Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 29
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La fiesta de Navidad de Oleaje es el jueves dieciocho de diciembre en un hotel de la Castellana, y los jueves de diciembre no hay Conde Duque.

Lo dice Álvaro el jueves once, a las doce y cuarto, en la puerta del apartamento, descalzo, antes de cerrar:

—El dieciocho no. Es la fiesta.

—Ya lo sé.

—Y luego Navidad. —Se apoya en el marco—. Hasta el ocho de enero.

No dice por qué hasta el ocho de enero. No hace falta. Es Navidad. La gente con casa con jardín en Aravaca y un galgo blanco que se llama Totó y una mujer arquitecta tiene cosas que hacer en Navidad.

—Vale —digo.

Y cierra.

·

El hotel es de los que salen en las revistas: un vestíbulo de mármol negro, un techo de tres pisos de altura con una lámpara que parece una lluvia de cristales congelada en el aire, un árbol de Navidad de seis metros decorado solo en blanco y dorado, sin un solo color.

El salón para la fiesta está en la primera planta, con las ventanas a la Castellana, y tiene una barra libre de cuarenta metros, un DJ en una tarima con cascos de los grandes,

camareros con bandejas de canapés que no sé qué son y una zona con sofás de terciopelo azul donde se sientan los que ya no pueden más.

Esta vez no hay reservado ni mesa larga ni restaurante asturiano.

Esta vez Gonzalo ha tirado la casa por la ventana, dice Diego, porque ha sido el mejor año de la historia de la agencia: el premio en Cannes de la cerveza, la fase 2 del IJCD, tres cuentas nuevas.

Y porque este año, por primera vez, se invita a las parejas.

Lo dice el correo de recursos humanos. Este año podéis venir acompañados. Con un emoji de dos copas brindando.

Yo no vengo acompañada. Llego sola a las nueve y cuarto con un vestido negro de manga larga que compré el sábado en una tienda de la calle Fuencarral y que me ha costado más que un mes de luz en Tetuán, y unos tacones que me hacen daño desde el metro.

Me pongo en la barra, cerca de la ventana. Pido un vino blanco.

Diego llega con Lorena. Lorena lleva un vestido rojo de terciopelo y unas botas que no pegan nada y le da igual, y me coge del brazo nada más verme, y me dice que estoy guapísima, y que el sábado no se me olvide lo del cochinillo, que su madre ya ha contado conmigo. Le digo que no se me olvida.

Toni llega con su hermana pequeña, que tiene diecinueve años y estudia Farmacia y mira el árbol de seis metros con la boca abierta.

Maite llega con su novia. Lucas llega con una chica de Japón que nadie sabía que existía y que habla un castellano perfecto con acento de Valladolid.

Bea llega sola, como yo, con un traje negro de chaqueta y pantalón y el pelo recogido en una coleta tirante.

Gonzalo llega con su mujer, una señora rubia de sesenta años con un collar de perlas que saluda a todo el mundo por su nombre sin haberlos visto nunca.

Álvaro llega a las diez menos veinte.

Con Irene.

·

La veo antes que él. Igual que en la ventana del restaurante asturiano hace un año, la veo antes a ella.

Entra en el salón delante de él, con un vestido largo de color verde oscuro, liso, sin nada, de los que no necesitan nada porque la tela ya lo dice todo, y el pelo castaño suelto hasta los hombros, liso, sin secador.

Sin joyas, salvo unos pendientes pequeños de oro.

Zapatos planos. Es la única mujer de la fiesta con zapatos planos, y es la única que no parece incómoda.

Álvaro va detrás, con un traje azul marino y una camisa blanca sin corbata, con la mano apoyada muy ligeramente en la parte baja de la espalda de ella, como se apoya en el marco de una puerta que conoces bien.

Y es jueves.

Eso es lo que pienso, en la barra, con el vino blanco.

Que es jueves, y que son las diez menos veinte, y que a esta hora, cualquier otro jueves, yo estaría subiendo el último tramo de escalera de la calle del Conde Duque con la llave en la mano.

Y él estaría en el sofá gris con los cascos.

Y ahora estamos los dos en un salón de un hotel de la Castellana, a veinte metros el uno del otro, y él tiene la mano en la espalda de su mujer, y yo tengo un vino blanco que no me estoy bebiendo.

Irene saluda a Gonzalo y a su mujer. A Bea, a la que da dos besos con una naturalidad que sorprende a Bea, que se queda un segundo rígida. A Lucas, al que parece conocer. A Maite.

No me saluda a mí porque no me conoce.

Álvaro me saluda a mí con la mano, desde lejos, como saluda a la sala. Igual que siempre. Y se va con Irene hacia la barra del otro lado.

·

A las once y media estoy en el baño de señoras de la primera planta.

Es un baño de hotel de revista: mármol negro, grifos dorados en forma de cisne, toallas de algodón pequeñas y enrolladas en una cesta de mimbre, una alfombra gruesa, un espejo que ocupa toda la pared de los lavabos,

con una luz dorada por detrás que hace que todo el mundo parezca más guapo y más cansado.

Huele a una vela de higo que arde en una esquina.

Me estoy lavando las manos. No sé por qué. Llevo cinco minutos lavándome las manos, con el grifo del cisne abierto, mirando cómo el agua me cae por los dedos.

Se abre la puerta.

Entra Irene.

No me mira. Se pone en el lavabo de al lado, a medio metro, abre su bolso pequeño, saca una barra de labios de un color que no es rojo ni marrón, y se la da con cuidado, mirándose en el espejo.

Tiene la cara tranquila. Unas arrugas finas en los ojos, de las de reírse o de las de estar al sol, o de las dos, como él.

Unas pecas en la nariz que en la foto de la ventana no se veían.

Cierro el grifo. Cojo una de las toallas enrolladas. Me seco las manos muy despacio, dedo a dedo.

Irene guarda la barra de labios. Cierra el bolso. Y mirando su propio reflejo en el espejo, dice:

—Tú eres Nerea.

No es una pregunta.

Se me para la toalla en las manos.

—Sí.

—La de la frase. —Se coloca un mechón detrás de la oreja—. Álvaro habla mucho de tu trabajo. Dice que tienes muy buen ojo. Que el plano que le gusta más de este año es de un trabajo tuyo de la universidad.

No contesto. No puedo. Tengo la toalla en las manos y la garganta cerrada y el espejo enorme delante con las dos dentro, una al lado de la otra, con la luz dorada detrás.

Irene se gira. Me mira por primera vez. Tiene los ojos castaños, normales, sin nada especial. Me mira de arriba abajo, sin prisa, sin rencor, sin nada. Como Wafa, cuando te toma el pulso sin que te enteres.

—Es muy bonito el vestido —dice.

—Gracias.

—Negro. Siempre funciona. —Sonríe. Una sonrisa pequeña, de verdad—. Yo a tu edad también me compraba vestidos negros para las fiestas del trabajo. Luego te das cuenta de que en las fotos todas vamos iguales y no te encuentras.

Me quedo mirándola. Ella se vuelve otra vez hacia el espejo. Se mira. Se arregla un tirante.

—Llevo quince años con Álvaro —dice, hacia el espejo—. Conozco sus jueves.

Conozco sus jueves. Tres palabras, dichas al espejo.

—No te lo digo por nada —sigue, sin mirarme—. No voy a montar ninguna escena. No es mi estilo y además no serviría de nada. Solo te lo digo para que no pienses que soy tonta. No lo soy. —Hace una pausa—. Él tampoco lo piensa. Por eso no me miente nunca.

Y ahí, delante del espejo, con la vela de higo ardiendo en la esquina, me acuerdo de Núria.

De la cafetería de la plaza de las Flores, en Murcia, en abril de hace casi cinco años.

De Núria sentada enfrente, con treinta años y las ojeras de no haber dormido en una semana.

Y de los dos llaveros de claqueta encima de la mesa, entre las dos tazas.

Idénticos. Pequeños, de metal, con la claqueta pintada en blanco y negro.

El suyo y el mío. Dos llaves de la misma casa de Vistabella, regaladas por el mismo hombre, con el mismo llavero, para que ninguna de las dos pensara que había otra.

Ella llevaba seis años con él. Yo, ocho meses.

Aquel día, en la cafetería, Núria y yo estábamos del mismo lado de la mesa, aunque nos sentáramos enfrente. Las dos a las que no se les había dicho nada. Las dos con un llavero igual en el bolso. Las dos que habíamos visto cosas y no habíamos preguntado.

Y ahora hay un espejo en medio, y no estamos del mismo lado. Irene no es Núria. A Irene no se le ha ocultado nada. Irene conoce sus jueves. En este baño de mármol negro, la única que no sabía algo era yo: no sabía que ella lo sabía.

Y el llavero, esta vez, lo tengo yo. Es una caja de metal con cuatro ruedecillas junto al buzón tres de un portal de la calle del Conde Duque. Cero siete uno cuatro.

Irene cierra el bolso. Se mira una última vez en el espejo. Se gira hacia mí.

—Ha sido un placer conocerte, Nerea —dice. Y lo dice de verdad, eso es lo peor. Con la voz de quien lo dice de verdad—. Cuídate.

Y sale del baño. La puerta se cierra sola, con un muelle.

·

Me quedo delante del espejo enorme con la toalla en las manos. La luz dorada. La vela de higo. Mi cara, que tiene el mismo color que la toalla.

No lloro. Otra vez no lloro. Tengo las rodillas temblando como en el baño de la segunda planta, y me apoyo en el mármol negro del lavabo con las dos manos, y me quedo así, inclinada, con el pelo cayéndome a los lados de la cara, mirando el desagüe dorado del cisne.

Cuídate. Me lo dijo Diego en la verbena de la Paloma. Me lo dice ahora Irene. Cuídate. Todo el mundo me dice cuídate, y nadie me dice de qué.

Se abre la puerta. Entra Lorena, con su vestido rojo de terciopelo y sus botas que no pegan, riéndose de algo por encima del hombro. Me ve. Se para.

—¡Nerea! ¿Estás bien?

Levanto la cabeza. Me miro en el espejo. Tengo la cara normal. Eso sigue siendo lo raro.

—Sí —digo—. Me ha sentado mal un canapé.

—¡Ay, los de salmón! —Lorena me coge del brazo—. A mí también. No sé qué les ponen. ¿Te traigo agua? ¿Quieres que llame a Diego?

—No. No, de verdad. Ya estoy bien.

—¿Seguro?

—Seguro.

Me suelto el brazo con cuidado, para no hacerle daño, y salgo del baño.

En el salón, el DJ ha puesto algo muy alto que todo el mundo canta. Gonzalo baila con su mujer, fuera del ritmo, en el centro de la pista. Lucas baila con la chica de Valladolid que es de Japón. Toni baila con su hermana, torpe, con los hombros hacia delante.

Y al fondo, junto a la ventana de la Castellana, Álvaro e Irene están de pie, uno al lado del otro, con una copa cada uno, sin tocarse, mirando la calle. Hablando bajo. Riéndose de algo que no oigo.

Irene le coloca el cuello de la camisa. Con las dos manos. Como se lo ha colocado mil veces.

Me voy sin despedirme de nadie. Bajo por la escalera de mármol negro, no por el ascensor.

Salgo a la Castellana. Me quito los tacones en la acera, porque ya no puedo más, y camino descalza hasta la boca de metro de Gregorio Marañón, con los zapatos en la mano, a las doce menos cuarto de la noche de un jueves de diciembre.

Nadie me mira. En Madrid nadie mira a una chica descalza con un vestido negro a medianoche. Es de las pocas cosas buenas que tiene.