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El informe de seguimiento de marzo sale el viernes veinte a las nueve de la mañana con una frase debajo del nueve coma dos que no he escrito yo.
La escribe Bea. El jueves por la noche, a las doce y diez, en el documento compartido, en la línea que dejé en blanco.
Lo veo en el historial de versiones el viernes a las ocho y media, en el metro, con el móvil: Beatriz Losada ha editado el documento.
Y la frase, nueva, en su letra de ordenador, que es la misma que la de todos pero que yo ya distingo:
Cobertura prácticamente total del público objetivo.
No es mentira. Eso es lo que pienso en el metro, mirando la frase, con la frente contra la ventanilla.
No es mentira. Prácticamente total. Más de total.
Casi dos millones por encima de total. Es una frase que no dice ningún número y por eso no se puede equivocar.
Es la frase más bonita que he leído en mi vida sobre una cifra imposible.
El informe sale a las nueve con copia a Gonzalo, a Álvaro, a Diego y a mí.
Lo firma Bea. Solo ella. Beatriz Losada, directora de estrategia.
Mi nombre no aparece en ningún sitio, aunque lo he montado yo entero, aunque la responsable de cuenta soy yo, aunque el anexo que firmé con el Bic de Román dice que la que da la cara soy yo.
No sé si Bea me ha protegido o me ha apartado. No sé si hay diferencia.
Inma contesta a las cinco: «Recibido.» Una palabra. Nada más.
·
El domingo veintidós no duermo.
El lunes veintitrés, a las doce, en la esquina de Ramona, le pido a Diego el export.
Lo pienso toda la noche. Lo pienso tanto que cuando lo digo me sale natural, como una frase de oficina, como bien jugado o buen trabajo. Me sale con la voz de Bea.
—Oye, ¿me puedes sacar el export en bruto de las plataformas? De la fase 1 y de lo que llevamos de la 2. Todo. Sin agregar.
Diego está sacando un solo de Ramona. No se gira.
—¿Todo todo?
—Todo. Impresiones, alcance, visualizaciones, por plataforma, por soporte, por día. Lo que haya.
—¿Para qué?
Es la primera vez en un año y medio que Diego me pregunta para qué.
—Para cuadrar —digo—. Para el informe de abril. Quiero entender de dónde sale cada cosa.
Diego coge su taza. Me mira. Tiene el café en la mano y las gafas un poco empañadas por el vapor.
No sé qué ve en mi cara. A lo mejor nada. A lo mejor todo. Desde el coche de febrero, desde el beso en doble fila con la radio puesta, hemos aprendido a mirarnos en la esquina de Ramona sin ver nada, por Lorena. Y a lo mejor eso es lo que ve: nada. Una compañera que le pide un export para cuadrar.
—Vale —dice—. Te lo bajo esta tarde.
No pregunta más.
·
Me lo manda a las siete y cuarto, por el chat, sin ningún comentario.
Un enlace a una carpeta del servidor de Oleaje.
Dentro, treinta y ocho archivos. Hojas de cálculo con nombres de plataformas, de fechas, de campañas.
Cada archivo tiene en la cabecera, en gris, una línea con el usuario que lo ha descargado: dsanchis@oleaje.
Lo veo y no lo veo. Lo veo, en la cabecera de cada archivo, en gris, y lo leo, y no lo miro.
Lo miraré en octubre. En octubre ese dsanchis@oleaje en gris me va a costar más que cualquier otra cosa que haya hecho en mi vida.
Pero el lunes veintitrés de marzo a las siete y cuarto de la tarde, con la planta medio vacía, es solo una línea gris en la cabecera de una hoja de cálculo.
Empiezo esa noche. En el estudio de Chamberí, en la mesa redonda, con el portátil, la cafetera de cápsulas que por fin uso y el rodillo de Rosa colgado en la pared de enfrente.
No sé hacerlo. Esa es la primera cosa que aprendo.
No sé leer un export en bruto. En la carrera nadie me enseñó.
En Oleaje nadie me enseñó, porque en Oleaje los datos llegan ya en el panel de Diego, en verde, sumados, bonitos.
Esto son filas. Miles de filas. Cientos de miles.
Cada fila es una impresión o un grupo de impresiones, con una fecha, una hora, una plataforma, un soporte, un país, un tipo de dispositivo, una duración de visualización en segundos, y una columna que se llama domain con el nombre de la web o la aplicación donde se ha visto el anuncio.
Tardo tres noches en aprender a filtrar.
Veo tutoriales a las dos de la mañana. Le pregunto a Toni, el miércoles, en voz baja, cómo se hace una tabla dinámica, y él me mira con la Moleskine abierta, y me enseña en cinco minutos, y no pregunta para qué, y yo sé que sabe para qué, porque el martes diecisiete vio lo mismo que yo.
El jueves veintiséis, a las tres y veinte de la mañana, empiezo a entender.
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Lo primero son los dominios.
Filtro la columna domain de la programática, la parte que me explicó Diego el primer día de la fase 1 con la taza de cava en la mano: anuncios que se compran solos, por máquina, en miles de webs y apps a la vez. Ordeno de más a menos impresiones.
Los primeros no los conozco. Nombres raros, con números.
Webs que se llaman como periódicos pero con una letra cambiada.
Webs de recetas, de horóscopos, de noticias de famosos, todas con el mismo diseño, la misma plantilla, como si las hubiera hecho la misma persona en una tarde.
Abro diez. Son todas iguales: un texto corto copiado de otro sitio, y alrededor, arriba, abajo, a los lados, en medio del texto, anuncios.
Veinte, treinta anuncios por página. Una de ellas tiene en la esquina, en pequeño, un vídeo de Antes reproduciéndose sin sonido, del tamaño de un sello, debajo de un anuncio de un casino y encima de otro de unas pastillas para adelgazar.
Me quedo mirando el vídeo del tamaño de un sello. Una chica de espaldas en un pasillo de instituto vacío. Sin sonido. Nadie la oye contar el segundo antes.
Luego están las aplicaciones. Juegos. Juegos de móvil gratuitos, de los de unir caramelos, de los de construir granjas, de los de disparar a zombis.
Cientos de miles de impresiones en juegos.
Filtro la columna de país. Vietnam. Indonesia.
Bangladés. Filipinas. Una parte enorme de las impresiones de la campaña contra el reenvío de imágenes íntimas entre jóvenes españoles se ha servido en juegos de móvil jugados, o no jugados, en países donde nadie entiende la frase.
Busco en internet, a las cuatro de la mañana, qué quiere decir eso.
Lo encuentro enseguida, porque hay artículos, porque no soy la primera: granjas de clics.
Salas llenas de estanterías con cientos de móviles baratos, conectados a cables, que abren aplicaciones y reproducen anuncios solos, día y noche, para que cuenten como vistos.
Tráfico falso. Humo. Se compra por nada, en milisegundos, a través de la misma programática que me explicó Diego, y cuenta en el panel igual que un chico de diecisiete años en una parada de autobús de Bravo Murillo.
Filtro la duración de visualización. La mayoría de las visualizaciones de la fase 1 y de la fase 2 duran dos segundos.
Dos. Busco en el contrato, en el anexo de medición que redactó Bea para el concurso, qué cuenta como visualización.
Lo encuentro en la página catorce: se considerará visualización toda reproducción del vídeo iniciada con al menos el 50 % de los píxeles en pantalla durante un mínimo de dos segundos.
Dos segundos. El spot dura cuarenta. El segundo antes, el pulgar quieto encima de la flecha, la frase de los catorce, empieza en el segundo veintiocho.
Nadie que cuente como visualización en esta campaña ha tenido que ver el segundo antes.
Y luego está el alcance.
El alcance único que va en verde en la página para ella sola no lo calcula nadie.
Lo abro en la hoja del panel de Diego, la que suma.
Cinco plataformas. Cada una da su cifra de alcance único, gente distinta que ha visto el anuncio en esa plataforma.
Y el panel las suma. Sin más. Sin ningún paso en medio.
Si un chico de diecisiete años de Bravo Murillo ha visto el anuncio en las cinco, en el panel cuenta como cinco personas.
La pregunta de Inma. La de junio. La que contesté por escrito con mi nombre.
No lo sé con seguridad. Lo compruebo y se lo confirmo por escrito esta semana.
Le confirmo que los datos de alcance único de la fase 1 están verificados.
No estaban verificados. No estaban deduplicados. No estaban nada. Estaban sumados. Y yo lo firmé.
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El viernes veintisiete no voy a Oleaje. Mando un correo a Bea a las siete de la mañana diciendo que tengo fiebre. Esta vez no es mentira del todo. Tengo treinta y siete y ocho, que me tomo con el termómetro de Wafa, y un temblor en las manos que no se va con nada.
Me paso el viernes, el sábado y el domingo en la mesa redonda con el export.
Rehago la fase 1 entera. Quito las webs clonadas.
Quito los juegos de los países donde no se habla castellano.
Quito las visualizaciones de menos de diez segundos, que es lo que la propia plataforma más grande recomienda en su guía para campañas de sensibilización, y que encuentro a las tres de la mañana del sábado en un PDF de sesenta páginas.
Intento deduplicar a mano con los datos que hay, que no son suficientes, y hago una estimación, a la baja, con una hoja de cálculo que monto sola y que repaso tres veces, como mi padre las cuentas de la temporada.
El domingo veintinueve, a las once de la noche, tengo un número.
No es exacto. No puede serlo. Pero es honesto, que es otra cosa.
La fase 1 de «No lo reenvíes» no llegó a seis millones cien mil jóvenes. Llegó, siendo generosa, a un millón ochocientos mil. Menos de uno de cada cuatro.
Y el ascenso. El mío. El de la sala del Cantábrico, con cincuenta personas mirándome desde la mesa de madera de diez metros.
El «Nerea Baresa» en la boca de Gonzalo.
El contrato indefinido, el sueldo que miré tres veces para comprobar que no había leído mal un cero, el estudio de mil ciento cincuenta euros donde no se oye nada.
Todo eso vino después de un informe con una página verde para ella sola.
La hice yo. La centré. Le cambié el tamaño a la letra. No hice la cuenta.
Me ascendieron con un número que no existía.
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El lunes treinta, a las siete de la mañana, antes de ir a Oleaje, me siento en el sofá pequeño del estudio con el móvil en la mano.
Abro el chat con mi padre. El último mensaje es de noviembre: Has llegado bien?, sin la interrogación de abrir. De cuando volví de un puente que pasé sola en Madrid y le dije que me iba a la sierra con amigos.
Escribo: Papá.
Miro la palabra. El cursor parpadea detrás.
No sé qué poner después. No sé cómo se le cuenta a un hombre que ha trabajado treinta años en un camping cuadrando cuentas con una calculadora de pilas, sin trampa, aunque le salieran mal, que su hija ha cobrado un año por una cifra que no existía.
Borro la palabra.
Cierro el chat.
Me ducho, me visto, bajo los cuatro pisos, ando los diez minutos hasta Zurbano, y a las diez y media estoy en mi mesa, con la taza de la ola azul, abriendo el informe de abril. Toni me mira desde la mesa de al lado. No dice nada.
En la cabecera de cada uno de los treinta y ocho archivos que tengo en una carpeta de mi portátil, en gris, sigue poniendo dsanchis@oleaje.