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El informe final de la fase 1 se escribe en diez días, y yo aprendo en esos diez días que un informe no se escribe: se monta.
Lo monta Bea. Ella decide qué entra y qué no, en qué orden, con qué palabras.
Lo hace en un documento compartido que se llama IJCD_F1_InformeFinal_v1 el lunes quince y IJCD_F1_InformeFinal_v11_DEF el jueves veinticinco, y entre medias se reescribe once veces, a veces de madrugada,
porque en el historial de versiones hay cambios suyos a las dos y cuarto y a las cuatro y diez de la mañana.
Yo hago las diapositivas. Diego saca los datos.
Toni, que lleva una semana en la agencia y ya se sabe el histórico de memoria, revisa que las cifras de las diapositivas coinciden con las del documento, y encuentra tres errores míos que corrijo sin que nadie más se entere.
El informe tiene cuarenta y ocho páginas.
Hay una introducción, un resumen de la estrategia, una descripción de las piezas con fotogramas de los tres spots y fotos de las marquesinas, un apartado de conversación en redes con capturas de comentarios elegidos uno a uno,
un análisis del estudio de actitudes antes y después hecho por una empresa de encuestas, que dice que la intención declarada de reenviar contenido íntimo sin permiso ha bajado cuatro puntos entre los que recuerdan la campaña.
Y hay un apartado de exposición, el apartado cuatro, que ocupa seis páginas y empieza con una sola cifra, en grande, en verde, en una página para ella sola.
Alcance único: 6,1 millones de personas de 15 a 29 años.
La página la hago yo. La pongo en verde, con la ola azul en la esquina. La centro. Le pongo debajo una frase que me dicta Bea por el chat a la una de la madrugada del martes: Más de seis de cada diez jóvenes españoles han estado expuestos al mensaje de la campaña.
La escribo tal cual. No la leo dos veces.
No hago la cuenta. Esa es la frase que escribiré muchas veces después, en mi cabeza, en la cama, en el metro, en cuadernos que luego tiraré: no hago la cuenta.
Seis de cada diez. Seis millones y pico de personas.
Si seis millones son seis de cada diez, entonces en España hay unos diez millones de jóvenes entre quince y veintinueve años.
Es una división de primaria. Es la cuenta que hacía mi padre en la recepción del camping con la calculadora de pilas cuando le salían las cuentas de la temporada, y que le salían mal casi siempre porque la gente pagaba en metálico sin factura.
Es la cuenta que habría hecho cualquiera que la mirara diez segundos.
No la miro diez segundos. La miro lo justo para centrarla en la diapositiva y cambiarle el tamaño a la letra.
Estoy cansada. Es la excusa, y es verdad, y no sirve.
Llevo diez días durmiendo cinco horas. Los jueves siguen, septiembre ha vuelto a ser septiembre, la pulsera de cuero trenzado sigue en la muñeca de Álvaro y yo sigo sin preguntar por ella.
Y el treinta de septiembre se me acaba el contrato formativo, y nadie me ha dicho nada, ni que sí ni que no, y en Oleaje eso puede significar cualquier cosa.
Así que hago diapositivas. Y no hago cuentas.
·
El martes veintitrés, a las siete de la tarde, Toni se acerca a mi mesa con la Moleskine abierta.
—Una duda —dice—. Pequeña.
—Dime.
—El seis coma uno. El de la página del apartado cuatro. —Se sube las gafas, que no lleva: es un gesto que ha copiado de Diego sin darse cuenta, y que en él no tiene sentido—. ¿De dónde sale?
—Del panel. Del de Diego.
—Ya, pero el panel suma lo que dan las plataformas, ¿no? —Mira la libreta—. Lo he estado mirando. Hay cinco plataformas, y cada una da su alcance, y el panel las suma. Lo que no sé es si hay algún paso en medio que quite los que se repiten. Porque si un chaval lo ha visto en tres sitios…
Miro a Toni.
Es la pregunta de Inma. La misma. Casi con las mismas palabras. Si un chico de diecisiete años ve el anuncio en tres plataformas distintas, ¿cuenta como uno o como tres? La pregunta a la que contesté en junio, por escrito, con mi nombre, que estaba todo verificado.
—Está verificado —digo.
Me oigo decirlo. Con la voz de Bea. Con las mismas cuatro palabras.
Toni asiente. No parece muy convencido, pero lleva una semana en la agencia y soy su tutora.
—Vale —dice—. Es que en clase nos explicaron que la deduplicación entre plataformas es muy difícil, que casi nadie la hace bien, porque cada plataforma cuenta a su manera y no se pasan los datos entre ellas. Y pensé…
—Toni.
—¿Sí?
—Lo ha verificado Bea. Lleva diez años haciendo esto.
—Claro, claro. —Cierra la Moleskine—. Perdona. Era por entenderlo.
Y se vuelve a su mesa. Me quedo delante de la pantalla, con la página verde abierta, el seis coma uno en grande, y la frase de Bea debajo, y durante un segundo, uno solo, siento algo en el estómago.
Lo mismo que sentí en el Mar Menor de niña al pisar algo en el fondo que no veía. Una piedra o un bicho.
Y no miro. Quito el pie.
Cierro el documento. Abro otro. Me pongo con las capturas de los comentarios de redes, que son bonitas y fáciles y no tienen cifras.
·
El informe se entrega el viernes veintiséis a las nueve de la mañana.
Lo manda Bea, con copia a Gonzalo, a Álvaro, a Diego y a mí.
En el cuerpo del correo pone: Adjuntamos informe final de resultados de la fase 1.
Quedamos a su disposición. Beatriz Losada, directora de estrategia. Firma ella. Solo ella.
Inma contesta a las cinco y cuarto de la tarde.
No contesta a Bea. Contesta a todos, con copia a un correo institucional del IJCD que no conozco, que resulta ser el de la directora general.
Es un correo más largo que los suyos de siempre: tres párrafos.
Dice que han revisado el informe. Que los resultados de exposición y de actitud superan los objetivos del pliego.
Que el comité de seguimiento ha acordado activar la fase 2 prevista en el contrato, con la ampliación presupuestaria del apartado siete, que es el doble del presupuesto de la fase 1.
Que la fase 2 se desarrollará en el primer semestre de 2032 y que, conforme al pliego, requerirá un certificado final de resultados firmado por la persona designada como responsable de la cuenta.
Que les enviarán el anexo para cumplimentar esa designación en los próximos días.
Y al final, una línea sola, separada:
Gracias a Nerea por la claridad de la presentación de junio.
Me quedo mirando la línea.
Toda la planta se entera a la vez, porque todos tienen el correo.
Diego se levanta y grita «¡fase 2!» y alguien pone música, otra vez, y Sonia baja al Carrefour Express a por cava de seis euros, otra vez.
Lucas, que ha vuelto de Japón con un kimono que se pone encima de la ropa para trabajar, se sube a una silla. Maite me abraza sin decir nada.
Bea lee el correo en su mesa, de pie, con las gafas puestas. Llega a la última línea. Se quita las gafas. Me mira desde el otro lado de la sala. No sé qué hay en esa mirada. No es enfado. No es orgullo. Es una cosa de alguien que calcula.
Álvaro no dice nada. Está en su mesa del fondo con los cascos.
Ni siquiera sé si ha leído el correo. Pero a las siete y media, cuando la sala ya huele a cava barato y alguien ha puesto reguetón, se levanta, pasa por mi mesa camino de la escalera, y sin pararse deja caer encima de mi teclado un pósit amarillo.
No lo leo hasta que se ha ido.
Te lo dije.
No lleva firma.
Lo despego. Lo miro. Pienso en la regla: nada por escrito.
Y pienso que un pósit no cuenta, que un pósit se tira, que un pósit lo puede escribir cualquiera, que te lo dije no dice nada.
Y me lo guardo en la funda del móvil, detrás de la tarjeta sanitaria, junto al otro, el del plano de las siete y catorce, que lleva ahí desde hace un año y que ya tiene los bordes blandos de tanto doblarse.
·
Esa noche, en casa, Wafa me encuentra en la cocina a las once, sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta del horno.
No lloro. No estoy triste. No sé lo que estoy.
Wafa no pregunta. Se sienta enfrente, con la espalda contra los armarios de abajo, las piernas de lado porque no caben las de las dos.
—¿Buen día o mal día? —dice.
—Bueno. Muy bueno. La clienta me ha dado las gracias por escrito. Delante de todos. Con copia a la directora general.
Wafa asiente.
—¿Y por qué estás en el suelo?
Lo pienso. En serio. Pienso en el seis coma uno. En la frase de Bea debajo. En Toni con la Moleskine. En la piedra o el bicho del fondo.
—No lo sé —digo.
Wafa se queda mirándome con su mirada de tomar el pulso. Luego se levanta, abre la nevera, saca la leche, la sirve en dos vasos. Templada, porque la puerta no enfría bien.
Nos la bebemos en el suelo, a oscuras, con la luz del extractor.
—Cuando no sabes por qué estás en el suelo —dice Wafa al final, con el vaso vacío en la mano—, suele ser porque sí lo sabes.