Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 21
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Álvaro vuelve el lunes uno de septiembre moreno de Menorca, con el pelo más claro por el sol y una pulsera de cuero trenzado en la muñeca izquierda que no llevaba en julio.

Saluda a la sala con la mano, sin pararse. Se sienta en su mesa del fondo. Se pone los cascos.

No me mira.

Estoy toda la mañana esperando. No sé qué: una señal, un gesto, un «buenos días» con un segundo de más.

No llega nada. A las doce baja a Ramona, y yo bajo un minuto después, sin pensarlo, con la taza de la ola azul en la mano, y cuando llego él ya está subiendo la escalera con su café, y nos cruzamos en el rellano, y dice «hola, Nerea, ¿qué tal el verano?»

con la misma voz con la que se lo ha dicho a Sonia en la puerta.

—Bien —digo—. Caluroso.

—Me imagino.

Y sigue subiendo.

La pulsera de cuero trenzado. Me paso la tarde pensando en ella. En quién se la ha puesto. En si la compró él en un puesto de Ciutadella o si se la regaló Irene en una cena, en una terraza con farolillos, después de verlo bailar mal. En si se la quitará los jueves.

Si hay jueves.

Ese es el pensamiento que tengo toda la semana, lunes, martes, miércoles, como una piedra en el zapato: si hay jueves.

Nadie me lo ha dicho. Nadie me ha dicho que no.

Las reglas no dicen nada de agosto, ni de septiembre, ni de lo que pasa cuando uno de los dos se va cinco semanas a una isla y vuelve con una pulsera.

El miércoles por la noche no duermo.

El jueves cuatro, a las diez y cuarto de la mañana, en el baño de la segunda planta, me vibra el móvil en el bolsillo del pantalón. Un toque. Un número que no tengo guardado.

Me apoyo en la pared de azulejos. Cierro los ojos.

Y lo que siento no es alegría. Es algo más pequeño y más sucio.

Es alivio. El alivio de cuando te han dicho que te van a hacer una prueba y la prueba da negativo, o de cuando crees que has perdido las llaves y están en el otro bolsillo.

Un alivio que te afloja las rodillas y que no tiene nada de bonito.

Me da vergüenza. Ahí, en el baño de la cisterna rota, con los ojos cerrados y la espalda contra el azulejo frío, me da vergüenza el alivio.

Porque me dice algo de mí que no quiero saber: que llevo cinco semanas esperando un toque de un número que no tengo guardado, y que un toque me ha arreglado el día.

A las nueve y treinta y uno giro las ruedecillas. Cero siete uno cuatro.

Álvaro está en el sofá, con el portátil y los cascos, como si fuera cualquier jueves de junio. La pulsera sigue en su muñeca. No se la quita. Me mira entrar, cierra el portátil, sonríe con esa sonrisa torcida.

—Hola.

—Hola.

No me pregunta por agosto. Yo no le pregunto por Menorca.

No hablamos de la foto de la terraza con farolillos, ni de la luna llena, ni de las dos copas, ni de la marca de los labios.

No sabe que las he visto. O lo sabe, porque es lo bastante listo para saber que alguien de veinticinco años con un móvil lo ve todo, y no dice nada.

La ciudad de los jueves se traga agosto como se tragó San Isidro. Sin dejar marca en la superficie.

Y a las doce y cuarto, en el andén de Noviciado, con el pelo revuelto y el abrigo de entretiempo abrochado, pienso en la pulsera, y en el baño de la segunda planta, y en el alivio, y me da vergüenza otra vez, y esta vez no se me pasa en todo el trayecto.

·

El lunes ocho llega Toni.

Bea me lo presenta en la escalera, igual que me presentó a mí el pliego del IJCD hace un año, con una carpeta de plástico debajo del brazo y sin pararse del todo.

—Nerea, este es Toni. Becario de estrategia. Seis meses, convenio con la Complutense. —Me da la carpeta a mí, no a él—. Es tuyo.

—¿Mío?

—Tu tutelado. Tú le enseñas cómo va esto. Yo no tengo tiempo y tú te sabes la cuenta del IJCD mejor que nadie. —Mira a Toni—. Pregúntale a ella. A mí solo si se cae el edificio.

Y sube la escalera.

Toni tiene veintitrés años y la cara de alguien que se ha levantado a las seis para elegir la camisa.

Es alto y un poco torpe, con los hombros hacia delante, como si se disculpara de medir lo que mide.

Lleva una camisa azul claro planchada, un pantalón chino beis y unos zapatos marrones de piel que brillan tanto que reflejan el neón rosa de la escalera.

Tiene el pelo corto recién cortado, con la marca todavía blanca en la nuca de la maquinilla.

Lleva una libreta Moleskine nueva debajo del brazo y un boli de los caros, metálico, en el bolsillo de la camisa.

—Encantado —dice, y me da la mano demasiado fuerte—. He visto la campaña. La del reenvío. Es lo mejor que se ha hecho este año. La analizamos en clase, en cuarto, en Planificación Estratégica. El profesor dijo que el insight era de manual.

El insight. Mi frase de las dos de la mañana. La de los catorce.

—Es de todo el equipo —digo.

—Ya, ya. —Toni asiente muy rápido—. Pero la firma Álvaro Redondo, ¿no? En los premios. Salió en el Anuario.

No sabía que salía en el Anuario. No sabía que había premios. Me entero en el rellano de la escalera, por un becario de veintitrés años con los zapatos brillantes, de que mi frase ha ganado algo y lleva otro nombre.

—Sí —digo—. La firma Álvaro.

·

Toni es bueno. Eso lo sé el primer día. Aprende deprisa, apunta todo en la Moleskine con una letra redonda y pequeña, pregunta lo justo y lo pregunta bien.

El martes ya entiende el panel de Diego mejor que yo.

El miércoles me corrige una fórmula de un Excel sin que se le note que me está corrigiendo. El jueves se queda hasta las nueve.

El viernes también.

El lunes siguiente, a las nueve y media de la noche, cuando me levanto para irme y veo que la luz de su mesa sigue encendida, me acerco.

—Toni, vete a casa.

Levanta la vista de la pantalla. Tiene ojeras. Lleva la camisa, una verde claro hoy, igual de planchada que el primer día, pero con la manga derecha manchada de tinta.

—Ya casi estoy —dice—. Estoy repasando el histórico de la fase 1. Para entender la cuenta.

—Eso lo puedes hacer mañana.

—Ya. —Mira hacia el fondo de la sala, donde la lámpara de Álvaro sigue encendida, y luego hacia la de Bea, que acaba de apagarse—. Es que Bea todavía no se había ido. Y Álvaro sigue.

Lo dice sin darse cuenta. Lo dice como un dato, igual que decía yo en noviembre que el que llevaba el presupuesto era Diego. Y me quedo quieta al lado de su mesa, con la mochila en el hombro, oyéndome a mí misma hace un año.

Nadie se va antes que su jefe. Aquí se viene a que te vean.

Me lo dijo Bea el primer día, y yo lo aprendí tan bien que ni siquiera me acuerdo de haberlo aprendido. Y ahora lo tengo delante, sentado en una silla que todavía tiene el plástico en el respaldo, con veintitrés años y una manga manchada de tinta, y lo veo desde fuera por primera vez.

No me gusta cómo se ve.

—Toni —digo—. Nadie te va a ver aquí a las nueve y media. Álvaro tiene los cascos puestos y no levanta la vista desde las siete. Bea se acaba de ir y ni te ha mirado. Estás aquí para nadie.

Me mira con la boca un poco abierta.

—Vete a casa —repito—. Duerme. Mañana a las diez y media aquí, y me explicas lo que has entendido del histórico. Y si quieres que te vean, que te vean por eso. No por la silla.

Toni duda un segundo. Luego cierra el portátil con cuidado, como si fuera a romperse. Recoge la Moleskine. Se pone la chaqueta.

—Gracias —dice, muy bajo, en la escalera.

Y se va. Y yo me quedo en la sala, en la luz del neón rosa, sabiendo que es exactamente lo que no hago yo.

Que yo me quedo. Que los jueves me quedo hasta las siete y media para que parezca que me voy a casa, y los demás días me quedo hasta las nueve para que nadie note la diferencia.

Que llevo un año en esa silla por si alguien me ve, y que la única persona que me ve de verdad me ve en otro sitio, a otra hora, con otras reglas.

Apago mi lámpara. Al fondo, la de Álvaro sigue encendida. No levanta la vista, y bajo la escalera sola.