Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 36
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Gonzalo Vergés me invita a comer el jueves siete de mayo, y me entero por Paloma.

—Te ha llamado el señor Vergés —me dice en recepción el martes cinco, a las diez y media, cuando llego—. Bueno, ha llamado su asistente. Que si el jueves puedes comer con él. A las dos. En un sitio de la calle Jorge Juan.

Lo dice con las uñas quietas encima del teclado, sin escribir nada, mirándome. Hoy las lleva de color lila.

—¿Conmigo?

—Contigo. —Paloma baja la voz—. En siete años, Nerea, el señor Vergés ha invitado a comer a gente de esta planta cuatro veces. A Bea, dos. A Álvaro, una, cuando lo de Cannes. Y a un chico de cuentas que se fue al mes siguiente. —Me mira—. Nadie sabe si se fue porque quiso.

—Gracias, Paloma.

—No me des las gracias. —Vuelve al teclado—. Ponte algo que no sea negro.

·

El restaurante de la calle Jorge Juan no tiene nombre en la puerta.

Solo un número, de latón, y una puerta de madera con un cristal esmerilado detrás del cual no se ve nada.

Dentro es pequeño, oscuro, de techos bajos, con las paredes forradas de madera y cuadros de caza, de perdices y de perros de muestra, y ocho mesas, solo ocho, con manteles blancos que llegan hasta el suelo.

Hay un señor mayor en la puerta con un chaqué, de verdad, un chaqué, que me coge el abrigo sin preguntarme el nombre y me lleva a una mesa del fondo, junto a una chimenea apagada, donde Gonzalo ya está sentado.

No se levanta. Me señala la silla de enfrente con la mano abierta.

—Siéntate, Nerea.

Me siento. Llevo un vestido azul marino que me he comprado el miércoles por la tarde, porque no tenía nada que no fuera negro.

Gonzalo tiene cincuenta y tres años y la cara de alguien que ha comido en este restaurante muchas veces.

Moreno de barco también en mayo. El pelo blanco peinado hacia atrás.

Una camisa blanca sin corbata, abierta en el cuello, y un reloj fino, de oro, antiguo, que no es de los que se compran sino de los que se heredan.

Tiene delante una copa de vino tinto ya servida y una botella con una etiqueta vieja que no sé leer.

El camarero me sirve sin preguntar.

—Aquí no hay carta —dice Gonzalo—. Traen lo que hay. Espero que no seas vegetariana.

—No.

—Bien.

Y durante una hora y media no hablamos de nada.

Eso es lo primero que me desconcierta. Esperaba otra cosa. Llevaba desde el martes esperando otra cosa: el certificado, el once, la hoja del pendrive con forma de pez, el dsanchis@oleaje en gris. Llevaba dos noches sin dormir ensayando respuestas. Y Gonzalo no habla de nada de eso.

Habla de su hija.

Se llama Cayetana y tiene veintiséis años.

Mi edad, casi. Vive en Londres. Trabaja en un banco de inversión, en algo que Gonzalo no sabe explicar bien y que le hace gracia no saber explicar.

Le enseña fotos en el móvil. Una chica rubia con los ojos de él, en una terraza con el Támesis detrás, levantando una copa.

Una chica rubia en un velero, con el pelo al viento, en algún sitio del Mediterráneo.

Una chica rubia a los ocho años, con un disfraz de sirena, en una piscina.

—Le enseñé a nadar yo —dice—. En Menorca. Con cuatro años. Tiraba monedas al fondo y ella bajaba a buscarlas. —Guarda el móvil—. Ahora no me coge el teléfono más que los domingos.

Me sirven una crema de algo que tiene trufa.

Luego unas alcachofas con jamón. Luego una perdiz, la perdiz de los cuadros de la pared, supongo, en su salsa, con el hueso dentro.

No sé comer perdiz. Lo hago mal. Gonzalo lo ve y no dice nada, y pide pan para mí sin que yo lo pida, para que moje la salsa.

Habla de su padre, que fundó Oleaje en 1981 en un bajo de la calle Ferraz con dos mesas y un teléfono.

De cuando él entró, con veintidós años, a hacer fotocopias.

De que su padre no le habló durante un año cuando quiso estudiar Bellas Artes en vez de Derecho —como el padre de Álvaro, pienso, y no lo digo—.

De que su padre le dijo, el último día, en el hospital, que lo único que importaba en esta profesión era la lealtad.

—Lealtad —dice Gonzalo, y le da vueltas a la copa—. A los clientes, a la casa, a la gente de la casa. Mi padre decía que una agencia no es un sitio. Es una familia que se sienta en el mismo sitio.

Lo dice mirando el vino.

—Madrid publicitario es un pueblo, Nerea —sigue—.

Somos cuatro. Cuatro agencias grandes, veinte pequeñas, y todo el mundo conoce a todo el mundo.

Todo el mundo ha trabajado con todo el mundo.

Todo el mundo sabe quién es quién. —Deja la copa—.

Si alguien de mi casa se va a otra, a mí me llaman antes de que le hagan el contrato.

Y a los demás les pasa lo mismo conmigo.

Siempre ha sido así. Es bueno que sea así. Protege a la gente buena.

No dice nada más.

No dice «certificado». No dice «septiembre».

No dice «firma». No dice mi nombre ni el de Diego ni el de Bea.

No dice nada que no pudiera decir delante de cualquiera, delante de su hija por teléfono, delante del señor del chaqué.

Habla de lealtad y de pueblos, de su padre en un hospital, de una niña de cuatro años buscando monedas en el fondo del agua.

Y yo le oigo. Le oigo todo.

·

Me acuerdo de Damián Puche.

No lo he visto desde hace seis años. Desde aquel verano en La Manga, cuando tenía veinte años y trabajaba en la barra del Salitre y no sabía nada de nada.

Pero me acuerdo de él como se acuerda uno de un olor.

El sombrero de paja en la cubierta del yate, el cinco de julio.

La terraza con Marga. El pasillo del despacho de Bruno.

Y su forma de no amenazar nunca en voz alta.

Damián dejaba tarjetas.

Eso es lo que más recuerdo. Nunca decía nada.

Nunca levantaba la voz. Nunca decía «si no haces esto, pasará aquello».

Llegaba a una mesa, a una barra, a un despacho, y dejaba una tarjeta de visita encima, con dos dedos, el índice y el corazón, deslizándola despacio sobre la madera.

Y se iba. Y la tarjeta se quedaba ahí, blanca, con su nombre en letras pequeñas, y todo el mundo que estaba en esa mesa cambiaba de conducta.

Todo el mundo. Sin que él hubiera dicho una sola palabra.

Gonzalo no deja tarjetas.

Gonzalo me enseña fotos de su hija con un disfraz de sirena. Me pide pan para mojar la salsa. Me habla de su padre en el hospital. De la lealtad. De un pueblo donde todo el mundo conoce a todo el mundo y donde, si alguien se va de su casa, a él le llaman antes de que le hagan el contrato.

Es la misma tarjeta. Deslizada con dos dedos sobre un mantel blanco que llega hasta el suelo.

·

El postre es una tarta de queso que se deshace. El café, en tazas de porcelana con un filo dorado. Gonzalo pide la cuenta con un gesto que el camarero entiende desde la otra punta del comedor. No la miro. No la mira nadie.

En la puerta, mientras el señor del chaqué me ayuda a ponerme el abrigo, Gonzalo se pone el suyo solo. Un abrigo de pelo de camello, largo. Se coloca el cuello con una mano. Le queda perfecto.

—Me ha gustado mucho comer contigo, Nerea —dice.

—Gracias por invitarme.

—No, gracias a ti. —Me mira por primera vez en toda la comida.

Directamente, a los ojos. Tiene los ojos claros, casi transparentes, de los que no se sabe de qué color son—.

Bea me dice que eres muy buena. Que tienes un futuro enorme en esta casa.

Álvaro también lo dice. —Hace una pausa—. Y yo, que hablo poco, también lo creo.

No contesto.

—Cuídate —dice.

Y sale a la calle Jorge Juan, donde un coche negro con chófer le está esperando en doble fila con los intermitentes puestos, y se sube detrás, y se va.

Cuídate. Diego, Irene, Álvaro. Y ahora él.

Me quedo en la acera de la calle Jorge Juan con el abrigo puesto y el vestido azul marino que no es negro, y el sabor de la perdiz todavía en la boca, a las cuatro menos cuarto de la tarde de un jueves de mayo.

No me ha pedido nada. Esa es la frase que me repito, andando hacia Serrano, hacia el metro.

No me ha pedido nada. No me ha amenazado.

No ha dicho ni una sola cosa que yo pueda contar, que yo pueda poner por escrito, que yo pueda enseñar a nadie.

Si mañana alguien me preguntara qué me dijo Gonzalo Vergés en la comida del jueves, tendría que decir: me habló de su hija.

De su padre. De la lealtad. Me pidió pan para la salsa.

Aquí las cosas no se piden. Pasan.

Bea tenía razón. Nadie hace nada. Todo pasa.

Y lo que va a pasar ya lo sé. Lo he entendido entre la perdiz y la tarta de queso, en una mesa del fondo junto a una chimenea apagada, sin que nadie me dijera una palabra.

Si firmo en septiembre, en octubre subo a la mesa de Bea, y Bea sube a la tercera planta, y Gonzalo me invita a comer otra vez, dentro de un año, y me enseña más fotos de su hija.

Y si no firmo, no pasa nada. Nadie me despide.

Solo que alguien firma por mí, o no firma nadie y se pierde la cuenta, y en un pueblo donde todo el mundo conoce a todo el mundo, a Gonzalo le llaman antes de que a mí me hagan ningún contrato.

No lo ha dicho. No hacía falta.

En el metro de Serrano saco el móvil. Abro el chat de Diego. Escribo: «¿Puedes hablar?»

Lo miro. Lo borro.

No puedo meter a Diego en esto. Diego está mirando pisos en Carabanchel con una maestra de Getafe que llora en el sofá con la mantita. Diego no sabe nada. Diego solo me bajó un export para cuadrar.

Guardo el móvil. Y en la funda, detrás de la tarjeta sanitaria, noto el bulto pequeño y duro del pendrive con forma de pez.