25
El jueves siguiente vuelvo a Conde Duque.
No lo decido. O lo decido como se deciden las cosas que ya estaban decididas: a las diez y cuarto de la mañana me vibra el móvil con un toque de un número que no tengo guardado, y a las nueve y treinta y dos de la noche estoy girando las cuatro ruedecillas. Cero siete uno cuatro.
Álvaro está en el sofá con el portátil. Me mira entrar. No me pregunta por el jueves pasado. No me pregunta dónde estuve, ni por qué no vine, ni si pasa algo. Me dice «hola» con la sonrisa torcida, cierra el portátil y me hace sitio.
Se lo tendría que contar. Lo de Carla. Lo de la esquina de Ramona. Lo de «sobre todo los jueves» y el baño de la segunda planta. Tendría que decirle: lo saben todos, Álvaro. La mitad de la oficina. Tus reglas no han servido para nada.
No se lo cuento. Porque para contárselo tendría que hablar de la otra ciudad aquí dentro, y la regla dice que las dos no se tocan. Y porque tengo miedo de lo que me diría. De que me dijera «ya lo sé». De que lo supiera desde hace meses y le diera igual.
O de que no lo supiera, y le diera miedo, y dijera basta.
Me siento a su lado. Me apoyo en él. Él me pasa un brazo por los hombros, con los ojos en el techo, y nos quedamos así un rato, con la lámpara de pie y el oso y el madroño de la encimera.
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El estudio lo encuentro el domingo cinco, en Idealista, igual que encontré la habitación de Tetuán hace un año: en la cama, de noche, con el brillo al mínimo.
No lo busco para irme. Me lo digo así. Lo busco porque tengo en el móvil un contrato con un sueldo que he mirado tres veces para comprobar que no había leído mal un cero, y no lo había leído mal.
Lo busco porque tengo veinticinco años y un contrato indefinido y no he vivido sola nunca.
Nunca. Del camping al piso de Mariano Padilla, en Murcia, con Jimena y con Vera.
De ahí a via Zamboni, con Chiara. De ahí otra vez a Murcia, a otro piso compartido en la calle Acisclo Díaz, con dos de Bellas Artes.
De ahí a Tetuán, con Wafa. Nunca he tenido una puerta que fuera solo mía.
Lo busco, sobre todo, porque desde el jueves dos no soporto el metro de Tetuán a Alonso Martínez.
Veinticinco minutos con cambio en Tribunal, rodeada de gente que no me conoce de nada, y yo contando cabezas otra vez, como en abril de hace cuatro años.
No tiene sentido. Nadie en la línea diez sabe nada.
Pero el cuerpo no distingue, y el cuerpo quiere llegar a Zurbano en diez minutos andando, sin gente, sin túneles, sin cabezas.
El anuncio dice: Estudio exterior en Chamberí, junto a plaza de Olavide. 32 m². Reformado. Cuarto sin ascensor. 1.150 €/mes. Solo profesionales con contrato indefinido.
Cuarto sin ascensor. Cómo no.
Lo miro en fotos. Una sola habitación grande con el suelo de madera clara, una ventana a una calle con árboles, una cama de ciento treinta y cinco, un sofá pequeño, una mesa redonda con dos sillas, una cocina en una pared, con una encimera blanca y dos fuegos de inducción.
Un baño con ducha de obra. Todo blanco, todo nuevo.
Se parece al apartamento de Conde Duque. Tardaré meses en verlo.
Mil ciento cincuenta euros. Casi la mitad del sueldo nuevo. En Tetuán pago cuatrocientos cincuenta. Hago la cuenta en el móvil, con la calculadora, dos veces. Me llega. Justo, pero me llega.
Esa cuenta sí la hago.
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El martes siete voy a verlo a la hora de comer.
El casero es un señor de setenta años con un jersey de cuello vuelto y un llavero enorme que me enseña el estudio en cinco minutos sin quitarse el abrigo.
La ventana da a una calle estrecha con plátanos de sombra que ya empiezan a amarillear, y enfrente hay una panadería con la puerta verde y un bar con dos mesas en la acera donde un señor lee el periódico con una caña.
Se oye la plaza de Olavide al fondo, niños en los columpios, palomas.
—¿Qué le parece? —dice el casero.
—Me lo quedo.
Me mira por encima de las gafas.
—¿No quiere pensarlo?
—No.
Firmo el jueves nueve en una notaría de la calle Génova, con el contrato indefinido en PDF y tres nóminas de prácticas, que el casero mira con cara rara pero acepta porque el contrato nuevo va encima.
Dos meses de fianza, un mes por adelantado.
Casi tres mil quinientos euros. Me quedo con cuarenta y dos en la cuenta hasta final de mes.
Entro el viernes diez.
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Se lo digo a Wafa el miércoles ocho, por la noche, en la cocina.
Ella está de pie, con el pijama sanitario, calentando algo en el microondas. Yo estoy sentada en la encimera, que es algo que hace ella y que yo he empezado a hacer también sin darme cuenta.
—Me voy del piso —digo.
El microondas hace pip. Wafa no lo abre.
—¿Cuándo?
—El viernes.
—¿Este viernes?
—Sí.
Wafa abre el microondas. Saca un táper con arroz y algo rojo. Lo deja en la encimera, a mi lado. Busca un tenedor en el cajón.
—¿Adónde?
—A Chamberí. Un estudio. Al lado del trabajo.
—Ah. —Encuentra el tenedor—. Con el ascenso.
—Con el ascenso.
Wafa asiente. Come un bocado de arroz, de pie, apoyada en la encimera. Mastica con calma.
—Te pagaré este mes y el que viene —digo—. Hasta que encuentres a alguien. No quiero que…
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—Nerea. —Deja el tenedor en el táper—. No hace falta.
No dice nada más. No me pregunta por qué.
No me pregunta por qué tan deprisa, por qué sin avisar, por qué un estudio de mil ciento cincuenta euros en Chamberí cuando aquí tengo una habitación y una compañera que me calienta los pies debajo de las piernas en el sofá.
No me pregunta nada. Nunca pregunta nada.
Y esta vez me gustaría que preguntara.
Me gustaría que me dijera: mentira. Como me dijo en noviembre, en el suelo de esta cocina, con el extractor encendido: mentira, traías cara de pelea.
Me gustaría que me mirara con su mirada de tomar el pulso y me dijera: tú no te vas por el ascenso.
Tú te vas por otra cosa. Porque así yo podría decirle «nada» y ella insistir y yo contarle algo, una parte, un trozo.
Wafa sigue comiendo el arroz, de pie.
—Que te vaya bien —dice.
Con la misma voz con la que Paloma me decía «que te vaya bien» los jueves.
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El viernes diez hago la mudanza en dos viajes de taxi. No tengo casi nada. La maleta grande, la de la rueda nueva. Dos bolsas de Ikea con ropa de invierno. Una caja de libros. El marco de Diego envuelto en una toalla. Y el rodillo de Rosa, envuelto en el jersey gordo, igual que llegó.
Wafa sale de su turno de noche a las ocho de la mañana. Yo pensaba irme antes de que volviera. Pensaba dejarle las llaves en la mesa de la cocina, con una nota, y escribirle luego, desde Chamberí, un mensaje largo que ya tenía medio escrito en el móvil.
A las ocho y veinte oigo la llave en la cerradura.
No dice nada. Me ve en el pasillo con la maleta y las dos bolsas de Ikea. Deja la mochila en el suelo, sin quitarse el pijama sanitario, con las marcas rojas de la mascarilla en la cara, y coge una bolsa de Ikea. Y la otra. Y empieza a bajar la escalera.
—Wafa, no hace falta, llevas doce horas…
No contesta. Baja.
Bajamos los cuatro pisos. Ella con las dos bolsas, yo con la maleta.
En el portal, espera conmigo a que llegue el taxi, de pie en la acera, con las bolsas a los pies, mirando hacia Bravo Murillo.
No dice nada. Yo tampoco. El taxista mete todo en el maletero.
Yo me quedo con el rodillo en la mano, envuelto en el jersey, porque no cabe atravesado.
Wafa mira el rodillo. Luego me mira a mí.
Dura un segundo. Nada más. Luego se da la vuelta y se mete en el portal, y la oigo subir la escalera, despacio, con los pasos de alguien que lleva doce horas de pie, y no se para en el tercero, y no vuelve a bajar.
El taxi me lleva a Chamberí.
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El estudio huele a pintura nueva. Lo dejo todo en el suelo. Me siento en la cama de ciento treinta y cinco, que es más grande que ninguna cama que haya tenido nunca, y el colchón no se hunde en el centro con la forma de nadie.
No hay ruido. Eso es lo que más me extraña.
En Tetuán había siempre algo: el del tercero tosiendo en el patio, la lavadora centrifugando, Wafa con su serie coreana, el camión de la basura los martes.
Aquí nada. Los plátanos de sombra de la calle.
Algún coche. La panadería de enfrente cerrando la persiana a las ocho y media.
Cuelgo el rodillo en la cocina. En la pared de encima de la encimera blanca, en dos alcayatas que compro en una ferretería de la calle Trafalgar.
Horizontal, como un remo. En una cocina de dos fuegos de inducción donde, lo sé ya mientras lo cuelgo, no voy a hacer pasta nunca.
Donde no voy a hacer casi nada, porque voy a comer sándwiches de la máquina de Oleaje y cenar de pie lo que compre en el Carrefour Express de Alonso Martínez.
Lo miro colgado. Queda bonito. Queda como un objeto de decoración, como las láminas de Madrid en blanco y negro de Conde Duque.
A las once de la noche le escribo a Wafa el mensaje largo que tenía medio escrito.
Le doy las gracias por todo. Por Nochebuena en Villaverde, por la tarta hundida, por la leche templada en el suelo de la cocina.
Le digo que nos vamos a seguir viendo. Que Chamberí está a veinte minutos. Que la invito a cenar cuando libre.
Lo leo dos veces. Lo mando.
Wafa lo lee a las once y dos. Las dos rayitas se ponen azules.
No contesta.