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Diego y Lorena firman la hipoteca el viernes veintidós de mayo a las once de la mañana en una notaría de la calle Princesa, y a las doce y media Diego entra en Oleaje con una bolsa de churros de la chocolatería de al lado y una cara que no le había visto nunca.
No es felicidad. O no solo. Es otra cosa, más grande y más asustada a la vez. Es la cara de alguien que acaba de saltar desde muy alto al agua y todavía no ha salido a la superficie.
—Treinta años —dice, dejando los churros encima de la mesa grande de la sala Zahara, donde estamos Toni, Maite, Lucas y yo preparando el informe de mayo—. Treinta años, tíos. Voy a acabar de pagar el piso con cincuenta y ocho.
Lucas le da un abrazo con el kimono puesto. Maite le da dos besos. Toni le choca la mano, torpe, con los hombros hacia delante. Yo me levanto y le doy un abrazo, un abrazo corto, de compañeros, dos palmadas en la espalda, como el que me dio él en la boca de metro de La Latina en agosto.
—Enhorabuena —le digo.
—Gracias. —Se separa. Me mira un segundo—. El sábado que viene hacemos una fiesta. En el piso. No hay muebles todavía, así que traed algo para sentaros. O sentaos en el suelo.
—¿Dónde está?
—En Carabanchel. Al lado de Oporto. Un tercero. —Se ríe—. Sin ascensor.
Me río yo también. Cómo no.
·
El sábado treinta a las ocho de la tarde subo tres pisos de una escalera de terrazo de un bloque de los años sesenta en una calle de Carabanchel con acacias y coches aparcados con dos ruedas encima de la acera, y la puerta del tercero está abierta de par en par,
y dentro suena música y hay gente sentada en el suelo sobre cojines, sobre cajas de mudanza, sobre abrigos doblados.
El piso está vacío. Es la primera cosa que pienso, en la puerta, con una botella de vino de Jumilla en la mano, de las que me trajo Román en mi cumpleaños y que no me había bebido.
Vacío de verdad. Las paredes pintadas de blanco hace dos días, que todavía huelen.
El suelo de terrazo, gris con puntitos negros, recién fregado.
Sin cortinas. Sin lámparas: solo las bombillas desnudas colgando de los cables en el centro de cada techo, como en mi cuarto de Bolonia.
Un salón con un balcón pequeño a la calle de las acacias.
Una cocina con los muebles viejos del dueño anterior, de formica amarilla.
Dos habitaciones. Un baño con azulejos de los setenta, verdes, con dibujos de flores.
Es feo. Y es precioso. Y es suyo.
Lorena me ve desde la cocina y viene corriendo con las zapatillas de la mancha de rotulador y me coge del brazo.
—¡Has venido! —dice—. ¿Estás mejor? ¿De la gripe de Navidad?
Han pasado cinco meses. Se acuerda.
—Estoy mejor —digo.
—¡Qué bien! Ven, ven, que te lo enseño.
Y me enseña el piso cogida del brazo, habitación por habitación, como si fuera un palacio.
Aquí va el sofá, que todavía no tienen. Aquí la mesa, que se la va a dar su abuela.
Esta habitación es la de ellos, con la ventana al patio, que es más tranquilo.
Y esta, la pequeña, la de la ventana a las acacias, es para…
Se para. Se ríe. Se pone roja hasta las orejas.
—Bueno —dice—. Para más adelante. De momento, para la bici de Diego.
Me río con ella. Me sale solo.
·
Hay unas veinte personas. Gente de Getafe, amigas de Lorena del colegio, maestras, con niños pequeños que corren por el pasillo vacío y resbalan en el terrazo con los calcetines.
La prima de Diego de Móstoles, la de la verbena de la Paloma.
Dos amigos de Diego de la carrera, de Valencia, que han venido en coche y que hablan valenciano entre ellos y castellano con los demás.
Maite con su novia. Lucas sin la chica de Japón, que ha vuelto a Japón.
Toni, sentado en una caja de cartón que pone LIbrOS con rotulador, con una cerveza en la mano, sin hablar con nadie.
Me siento a su lado, en otra caja. La mía pone COCINA — FRÁGIL.
—Hola, jefa —dice.
—Hola.
No decimos nada más durante un rato. Miramos a Diego, que está en el balcón pequeño con los dos amigos de Valencia, riéndose, con una lata en la mano, con las acacias detrás. Miramos a Lorena, que corre detrás de un niño de cuatro años que se ha llevado una bolsa entera de patatas.
—¿Tú sabías que se iban a comprar un piso? —dice Toni, muy bajo.
—Desde febrero.
—Treinta años.
—Treinta años.
Toni bebe un trago. Mira la cerveza. No me mira a mí.
—¿Él lo sabe? —dice.
No contesto.
—Lo del once —dice Toni—. Lo del INE. ¿Él lo sabe?
—No.
—Pero él es el de cuentas. Él es el que saca los datos del panel. —Toni tiene la voz muy baja, casi un susurro, y me mira de lado, rápido, y vuelve a mirar la cerveza—. Si pasa algo con la cuenta…
—No va a pasar nada, Toni.
—Ya.
Toni es rápido con los números. Lo es con todo.
Entiendo ahí, en la caja de LIbrOS, que ha hecho la misma cuenta que yo he hecho quince veces desde marzo sin atreverme a terminarla: si la cuenta del IJCD cae, cae el equipo de la cuenta.
Y el equipo de la cuenta es Bea, que sube en octubre a la tercera planta. Álvaro, que no cae nunca. Yo. Y Diego.
Diego, que está en el balcón con una lata, riéndose, con una hipoteca de treinta años firmada hace ocho días.
—No va a pasar nada —repito.
Toni asiente. No me cree. Lo veo en cómo se le mueven los hombros. Pero asiente, porque soy su jefa, y porque tiene veintitrés años, y porque es lo que se hace.
·
A las diez, Diego trae una botella de cava. No del Carrefour Express: una buena, que le ha regalado su padre, de las que se guardan. Sube el volumen de la música, que suena en un altavoz pequeño puesto encima de una caja. Da unos golpecitos en la botella con una llave para que nos callemos.
—Solo una cosa —dice—. Una. Que no sé hablar en público. Eso se lo dejo a Nerea, que es la que sabe contar los números.
Se ríen todos. Yo también. Me escuece.
—Gracias por venir —dice Diego—. A todos. A los que habéis venido desde Valencia en coche, que estáis locos. A los de la agencia, que me aguantáis todos los días. A la familia de Lore. —Se le quiebra un poco la voz. Carraspea—. Y a Lore. Que me pisó en un concierto…
—¡Me pisaste tú!
—Que yo la pisé en un concierto —corrige Diego, y todos se ríen— y me dejó pedirle perdón una canción entera. Y aquí estamos. Con treinta años de hipoteca, un piso sin sofá y una habitación para la bici.
Lorena le da un beso. Todo el mundo aplaude. Diego abre el cava, que salta hasta el techo y le moja la cara a un niño, que se ríe.
Y luego Diego, con la botella en la mano, sirviendo en vasos de plástico, pasa por delante de Toni y de mí, sentados en las cajas de LIbrOS y de COCINA — FRÁGIL. Nos sirve a los dos. Se agacha un poco. Se ríe.
—Ahora ya no me puedo quedar sin trabajo en treinta años —dice—. Así que portaos bien en la agencia, que tengo que pagar esto.
Y se va a servir al siguiente.
Toni me mira.
Yo no lo miro a él. Miro el vaso de plástico con el cava de la bodega del padre de Diego, las burbujas subiendo, y pienso en el pendrive con forma de pez que llevo en la funda del móvil, detrás de la tarjeta sanitaria.
En la hoja de cálculo que hay dentro. En los treinta y ocho archivos con una línea gris en la cabecera.
En la comida de la calle Jorge Juan, en la perdiz, en el pan para la salsa.
En un pueblo donde todo el mundo conoce a todo el mundo.
Y no digo nada.
Me bebo el cava. Está buenísimo. Me sabe a nada.
·
A las doce me voy. Lorena me acompaña hasta la puerta, cogida del brazo. En el rellano, antes de soltarme, me dice:
—Oye, gracias por venir. De verdad. Diego te quiere mucho, ¿sabes? Habla mucho de ti. Dice que eres la mejor de toda la agencia. Que eres la única que dice las cosas como son.
Me quedo en el rellano del tercero de un bloque de Carabanchel, con la puerta abierta detrás de Lorena y la música saliendo por ella, y el olor a pintura blanca de hace dos días.
La única que dice las cosas como son.
—Gracias —digo—. Cuídalo.
Lorena se ríe.
—Eso siempre. —Me suelta el brazo—. Cuídate tú también.
Bajo los tres pisos. En la calle de las acacias hace una noche de mayo templada, de las primeras de verdad, con olor a flor de acacia, dulce, un poco pegajoso. Hay gente en las terrazas de un bar de la esquina.
Miro hacia arriba. En el balcón pequeño del tercero, con las bombillas desnudas encendidas detrás, está Diego, con los dos amigos de Valencia, riéndose. No me ve.
Me quedo mirándolo desde la acera un rato largo. Luego echo a andar hacia el metro de Oporto, y en el camino saco el móvil, y abro el chat de Diego, y escribo:
«Gracias por invitarme. El piso es precioso.»
Lo mando.
Y debajo escribo otra cosa. Una frase entera. Una frase que empieza por «Diego, tengo que contarte algo del trabajo», y que sigue, y que sigue, y que ocupa toda la pantalla del móvil.
La leo en la boca del metro de Oporto, debajo de la farola.
Y la borro. Letra a letra. Con el pulgar quieto encima de la flecha de borrar, apretado, hasta que no queda nada.
Me digo que es para protegerlo. Que no tiene por qué saberlo. Que no le va a pasar nada. Que ya encontraré la forma. Y bajo al metro.