26
Se lo conté un jueves de junio, a oscuras.
El diecinueve. Una semana después de la presentación a Inma, cuando todavía tenía en la boca el sabor de haber contado un número en vez de explicarlo.
Hacía calor en Conde Duque, el aire acondicionado del apartamento no funcionaba bien y habíamos abierto la ventana a la calle, y desde la cama se oía a la gente de una terraza de abajo, risas, vasos, alguien que cantaba mal.
Álvaro estaba boca arriba con un brazo debajo de la cabeza, mirando el techo. Yo estaba de lado, mirándolo a él.
Y me preguntó, sin girarse:
—¿De dónde salen los catorce?
Llevaba desde octubre sin preguntarlo. Ocho meses. Lo preguntó igual que la primera vez, en la sala Zahara, con mi hoja arrancada encima de la mesa: sin peso, como quien pregunta por el tiempo.
Y se lo conté.
No sé por qué. O sí sé. Porque estaba a oscuras.
Porque hacía calor y el calor afloja las cosas.
Porque él me había enseñado a contar un número y yo quería que alguien me enseñara a contar esto.
Porque en ocho meses no me había preguntado nada y a lo mejor pensé que eso era respeto, que me había esperado, como Matteo.
Se lo conté todo. Aitor, la casa de Vistabella, la cámara entre dos libros.
Núria y la tarjeta francesa. Adri, el grupo de los del insti, la cerveza en el emoji.
Los catorce. El tranvía, la clase de Anselmo, el chico de la bota.
Carmen y la carpeta azul. La comisaría. Seis semanas de periodo de mayor circulación.
Lo conté en voz baja, mirando el techo yo también, con la ventana abierta y la gente de abajo riéndose.
Cuando terminé, Álvaro se quedó callado mucho rato.
Luego se giró. Me puso la mano en la cara, en la mejilla, con la palma entera, y dijo:
—Gracias por contármelo.
Nada más. No dijo «lo siento». No dijo «qué cabrón». No hizo preguntas. Me dejó la mano en la cara hasta que me dormí, que no me había dormido nunca en Conde Duque, y a las doce y cuarto me despertó con cuidado para que me fuera, porque esa regla no la había roto nunca.
Esa noche, en el andén de Noviciado, pensé que había hecho bien. Que por fin alguien lo sabía todo y no me miraba distinto.
·
El martes veintiocho de octubre, a las diez de la mañana, estamos en la sala de la sexta planta del IJCD para la reunión de arranque de la fase 2.
Somos más que nunca. Por el IJCD, Inma y el comité entero: el de jurídica con sus pósits de colores, la de administración con su portátil, el técnico de la sonrisa y, por primera vez, la directora general,
una mujer de sesenta años con el pelo blanco muy corto y una chaqueta de tweed que se sienta en la cabecera y no dice nada en toda la reunión.
Por Oleaje, Bea, Álvaro, Diego, Toni, que ha venido a tomar notas en su Moleskine, y yo.
Yo, sentada al lado de Inma. Porque ahora soy la responsable de la cuenta. Porque eso pone en el anexo que firmé con el Bic de Román.
El reloj de estación hace clic.
Abre Bea. La estrategia de la fase 2: más presupuesto, más plataformas, una segunda oleada de spots, una acción en institutos, un podcast con una psicóloga.
Diez minutos, clavados. Luego yo presento el plan de medición, que he preparado con Toni, y lo cuento, no lo explico, y veo a Inma asentir una vez.
Y luego le toca a Álvaro.
La creatividad de la fase 2 es una idea nueva que no conozco del todo.
La ha trabajado con Maite y Lucas en septiembre, en la sala Zahara, con las persianas bajadas, y a mí me ha llegado solo por encima, en el chat.
Sé que se llama Antes. Sé que son historias reales, contadas en primera persona por chicas a las que les ha pasado, sin cara, solo con la voz, con imágenes de lugares vacíos: un pasillo de instituto, un vagón de tren, una cafetería de facultad.
Álvaro se levanta. Rodea la mesa. Se sienta en el borde de la ventana, de lado, con una pierna colgando, como en noviembre.
Habla bajo. Los ocho se inclinan hacia delante para oírle.
—Voy a contaros una historia —dice—. Es de una chica que conozco.
No me muevo.
No me muevo, igual que en la sala Zahara con el reel de Faro. Tengo el Bic de Román en la mano, encima de la libreta, y no se mueve.
—Tenía veinte años —dice Álvaro—. Estudiaba en una universidad de provincias.
Tuvo una relación con alguien que tenía poder sobre ella, alguien que la grababa sin que ella lo supiera.
Y un día, esa grabación salió. No la sacó él.
La sacó otra persona, por venganza, contra él, sin pensar en ella. Una sola vez.
Hace una pausa. Mira por la ventana, al edificio de enfrente.
—Y luego un chico que no la conocía de nada la reenvió a un grupo. De catorce personas.
Catorce.
—Catorce personas que tampoco la conocían.
Que no tenían nada contra ella. Que la abrieron un martes en la cola del comedor, pensaron «hostia», y le dieron a la flecha.
—Me oigo en su boca. Son mis palabras. Son las palabras exactas que dije a oscuras con la ventana abierta—.
Y en seis semanas la había visto toda la facultad.
Dejó de ir a clase. Contaba las cabezas que se giraban en el tranvía. Pensó que había sido su mejor amiga.
Inma no mira la pantalla, porque no hay nada en la pantalla. Mira a Álvaro. Tiene las manos cruzadas encima del cuaderno de tapas negras, y veo que los nudillos se le empiezan a poner blancos, como en noviembre.
—Antes va de eso —dice Álvaro—. De chicas como ella contando el momento de antes. El segundo antes de que el chico le diera a la flecha. Lo que habría cambiado si alguien, cualquiera de los catorce, no lo hubiera hecho.
Se calla.
No se oye nada en la sala. Solo el reloj. Clic. Clic.
La directora general se quita las gafas. El técnico de la sonrisa ha dejado de sonreír. Toni, en la otra punta, tiene el boli metálico quieto encima de la Moleskine y la boca un poco abierta. Diego no mira a Álvaro. Diego me mira a mí.
Inma se lleva una mano a la boca. Un segundo. La baja.
—Es muy potente —dice, con la voz un poco rota—. Gracias, Álvaro.
Y yo estoy sentada a su lado, a medio metro, con el Bic en la mano, y no digo nada.
No digo nada. Esa es la frase. Estoy sentada al lado de la persona menos tonta que me voy a encontrar, en la sala donde me hicieron responsable de la cuenta, y un hombre ha contado delante de ocho personas lo que le conté a oscuras en una cama de un apartamento de nadie, con mis palabras,
con mis catorce, con mis cabezas del tranvía, y yo no digo nada.
No me levanto. No me voy. No se me mueve la cara.
La tengo quieta, blanca, fría, con la sangre en otra parte del cuerpo donde haga más falta, y la mantengo así durante los cuarenta minutos que quedan de reunión.
Hablo, incluso. Cuando Inma me pregunta por el calendario de la medición, contesto. Con cifras. Con fechas. Bien. Toni lo apunta todo.
·
En el ascensor, al bajar, estamos solos Álvaro y yo. Bea se ha quedado arriba con Inma para hablar de facturación. Diego y Toni han bajado en el ascensor anterior, que Diego ha llamado y ha cogido muy deprisa, sin esperar, empujando a Toni dentro.
El ascensor es lento. Seis plantas. Álvaro está en una esquina y yo en otra, mirando los números.
En la cuarta, sin mirarme, dice:
—No he dicho tu nombre.
No contesto.
En la tercera:
—Nadie lo sabe. No he dicho ni la universidad ni la ciudad ni nada. Podría ser cualquiera. Es una de cada cinco, Nerea. Lo pone el pliego.
En la segunda me giro y lo miro.
Tiene la cara tranquila. De verdad tranquila. No está nervioso. No está arrepentido. No entiende. O entiende y le da igual, que es lo mismo, o no es lo mismo pero en un ascensor bajando de la sexta planta no sé distinguirlo.
—Me lo preguntaste —digo—. En junio. Me preguntaste de dónde salían los catorce.
—Sí.
—¿Para esto?
Álvaro me mira. Un segundo. Dos.
—No —dice—. Te lo pregunté porque quería saberlo. —Y luego, más bajo, con esa honestidad suya que en febrero me pareció un regalo—: Y luego, en septiembre, cuando buscábamos la fase 2, me acordé. Y era lo mejor que teníamos. No te voy a mentir.
No te voy a mentir.
Las puertas se abren en la planta baja. El vestíbulo de mármol gris, el arco de seguridad, el ficus de plástico. El cartel enrollable de la chica sonriente con auriculares, que ya no está: lo han cambiado por uno nuestro, de la fase 1, con Iker y el pulgar.
Álvaro sale primero. Se pone las gafas de sol. En la puerta, sin volverse, dice:
—La campaña va a salvar a alguna chica, Nerea. A una de cada cinco. Eso vale más que lo que tú y yo nos digamos en un ascensor.
Y se va hacia la Castellana, y para un taxi, y se sube.
Me quedo en el vestíbulo del IJCD delante del cartel de Iker. Nunca me ha mentido. Es verdad. Ni una vez. Me dijo que estaba casado antes de tocarme. Me dijo las reglas con los dedos. Me dijo «te he elegido yo». Me ha dicho ahora, en el ascensor, que era lo mejor que tenían.
Nunca me ha mentido, y aun así acaba de usar lo único que tenía.
Salgo a la calle. Diego está en la acera, esperándome, sin Toni, con las manos en los bolsillos. No me pregunta nada. Echa a andar a mi lado, hacia Nuevos Ministerios, sin hablar.
Y cuando llegamos a la boca del metro, me para, me mira, y me pone una mano en el hombro. Una vez. Como en el spot. Como el hombro del que hablé en junio. Luego la quita, y bajamos.