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El sábado veinte, a las doce del mediodía, le escribo a Lorena que no voy al cochinillo.
Le pongo que tengo gripe. Que me he levantado con treinta y ocho y medio y que no quiero pegárselo a su madre.
Le mando un emoji de una cara con un termómetro.
Lorena contesta en un minuto con cuatro audios seguidos, que escucho con el volumen bajo en la cama del estudio: que qué pena, que su madre va a guardar un trozo, que me tome un paracetamol cada ocho horas y mucha agua, que si necesito algo que se lo diga,
que Getafe está a veinte minutos en Cercanías y que ella me lleva caldo.
No tengo gripe. Tengo treinta y seis y cuatro. Me lo he tomado dos veces, por si acaso, con el termómetro que me compró Wafa en Tetuán el invierno pasado y que me llevé en la mudanza sin darme cuenta.
Lo que tengo es la cara de Irene en el espejo. Conozco sus jueves. Y la certeza de que si voy a Getafe, a la casa de los padres de Lorena, a una mesa llena de gente que se quiere, alguien me va a preguntar si tengo novio, y voy a decir que no, y va a ser verdad, y no voy a poder aguantarlo.
Diego no me escribe. Lorena le habrá dicho lo de la gripe. Él sabrá que no es verdad, porque Diego lo sabe todo, y no me escribirá, porque Diego no pregunta.
·
El domingo veintiuno, a las nueve y cinco, suena el móvil encima de la mesa redonda del estudio.
Papá.
Lo miro vibrar. Estoy en el sofá pequeño, con una manta, con el portátil en las rodillas abierto en nada, en una página en blanco del navegador. Llevo así desde las seis.
Vibra. Una vez. Dos. La pantalla se ilumina con su nombre, que tengo guardado así, Papá, con mayúscula, desde que tuve mi primer móvil a los doce años, porque me lo guardó él.
Tres. Cuatro.
No lo cojo.
No sé explicarlo. No es que no quiera hablar con él.
Es que no sé qué decirle. Porque me va a preguntar si voy en Navidad, y le voy a decir que no, otra vez, que hay trabajo, otra vez, y él va a decir «claro, hija», otra vez.
Y porque me va a preguntar qué tal Madrid, y yo le voy a decir que bien, y él va a oír en mi voz que no está bien, porque mi padre no pregunta pero oye, oye como oye la depuradora cuando hace un ruido raro, y no me va a decir nada, y yo voy a saber que lo ha oído, y no voy a poder.
Cinco. Seis.
Deja de sonar.
Llamada perdida — Papá — 21:05.
Me quedo mirando la pantalla hasta que se apaga sola.
No me vuelve a llamar esa noche. No me escribe. Mi padre no deja mensajes de voz; dice que hablar a una máquina es de locos.
·
El día veintitrés me acuerdo del resumen del año.
Lo mandan todas las plataformas de música a principios de diciembre, con colores y animaciones, para que la gente lo comparta en redes: tus canciones más escuchadas, tus artistas, tus minutos.
El año pasado lo compartió todo el mundo en Oleaje, en el chat, con capturas.
Este año lo he tenido en una notificación sin abrir desde el día tres.
Lo abro en el sofá, con la manta.
Mis minutos: muchos menos que el año pasado.
Mis artistas: uno que Álvaro puso una vez en Conde Duque y que busqué luego en el metro.
Otro que puso Maite en la sala Zahara. Otro que se escuchaba en todas partes en el verano de Madrid.
Mis canciones: casi todas de listas de trabajo, de las que buscábamos para montar los spots, de las que ponía en bucle para buscar el ritmo de un plano de tres segundos.
ULTIMO VERANO no sale.
Ni una canción. Ni una sola de las ochenta y cuatro. En un año entero no he escuchado lo suficiente ninguna como para que salga en el resumen, ni siquiera la que puse en el metro en enero, dos veces seguidas, con los ojos cerrados, la noche que le dije a Álvaro que no me llevara.
La busco en la biblioteca. Ahí está, con su portada de siempre, una foto del Mar Menor que hice con el móvil a los veinte desde la orilla del camping, sin pensar. Ochenta y cuatro canciones. La última vez que la abrí fue en enero.
No le doy al play. La miro. Cierro la aplicación.
Y pienso que no he dejado de escucharla porque me haya cansado.
He dejado de escucharla porque en el coche de Álvaro no suena nada.
Porque en Conde Duque suena lo que pone él.
Porque en Oleaje suena lo que se busca para un spot.
Porque en algún momento de este año dejé de elegir yo lo que sonaba, y no me di cuenta, y el silencio que en febrero me pareció de adultos resulta que era suyo, no mío.
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Nochebuena la paso en el estudio.
Wafa trabaja; lo sé porque me sé sus turnos, y porque el día veintidós, por fin, a las cuatro de la mañana, me contestó el «¿cómo estás?»
de noviembre. Una sola palabra. «Trabajando.»
Sin nada más. Ni una pregunta, ni un emoji, ni un «¿y tú?»
. La leí a las nueve, al despertarme, y la leí muchas veces.
Román se ha ido a Cieza, a la tienda de telas de su madre. Me ha mandado un vídeo de su madre enseñándole a la cámara una tela de flores horribles, muy seria, diciendo que es lo que más se vende. Le he contestado con tres emojis de risa. No le he dicho que estoy sola.
Me compro una pizza congelada en el Carrefour Express de Alonso Martínez, que cierra a las seis, y la meto en el horno pequeño del estudio, que no he usado nunca y que no sé encender, y tardo veinte minutos en entender los símbolos, y la pizza se me quema por abajo.
Me la como en la mesa redonda, con el rodillo de Rosa colgado en la pared de enfrente, horizontal, como un remo, y la tele del portátil puesta en el mensaje del rey sin sonido.
A las doce, en la calle, se oyen petardos. Muy pocos, lejos. Chamberí no es Villaverde.
No llamo a mi padre.
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El domingo veintiocho, a las nueve y cinco, vuelve a sonar.
Papá.
Estoy en el mismo sofá, con la misma manta. Ha pasado una semana y es como si no hubiera pasado nada.
Vibra. Una vez. Dos.
Esta vez lo cojo. Quiero decir: lo cojo con la mano. Lo tengo en la mano, vibrando. Veo su nombre. Veo la hora. El dedo encima del botón verde, como el pulgar de Iker encima de la flecha en la marquesina de Bravo Murillo. Quieto. En el segundo antes.
Y no lo pulso.
Tres. Cuatro. Cinco. Seis.
Llamada perdida — Papá — 21:05.
Dejo el móvil boca abajo en el sofá.
No es que no quiera. Me lo repito. No es que no quiera.
Es que ya he dejado una sin coger, y si cojo esta tendré que explicar por qué no cogí la otra, y no tengo explicación, y mi padre no me la va a pedir, y eso es peor que si me la pidiera.
Es más fácil dejarla. Una más. Y el domingo que viene ya veré.
Pienso en Hans bajando al agua en enero con la toalla al hombro. En la ventana iluminada de la recepción. En mi padre levantando una mano para saludar a alguien que no le ve.
La Nochevieja la paso igual. Pizza congelada, sin quemar esta vez.
Las campanadas en el portátil, con las uvas del Carrefour Express en un cuenco, doce, contadas.
Me como las doce. En la séptima me atraganto y tengo que parar, y me como las cinco que faltan después, cuando ya se ha acabado el año, sola, en la mesa redonda, riéndome de mí misma sin ninguna gracia.
A las doce y diez me llegan mensajes. Maite, con un gif.
Lucas, con una foto de un templo japonés.
Toni, con un «¡feliz año, jefa!» que me hace sonreír por primera vez en días.
Diego, con un «feliz 2032» y nada más, sin emoji, que miro mucho rato.
Lorena, con un audio de dos minutos lleno de ruido de fiesta y de gente gritando, deseándome que se me haya pasado la gripe.
Román, con una foto de su madre con un gorro de papel.
Wafa, nada.
Mi padre, nada.
Mi padre no manda mensajes en Nochevieja. Llama. Siempre ha llamado. En Bolonia me llamó a las doce en punto, hora española, que era la misma, y oí el Vecchione ardiendo en la plaza a la vez que oía la depuradora, y fue la llamada más rara de mi vida.
Este año no llama.
Miro el móvil hasta la una. No llama.
·
El domingo cuatro de enero, a las nueve y cinco, estoy en el sofá, con la manta, con el móvil en la mano, esperando.
Esta vez lo voy a coger. Lo he decidido el viernes. Lo voy a coger al primer tono y le voy a decir: perdona, papá. He estado muy liada. He estado mala. He estado lo que sea. Lo voy a coger.
A las nueve y cinco no suena.
A las nueve y diez tampoco.
A las nueve y media dejo el móvil encima de la mesa redonda, boca arriba, con el volumen al máximo, y me voy a la ducha, y me ducho con la puerta del baño abierta para oírlo.
No suena.
El domingo once, tampoco.
Y ahí, sentada en el sofá con la manta, a las nueve y cuarto de un domingo de enero, con el móvil callado en la mano, entiendo algo que tendría que haber entendido hace mucho: que mi padre no ha dejado de llamar por enfado.
Mi padre no se enfada. Ha dejado de llamar porque ha oído el silencio.
Porque dos domingos seguidos sin coger, para un hombre que llama a las nueve y cinco desde hace años, dicen algo.
Y él ha oído lo que dicen, como oye la depuradora cuando suena raro, y ha hecho lo que hace siempre: no preguntar. Dejar el espacio. Esperar a que sea yo.
Como Álvaro en la puerta de la catorce.
No. No como Álvaro. Me lo corrijo en voz alta, en el estudio vacío, y me sorprende oír mi propia voz: no como Álvaro. Álvaro dejaba el pasillo para que fuera idea mía. Mi padre deja el silencio para que no me sienta obligada.
No es lo mismo. Nunca ha sido lo mismo.
Y no lo llamo.