba. Los que firman suben o se van. Yo no quería ninguna de las dos cosas. Yo quería hacer anuncios. Y aquí sigo.

—Entonces lo sabías.

Álvaro me mira.

—¿El qué?

—Lo de la metodología. Lo de los juegos y las webs y los dos segundos.

—Me aprieto las manos en el respaldo de la silla de Lucas—.

Lo sabías. Desde el principio. Desde el concurso.

Cuando Inma preguntó cómo lo íbamos a medir y Bea contestó un número.

Cuando yo te pregunté en la calle, después de la presentación de junio, si tú sabías lo de la deduplicación, y me dijiste que eso era de Bea, que tú hacías anuncios.

Álvaro no aparta los ojos.

—No sabía los números —dice—. No los he mirado nunca. No me interesan.

—Pero sabías cómo funcionaba.

Un segundo. Dos.

—Sí —dice—. Sabía cómo funciona. Como lo sabe todo el mundo en esta profesión que lleve más de cinco años. —Se echa hacia atrás—. No te voy a mentir.

No te voy a mentir.

Me lo ha dicho tantas veces que ya no suena a promesa. Suena a lo que es: una forma de no decir nada más.

—Álvaro —digo—. ¿Qué hago?

Y aquí, por primera vez en casi dos años, veo algo en su cara que no sé leer.

No es la cara del ascensor del IJCD, tranquila, de alguien que cumple una regla.

No es la cara de la puerta de la catorce.

Es otra. Es la cara de un hombre de treinta y nueve años cansado, con la pulsera de cuero trenzado de Menorca en la muñeca, delante de una pantalla donde una chica corre por una playa fría.

—No me pidas esto —dice.

Muy bajo. Casi sin voz.

—No me pidas esto, Nerea. Por favor.

No me muevo.

—Gonzalo es… —Se para. Busca la palabra, y no la encuentra, o no quiere decirla—.

Llevo quince años con él. Me dio el primer trabajo cuando nadie me lo daba.

Me defendió cuando mi primera campaña fue un desastre y el cliente pidió mi cabeza.

Me hizo director creativo con treinta y uno.

—Me mira—. No voy a ir contra Gonzalo. No puedo.

Y no me pidas que te diga que firmes, porque no te lo voy a decir.

Y no me pidas que te diga que no firmes, porque tampoco.

—Entonces no me dices nada.

—No te digo nada. —Asiente—. Es lo más honesto que te puedo decir.

Lo más honesto que me puede decir es nada.

Me quedo sentada en la silla de Lucas, a horcajadas, con los brazos en el respaldo, mirándolo.

Y entiendo, en ese momento, algo que tendría que haber entendido en el Retiro, con Román y las pipas.

O en Famara. O en la sala Zahara, cuando dijo «hemos».

Que Álvaro no toma partido. Nunca. Por nada ni por nadie.

Que su honestidad no es una forma de estar conmigo.

Es una forma de no estar con nadie. De no deber nada.

De no firmar nunca un solo informe en quince años.

Él ya eligió. Hace años. Antes de conocerme. Eligió a Gonzalo, y eligió hacer anuncios, y eligió no firmar. Y todo lo demás —yo, los jueves, el código de la caja, el plano de las siete y catorce— cabía dentro de esa elección sin moverla ni un centímetro.

—Vale —digo.

Me levanto. Le doy la vuelta a la silla de Lucas. La dejo en su sitio, con un empujón del pie, como hizo él el primer jueves.

Álvaro mira el reloj de la esquina de su pantalla. Son las nueve y diez.

—Tengo que irme —dice. Y se levanta, y coge su abrigo del respaldo, el abrigo de paño gris de Reyes, y la bolsa de lona verde de Famara—. Tengo prisa.

Es jueves.

No digo nada. No pregunto adónde. No es asunto mío. Las reglas dicen que uno dice basta y el otro coge el abrigo, y yo dije basta, y él cogió el abrigo, y lo que haga los jueves a las nueve y media ya no tiene nada que ver conmigo.

Pero lo pienso. Me dejo pensarlo, un segundo. Un portal de madera oscura. Una caja negra con cuatro ruedecillas. Un código nuevo, que ya no es el mío.

Álvaro se para en el primer escalón. Se gira un poco.

—Nerea.

—Qué.

—Hagas lo que hagas —dice—, no se lo cuentes a nadie que no tenga nada que perder. —Se coloca el cuello del abrigo con una mano—. Y a nadie que tenga mucho.

Y baja la escalera.

Me quedo en la planta vacía. En la pantalla de su mesa, la chica sigue corriendo por la playa del Cantábrico, en bucle, sin sonido, con las olas grises detrás.

Mar de fondo, pienso. Las olas de una tormenta que pasó hace días, lejos, y que llegan ahora con el cielo limpio, cuando ya nadie se acuerda.

Me acerco a su mesa. Apago la pantalla.

Y a las nueve y media de un jueves de junio, en el andén de Alonso Martínez, esperando el metro para ir a casa, a Chamberí, a diez minutos andando que no ando porque no me dan las piernas, pienso en su última frase. A nadie que tenga nada que perder. Y a nadie que tenga mucho.

Y pienso en Diego, en un balcón de Carabanchel con dos amigos de Valencia y una lata en la mano. Treinta años.

Es el único consejo que me ha dado Álvaro en toda la conversación. Y es el único que no voy a saber seguir.