28
El jueves veintisiete de noviembre, Oleaje organiza un afterwork en un bar de la calle Almagro para celebrar que la fase 2 arranca en marzo, y yo voy porque es jueves y a las nueve y media tengo otra cosa.
Ese es el plan. Voy de siete a nueve. Me tomo una caña. Hablo con la gente. Que me vean. Y a las nueve me voy con cualquier excusa y a las nueve y media giro las ruedecillas.
El bar se llama como una bodega de Jerez y tiene las paredes de azulejo blanco y verde, barriles de madera de mesa, jamones colgados del techo con un cucurucho de papel debajo para que no goteen, y un camarero de sesenta años con chaleco negro que sirve la manzanilla desde muy alto,
como el hermano de Wafa el té.
Estamos casi toda la agencia. Unos cuarenta.
La mitad de pie en la barra, la otra mitad alrededor de tres barriles del fondo.
Me quedo en la barra, cerca de la puerta, con una caña, con Maite y con Sonia, que habla de su perro. Álvaro no ha venido. Nunca viene a los afterwork. Bea sí, en la otra punta, con una copa de vino blanco, hablando con los de cuentas.
Carla está en un barril del fondo. La veo reírse de algo con Lucas. No me mira.
A las siete y media llega Diego.
No llega solo.
Viene con una chica. De su edad, más o menos.
Bajita, con el pelo castaño rizado recogido en una pinza de carey, un abrigo largo de paño verde oscuro, unas zapatillas blancas con una mancha de rotulador azul en la puntera.
Tiene la cara redonda, pecas en la nariz, y una forma de sonreír que le ocupa toda la cara y que no le da ninguna vergüenza.
Entra cogida del brazo de Diego y mira el bar con curiosidad, los jamones, los azulejos, el camarero de chaleco, como si fuera la primera vez que entra en un bar de verdad.
Diego la trae directamente a la barra. A mí.
—Nerea —dice. Tiene la cara roja, no sé si del frío o de otra cosa—. Esta es Lorena. Lorena, esta es Nerea. La de la frase.
La de la frase.
Lorena me da dos besos. Huele a frío y a una colonia de niña, de las de lavanda.
—¡Por fin! —dice—. Diego me ha hablado muchísimo de ti. Lo de la campaña, lo del ascenso. Me enseñó el spot del cumpleaños y lloré. Lloré en el sofá, con la mantita. Soy de lágrima fácil, eso sí te lo digo.
Me río. Me sale solo.
—Encantada.
—Igualmente, de verdad. —Me coge del brazo, como a Diego. Lo hace con todo el mundo, lo veré durante la noche: coge del brazo a la gente con la que habla, sin pensarlo, como si tuviera miedo de que se fueran—. ¿Tú también eres de fuera? Diego me ha dicho que de Murcia.
—De Los Alcázares. En el Mar Menor.
—¡Qué bonito! Yo soy de Getafe. —Se ríe—. Que no es el Mar Menor, pero tiene su encanto. Tenemos el Cerro de los Ángeles. Y la fábrica de aviones.
Lorena es maestra. De primaria. De tercero, en un colegio público de Getafe, de los que tienen el patio de cemento y un huerto que han plantado los niños en unas cajas de fruta.
Me lo cuenta en cinco minutos, con la caña que le ha pedido Diego en la mano, sin dejar de cogerme del brazo.
Me cuenta que tiene veinticuatro niños y que uno se llama Bruno y se come la plastilina.
Me cuenta que la semana pasada hicieron un trabajo sobre el ciclo del agua con cartulinas azules.
Me cuenta que conoció a Diego en octubre, en un concierto en la Riviera, porque él le pisó sin querer y se tiró toda la canción pidiéndole perdón.
—Una canción entera —dice—. Pidiéndome perdón. Con la música a tope. Y yo sin enterarme de nada. Y al final le dije: ¿me invitas a una cerveza o te vas a pasar así todo el concierto?
Diego se ríe, rojo, con las manos en los bolsillos.
—Fue una canción muy larga —dice.
En octubre. En la Riviera. El concierto al que Diego me invitó a mí a principios de octubre, en el chat, el martes siguiente a lo del baño de la segunda planta, y al que le dije que no podía porque era jueves y tenía una reunión de montaje.
No lo digo. Me acuerdo y no lo digo.
·
Estoy bien. Esa es la primera cosa que noto, y me sorprende.
Me alegro. De verdad me alegro. Lorena es luminosa de una forma que no se puede fingir, de las que llenan los bares sin levantar la voz, y Diego la mira mientras habla con una cara que no le he visto nunca: tranquila, sin esa cosa atenta que tiene siempre,
de estar vigilando a ver si a alguien le falta algo.
La mira como se mira el mar desde una terraza.
Sin esperar nada. Sin querer que cambie.
Me alegro por él. Diego se lo merece más que nadie en esta agencia.
Diego, que me pela mandarinas en espiral y me sirve agua en vez de vino y me trae el café con la leche que no es de Carla.
Diego, que se declaró en la verbena de la Paloma y dijo «ya» con la cara de la señora de noventa años.
Que me dijo: cuídate. Que ese alguien sea alguien que te cuide.
Me alegro. Y me duele.
Las dos cosas. En el mismo sitio. Como el agua de Famara, que estaba fría y era buena a la vez. No sé separarlas.
Y no sé de dónde sale lo segundo. No tengo derecho.
En agosto le dije que había alguien. Le dije que no podía.
Y él lo aceptó, y se fue calle de Toledo arriba sin darse la vuelta, y en octubre fue a un concierto al que yo no fui porque era jueves, y alguien le pisó, o él pisó a alguien, y ahora tiene a una maestra de tercero de Getafe que le coge del brazo y llora en el sofá con la mantita.
Es lo que le dije que hiciera. Es justo lo que yo quería para él.
Y aun así, en la barra del bar de la calle Almagro, con la caña en la mano y Lorena cogiéndome del brazo, noto algo que se cierra. Una puerta que yo no había abierto nunca, que ni siquiera sabía que estaba ahí, y que ahora oigo cerrarse, muy bajito, al fondo de algún pasillo.
·
A las nueve menos cuarto, Lorena se va al baño. Diego se queda a mi lado en la barra.
—Es genial —le digo.
—Es genial. —Sonríe. Luego se le borra un poco la sonrisa—. ¿Tú estás bien?
—Sí. Muy bien.
—Ya.
Otra vez el ya. Me mira de lado, como se mira un plano donde falta algo.
—Diego, de verdad. Me alegro mucho.
—Lo sé. —Da un trago a la caña—. Te lo noto.
Y no dice más. Mira hacia la puerta del baño, esperando a que vuelva Lorena.
Miro el reloj del móvil. Las nueve menos diez. A las nueve me tengo que ir. Tengo la excusa preparada, como siempre, la de la reunión, la del montaje, la de lo que sea. Nadie me la ha pedido. Nadie me la va a pedir.
Lorena vuelve del baño y me coge del brazo otra vez.
—Oye, ¿tú tienes novio? —dice—. Porque en diciembre hacemos una cena en casa de mis padres, en Getafe, con amigos, y mi madre hace un cochinillo que te mueres, y Diego dice que no sales nunca, y…
—Lore —dice Diego, bajito.
—¿Qué? Solo pregunto.
Me río. Me sale solo, otra vez. Y digo, mirando a Lorena, no a Diego:
—No. No tengo novio.
Es verdad. Es la verdad exacta. No tengo novio.
Tengo un apartamento de nadie en la calle del Conde Duque, los jueves, de nueve y media a doce y cuarto, con cuatro reglas y una caja de metal con cuatro ruedecillas.
Eso no es un novio. Eso no tiene nombre.
Nadie en esta barra, ni en ninguna, me lo ha preguntado nunca, porque no se pregunta por algo que no tiene nombre.
—¡Pues te vienes! —dice Lorena—. El veinte de diciembre. Diego te pasa la ubicación.
Diego me mira por encima de la cabeza de Lorena.
No sé qué hay en su cara. No es enfado. No es pena.
Es algo que no sé leer, porque nunca lo había visto en él.
Me parece, pero no estoy segura, que es la misma cara que tenía Wafa en el portal de Tetuán, en octubre, mirando el rodillo envuelto en el jersey.
La cara de alguien que ve a otro irse y no puede hacer nada.
—Vale —le digo a Lorena—. Me apunto.
—¡Genial! —Me aprieta el brazo.
A las nueve y dos me despido. Les digo que tengo una reunión. Lorena me da dos besos con olor a lavanda y me dice que ha sido un placer. Diego me dice «hasta mañana» con la mano levantada.
No me pregunta de qué es la reunión. Nunca lo ha preguntado.
Salgo a la calle Almagro. Hace un frío de noviembre, seco, de los que te cortan la cara. Echo a andar hacia Alonso Martínez, hacia la línea diez, hacia Noviciado. Hacia la calle del Conde Duque.
A las nueve y treinta y uno giro las ruedecillas. La caja se abre con un clic.
Y al subir la escalera, en el segundo piso, me paro. No en el tercero, como siempre. En el segundo. Y no sé por qué me paro. Me quedo en el rellano del segundo con la mano en la barandilla, sin respirar fuerte, porque no estoy cansada.
Pienso en Lorena cogiéndome del brazo. En el cochinillo de su madre. En «¿tú tienes novio?». En «no». En que es verdad. Y subo el último tramo.