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En febrero tengo los jueves libres y no sé qué hacer con ellos.
El primero, el veintidós de enero, me voy a casa a las siete y media y me siento en el sofá del estudio y a las nueve y media, sin querer, miro el reloj del móvil.
El segundo, el veintinueve, me voy al cine sola a ver una película francesa en versión original en los Golem de la calle Martín de los Heros, y no me entero de nada, y a las nueve y media, en la sala a oscuras, miro el reloj del móvil.
El tercero, el cinco de febrero, me quedo en Oleaje hasta las once, preparando el arranque de la fase 2 con Toni y con Diego, y a las nueve y media no miro el reloj, y cuando caigo en que no lo he mirado son las diez y cuarto y me alegro tanto que me da vergüenza alegrarme por algo así.
La fase 2 arranca el dos de marzo. Hay que tenerlo todo cerrado antes: los nuevos spots de Antes, que Álvaro rueda en Madrid en febrero, en un instituto vacío de Carabanchel, en un vagón de Cercanías alquilado un domingo, en la cafetería de una facultad.
El plan de medios, el doble que la fase 1.
La acción en institutos. El podcast con la psicóloga.
Y el plan de medición, que es mío, y que Inma revisa línea a línea con el lápiz de las gafas colgadas del cordón, en reuniones de dos horas en la sexta planta donde el reloj de estación hace clic.
Trabajo mucho. Trabajo como trabajaba en el Salitre en agosto, sin pensar, con el cuerpo solo. Es lo que sé hacer cuando no sé qué hacer.
Y Diego está ahí.
No como en diciembre, en el bar de la calle Almagro, con Lorena del brazo.
Diego está ahí como estaba el primer año: en la esquina de Ramona, con el café con la leche que no es de Carla.
En la mesa de al lado, a las diez de la noche, con la carpeta del presupuesto.
En la sala Zahara, mirándome de reojo cuando Álvaro habla.
Nunca dice nada. Nunca pregunta. Pero a las once de la noche del jueves cinco, cuando Toni ya se ha ido y la planta está a oscuras salvo nuestras dos lámparas, levanta la vista de su pantalla y dice:
—Ya no te vas los jueves a las siete y media.
No es una pregunta.
—No —digo.
Diego asiente. Vuelve a su pantalla.
Y no dice más. Pero a las doce menos cuarto, cuando cierro el portátil, él cierra el suyo a la vez, y dice:
—Te llevo. Tengo el coche abajo.
·
El coche de Diego es un Seat León de hace doce años, rojo, con una abolladura en la puerta de atrás y un olor a ambientador de pino que no consigue tapar el olor a naranja.
Es el coche de su padre, que se lo dio en septiembre cuando se compró uno nuevo, y que Diego trajo desde Alzira con el maletero lleno de cajas de naranjas que repartió en la agencia.
Todavía quedan dos naranjas rodando por el suelo del asiento de atrás, secas, arrugadas, olvidadas.
Diego pone la radio. Una emisora de las de siempre, a volumen bajo, con un programa de madrugada donde la gente llama para contar cosas. Una mujer de Burgos cuenta que su marido ronca. El locutor le da consejos. Diego se ríe por la nariz.
No es un coche en silencio.
Eso es lo primero que pienso, en el asiento del copiloto, con el cinturón puesto, mientras Diego baja por Zurbano hacia Almagro.
Que hay ruido. La radio, el intermitente, que en este coche suena como un grillo, el motor un poco ronco, las naranjas rodando detrás cuando gira.
Y que el ruido me gusta. Que me gusta un coche donde suena algo que no ha elegido nadie para mí.
De Zurbano a Olavide son cinco minutos. Diego los hace en diez. Va muy despacio. Para en todos los semáforos en ámbar. No sé si lo hace a propósito.
Aparca en doble fila delante de mi portal, con los intermitentes puestos. No apaga el motor. La mujer de Burgos se ha ido y ahora un hombre de Cádiz cuenta algo sobre su perro.
—Gracias —digo.
—De nada.
No me bajo.
No sé por qué no me bajo. Tengo la mano en la manilla de la puerta, como en el Volvo verde de Bravo Murillo hace un año. Y no me bajo.
Diego tampoco dice nada. Mira hacia delante, por el parabrisas, a la calle de los plátanos de sombra sin hojas, a la panadería de la puerta verde con la persiana bajada, al bar de enfrente con las sillas apiladas.
—Nerea —dice.
Me giro.
Y no sé quién empieza. Lo he pensado mucho, después, y sigo sin saberlo.
A lo mejor me inclino yo. A lo mejor se inclina él.
A lo mejor lo hacemos los dos a la vez, como los redactores y los directores de arte de Oleaje, que se ríen a la vez de algo que ha escrito uno en un papel.
Solo sé que de repente estoy besando a Diego en un Seat León rojo con olor a naranja y a pino, en doble fila, con el intermitente sonando como un grillo y un hombre de Cádiz hablando de su perro por la radio.
Y es distinto.
Es distinto de todo. No es la puerta de la catorce ni el pasillo de barro cocido ni el sofá gris.
No es un espacio que me dejan para que sea idea mía.
Es un beso torpe, un poco torcido, con las gafas de Diego que se me clavan en la mejilla y el freno de mano en medio, y es cálido de una forma que no recuerdo, como el agua del Mar Menor en septiembre, que ya no quema y todavía no enfría.
Dura poco.
Diego se aparta. No bruscamente. Despacio. Con la mano todavía en mi cara, en la mejilla, con la palma entera.
La quita.
—No —dice.
Me quedo quieta.
—No, Nerea. —Se echa hacia atrás en su asiento. Se quita las gafas. Se frota los ojos con el dorso de la mano—. Tengo a Lorena.
—Ya.
—Y la quiero.
Lo dice mirando el parabrisas. Sin enfado. Sin drama. Lo dice como un dato, igual que dijo «ya» en la verbena de la Paloma. Y la quiero.
Y yo sé que es verdad. Lo sé porque lo vi en el bar de la calle Almagro: la forma en que la miraba mientras ella hablaba del niño que se come la plastilina. Como se mira el mar desde una terraza. Sin querer que cambie.
—Lo siento —digo.
—No. —Se vuelve a poner las gafas—. No lo sientas tú. Lo siento yo. Yo también he… —Se calla. Busca la palabra—. Yo también estaba aquí.
Nos quedamos callados. En la radio, el hombre de Cádiz se despide. El locutor pone una canción. Una de esas que suenan en todas las radios de madrugada, de hace veinte años, que nadie ha elegido.
—En agosto —dice Diego, muy bajo— te habría dicho que sí. En la plaza de la Paja. Con la limonada. Te habría dicho que sí a todo.
—Lo sé.
—En agosto había alguien.
—Lo sé.
—Y ahora hay Lorena. —Se ríe sin gracia—. Tenemos un problema de horarios, tú y yo.
Me río también. Sin gracia. Con los ojos calientes.
—Siempre llego tarde —digo—. Me lo dice todo el mundo.
—No llegas tarde. —Me mira por fin—. Llegas cuando llegas. Pero yo no puedo esperar en la plaza de la Paja toda la vida, Nerea. No sé hacer eso. No soy así.
No contesto. No hay nada que contestar.
Diego pone las dos manos en el volante. Arriba, como en la autoescuela. Como Álvaro en Bravo Murillo. Y lo noto, y me duele notarlo, y él no lo sabe.
—Esto no ha pasado —dice. Y luego se corrige, enseguida, mirándome—: No. Sí ha pasado. No te voy a hacer eso. No te voy a decir que no ha pasado.
—Vale.
—Ha pasado. Pero no vamos a hablar de ello. Ni tú ni yo. Ni en Ramona ni en ningún sitio. —Tiene la voz firme, pero le tiembla un poco al final—. Por ella. No por mí, ni por ti. Por ella.
Me quedo mirándolo.
Otro silencio. Otro acuerdo de no decir.
Otra regla. Pero esta vez no es para que nadie vea.
No es para que las dos ciudades no se toquen.
No es para proteger un jueves ni una casa en Aravaca ni un galgo blanco.
Es para proteger a una maestra de Getafe que llora en el sofá con la mantita y que me coge del brazo cuando habla, como si tuviera miedo de que me fuera.
Es la primera vez en un año que alguien me pide callar algo por otra persona.
—Vale —digo—. Por ella.
—Gracias.
Me bajo del coche. Cierro la puerta sin portazo. Diego baja la ventanilla del copiloto.
—Nerea.
Me agacho.
—Llama a tu padre —dice.
Me quedo helada.
—¿Qué?
—Llevas un mes sin hablar de él. Antes hablabas de él todos los lunes. De los holandeses, de la depuradora, de la piscina hinchable de la dieciocho. —Tiene las manos en el volante—. Desde Navidad, nada. No sé qué ha pasado. No me lo cuentes. Pero llámalo.
Y sube la ventanilla y se va Olavide abajo, despacio, con el intermitente puesto una manzana entera antes de acordarse de quitarlo.
·
No llamo a mi padre esa noche. Ni la siguiente.
El jueves doce, en Oleaje, Diego y yo nos cruzamos en la esquina de Ramona a las doce.
Él me pasa un café, solo, con la leche que no es de Carla.
Nos lo tomamos de pie, hablando del plan de medios de la fase 2, de una plataforma que cobra de más, de un proveedor que no contesta. Normal. Como cualquier día.
No es como si no hubiera pasado nada. Ha pasado. Los dos lo sabemos. Está ahí, en la esquina de Ramona, entre las dos tazas, como un llavero encima de una mesa. Pero no lo tocamos. Por ella.
El viernes trece, a las siete de la tarde, Diego se levanta de su mesa con el abrigo puesto y pasa por la mía de camino a la escalera. Lleva el móvil en la mano, con la pantalla encendida.
—Me voy —dice—. Hemos quedado con una inmobiliaria en Carabanchel. Lorena quiere ver pisos. Para comprar.
Lo dice sin pararse del todo. Sin mirarme del todo.
—Qué bien —digo.
—Sí. —Se para en el primer escalón—. Dice que ya está bien de tirar el dinero en alquileres. Que a los veintiocho hay que tener algo.
—Tiene razón.
—Sí. —Duda—. Hasta el lunes, Nerea.
—Hasta el lunes.
Y baja la escalera. Me quedo en mi mesa con la pantalla delante, en una celda verde de un Excel de la fase 2, y pienso en la señora de noventa años de la verbena de la Paloma, con su cara de haber visto de todo. Y en su «ya».