24
Las felicitaciones empiezan a las once y cuarenta del mismo miércoles, cuando Bea todavía no ha llegado a su mesa con la carpeta azul, y duran tres días.
La primera es de Maite, que me abraza en la escalera y me dice al oído «te lo mereces más que nadie», y es verdad que lo dice de verdad, porque Maite no sabe decir las cosas de otra manera.
La segunda es de Sonia, que me trae un cruasán de la pastelería de la esquina con una vela de cumpleaños clavada, porque es la única vela que tenía en el cajón.
La tercera es de la recepcionista de las uñas, que se llama Paloma, lo aprendo ese día, y que me dice «ahora ya no te puedo llamar la de prácticas, qué pena, con lo que me gustaba».
La cuarta es de Lucas. Con el kimono de Japón encima de la sudadera, en la esquina de Ramona, sacando un solo.
—Enhorabuena, estratega —dice, y me choca la taza con la suya, como en un brindis—. Bien jugado.
Me río. Le digo gracias.
No lo oigo. Todavía no. Bien jugado es lo que se dice en Oleaje cuando alguien gana algo, como buen trabajo o enhorabuena.
Lo he oído veinte veces en un año. Se lo dijeron a Diego cuando consiguió que un cliente pagara una factura de hacía ocho meses.
Se lo dijeron a Maite cuando la eligieron para un jurado. Bien jugado. Es una frase de oficina.
La oigo más tarde. Esa noche, en la cama de Tetuán, con la grieta del techo, cuando repaso el día como se repasa un servicio de barra, mesa por mesa.
Y al llegar a la esquina de Ramona, a la taza de Lucas chocando con la mía, la oigo otra vez, y esta vez sí la oigo.
Bien jugado. No bien hecho. No te lo has ganado.
Jugado. Como en las cartas. Como quien ha tenido suerte o ha hecho trampa, que en las cartas se parecen mucho.
Me digo que es una tontería. Que Lucas habla así. Que Lucas se ríe de todo.
Y me duermo.
·
El jueves dos, las felicitaciones siguen.
Me llegan por el chat de trabajo, por correo, en persona.
Gente de otras cuentas con la que no he hablado nunca se para en mi mesa.
Un director de arte de la tercera planta, que tiene fama de no hablar con nadie, me dice «vi lo de la frase, está muy bien» al cruzarse conmigo en la escalera, y no sé si sabe de qué frase habla o si lo dice por decir algo.
A las cinco, Carla, la de cuentas, la de la leche de avena contada, se acerca a mi mesa con una taza de té y se sienta en el borde, que es algo que no ha hecho nunca.
Carla tiene treinta y dos años, lleva siete en la agencia, y es de las que saben todo lo que pasa en Oleaje antes de que pase. Diego me lo dijo el primer día, en el mapa: Carla sabe. No le cuentes nada que no quieras que sepa la tercera planta.
—Enhorabuena, guapa —dice.
—Gracias.
—Qué rápido, ¿eh? Un año. —Sopla el té—. Yo tardé cuatro en que me hicieran fija. Y eso que llevaba la cuenta de la cerveza, que factura más que la mitad de la agencia.
—Ha sido por la fase 2 —digo—. Hacía falta alguien con el cliente.
—Claro, claro. —Carla sonríe. Una sonrisa amable, perfecta, de las que se entrenan—. Si ya sabemos que te lo has currado muchísimo.
Y luego, con la misma sonrisa, bajando la voz lo justo, mirando el té:
—Sobre todo los jueves.
Y se levanta, y se va con su taza hacia su mesa, y se pone los cascos.
·
No me muevo.
No sé cuánto tiempo estoy sin moverme. Tengo la pantalla delante con un Excel del plan de medios de la fase 2 y veo las celdas, verdes, amarillas, blancas, y no veo ninguna.
Oigo el ruido de la sala, que es el de siempre, teclados, alguien que se ríe, Ramona despegando al fondo, y lo oigo como se oye todo debajo del agua, muy lejos, amortiguado.
Sobre todo los jueves.
Y de repente lo oigo todo. Como cuando en una foto de esas de los periódicos que tienen algo escondido lo ves por fin, y ya no puedes dejar de verlo, y no entiendes cómo no lo habías visto. Lo oigo todo, hacia atrás, todo el día, todo el año.
Bien jugado, de Lucas.
El «ahora ya no te puedo llamar la de prácticas» de Paloma, con una cara que en ese momento me pareció cariñosa.
El director de arte de la tercera planta, «vi lo de la frase», con una media sonrisa.
El «te va a gastar» de Diego en la cena de Navidad, hace diez meses.
«Aquí todas hemos tenido un Álvaro», de Bea, en el office, con las lentejas.
Y cosas más pequeñas, que no había mirado nunca.
Cómo Sonia deja de hablar cuando entro en la cocina los viernes.
Cómo los de producción se miran entre ellos cuando Álvaro me pasa algo en una reunión.
Cómo Paloma, en recepción, los jueves por la tarde, cuando me voy a las siete y media, me dice «que te vaya bien» en vez de «hasta mañana», que es lo que le dice a todo el mundo los demás días.
Lo saben.
No uno. No dos. La mitad de la oficina. A lo mejor más.
A lo mejor todos, salvo Toni, que lleva un mes y todavía no se entera de nada.
Lo saben desde hace meses, y lo han hablado en la esquina de Ramona y en el office y en las cañas de los viernes que yo nunca voy, y nadie, ni uno solo, me lo ha dicho a la cara.
Nada que se vea. Nada por escrito. Esa era la regla.
La he cumplido a rajatabla durante ocho meses: ni una foto, ni un mensaje, ni una mirada de más.
Y no ha servido para nada. Porque en un sitio donde se viene a que te vean, todo el mundo mira.
Y cuando todo el mundo mira, lo que no se ve se ve igual.
Y hoy me han hecho estratega. Y responsable de la cuenta. Y me han subido el sueldo casi al doble. Y Gonzalo ha dicho mi nombre en el Cantábrico, delante de cincuenta personas que ya sabían por qué.
O que creen que saben por qué.
Y eso es lo peor, lo que me hace levantarme por fin de la silla: que no sé si se equivocan.
Que no sé si el ascenso es por la presentación de junio, por la línea de Inma en el correo, por la frase de las dos de la mañana, por los informes semanales de los lunes.
O si es porque Álvaro se sentó en algún despacho de la tercera planta con Gonzalo y dijo: esa.
Como dijo «Faro fuera» sin preguntar. Como dijo «te he elegido yo» el primer jueves.
No lo sé. Y no hay nadie a quien pueda preguntárselo.
·
Me encierro en el baño de la segunda planta. El de la cisterna rota, que sigue rota un año después. Echo el pestillo, que no cierra bien y hay que sujetarlo con la mano. Me siento en la tapa del váter, con la mano en el pestillo, y me quedo quieta.
No lloro. Lo intento, creo, porque sé que me sentiría mejor. No sale. Lo que sale es otra cosa, más seca: un temblor en las piernas, en las rodillas, como después de nadar mucho rato en agua fría. Las rodillas me tiemblan solas y tengo que apretarlas con la mano libre.
Esto ya lo he vivido.
Lo pienso con la voz de Román, en el Retiro, con la pipa a medio pelar. Y esta vez no me enfado. No tengo fuerzas.
El pasillo de la facultad, en abril de hace cuatro años. Las cabezas que se giraban. Los que se reían en la última fila de la clase de Anselmo. El chico de la bota, «ere tu la del video». Todos sabían y nadie decía nada a la cara. Y yo iba por los pasillos con los hombros subidos, contando cabezas.
No es lo mismo. No hay vídeo. No hay nada. No hay nada por escrito, por eso precisamente. Nadie me ha grabado. Nadie ha reenviado nada.
Pero el cuerpo no distingue. El cuerpo se acuerda de los hombros subidos, del pestillo sujeto con la mano, de la tapa del váter de un baño de facultad. El cuerpo no sabe que esta vez es distinto. Esta vez yo sabía lo que hacía. Esta vez yo elegí andar el pasillo.
Alguien entra en el baño. Se oye el grifo. Dos voces de mujer, bajas, que no reconozco, hablando de una reunión con un cliente de yogures. El grifo se cierra. Se van.
Me quedo veinte minutos más.
Cuando salgo, en el espejo, tengo la cara normal. Eso es lo raro. Tengo la cara de cualquier jueves. Nadie diría nada.
·
En la mesa, Diego está esperándome. No en su mesa. En la mía, sentado en el borde, como Carla. Con dos cafés de Ramona, uno en cada mano.
Me da uno.
—Solo —dice—. Con leche de la nevera. No la de Carla.
Lo cojo. Está caliente. Me calienta las manos, que tengo heladas.
Diego no dice nada. No pregunta dónde estaba.
No pregunta por qué tengo las manos heladas.
Se queda sentado en el borde de mi mesa, bebiendo su café, mirando la sala, a Carla con los cascos puestos al fondo, a Lucas con el kimono, a Paloma que sube la escalera con un paquete. Como si estuviera montando guardia.
Al rato, sin mirarme, muy bajo, dice:
—No les hagas caso.
—El ascenso es tuyo —dice—. Yo he visto los informes de los lunes.
He visto la presentación de junio, que me la pasó Inma por error en un correo, y la vi entera.
Y he visto la cara de Inma en noviembre, cuando el spot, porque yo también la estaba mirando.
—Da un trago de café—. Lo que digan en la esquina de Ramona me da igual. El ascenso es tuyo.
—No lo sabes.
—No. —Deja la taza en mi mesa—. Pero lo creo. Que es más de lo que va a hacer nadie en esta planta.
Y se levanta, y se va a su mesa, y se pone a trabajar.
A las siete y media, cuando me voy, en recepción, Paloma levanta la vista de la pantalla.
—Hasta mañana, Nerea —dice.
Es jueves. Me lo ha dicho igual que a todos. Hasta mañana.
No sé si lo ha hecho a propósito. No sé si Diego ha pasado por recepción. No sé nada. Salgo al jardín delantero, entre las dos palmeras, y me quedo en la verja con la mano en el hierro frío, como el día de la frase.
Y por primera vez desde febrero, un jueves, no voy a Conde Duque. Me voy a casa. Y no le doy a nadie ninguna explicación, porque las reglas dicen que no hace falta.