Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 19
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Cumplo veinticinco años un miércoles de julio con cuarenta y un grados en Madrid y el aire acondicionado de Oleaje roto desde el lunes.

Nadie en la agencia lo sabe. No lo he dicho.

A los veinte, en el camping, lo sabía todo el mundo, y el señor Paco me dio veinte euros doblados en cuatro como si yo tuviera diez años.

A los veintidós, recién vuelta de Bolonia, Chiara lo sabía porque no se le olvida nada, y me mandó un audio de tres minutos cantando algo en dialecto que no entendí.

Aquí no lo he dicho, y en recursos humanos lo saben pero no lo dicen, y a las once de la mañana estoy en mi mesa sudando delante de un informe semanal con la camiseta pegada a la espalda, y es un día como cualquier otro.

Me da igual. Me lo digo varias veces. Me da igual.

Álvaro pasa por mi mesa a las doce, camino de Ramona.

No se para. Dice «buenos días» a la sala en general, con la mano, igual que siempre.

No sabe que es mi cumpleaños. O lo sabe —lo sabe todo, tiene mi ficha, tiene mi DNI escaneado en la carpeta de recursos humanos que él mismo pidió que me escribiera en mayo del año pasado— y no dice nada, porque decir algo sería salirse de las reglas.

Nada que se vea. Una felicitación en público es algo que se ve.

Lo entiendo. Lo entiendo perfectamente.

A las doce y diez voy al baño de la segunda planta, el de la cisterna que no funciona, y me miro en el espejo, y tengo los ojos rojos, y me digo que es el calor.

·

Diego se acerca a mi mesa a las siete y media, cuando la sala se ha vaciado por el calor, y deja encima del teclado un paquete plano, envuelto en papel de periódico, atado con un cordel de los de la carnicería.

—No lo abras aquí —dice.

—¿Qué es?

—Tu cumpleaños.

Le miro.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el año pasado me pasaron tu ficha para darte de alta en el seguro de viaje de Canarias, y soy de los que se fijan en las fechas. —Se sube las gafas con un dedo—. No lo abras aquí, que es una chorrada y me da vergüenza. Ábrelo en casa.

Y se va. Coge la mochila y se va escaleras abajo sin mirar atrás, con la camisa de cuadros empapada de sudor por la espalda.

No lo abro en casa. Lo abro en el metro, en la línea diez, de pie, apoyada en la puerta, con el paquete contra el pecho, porque no aguanto.

Es un marco. Uno de madera clara, sencillo, de los que se compran en cualquier sitio. Y dentro, impreso en papel de fotografía, en blanco y negro aunque el original era en color, hay un fotograma.

Hans, de espaldas, con la toalla al hombro y las piernas blancas, bajando por el camino de tierra entre las parcelas vacías hacia el agua. Y al fondo, desenfocado, pequeño, en la ventana iluminada de la recepción, un hombre levantando una mano.

Las siete y catorce.

Me quedo en la puerta del vagón sin moverme, con el marco en las manos, y se me pasa la parada de Tetuán, y la de Estrecho, y me bajo en Alvarado, y tengo que volver andando.

El trabajo de fin de grado está en Vimeo, en abierto, desde junio del año pasado.

Lo subió la facultad. Tiene doscientas y pico visitas, casi todas de mi padre, que se lo pone a los holandeses cuando vienen en invierno.

Diego lo ha buscado. Lo ha visto entero.

Ha encontrado el minuto exacto, el plano exacto, lo ha capturado, lo ha pasado a blanco y negro porque debió de pensar que así se veía mejor la luz de la ventana, que es verdad, se ve mejor, y lo ha llevado a imprimir y a enmarcar.

Y nunca me ha dicho que lo había visto.

Le escribo desde la acera de Bravo Murillo, con el marco debajo del brazo:

«¿Cómo sabías cuál?»

Tarda un poco.

«Porque es el único plano en el que el de la cámara también sale. Aunque no se le vea.»

Me siento en un banco de la calle. Hace cuarenta grados todavía, a las ocho de la tarde, y el banco quema. Me da igual.

·

Wafa ha hecho una tarta. No sabe hacer tartas; lo dice ella, lo dice la tarta.

Es un bizcocho de yogur que se le ha hundido por el centro, con una capa de chocolate derretido por encima que no ha terminado de endurecerse por el calor y veinticinco velas de colores clavadas de cualquier manera, torcidas, como un bosque después de un temporal.

En el centro, en el hundimiento, ha puesto una vela más grande con forma de dos y otra con forma de cinco, y el cinco está al revés.

—No digas nada —dice cuando entro.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

En el sofá, con una cerveza en la mano, está Román.

No sabía que venía. No hemos hablado mucho desde el Retiro.

Algún mensaje, algún audio de él quejándose de un rodaje, algún vídeo que le he mandado de un perro.

Nada del estanque. Nada de Aitor. Él dijo que lo diría una vez y que no lo iba a repetir, y lo ha cumplido, y yo he hecho como que no lo había dicho, y así hemos pasado cuatro meses: bien, sin tocar eso,

como se anda descalzo por una casa donde se ha roto un vaso y todavía no has encontrado todos los cristales.

—Me ha llamado Wafa —dice—. Hace una semana. Me ha dicho que si no venía me buscaba en la productora.

—¿Cómo tienes el número de Wafa?

—Me lo diste tú, en Nochebuena, por si te pasaba algo en Villaverde. —Se levanta, me abraza—. Felicidades, Baresa. Veinticinco. Ya eres mayor que yo cuando te conocí.

—Eras mayor que yo entonces.

—Por eso.

Soplo las velas. Todas menos una, la del cinco al revés, que se niega, y tengo que soplar dos veces y Wafa dice que eso trae mala suerte y Román dice que eso trae un año raro y yo digo que eso no existe y los tres nos reímos.

Comemos la tarta hundida con cucharas, directamente de la bandeja, en el sofá, con el ventilador de pie dándonos en la cara, y está buenísima, y el chocolate nos mancha los dedos.

Wafa trae helado de turrón del Mercadona.

Román ha traído una botella de vino de Jumilla porque dice que en Madrid no saben lo que es un vino de verdad, y la abre con un sacacorchos que Wafa tiene desde que se mudó y no había usado nunca.

Enseño el marco de Diego. Lo pongo en la mesa baja, apoyado en la botella.

Román lo mira mucho rato. Wafa también.

—¿Quién es el de la ventana? —dice Wafa.

—Mi padre.

—¿Y quién te lo ha regalado?

—Diego. El del presupuesto.

Wafa y Román se miran. Una mirada rápida, por encima de la tarta, que no dura ni un segundo. No dicen nada. Y ninguno de los dos pregunta dónde estuve el jueves de San Isidro.

·

A las nueve y cinco me suena el móvil.

Es miércoles. Mi padre llama los domingos. Me levanto del sofá y me voy a mi cuarto, y cierro la puerta.

—Dime, papá.

—Felicidades, hija.

Oigo la depuradora. Y detrás, más lejos, algo que suena como una radio pequeña con música de verbena, y risas, y un niño que llora en otra parcela. Es julio. El camping estará lleno, o medio lleno, que en el camping de mi padre es lo mismo que lleno.

—Gracias.

—¿Lo estás celebrando?

—Sí. Con una amiga del piso y con Román.

—Ah, Román. —Le cae bien Román. Lo vio una vez en Murcia, en la entrega de los trabajos de fin de grado, y le dio la mano con las dos suyas—. Dile que muchas gracias.

—¿Por qué?

—Por estar.

No contesto. Me siento en la cama. En la estantería, el rodillo de Rosa sigue horizontal, como un remo, cogiendo polvo.

—¿Y tú qué tal? —digo.

—Lleno. Bueno, medio. Los de la dieciocho han traído una piscina hinchable y la han llenado con la manguera de la parcela. —Se oye cómo sonríe—. Doscientos litros. Les he tenido que decir que el agua se paga.

Me río. Él se queda un momento callado.

—Me ha dicho Hans que te dé recuerdos. Y el señor Paco. Y Chelo. Y Lucía me ha mandado un vídeo del crío diciendo tu nombre, pero no sé reenviarlo.

—No lo reenvíes —digo, sin pensar.

—¿Qué?

—Nada, papá. Una tontería. Ya me lo mandará ella.

—Bueno. —La depuradora—. Pues eso. Felicidades.

—Gracias, papá.

—Venga, que te dejo con tus amigos.

Y cuelga. Dos minutos y cuatro segundos. Es miércoles, y ha llamado a las nueve y cinco, como un domingo. Como si no supiera llamar a otra hora.

Me quedo en la cama con el móvil en la mano. Del salón llega la risa de Wafa, alta, y la voz de Román contando algo de una jirafa. En la mesa baja, apoyado en la botella de Jumilla, está el marco de Diego.

Miro el móvil. No tengo nada más. Ningún mensaje. Ninguna llamada perdida de un número que no tengo guardado.

Mañana es jueves.

Me lo digo en la cama, con los ojos cerrados, oyendo reírse a los que sí han venido. Mañana es jueves. Y mañana, en Conde Duque, a lo mejor. O a lo mejor no, porque las reglas son las reglas, y un cumpleaños es algo que se ve.

Vuelvo al salón. Me siento entre Wafa y Román. Me como otro trozo de tarta hundida. Y no vuelvo a mirar el móvil en toda la noche, y es la primera vez en cinco meses que lo consigo, y no sé si es porque estoy bien o porque me da miedo lo que no voy a encontrar.