27
Llamo a Román el jueves veinte de noviembre a las nueve y veinte de la noche, desde la acera de enfrente del portal de la calle del Conde Duque.
No he entrado. Llevo diez minutos en la acera, con la mano en el bolsillo apretando el abono transporte, como en febrero, la primera vez.
La frutería de enfrente tiene la luz encendida y el mismo señor dentro, solo, colocando caquis en pirámide ahora que es noviembre.
El portal de madera oscura. La placa de latón con el papel impreso pegado con celo, un poco más amarillo que en febrero, con una esquina despegada que se mueve con el aire.
En el tercero izquierda hay luz.
—¿Qué pasa? —dice Román al segundo tono.
—Tenías razón.
Silencio. Oigo ruido detrás de él: una tele, alguien que habla en inglés, una puerta.
—Espera —dice.
La puerta se cierra. El ruido desaparece. Oigo el crujido de algo, un sofá, una cama.
—Dime.
—En el Retiro. En marzo. Tenías razón.
Román no dice nada durante un rato. No dice «te lo dije». No dice «ya lo sabía». No dice nada, y en su silencio oigo que está eligiendo qué no decir.
—¿Dónde estás? —dice al final.
—En la calle.
—¿Qué calle?
—La del jueves.
—Ah.
Le cuento. Esta vez sí, todo. Le cuento Famara y el pasillo de barro cocido.
Le cuento las reglas y el código de la caja, cero siete uno cuatro, las siete y catorce, y él suelta el aire por la nariz al oírlo, un ruido que no sé si es risa o lo contrario.
Le cuento San Isidro y la rosquilla lista.
Le cuento la pulsera de Menorca. Le cuento a Carla y el «sobre todo los jueves» y el baño de la segunda planta.
Le cuento el jueves de junio, a oscuras, con la ventana abierta.
Y le cuento la sala de la sexta planta, hace tres semanas, la historia de una chica que conozco, los catorce en boca de otro, los nudillos blancos de Inma, el ascensor, el «no he dicho tu nombre».
Lo cuento de pie en la acera, con la voz baja, mirando la ventana iluminada del tercero izquierda, mientras el señor de la frutería termina su pirámide de caquis y apaga la luz y baja la persiana con un ruido de chapa.
Cuando termino, Román tarda en hablar.
—Ocho meses —dice.
—¿Qué?
—Del Retiro a hoy. Ocho meses. —Oigo que se incorpora—. Te dije que si me equivocaba me lo dijeras dentro de un año y te invitaba a cenar. No ha hecho falta el año.
—No tiene gracia.
—No. No la tiene.
Otro silencio. En la calle pasa un chico en patinete eléctrico, muy deprisa, por la acera, y me tengo que apartar.
—¿Y qué vas a hacer? —dice Román.
Miro la ventana del tercero.
La respuesta la tengo en la boca. La tengo desde hace tres semanas.
Desde el ascensor. Desde el «no te voy a mentir» con las puertas abriéndose al vestíbulo de mármol gris.
La respuesta es: subir. Girar las ruedecillas, subir tres pisos, entrar, y decir basta.
Una palabra. Las reglas dicen que no hace falta más.
Uno dice basta y el otro coge el abrigo.
La tengo en la boca. Y lo que me sale es otra cosa.
—No lo sé.
Román no contesta.
—No lo sé, Román. Sé que tenías razón. Sé que es lo mismo. Sé que no me miente y que me usa, y que es peor, como dijiste. Lo sé todo. —Me apoyo en la pared de un portal, el de al lado del veintitrés—. Y no sé si puedo.
—¿Por qué?
Lo pienso. En serio. Porque Román merece que lo piense en serio.
—Porque si subo y digo basta, el lunes voy a entrar en Oleaje y él va a estar en su mesa del fondo con los cascos, igual que siempre.
Y todo el mundo lo sabe. Y va a seguir sabiéndolo.
Y yo voy a seguir siendo la que se tiraba al director creativo y la ascendieron, solo que ya sin tirármelo.
—Me oigo la voz y no me gusta—. Y encima voy a estar sola.
En un estudio de mil ciento cincuenta euros donde no se oye nada.
—No estás sola.
—Wafa no me contesta los mensajes desde octubre.
—Wafa está enfadada. No es lo mismo.
—¿Tú cómo lo sabes?
Román duda.
—Porque me escribe a mí —dice—. Para preguntarme cómo estás.
Me quedo quieta contra la pared.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te fuiste del piso. Cada dos o tres semanas. Un mensaje. «¿Cómo está?» Nada más. Y yo le digo que no lo sé, que me contestas con gifs de perros.
No sé qué decir. En el tercero izquierda, la luz de la lámpara de pie. Detrás de esa ventana hay un hombre en un sofá gris con un portátil y los cascos, esperando a que yo gire cuatro ruedecillas, o no esperando, porque no espera nunca, porque las reglas dicen que si no vengo no pasa nada.
—Nerea —dice Román—. No te voy a decir lo que tienes que hacer.
—Ya lo sé.
—Pero te voy a decir una cosa. Solo una, como en el Retiro. —Hace una pausa—. Saber no es lo mismo que hacer. Tú ya sabes. Llevas sabiendo desde marzo, aunque no lo quisieras mirar. Lo difícil nunca ha sido saberlo.
—Ya.
—Lo difícil es subir esa escalera y decirlo. O no subirla nunca más. —Otra pausa—. Y eso no te lo puedo hacer yo, ni Wafa, ni nadie.
—Ya lo sé.
—Vale.
Y esta vez el vale no es el vale del Retiro. Es otro. Es el vale de alguien que deja algo en la mesa para que lo coja otro.
—Llámame cuando quieras —dice—. A cualquier hora. Mañana me levanto a las cinco. Hay un pulpo.
—¿Un pulpo?
—Uno de verdad. Vivo. En un acuario, en un plató de Leganés. Para un anuncio de un seguro. —Suspira—. No preguntes.
Me río. Contra la pared de un portal de la calle del Conde Duque, a las diez menos veinte de la noche, con la ventana del tercero encendida enfrente, me río. Él también.
Cuelgo.
·
Me quedo en la acera cinco minutos más.
Luego cruzo la calle. Me paro delante del portal de madera oscura. Pongo la mano en la caja negra, junto al buzón tres. Las cuatro ruedecillas están frías.
Cero siete uno cuatro.
La caja se abre con un clic.
Subo los tres pisos andando, sin coger el ascensor de rejilla. En el tercero, la puerta de la izquierda está entornada, con la línea amarilla en el suelo del rellano.
Álvaro está en el sofá. Me mira entrar. Se quita los cascos.
—Llegas tarde —dice. Sin reproche. Como un dato.
—Estaba hablando por teléfono.
No me pregunta con quién. Nunca pregunta. Cierra el portátil y me hace sitio en el sofá gris, y yo me quito el abrigo y lo dejo en la silla que se tambalea, y me siento a su lado.
No digo basta.
Lo tengo en la boca. Lo noto ahí, detrás de los dientes, como cuando vas a estornudar, como noté en la sala Zahara hace un año las palabras que no dije sobre el pliego. Una palabra. Cinco letras. Las reglas dicen que es suficiente.
No la digo.
Me apoyo en él. Él me pasa un brazo por los hombros sin mirarme, con los ojos en el techo.
La lámpara de pie. El oso y el madroño en la encimera, que alguien ha cambiado por otra tarjeta de bienvenida con un dibujo de la Puerta de Alcalá, porque esto es un apartamento turístico y cada semana viene alguien a limpiar y a reponer.
Y pienso que Román tiene razón. Que saber no es lo mismo que hacer. Que lo sé todo, y que aquí estoy.
Y pienso, también, algo peor. Que en el estudio de Chamberí no se oye nada.
Que Wafa no me contesta. Que en Oleaje media oficina sabe por qué estoy donde estoy.
Y que este sofá gris de un apartamento de nadie, con este hombre que nunca me ha mentido y que me ha usado, es lo único en todo Madrid donde nadie me mira raro.
Porque aquí no me mira nadie más que él.
Y él me mira como el primer día, sentado al revés en una silla, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Eso es lo que no le he contado a Román. Que no sé si puedo porque no sé adónde iría.
A las doce y cuarto bajo los tres pisos. En Noviciado, en el andén, saco el móvil y le escribo a Wafa. No un mensaje largo, como el de octubre. Uno corto.
«¿Cómo estás?»
Las rayitas se ponen grises. Una. Dos.
No se ponen azules. Wafa está de noche. Lo sé porque me sé sus turnos, aunque ya no viva con ella, porque me los aprendí en un calendario de papel pegado en la nevera de Tetuán con un imán de la farmacia de Bravo Murillo.
Llega el tren. Me subo. Veo mi cara en la ventanilla negra.
No me gusta cómo se ve. Y no aparto los ojos.