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Tardo dos semanas en ir a ver a Bea, y lo que me decide no es valor. Es una hoja de cálculo.
El lunes trece de abril, Toni me pasa los datos del panel para el informe de seguimiento de abril. El alcance único acumulado de la fase 2 va por once millones. Once millones de jóvenes de quince a veintinueve años en un país donde hay siete millones cuatrocientos mil.
Toni me lo pasa por el chat, sin comentarios. Solo el archivo. Y debajo, un minuto después, un mensaje suelto, que borra a los diez segundos pero que yo ya he leído:
«11.»
Solo el número. Nada más.
El martes catorce, a las siete de la tarde, subo a la sala Rodalquilar, que es la más pequeña de la segunda planta, la que no usa nadie porque tiene la ventana al patio de luces y huele a humedad, y le mando un mensaje a Bea por el chat:
«¿Tienes diez minutos? En Rodalquilar.»
Contesta en veinte segundos.
«Voy.»
·
Bea entra con las gafas en la cabeza y el portátil cerrado debajo del brazo. Cierra la puerta. Se sienta enfrente de mí, al otro lado de la mesa, que es pequeña, de cuatro, con una lámpara de techo que zumba.
—Dime.
Le pongo el portátil delante. Abierto. Con las tres cosas en pantalla, en tres ventanas, como las tenía el martes diecisiete de marzo cuando Toni se quedó de pie al lado de mi mesa: la tabla del INE, azul y gris.
El panel, con el once en verde. Y mi hoja de cálculo, la del fin de semana de fiebre, con la fase 1 rehecha: un millón ochocientos mil.
No le explico nada. Lo he pensado toda la tarde, cómo contárselo, y al final he decidido hacer lo que me enseñó Álvaro en Conde Duque: no explicar el número. Dejarlo delante.
Bea mira la pantalla.
Tarda. No mucho. Diez segundos, quince. Lee la tabla del INE. Lee el once. Baja a mi hoja. Lee las columnas que he montado: dominios, países, duración, deduplicación estimada. Lee el total. Un millón ochocientos mil.
No se le mueve la cara. Nada. Ni el músculo de la mandíbula, el que se le mueve cuando habla Álvaro. Nada.
Se quita las gafas de la cabeza. Las dobla. Las deja encima de la mesa, al lado del portátil.
—¿De dónde has sacado el export? —dice.
No es lo que esperaba. Esperaba sorpresa, o enfado, o negación. No esperaba que lo primero que preguntara fuera eso.
—Da igual de dónde.
—No da igual. —Me mira—. Pero vale. Luego.
Vuelve a mirar la pantalla. Se echa hacia atrás en la silla. Cruza los brazos.
—Es la metodología —dice.
—¿Qué?
—La metodología. Del sector. Todo el mundo suma.
—Lo dice con calma, con la voz de siempre, la de los ladrillos que caen cada uno en su sitio—.
Cada plataforma da su alcance. No se pasan los datos entre ellas, porque son competencia.
No hay forma técnica de deduplicar entre plataformas sin un panel de audiencia independiente, que cuesta más que media campaña y que el IJCD no ha querido pagar.
Así que se suma. Lo hace todo el mundo. Todas las agencias de este país.
Todas las campañas públicas que has visto en tu vida.
—Pero salen más jóvenes de los que hay.
—Salen más impactos únicos por plataforma de los que hay jóvenes. Que no es lo mismo.
—En el informe pone personas. Alcance único: once millones de personas de quince a veintinueve años. Personas, Bea. Pone personas.
Bea no contesta.
—Y los juegos de Vietnam —sigo. La voz me tiembla un poco y la aprieto—. Y las webs clonadas. Y las visualizaciones de dos segundos cuando el mensaje empieza en el veintiocho. Eso no es metodología. Eso es…
Me callo. No digo la palabra.
Bea tampoco la dice.
La lámpara del techo zumba. En el patio de luces, alguien ha tendido otra sábana blanca, o la misma de hace un año, y se mueve con el aire.
·
Bea se levanta. Va hasta la ventana del patio. Se queda de espaldas a mí, mirando la sábana, con los brazos cruzados.
—En 2021 yo tenía veinticuatro años —dice—.
Uno menos que tú ahora. Llevaba dos en Oleaje.
En cuentas, como Diego. —Hace una pausa—.
Teníamos un banco. Una campaña para una cuenta joven.
Tarjetas para universitarios, con descuentos en conciertos y en festivales.
Muy bonita. La hizo Álvaro, claro. Ganó cosas.
No me mira. Mira la sábana.
—Al final de la campaña había que mandar un informe de resultados al banco.
Porque la renovación del contrato, que era de tres años, dependía de que se cumplieran unos objetivos de registro de tarjetas.
Y no se cumplían. Ni de lejos. —Se ríe, bajito, sin gracia—.
Los universitarios no querían otra tarjeta. Tenían la de sus padres.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que mi jefa de entonces, que se fue de Oleaje hace años, me pidió que preparara el informe.
Y me pasó los números. Y los números cuadraban.
Cuadraban de maravilla. Registros de tarjetas desde apps de juegos.
Desde webs que se llamaban como periódicos con una letra cambiada. —Se gira por fin—. Te suena, ¿no?
—Me di cuenta en una tarde. Como tú. No soy tonta. Nadie aquí es tonto. —Vuelve a la mesa. No se sienta. Apoya las dos manos en el respaldo de la silla—. Fui a su despacho. Se lo enseñé. Igual que me lo has enseñado tú a mí. ¿Y sabes qué me dijo?
—Que era la metodología.
—Que era la metodología. —Bea asiente—. Y que el informe lo tenía que firmar yo, porque yo era la ejecutiva de la cuenta.
Y que si lo firmaba, en septiembre subía.
Y si no lo firmaba, no pasaba nada. Nadie me iba a despedir.
Solo que el informe lo firmaría otra persona, y en septiembre subiría otra persona.
Se calla.
—¿Y lo firmaste?
Bea me mira. Con esos ojos grises que no me di cuenta de que tenía hasta el office de las lentejas. Grises como el Mar Menor un día de levante.
—Estoy aquí —dice—. Directora de estrategia. Con treinta y cinco años. En la mesa del fondo de la primera planta.
No hace falta que diga más.
Algunas lo hemos tenido. Y otras lo hemos sido.
Lo entiendo ahora, en la sala Rodalquilar con la lámpara zumbando. No hablaba de Álvaro. O no solo. Hablaba de esto. De que algunas han tenido a alguien que les pidió firmar. Y otras se han convertido en la que se lo pide a otra.
·
Bea se sienta. Coge sus gafas de la mesa. No se las pone. Les da vueltas entre los dedos.
—Te voy a decir cómo son las cosas, Nerea. Una vez. Como te dije el primer día lo de que aquí se viene a que te vean.
Me preparo.
—En septiembre se cierra la fase 2. El contrato dice que hace falta un certificado de resultados firmado por la responsable de la cuenta. —Me mira—. Que eres tú. Lo firmaste en octubre. Lo leíste entero, porque te lo dije yo, y lo firmaste.
—Lo sé.
—De ese certificado depende la renovación del contrato marco. Tres años más. Es la cuenta pública más grande que ha tenido esta casa. —Hace una pausa—. Y en octubre yo subo.
—¿Adónde?
—Gonzalo va a crear una dirección general adjunta. Por encima de estrategia y de creatividad. Por encima de Álvaro. —Lo dice sin sonreír, pero algo se le mueve en la cara, algo pequeño, viejo, que lleva años esperando—. Me lo ha ofrecido a mí.
—Enhorabuena.
—Gracias. —Deja las gafas encima de la mesa—. Y cuando yo suba, la dirección de estrategia se queda libre.
No dice nada más. Me mira.
Y yo entiendo. Lo entiendo con el cuerpo antes que con la cabeza, como se entiende el frío del agua antes de pensarlo. Se me eriza la piel de los brazos.
—Es tuyo —dice Bea—. Si quieres.
—¿Si firmo?
Bea no contesta a eso. No dice «si firmas». No dice nada que no pueda decir delante de nadie. Se levanta. Coge el portátil. Se pone las gafas en la cabeza.
—Borra esa hoja —dice, señalando mi pantalla con la barbilla—. No porque sea mentira. Porque no te sirve de nada. Y porque el export tiene el nombre de quien lo ha bajado en la cabecera de cada archivo, y ese no eres tú.
Se me para algo en el pecho.
dsanchis@oleaje.
Bea abre la puerta de Rodalquilar. Se para en el umbral, de espaldas.
—Una cosa más —dice—. Yo no te voy a pedir que firmes nada. Ni Gonzalo tampoco. Nadie te lo va a pedir nunca. Aquí las cosas no se piden. —Se gira un poco, lo justo para que le vea media cara—. Pasan.
Y se va. Y la puerta se cierra con el muelle, despacio, sin ruido.
Me quedo sola en la sala más pequeña de la segunda planta, con la lámpara zumbando y la sábana del patio moviéndose con el aire, y tres ventanas abiertas en el portátil. La del INE. La del once en verde. La del millón ochocientos mil.
No borro la hoja.
La guardo en un pendrive que compro al día siguiente en una papelería de la calle Santa Engracia, un pendrive azul con forma de pez, el único que tienen, que cuesta seis euros.
Y el pendrive lo meto en la funda del móvil, detrás de la tarjeta sanitaria, junto a los dos pósits de Álvaro, el del plano de las siete y catorce y el de te lo dije, que ya tienen los bordes blandos de tanto doblarse.