Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 31
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El jueves ocho de enero voy a Conde Duque y todo es igual.

Eso es lo que no me esperaba. Que fuera igual.

La caja negra con las cuatro ruedecillas, un poco más fría.

El portal de madera oscura. El ascensor de rejilla que no cojo.

La línea amarilla en el rellano del tercero.

El sofá gris, la lámpara de pie, la tarjeta de bienvenida en la encimera, que ahora es de Reyes, con un dibujo de tres camellos.

Álvaro en el sofá con los cascos y el portátil.

Moreno otra vez, de esquí, creo, porque tiene la marca blanca de unas gafas alrededor de los ojos, como un mapache.

—Hola —dice. Con la sonrisa torcida.

—Hola.

No me pregunta por Navidad. No le pregunto por el esquí.

No hablamos de la fiesta de la Castellana, ni del baño de mármol negro, ni de Irene.

No sé si Irene le ha contado algo. No sé si Irene le cuenta cosas.

No sé si él sabe que ella sabe. O a lo mejor lo sabe desde siempre y es parte de las reglas, una regla que no me dijo con ningún dedo porque no me afectaba: que su mujer conoce sus jueves y no le importa, o le importa y ha decidido que no, y que eso es asunto de ellos dos y de quince años.

Me siento a su lado. Él me pasa el brazo por los hombros. La lámpara. Los camellos.

Y a las doce y cuarto bajo los tres pisos y en el andén de Noviciado, por primera vez, descubro que durante las tres horas no he pensado en nada.

En nada. Ni en Irene, ni en mi padre, ni en Wafa, ni en el resumen de música sin ULTIMO VERANO.

Que la ciudad de los jueves se lo ha tragado todo, como siempre, sin dejar marca en la superficie.

Y que eso, que en marzo me parecía un regalo, esta noche me da miedo.

Porque si se lo traga todo, ¿qué queda de mí cuando salgo?

·

Esa semana no duermo bien. No es insomnio.

Me duermo, pero me despierto a las cuatro, a las cinco, y me quedo mirando el techo del estudio, que no tiene grieta.

Es un techo liso, blanco, recién pintado, sin nada que seguir con los ojos.

Echo de menos la grieta de Tetuán, la que iba de la lámpara a la esquina como un río en un mapa.

El martes trece, a las cuatro y media de la mañana, me levanto, me hago un café en la cafetera de cápsulas que compré en octubre y que tampoco uso, y me siento en la mesa redonda con un folio y el Bic de Román.

Escribo una lista. No sé hacer otra cosa a las cuatro y media de la mañana. Es lo que hacía mi padre en la recepción del camping cuando no le salían las cuentas: cogía un folio y apuntaba en dos columnas.

A la izquierda escribo lo que me da Conde Duque. A la derecha, lo que me quita.

A la izquierda escribo: tres horas en las que nadie me mira raro. Alguien que me enseñó a contar un número. Alguien que vio el plano de las siete y catorce antes de conocerme. La sensación de ser elegida.

A la derecha escribo: Wafa. Diego, a destiempo.

Mi padre, los domingos. ULTIMO VERANO. La frase de los catorce.

Mi historia en la sala de la sexta planta.

Media oficina. El baño de la segunda planta.

El baño de mármol negro. Cuatro ruedecillas.

Los jueves, que eran de Yago y de Matteo, que eran míos.

La columna de la derecha es mucho más larga.

La miro. La vuelvo a mirar. No añado nada. No tacho nada.

Y luego, debajo de las dos columnas, sin pensarlo, escribo una sola palabra. Con letras normales, sin repasarlas, sin mayúsculas. Como se escribe algo que ya estaba escrito.

basta.

Me quedo mirándola hasta que amanece.

·

El jueves quince, a las diez y cuarto de la mañana, me vibra el móvil en el bolsillo. Un toque. Un número que no tengo guardado.

Estoy en mi mesa. No me levanto. No voy al baño de la segunda planta. No me apoyo en ningún azulejo. Miro la pantalla hasta que se apaga, y sigo trabajando en el plan de medios de la fase 2, que arranca en marzo, y Toni me pregunta algo sobre las plataformas, y le contesto.

Álvaro está en su mesa del fondo, con los cascos. No me mira.

A las siete y media recojo. Paloma, en recepción, me dice «hasta mañana». Desde octubre me dice siempre «hasta mañana», también los jueves. No sé si fue cosa de Diego. No se lo he preguntado nunca.

No cojo el metro. Ando. Desde Zurbano hasta Conde Duque son veinticinco minutos a pie, por Alonso Martínez, por la calle Fuencarral, por la plaza de los Comendadores, y los ando despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo, con el frío de enero en la cara.

Me paro en un escaparate de una librería de la calle San Bernardo que tiene en el centro un libro de fotografía de un señor mayor con el mar de fondo, un mar gris, del norte, que no es el mío.

Me paro en un semáforo en rojo sin coches.

Me paro en la esquina de Conde Duque, donde está el cuartel de ladrillo rojo convertido en centro cultural, y miro el cartel de una exposición que no sé de qué es.

Llego a las nueve y cuarenta. Diez minutos tarde. Es la primera vez en once meses que llego tarde sin que sea por una llamada.

La frutería de enfrente tiene la luz encendida. El señor dentro coloca naranjas. Me mira a través del cristal. Creo que me reconoce. Once meses, todos los jueves, a la misma hora, en la acera de enfrente de su tienda. Levanta la mano con una naranja en ella, como un saludo. Yo levanto la mía.

Cruzo.

Giro las ruedecillas. Cero siete uno cuatro. Las siete y catorce. Hans bajando al agua, mi padre en la ventana.

La caja se abre con un clic.

·

Álvaro está en el sofá. No tiene el portátil. Tiene una botella de vino abierta y dos copas llenas en la mesa baja, y la tele apagada. Me mira entrar.

—Llegas tarde —dice.

—He venido andando.

—¿Desde Zurbano?

—Sí.

Me mira un segundo más. Luego da unos golpecitos en el sofá, a su lado.

No me siento.

Me quito el abrigo. Lo dejo en la silla que se tambalea, la de siempre. Y me quedo de pie en el medio del salón, entre la mesa redonda y el sofá gris, con las manos colgando.

Álvaro no se mueve. Me mira desde el sofá.

Y en su cara veo que lo sabe. Que lo ha sabido en el momento en que no me he sentado.

Que lleva veinte años leyendo caras en platós y en salas de reuniones, en monitores y en el borde de las ventanas, y que ha leído la mía en el primer segundo, igual que leyó la de Iker en Famara y la de Inma en noviembre.

No dice nada. Espera. Como en la puerta de la catorce. Me deja el espacio entero.

Por primera vez, lo uso para irme.

—Basta —digo.

Una palabra. Cinco letras. Con la voz normal, sin temblar. No la digo alto ni bajo. La digo como la escribí en el folio a las cuatro y media de la mañana del martes: como se dice algo que ya estaba dicho.

Álvaro me mira.

No pregunta por qué. Esa es la regla. Sin conversación. Sin explicaciones. No me pregunta si estoy segura, ni si es por Irene, ni si es por la sala de la sexta planta, ni si es por Carla y la esquina de Ramona. No me pide que lo piense. No me pide un último jueves.

Se levanta del sofá.

—Vale —dice.

Coge su abrigo del perchero de la entrada. Un abrigo de paño gris que no le había visto nunca, nuevo, de Reyes, supongo. Se lo pone. Se coloca el cuello él solo, con una mano, y le queda torcido por un lado.

No se lo coloco.

Coge el portátil de la mesa. Lo mete en una bolsa de lona verde, la de Famara. Mira la botella de vino y las dos copas llenas en la mesa baja, un segundo. Las deja.

Se para delante de mí, a medio metro. Me mira. Tiene la cara tranquila, de verdad tranquila, la misma del ascensor del IJCD. No hay nada en ella que yo pueda leer como pena, o como alivio, o como nada. Es una cara que cumple una regla.

—Cuídate, Nerea —dice.

Cuídate. Como Diego. Como Irene.

Y se va. Abre la puerta, sale al rellano, la cierra detrás de él, sin portazo. Lo oigo bajar la escalera. No coge el ascensor de rejilla tampoco. Tres pisos. El portal. La calle.

Me acerco a la ventana. Lo veo cruzar la calle del Conde Duque con el abrigo gris, la bolsa verde al hombro, sin mirar arriba. El señor de la frutería lo mira pasar. Álvaro no lo mira a él. Dobla la esquina hacia Noviciado. Se va.

Ha tardado cuarenta segundos. Lo he contado en el móvil sin querer, porque tenía el cronómetro abierto de una receta que no hice. Cuarenta segundos desde «basta» hasta la puerta. Once meses y cuarenta segundos.

Tal como acordaron. Tal como acordamos.

Me siento en el sofá gris. Me bebo una de las dos copas de vino. Luego me bebo la otra. La tarjeta de Reyes con los tres camellos me mira desde la encimera.

Y lo peor, lo que me hace reírme sola en el sofá de un apartamento de nadie, con dos copas vacías, a las diez de la noche de un jueves de enero, es que ha sido perfecto.

Que ha cumplido la regla a la perfección.

Que no ha habido llamadas a las dos de la mañana, ni conversación, ni una sola pregunta.

Que nunca me ha mentido, tampoco ahora. Que me dijo en febrero, con cuatro dedos levantados, cómo iba a ser, y ha sido exactamente así.

Y que eso duele mucho más que si hubiera preguntado.

·

A las diez y media bajo. En el portal, dejo la llave de arriba dentro de la caja negra, junto al buzón tres.

Cierro la caja. Giro las ruedecillas para mezclar el código, como me enseñó él el primer día: cero siete uno cuatro se convierte en cuatro dos nueve uno, en nada, en cuatro números sin ningún plano detrás.

El señor de la frutería está bajando la persiana. Me ve salir. Me mira. No levanta la mano esta vez. Solo me mira, con la persiana a medio bajar, como se mira a alguien que ya no va a volver.

·

El lunes diecinueve, a las once y veinte, Álvaro entra en Oleaje. Saluda a la sala con la mano, sin pararse. Se sienta en su mesa del fondo. Se pone los cascos.

A las doce baja a Ramona. Yo estoy en la esquina con mi taza. Él se pone a mi lado a esperar su turno. Mira la etiqueta de rotulador del costado de la máquina, Ramona, como si la leyera por primera vez.

—Buenos días, Nerea —dice—. ¿Qué tal el fin de semana?

Con la misma voz con la que se lo dice a Sonia. A Toni. A Paloma.

Idéntico.

—Bien —digo—. Tranquilo.

—Me alegro.

Ramona hace su ruido de avión. Él coge su taza y sube la escalera.

Y yo me quedo en la esquina con el café en la mano, entendiendo por fin, un año tarde, lo que me dijo Bea el primer día en esta misma escalera, y que yo creí que era sobre el trabajo.

Aquí se viene a que te vean. No lo decía por el trabajo.

Lo decía por esto. Porque en este sitio la única forma de desaparecer es seguir estando.