Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 33
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La fase 2 de «No lo reenvíes» sale a la calle el lunes dos de marzo, y esta vez no voy a ver ninguna marquesina a las seis y cuarenta de la mañana.

No me hace falta. Antes está en todas partes a la vez.

En las marquesinas de Bravo Murillo y de Alonso Martínez y de la plaza de Olavide, delante de mi portal.

En los andenes del metro. En las pantallas de los autobuses.

En los vídeos de antes de los vídeos, en todas las aplicaciones del móvil, cada vez que abro cualquier cosa.

Una chica de espaldas en un pasillo de instituto vacío.

Un vagón de Cercanías sin nadie. Una cafetería de facultad a las ocho de la mañana, con las sillas todavía encima de las mesas.

Y una voz de mujer, sin cara, que cuenta el segundo antes.

Una de las voces cuenta lo del tranvía. Lo de contar las cabezas que se giran.

No es mi voz. Es la de una actriz de Valencia que se llama Sara y que grabó en un estudio de Chamartín una tarde de febrero, con Álvaro al otro lado del cristal.

Yo no fui a la grabación. Nadie me dijo que fuera.

Me enteré de que existía esa frase en el guion al ver el montaje final en la sala Zahara, con las persianas bajadas, con Maite y Lucas y Toni, y me quedé quieta en la silla mientras la actriz decía, con una voz muy bonita, muy bien grabada, que contaba las cabezas que se giraban en el tranvía.

Maite lloró. Toni apuntó algo en la Moleskine. Yo no dije nada.

Llevo sin decir nada desde octubre.

·

El informe de seguimiento de la fase 2 hay que entregarlo al IJCD el viernes veinte de marzo.

Es el primero de los tres que pide el contrato: uno al mes, y el certificado final en septiembre.

Lo hago yo. Esta vez no es Bea la que monta.

Esta vez la responsable de cuenta soy yo, lo pone el anexo que firmé con el Bic de Román, y Bea me lo dice el lunes nueve en la escalera, sin pararse, con una carpeta debajo del brazo:

—El seguimiento de marzo es tuyo. Yo lo reviso antes de que salga. Toni te ayuda con los datos.

—Vale.

—Nerea. —Se para dos escalones más arriba, como el día del pliego—. Hazlo como el de la fase 1. Mismo formato. Mismas cifras de cabecera. Inma ya está acostumbrada.

—Vale.

Y sube.

Mismas cifras de cabecera.

·

Empiezo el martes diez. Toni me pasa los datos del panel de Diego, que ahora es un panel más grande, con más plataformas, más colores, más gráficas que suben.

Lo monto con las plantillas de la ola azul.

La portada. El resumen. Las piezas, con fotogramas de Antes.

La conversación en redes. Y el apartado de exposición, que empieza con una sola cifra, en grande, en verde, en una página para ella sola.

El número del panel, a día quince de marzo, dos semanas después del arranque.

Alcance único acumulado: 9,2 millones de personas de 15 a 29 años.

Lo pongo en verde. Lo centro. Le cambio el tamaño a la letra. Y cuando voy a escribir debajo la frase, la que iba debajo en la fase 1, la de Bea, más de seis de cada diez jóvenes españoles, me paro.

No sé por qué me paro. Estoy cansada, como en septiembre.

Llevo desde las nueve de la mañana. Son las siete de la tarde del martes diecisiete y Toni está en la mesa de al lado, con los cascos, cuadrando las diapositivas de redes, y la planta está medio vacía porque es el día después de un puente y nadie ha vuelto del todo. No hay ninguna razón especial.

O sí la hay. La razón es la pregunta de Inma.

Si un chico de diecisiete años ve el anuncio en tres plataformas distintas, ¿cuenta como uno o como tres?

La que le contesté en junio, por escrito, con mi nombre, sin comprobarla.

La razón es la pregunta de Toni en septiembre, con la Moleskine abierta.

La razón es la piedra o el bicho del fondo del Mar Menor, que llevo seis meses sin mirar, y que hoy, a las siete de la tarde de un martes, con el nueve coma dos en verde delante de los ojos, me roza otra vez el pie.

Y esta vez no lo quito.

·

Abro una pestaña nueva del navegador. Escribo: INE población por edad España.

La página del Instituto Nacional de Estadística es azul y gris, fea, llena de tablas.

Tardo diez minutos en encontrar lo que busco.

La tabla de población residente por edad, a uno de enero.

Selecciono los grupos. De quince a diecinueve.

De veinte a veinticuatro. De veinticinco a veintinueve. Le doy a consultar.

Tres números. Los sumo con la calculadora del móvil, como mi padre en la recepción.

Siete millones cuatrocientos mil y pico.

En España hay siete millones cuatrocientas mil personas entre quince y veintinueve años.

Miro el número del móvil. Miro la pantalla del portátil. El verde. El nueve coma dos.

Nueve millones doscientas mil.

Lo vuelvo a sumar. Por si acaso. Por si me he equivocado en un grupo. Siete millones cuatrocientas mil. Lo vuelvo a sumar otra vez, grupo a grupo, con el dedo. Siete millones cuatrocientas mil.

No hay tantos jóvenes en España.

La campaña dice que ha llegado a nueve millones doscientas mil personas de quince a veintinueve años. En España hay siete millones cuatrocientas mil. Ha llegado a casi dos millones más de los que existen.

Me quedo quieta en la silla.

No es un error pequeño. No es un decimal mal puesto.

No es una cosa que se pueda discutir en una reunión de dos horas en la sexta planta con el reloj haciendo clic.

Es una cifra imposible. Es como si mi padre dijera que el camping ha tenido doscientas parcelas ocupadas en agosto cuando el camping tiene sesenta.

Es una cifra que cualquiera que la mire diez segundos sabe que no puede ser.

Y llevo un año sin mirarla diez segundos.

·

Abro el informe final de la fase 1. El de las cuarenta y ocho páginas. El de la página verde que hice yo. Alcance único: 6,1 millones de personas de 15 a 29 años. Más de seis de cada diez jóvenes españoles han estado expuestos al mensaje de la campaña.

Hago la cuenta que no hice en septiembre. Seis millones cien mil entre siete millones cuatrocientas mil. Ochenta y dos por ciento.

No seis de cada diez. Ocho de cada diez.

La frase de Bea, la que escribí tal cual a la una de la madrugada sin leerla dos veces, ni siquiera cuadraba con su propio número.

Para que seis millones fueran seis de cada diez, en España tendría que haber diez millones de jóvenes.

Bea escribió una frase que no se sostenía, y yo la puse debajo de una cifra que no se sostenía, y la mandamos al IJCD, y el IJCD la leyó, y aprobó la fase 2 con el doble de presupuesto.

Y en esa fase 2, ahora, dos semanas después de arrancar, ya llevamos más jóvenes de los que hay.

Nadie lo ha visto. Ni Bea, ni Gonzalo, ni Diego, ni el comité del IJCD con sus pósits de colores, ni la directora general de la chaqueta de tweed. O lo han visto todos y nadie lo ha dicho.

No sé cuál de las dos cosas es peor.

·

—Nerea.

Levanto la vista. Toni está de pie al lado de mi mesa, con los cascos al cuello y la Moleskine en la mano. No sé cuánto tiempo lleva ahí.

—Perdona —dice—. Te he llamado dos veces. Ya tengo las de redes. ¿Te las paso?

—Sí. Pásamelas.

Toni no se va. Mira mi pantalla. Tengo abiertas las dos pestañas: la del INE, con la tabla azul y gris, y el informe con el nueve coma dos en verde. Y en el móvil, encima de la mesa, la calculadora, con el siete millones cuatrocientos mil y pico todavía en la pantalla.

Toni mira las tres cosas. Tarda un segundo. Solo uno. Veo cómo lo hace, cómo le cambia la cara, porque es la misma cuenta que yo he hecho, y él es rápido, más rápido que yo, el más rápido de toda la planta con los números.

—Hostia —dice, muy bajo.

—Nerea, eso…

—Lo sé.

—Eso es más que…

—Lo sé, Toni.

Toni se queda de pie al lado de mi mesa con la boca un poco abierta.

Mira hacia el fondo de la planta, a la mesa de Bea, que está vacía porque Bea se ha ido a las seis a una reunión en la tercera planta.

Mira hacia la escalera. Mira a su alrededor, a las pocas nucas iluminadas que quedan, como si alguien pudiera estar escuchando.

—¿Qué hacemos? —dice. En plural.

Me lo quedo mirando. Veintitrés años. Una camisa azul claro planchada, con la manga manchada de tinta.

Los zapatos marrones que brillan. La Moleskine con la letra redonda y pequeña.

El chico que me preguntó en septiembre de dónde salía el seis coma uno y al que le contesté con la voz de Bea: está verificado.

—Nada —digo—. De momento, nada.

—Pero…

—Toni. Escúchame. —Bajo la voz—. No has visto nada. Pásame las de redes, vete a casa y mañana a las diez y media aquí, como siempre.

—Pero es…

—Ya sé lo que es. —Cierro la pestaña del INE. Cierro el informe. Pongo el móvil boca abajo—. Déjamelo a mí.

Toni me mira un segundo más. Luego asiente. Vuelve a su mesa. Me pasa las diapositivas de redes por el chat. Recoge la Moleskine. Se pone la chaqueta.

En la escalera, antes de bajar, se gira.

—Nerea.

—Qué.

—En clase nos dijeron que la deduplicación entre plataformas casi nadie la hace bien. —Tiene la mano en la barandilla—. Pero nos dijeron que la haces mal, no que te salgan más personas de las que hay.

Y baja la escalera.

Me quedo sola en la planta. Son las ocho menos cuarto de un martes de marzo. Al fondo, la mesa de Álvaro está vacía. La de Bea también. La piscina del jardín, por la ventana, está limpia, azul, iluminada desde dentro con una luz que han puesto en enero y que nadie usa, como un decorado.

Vuelvo a abrir el informe. El verde. El nueve coma dos.

Y en el sitio de la frase de debajo, donde iba lo de los seis de cada diez, no escribo nada. Lo dejo en blanco. Una línea vacía debajo de una cifra imposible.

Es lo único que sé hacer, por ahora. No escribir lo que no es verdad.