18
El jueves cinco de junio, en el apartamento de Conde Duque, Álvaro me enseña a presentar.
No estaba previsto. Esa es la primera vez que la ciudad de los jueves y la otra se tocan, y lo hacen sin que ninguno de los dos lo diga, como se tocan dos barcas amarradas en el mismo pantalán cuando sube la marea.
El martes, en Zahara, Bea anuncia que Inma quiere una reunión de seguimiento de la fase 1 el jueves doce, en el IJCD, y que ella no puede ir porque ese día está en Barcelona defendiendo otra cuenta. Lo dice mirando la pantalla de su portátil, sin levantar la vista, con la voz de siempre.
—Irá Nerea —dice.
Se hace un silencio en la sala. Maite me mira. Lucas me mira. Diego deja de teclear.
—¿Yo?
—Tú has montado todos los informes semanales desde abril. Te sabes los números mejor que yo. —Bea levanta la vista por fin—. Son veinte minutos. Resultados, aprendizajes, próximos pasos. Álvaro irá contigo por si hay preguntas de creatividad.
Miro a Álvaro, que está al fondo de la mesa con el pie en la silla de al lado. Él no me mira. Asiente, como si le hubieran pedido que lleve el disco duro.
—Vale —dice.
Y Bea cierra el portátil y la reunión se acaba, y yo me quedo sentada con el Bic de Román en la mano y el corazón haciendo lo mismo que hizo en la sala de reuniones del IJCD en noviembre, cuando Inma se quedó mirándome un segundo más de lo necesario.
·
El jueves cinco, en Conde Duque, en vez de abrir el vino, Álvaro abre mi portátil.
—Enséñamela —dice.
—¿Ahora?
—Ahora. —Se sienta en una de las dos sillas de la mesa redonda, la que no se tambalea, y me señala la otra—. Hazla como si yo fuera Inma.
Me río. Él no.
La hago. Tengo doce diapositivas que he preparado durante dos días con las plantillas de Oleaje, las de la ola azul en la esquina.
Resultados de exposición, con el alcance único en grande, en verde.
Resultados de interacción, con los comentarios y los compartidos.
Un gráfico de la evolución semanal. Un par de ejemplos de conversación en redes.
La influencer del aro de luz. Próximos pasos.
Las voy pasando con el dedo en el panel táctil y hablando, como hablábamos en las exposiciones de clase en Murcia: diciendo lo que pone en la diapositiva, más o menos con las mismas palabras, para que no se me olvide nada.
A la cuarta, Álvaro levanta la mano.
—Para.
Paro.
—¿Qué pone ahí? —Señala la pantalla. La diapositiva del alcance, con el número enorme en verde.
—El alcance único de la fase 1 hasta la semana nueve.
—¿Y qué me estás contando?
—Que… —Miro la pantalla—. Que hemos llegado a esa cantidad de gente única, con un crecimiento semanal del…
—No. —Álvaro se echa hacia atrás en la silla—.
Me estás leyendo lo que pone. Yo sé leer.
Inma sabe leer. Tiene el número delante, más grande que tu cabeza, en verde.
Si le dices el número que ya está viendo, la estás tratando como si fuera tonta, y ella no es tonta.
Es la persona menos tonta que te vas a encontrar en esa sala.
—¿Y qué le digo?
Álvaro se levanta. Se pone de pie delante de la ventana, igual que en la sala de la sexta planta en noviembre, de lado, con una pierna apoyada en el alféizar.
—No expliques el número —dice—. Cuéntalo.
—¿Cómo se cuenta un número?
—Como se cuenta cualquier cosa. —Me mira—. ¿Qué es ese número? No me digas «alcance único». ¿Qué es?
Miro la pantalla. Siete cifras en verde.
Pienso en la marquesina de Bravo Murillo. En Iker con el pulgar quieto. En la chica del pelo rojo apoyada en el cristal, de espaldas, sin mirar.
—Son personas —digo—. Chavales que han visto el anuncio al menos una vez. Que han tenido delante, aunque sea un segundo, la idea de que reenviar es hacer daño.
—Sigue.
—Es como si… —Busco—. Es como si a todos los que estaban en el grupo de clase de alguien, en el momento de recibir el vídeo, alguien les hubiera tocado el hombro. Una vez. Antes.
Álvaro no dice nada. Se me queda mirando desde la ventana con una cara que no le conozco, una cara quieta, casi triste.
—Eso —dice—. Eso es lo que le cuentas. Y luego, si quiere, que mire el número.
Me hace repetirla entera. Tres veces. En la segunda, me para en la séptima diapositiva y me dice que he vuelto a leer.
En la tercera, no me para. Me deja terminar.
Y cuando termino, con la diapositiva de próximos pasos en la pantalla, no dice nada durante un rato, y luego cierra el portátil, despacio, con las dos manos.
—Vas a estar muy bien —dice.
Y luego abre el vino.
Esa noche, en el andén de Noviciado, pienso que es la primera vez que lo que pasa en Conde Duque me sirve para algo de fuera.
Que me ha enseñado algo que voy a usar un jueves por la mañana, en una sala con un reloj de estación, delante de la persona menos tonta que me voy a encontrar.
Y me gusta. Me gusta tanto que no pienso en lo otro: que para enseñármelo ha tenido que dejar entrar la otra ciudad en esta, y que las reglas decían que las dos no se tocaban.
·
El jueves doce, a las diez de la mañana, estoy en la sala de la sexta planta del IJCD con el portátil conectado a la pantalla y las manos frías.
La sala es la misma. La mesa ovalada de melamina gris, las sillas con ruedas, la ventana al edificio de enfrente donde la gente trabaja en el espejo. El reloj de estación. Clic.
Inma está sola. No ha traído al de jurídica ni al técnico de la sonrisa. Solo ella, con un jersey fino de color crema, las gafas de leer colgadas del cordón y un cuaderno de tapas negras cerrado encima de la mesa, con un boli encima, en paralelo al borde, perfectamente alineado.
—Nerea —dice al darme la mano. Se acuerda.
—Buenos días.
—Álvaro. —Le da la mano a él también, más rápido—. ¿Beatriz no viene?
—Está en Barcelona —digo—. Me ha pedido que presente yo.
Inma asiente. No dice nada. No parece ni contenta ni decepcionada. Se sienta. Álvaro se sienta en la otra punta de la mesa, al fondo, lejos, con la silla un poco separada, como un espectador. No lleva nada en las manos.
Empiezo.
Las tres primeras diapositivas me tiemblan un poco la voz. Lo noto. Inma también lo nota, creo, porque no me mira a mí: mira la pantalla, para darme espacio. En la cuarta, la del número enorme en verde, respiro.
No leo.
Le cuento lo del hombro. Le cuento que ese número son chavales en el momento de recibir algo, y que es como si a todos alguien les hubiera tocado el hombro una vez, antes.
Y mientras lo cuento veo que Inma deja de mirar la pantalla y me mira a mí.
Y que coge el boli que tenía alineado con el borde del cuaderno, y lo abre, y apunta algo. Una sola línea.
Sigo. La interacción. Los compartidos. La influencer del aro de luz, que presento sin decir lo que pienso de ella. La evolución semanal. Los próximos pasos. Cuando llego al final, han pasado dieciocho minutos. El reloj hace clic.
Inma cierra el cuaderno. Deja el boli encima, otra vez alineado.
—Muy bien —dice—. Muy claro.
Me sale el aire de golpe. No sabía que lo tenía guardado.
—Gracias.
—Una pregunta.
—Claro.
Inma se pone las gafas de leer, que le cuelgan del cordón, y vuelve a mirar la pantalla, donde todavía está la diapositiva de próximos pasos. Me pide con un gesto que vuelva a la cuarta. Vuelvo. El número en verde.
—Este alcance único —dice—. ¿Está deduplicado entre plataformas?
No sé qué contestar.
No es que no sepa la respuesta: es que no sé lo que me está preguntando.
O lo sé a medias. Sé lo que es deduplicar, más o menos, porque lo he leído en los informes: quitar a la gente que está repetida.
Pero no sé si el número está deduplicado o no.
Lo he copiado del panel de Diego cada lunes, desde abril, y lo he puesto en verde en las plantillas de la ola azul, y nunca me he preguntado de dónde salía. Nunca he preguntado nada.
—Quiero decir —sigue Inma, con paciencia, quitándose las gafas—: si un chico de diecisiete años ve el anuncio en tres plataformas distintas, ¿cuenta como uno o como tres?
Miro a Álvaro. Álvaro está mirando por la ventana. Al edificio de enfrente. No me mira.
—No lo sé con seguridad —digo. Y me sale solo, sin pensar, lo que me enseñó Fran detrás de la barra del Salitre, lo que se dice cuando un cliente pregunta algo que no sabes: nunca inventes—. Lo compruebo y se lo confirmo por escrito esta semana.
Inma me mira un segundo más. Luego asiente.
—Se lo agradezco —dice—. Por escrito, por favor.
Y se levanta, y nos da la mano, y nos acompaña hasta el ascensor, y en el ascensor, que baja lento, Álvaro y yo no decimos nada, uno en cada esquina, mirando los números de las plantas.
En la calle, al salir, me dice:
—Has estado muy bien.
—No he sabido contestar.
—Has dicho que no lo sabías. Eso es contestar. —Se pone las gafas de sol—. La mayoría se inventa algo.
—¿Y tú lo sabes? Lo de la deduplicación.
Álvaro mira hacia la Castellana.
—Eso es de Bea —dice—. Yo hago anuncios.
·
El viernes le escribo a Bea, que sigue en Barcelona, un correo corto: Inma pregunta si el alcance único de la fase 1 está deduplicado entre plataformas. Le he dicho que se lo confirmaba por escrito esta semana. ¿Cómo lo hacemos?
Bea contesta a los cuatro minutos, desde el móvil:
Ya está verificado. Díselo así.
Nada más.
Leo la respuesta otra vez. Ya está verificado.
No dice cómo. No dice por quién. No dice si está deduplicado o no; dice que está verificado, que es otra palabra.
Pienso en ir a la mesa de Diego y preguntarle.
Pienso en abrir el panel y buscar dónde pone cómo se calcula el número.
Pienso que debería hacerlo, que se lo he prometido a Inma, que se lo he prometido por escrito.
Pero es viernes, y son las siete y media, y Bea es la directora de estrategia, y lleva diez años en esto, y ha dicho que ya está verificado. Y yo soy la de prácticas. Y me quedan tres meses y medio de contrato formativo antes de que en septiembre se decida si me quedo.
Le escribo a Inma:
Buenas tardes, Inma. Le confirmo que los datos de alcance único de la fase 1 están verificados. Un saludo, Nerea Baresa.
Y le doy a enviar. Y cierro el portátil. Y me voy a casa.
No lo compruebo. Esa es la verdad, y la escribo aquí así, sin adornos, porque tardé mucho en poder decirla: no lo compruebo.
Ni ese viernes ni el lunes ni en todo el verano.
Le digo a la persona menos tonta que me voy a encontrar que algo está verificado, por escrito, con mi nombre, porque me lo ha dicho otra persona en un correo de cuatro palabras.
Y esa noche duermo bien.