Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 23
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El treinta de septiembre, a las once y cuarenta de la noche, mi contrato formativo termina y no me ha dicho nadie si mañana tengo que volver.

Lo sé porque lo miro. Tengo el contrato en PDF en el móvil, el que me dijo Bea que leyera entero el primer día y que leí entero esa misma noche, en la cama de Tetuán, con la grieta del techo encima.

Cláusula cuarta: duración de doce meses, del 16 de septiembre de 2030 al 30 de septiembre de 2031, sin posibilidad de prórroga.

Sin posibilidad de prórroga. Al final hay dos firmas: la mía, redonda, con la ese de Baresa torcida, y la de Gonzalo, que es una raya y un garabato.

El martes treinta a las siete de la tarde, recursos humanos manda un correo a toda la agencia convocando una reunión general para el miércoles uno a las diez en el Cantábrico. Asistencia obligatoria. Nada más.

No me escribe nadie para decirme si cuento como agencia.

El martes no hay jueves. Es martes. Álvaro se va a las ocho y media, saludando a la sala con la mano.

Bea se va a las nueve, sin saludar. Diego se va a las nueve y cuarto y se para en mi mesa y me dice «hasta mañana» con una cara que quiere decir otra cosa, y yo le digo «hasta mañana» con otra cara que quiere decir que no lo sé.

Toni se va a las siete y media. Desde lo de la otra noche, se va a las siete y media todos los días, y llega a las diez y veinte, y no le ha dicho nadie nada.

Yo me quedo hasta las diez. Por si alguien me ve. No me ve nadie.

En el metro abro la cuenta del banco y miro cuánto tengo.

Mil ochocientos euros. Dos meses de alquiler en Tetuán, si como poco.

Pienso en mi padre, en el escalón de la oficina, con el cigarro que no fuma.

Pienso en decirle, el domingo, a las nueve y cinco: papá, se me ha acabado el contrato.

Y pienso en su silencio, en la depuradora, en su «claro, hija».

No duermo.

·

El miércoles uno de octubre a las diez menos diez estoy en la puerta del Cantábrico con la taza de la ola azul en la mano, porque no sé qué hacer con las manos.

La sala está llena. Nunca la había visto así.

La mesa de madera maciza de diez metros tiene todas las sillas ocupadas y hay gente de pie alrededor, apoyada en las paredes, sentada en el suelo junto a la ventana.

Deben de ser cincuenta. Creatividad, estrategia, cuentas, producción, recursos humanos, la recepcionista de las uñas, que hoy las lleva de color calabaza por el otoño, y dos chicos de sistemas que no había visto en mi vida.

Lucas lleva el kimono de Japón encima de una sudadera. Maite tiene a Sonia cogida del brazo.

Me quedo de pie junto a la puerta, en la esquina, con la taza.

Diego me ve desde la mesa. Me hace un gesto con la cabeza: ven. Tiene una silla libre a su lado. No voy. No sé si me corresponde una silla. Me quedo en la esquina.

Toni está en el suelo, junto a la ventana, con la Moleskine abierta encima de las rodillas y el boli metálico preparado, como si fuera a coger apuntes de una clase.

Bea está sentada a la derecha de la cabecera. Álvaro a la izquierda. No se miran.

A las diez en punto, entra Gonzalo.

Y otra vez pasa lo de siempre, lo de los grillos.

La sala entera baja un tono, sin que nadie diga nada.

No se hace el silencio, porque ya lo había.

Se hace otra cosa. Gonzalo no se sienta.

Se pone de pie en la cabecera con las manos en los bolsillos del traje gris, moreno todavía de su barco del Mediterráneo, y espera a que no se oiga ni una silla.

Habla doce minutos. Los cuento en el reloj de la pared, uno redondo, que no hace clic.

Habla del año. De las cuentas que se han ganado y de las dos que se han perdido.

De un premio en Cannes que yo no sabía que se había ganado, con una campaña de una cerveza que yo no sabía que se había hecho.

Del futuro, que es una palabra que dice tres veces.

Habla sin prisa, con frases cortas, sin mirar a nadie en concreto, con una voz grave que no necesita levantar porque nadie hace ruido.

Y luego dice:

—La cuenta del IJCD entra en fase dos. El doble de presupuesto. Es la cuenta pública más importante que ha tenido esta casa. Y cambia el equipo.

Se me para algo en el pecho.

—Beatriz sigue dirigiendo la estrategia de la cuenta.

Álvaro, la creatividad. Diego, las cuentas.

—Hace una pausa. Saca una mano del bolsillo y la levanta un poco, con la palma hacia abajo, como quien calma a un perro—.

Y a partir de hoy hay una responsable de cuenta, que es la que va a estar con el cliente todos los días, la que va a firmar lo que haya que firmar y la que va a dar la cara.

Gira la cabeza. Despacio. Por encima de las cincuenta personas, hacia la esquina de la puerta.

—Nerea Baresa.

Mi nombre en su boca. La primera vez. Suena raro, como suena tu nombre en un idioma que no es el tuyo. Nerea Baresa. Con todas las letras, como en la cinta de carrocero de un telefonillo de Bolonia.

Toda la sala se gira hacia mí.

Cincuenta caras. No he tenido nunca cincuenta caras mirándome a la vez desde abril de hace cuatro años, en el pasillo de la facultad de Murcia, cuando todas las cabezas se giraban al entrar yo.

El cuerpo se acuerda. Se me suben los hombros solos, como cuando empieza a chispear y no llevas paraguas.

La taza de la ola azul me tiembla en la mano.

Pero esto es otra cosa. Me lo digo. Esto es otra cosa. Esto no es el vídeo. Esto son cincuenta personas que me miran porque el hombre del pelo blanco ha dicho mi nombre en voz alta en la sala del Cantábrico, donde solo se entra para ganar o para perder una cuenta.

—Contrato indefinido —sigue Gonzalo, que ya ha dejado de mirarme y mira otra vez a la mesa—. Estratega. Con lo que eso lleva. Recursos humanos os lo comunicará por escrito. —Mete la mano en el bolsillo—. Eso es todo. Buen trabajo este año.

Y se va. Por donde ha entrado. Sin despedirse.

La sala tarda un segundo en reaccionar. Luego alguien aplaude, creo que Maite, y luego aplauden todos, y es el mismo aplauso que se llevó Álvaro en diciembre cuando entró con el abrigo puesto y las mejillas rojas de frío, y yo no sé qué hacer.

Me quedo en la esquina con la taza. Levanto la mano libre un poco, como él, como diciendo no, no, parad. No paran.

Diego se ha levantado de la silla y aplaude más fuerte que nadie, con las manos por encima de la cabeza, con una sonrisa que le ocupa toda la cara. Toni aplaude desde el suelo con la Moleskine en las rodillas.

Bea no aplaude. Está sentada, con las manos quietas encima de la mesa, mirándome. Otra vez esa mirada de alguien que calcula.

Álvaro aplaude. Tres veces, despacio, como se aplaude en el teatro cuando no quieres que se note que te ha gustado. Me mira un segundo, desde la cabecera, por encima de todas las cabezas. Un segundo de más. Y aparta los ojos.

·

A las once, en mi mesa, recursos humanos me manda el contrato nuevo en PDF.

Lo leo entero, como me enseñó Bea. Indefinido.

Estratega. Un sueldo que es casi el doble del de prácticas, que miro tres veces para comprobar que no he leído mal un cero.

Firmo con el dedo en la pantalla del móvil, y la firma me sale peor que nunca, torcida, como la ese de Baresa en el primer contrato.

A las once y media, Bea se para en mi mesa con una carpeta de plástico azul.

La misma carpeta. Juraría que es la misma del concurso, la de hace un año, con la pegatina blanca. O una igual. Me la deja encima del teclado.

—Enhorabuena —dice. Sin sonrisa.

—Gracias.

—Esto es del IJCD. El anexo de designación.

Lo pedía Inma en el correo del viernes. —Abre la carpeta.

Dentro hay un documento de tres páginas con el escudo del instituto arriba a la izquierda—.

Es para que conste quién es la responsable de la cuenta a efectos del contrato.

Tus datos. Tu DNI. Tu firma. Nosotros firmamos debajo como agencia.

Miro el documento. En la segunda página hay un apartado que se llama Obligaciones de la persona responsable, con cinco puntos.

Leo el primero, el segundo. Coordinación con el cliente, seguimiento semanal, interlocución.

El quinto dice: Suscribir el certificado final de resultados de cada fase conforme a lo establecido en la cláusula 12 del pliego.

Lo leo entero. Como me enseñó Bea. Lo leo dos veces, incluso, porque el primer día me dijo que todo lo que firmara aquí lo leyera entero.

Y lo firmo.

No es nada. Es un anexo de designación. Es la hoja que dice que yo soy la que da la cara. Es lo que acaba de decir Gonzalo en voz alta en el Cantábrico, delante de cincuenta personas: la que va a firmar lo que haya que firmar. Lo he oído con mis oídos. Me han aplaudido por eso.

Firmo con el Bic de Román, que va ya por su quinto recambio.

Bea recoge la carpeta. Comprueba la firma. Asiente.

—Bien —dice. Y luego, antes de irse, más bajo, mirando la carpeta—: Ahora ya te ven.

Y se va.

Me quedo en mi mesa con el Bic en la mano. Por la ventana, en el jardín de atrás, un hombre con un mono azul está limpiando la piscina con una red larga, sacando las hojas del otoño, y el agua, por primera vez desde que llegué hace un año, empieza a verse azul.