Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 20
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En agosto, Madrid se vacía como se vacía una piscina: de golpe por arriba y muy despacio por el fondo.

La primera semana se van los que tienen casa en la playa.

La segunda, los que tienen pueblo. La tercera, los que no tienen nada pero se van igual, a cualquier sitio, porque quedarse en Madrid en agosto es una forma de decir algo que nadie quiere decir.

Y los que nos quedamos nos miramos en el metro medio vacío con una especie de complicidad de náufragos, como los que se quedan en una fiesta cuando ya se han ido los anfitriones.

Oleaje no cierra en agosto, pero es como si cerrara.

Gonzalo está en su barco, en algún sitio del Mediterráneo que nadie sabe decir.

Bea está en Asturias, en la casa de sus padres, contestando correos desde una aldea con cobertura en un solo punto del jardín.

Maite y Lucas se han ido juntos a Japón, cosa que nadie sabía que pudiera pasar. Y Álvaro está en Menorca.

Lo sé porque lo dijo en la última reunión de julio, delante de todos, cuando Bea repartió las guardias de agosto:

—Yo estoy fuera del uno al veinticuatro. Menorca. Con cobertura, pero no me llaméis.

Y todo el mundo se rio. Y yo también.

El último jueves de julio, en Conde Duque, no dijo nada de Menorca. No dijo nada de agosto. A las doce y cuarto me acompañó hasta la puerta del apartamento, descalzo, como siempre, y dijo:

—Hasta septiembre.

Y cerró.

Hasta septiembre. Cinco semanas. Nada por escrito. Nada que se vea. Ni un mensaje, ni una foto, ni una llamada perdida. Cinco semanas en las que yo existo en un chat de trabajo que nadie usa en agosto, y él existe en una isla.

·

Irene tiene Instagram.

No lo he buscado. O lo he buscado una sola vez, en marzo, una noche en la cama, con el brillo al mínimo, y lo encontré enseguida porque tiene el perfil abierto y se llama como se llama, nombre y apellido, sin trucos.

Irene Aldaz. Arquitecta. Treinta y siete años.

Setecientos y pico seguidores. Fotos de edificios, casi todas: fachadas de ladrillo, escaleras de caracol, patios interiores con plantas, detalles de barandillas de hierro.

Alguna de un perro, un galgo blanco muy delgado que se llama Totó. Casi ninguna de ella. Ninguna de él.

Lo miré en marzo y lo cerré y me dije que no lo iba a volver a abrir.

En agosto lo abro tres veces al día.

Por la mañana, en el metro, camino de una oficina vacía. A la hora de comer, en la esquina de Ramona, con un sándwich de la máquina. Por la noche, en la cama, con el ventilador de pie dándome en la cara. Tres veces. A veces cuatro.

Irene sube pocas cosas y lo que sube es bonito.

Una casa encalada con una puerta azul y una buganvilla.

Una cala de piedra blanca con el agua tan transparente que las barcas parecen flotar en el aire, sin nada debajo.

Un plato de caldereta de langosta en una mesa de madera con vistas al mar.

El galgo Totó dormido en una hamaca. Un atardecer.

Otro atardecer. Una estantería de libros de un sitio que parece una librería de pueblo.

En ninguna foto sale Álvaro.

Pero está. Lo busco en cada una, como se buscan los errores en esos pasatiempos de los periódicos, las siete diferencias.

Y lo encuentro. En la cala, en el borde de la foto, una toalla de rayas verdes que he visto en el maletero del Volvo.

En la mesa de la caldereta, al otro lado del plato, una mano de hombre sujetando una copa, con un reloj de correa de cuero marrón.

En la hamaca, al lado del perro, un libro abierto boca abajo con un lápiz dentro: el mismo libro de fotografía que tenía en la mesa de Oleaje en junio.

Ahí está. En los bordes. En lo que no sale. Nada que se vea, pero está.

El día doce, Irene sube una foto que no es bonita.

Es una foto movida, desenfocada, hecha de noche, en una terraza con farolillos de colores, y en ella se ve a un hombre de espaldas, en el centro, bailando.

Solo. Con los brazos arriba. Con una camisa de lino blanca y el pelo revuelto.

No se le ve la cara. No hace falta. Y el texto, debajo, dice solo: 15 años y sigue sin saber bailar.

Quince años.

Quince años juntos, nueve casados. Lo hago en la cabeza sin querer, en la cama, con el ventilador en la cara.

Quince años. Cuando empezaron, yo tenía diez.

Estaba en quinto de primaria en el colegio de Los Alcázares, haciendo trabajos sobre el ciclo del agua con cartulinas azules, y mi madre todavía no se había ido.

Cierro Instagram. Lo borro del móvil. Lo vuelvo a instalar a las dos de la mañana.

·

El quince de agosto es la Virgen de la Paloma, y en La Latina hay verbena.

Me lo dice Diego, que también se ha quedado en Madrid.

Él se ha quedado porque alguien tiene que estar de guardia en cuentas y porque, dice, en Alzira en agosto hace más calor que aquí y encima está su madre.

Nos hemos visto casi todos los días en la oficina vacía, él en su mesa y yo en la mía, con el aire acondicionado que por fin han arreglado puesto a dieciocho grados y la piscina del jardín más verde que nunca.

Hemos comido juntos en el jardín, a la sombra de las dos palmeras de la entrada, sándwiches de la máquina y una vez gazpacho que trajo él en un termo.

Hemos hablado de todo y de nada. Ha sido, sin que yo lo supiera, la mejor semana de mi verano.

—Hay verbena —dice el jueves catorce, a las siete—. La de la Paloma. Mañana. Mi prima de Móstoles dice que es la mejor de Madrid, que la de San Isidro es para turistas.

—Nadie ha ido nunca a San Isidro —digo.

—Nadie ha ido nunca a San Isidro y está lleno —dice él.

Nos reímos.

—¿Vienes? —dice.

Mañana es viernes. Mañana no es jueves. Mañana Álvaro está en una isla.

—Vale.

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La Latina en la verbena de la Paloma es una calle estrecha tras otra, en cuesta, cubiertas de guirnaldas de papel de colores y farolillos colgados de balcón a balcón, tan juntos que no se ve el cielo.

Hay organillos. Hay chotis, otra vez, en las plazas, con parejas mayores muy serias.

Hay puestos de limonada y de gallinejas y de entresijos y de claveles, y gente en todos los balcones, y en la calle de Toledo una procesión que baja despacio con una virgen de manto negro a hombros de unos bomberos con uniforme de gala, y la gente aplaude al pasar, y alguien llora.

Hace un calor pegajoso, de los que se te quedan en la nuca.

Bebemos limonada. Comemos un bocadillo de calamares en un bar con serrín en el suelo.

Diego se sabe los nombres de todas las cosas y me los va diciendo, como un guía: esto son entresijos, esto son gallinejas, esto es un organillo, esto es un chulapo, esto es una parpusa, que es la gorra, esto es un mantón, esto es una señora de noventa años que va a sobrevivirnos a los dos.

La señora de noventa años nos oye y se ríe y le dice a Diego que es muy guapo y que si estoy yo con él, y Diego se pone rojo como un pimiento y dice que no, que somos compañeros de trabajo, y la señora dice «ya» con una cara de haber visto de todo.

A las doce nos sentamos en unos escalones de la plaza de la Paja, con los pies cansados, con dos limonadas en vasos de plástico, mirando a las parejas que bailan debajo de las guirnaldas. Diego está callado. Lleva un rato callado. Tiene el vaso entre las manos y le da vueltas.

—Nerea —dice.

—Qué.

—Te tengo que decir una cosa. Y luego tú haces lo que quieras. —Deja el vaso en el escalón—. Es una tontería, seguramente. Pero la llevo desde noviembre y en agosto no hay nadie en Madrid, y si no te la digo ahora, con la verbena y la limonada y la señora de noventa años, no te la voy a decir nunca.

No digo nada. Sé lo que va a decir. Lo sé desde el marco. Desde antes. Desde la mandarina pelada en espiral en la cena de Navidad, desde el agua que me sirvió en vez de vino, desde el «pon la alarma» de Famara.

—Me gustas —dice—. Desde el día del concurso. Desde la oreja en el bar de Nuevos Ministerios, cuando me dijiste que lo de la pizarra era de todo el equipo con esa cara de mentir fatal. —Se ríe un poco, sin gracia—. Ya está. Ya lo he dicho.

Las parejas bailan. El organillo toca un pasodoble. Un niño pasa corriendo con un globo en forma de corazón.

—Diego —digo.

—No hace falta que digas nada.

—Hay alguien.

Lo digo mirando la plaza. No a él. Dos palabras. Nada que se vea.

Diego no se mueve. Tiene los codos en las rodillas y mira las guirnaldas.

—Hay alguien y no puedo decirte quién —digo—. No puedo. Lo siento.

Diego asiente. Coge su vaso de limonada del escalón. Da un trago largo.

—Ya —dice.

Solo eso. Ya. Como la señora de noventa años. Como quien ha visto de todo.

Y entiendo, en ese «ya», en la forma en que lo dice, que lo sabe.

Que no necesita que le diga quién. Que lo sabe desde Famara, desde el pelo mojado a las seis y cuarto de la mañana, desde la cinta de equipajes, desde los jueves que salgo a las siete y media con prisa, desde el apartamento que no existe.

Que lo sabe y que no lo ha dicho nunca. Y que no lo va a decir.

—Diego…

—No pasa nada. —Se levanta. Se sacude el pantalón. Me tiende la mano para ayudarme a levantarme, y yo la cojo, y él tira de mí, y me suelta enseguida—. De verdad. Ya te lo he dicho, que era lo que quería. Lo otro no depende de mí.

—Lo siento.

—No lo sientas. —Sonríe. Una sonrisa de verdad, un poco rota—. Solo cuídate, ¿vale? Que ese alguien sea alguien que te cuide.

No contesto. No puedo.

Me acompaña al metro de La Latina. Esta vez sí hay metro. En la boca, antes de bajar, me da un abrazo corto, de compañeros, dos palmadas en la espalda, y se va andando calle de Toledo arriba, entre las guirnaldas, con las manos en los bolsillos, y no se da la vuelta.

En el metro abro Instagram. Irene ha subido una foto nueva hace una hora: una luna llena sobre el mar, desde una terraza, con dos copas de vino en primer plano, una de ellas con la marca de unos labios. La miro hasta Tetuán.