Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 17
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El quince de mayo es San Isidro, y en Madrid es fiesta, y cae en jueves.

Lo miro en el calendario del móvil el domingo anterior, a las nueve y siete, justo después de colgar a mi padre.

Jueves, quince. Festivo local. Y debajo, en gris, una cosa que puse yo en marzo, en el grupo de la agencia, cuando Diego propuso ir todos a la Pradera: San Isidro — Pradera — 19:00.

Con un emoji de un clavel que puso Maite.

Maite se va a Cádiz el puente. Lucas tiene boda en Zamora. Sonia no ha contestado. Al final, en el grupo, quedamos Diego y yo. Y el martes, en la cocina, con la cafetera en el fuego, se lo digo a Wafa, sin pensarlo mucho, porque es la primera vez que libra un festivo desde Nochebuena:

—¿Te vienes el jueves a San Isidro? Con uno de la agencia.

Wafa me mira por encima de la taza.

—¿El del presupuesto? ¿El que te acompaña al metro cuando no hay metro?

No me acordaba de habérselo contado.

—Ese.

—Vale. —Da un sorbo—. Nunca he ido a San Isidro. Llevo veinticinco años en Madrid y nunca he ido.

—¿Por qué?

—Porque siempre trabajo el quince de mayo. Los festivos se llenan las urgencias de gente que se cae de los columpios de la feria.

Y el jueves por la mañana, a las diez, mientras me pinto las pestañas en el espejo del baño para nada, porque es festivo y no voy a ningún sitio hasta la tarde, me vibra el móvil encima del lavabo.

No es un mensaje. No puede ser un mensaje, porque no hay mensajes. Es una llamada perdida de un número que no tengo guardado, que no tengo guardado a propósito, y que me sé de memoria. Un toque. Uno solo. Y luego nada.

Esa es otra regla, aunque tampoco la dijo con un dedo.

Un toque quiere decir: el jueves sigue en pie.

Aunque sea festivo. Aunque sea San Isidro.

Aunque en las casas de la gente se coman rosquillas y en la Pradera se baile el chotis.

Un toque quiere decir a las nueve y media, Conde Duque, cero siete uno cuatro.

Me quedo mirando el móvil con el rímel en la mano.

A las siete he quedado con Diego y con Wafa en la Pradera.

A las nueve y media, en Conde Duque. Entre las dos cosas hay media hora de metro y una línea de cercanías.

Me lo organizo en la cabeza, delante del espejo, como se organiza un turno de barra un sábado de agosto: a las siete, la Pradera; a las nueve menos cuarto, me voy con una excusa; a las nueve y media, Conde Duque; a las doce y cuarto, vuelvo.

Si vuelvo pronto, a lo mejor siguen en la Pradera. Si no, me voy a casa.

Lo pienso con mucha calma. Con demasiada. Y cuando termino de pensarlo, en el espejo hay una chica con un ojo pintado y el otro sin pintar que no tengo muy claro quién es.

·

A las siete no llego a la Pradera.

No es que no llegue. Llego a las siete y veinte, porque el metro de Marqués de Vadillo se colapsa de gente vestida de chulapa, con claveles en el pelo y mantones de manila, niñas con lunares y señores con gorra de cuadros y chaleco, y tengo que esperar tres trenes.

Y luego no los encuentro, porque la Pradera de San Isidro es una ladera enorme de hierba verde en cuesta, con Madrid entero al fondo, las torres de la Almudena y el Palacio Real recortados contra el cielo naranja, y hay veinte mil personas sentadas en mantas, bebiendo limonada de jarras de plástico,

comiendo rosquillas de bolsas de papel, bailando en corros, y no hay manera de encontrar a nadie.

Los encuentro a las siete y cuarenta, porque Wafa me manda una ubicación y una foto: una manta de cuadros, dos vasos de limonada, un plato de papel con rosquillas, y una mano de hombre, la de Diego, con un clavel rojo entre los dedos, haciendo como que se lo ofrece a la cámara.

Están en la parte de arriba de la ladera, junto a un árbol, donde se ve todo. Diego se ha puesto una gorra de chulapo de cuadros que le queda grande, y Wafa se ríe de él con una risa que no le he oído nunca en casa, una risa entera, sin cansancio.

—¡La murciana! —grita Diego al verme—. Te hemos guardado una tonta y una lista.

—¿Qué?

—Rosquillas. —Wafa me da una de cada, en una servilleta—. La tonta no lleva nada. La lista lleva azúcar por encima. Me lo ha explicado él. Llevo veinticinco años en Madrid y me lo ha tenido que explicar uno de Alzira.

Me siento en la manta. Me como la tonta y luego la lista.

La lista está mejor. Diego me sirve limonada de la jarra, que no es limonada sino vino blanco con limón y azúcar y trozos de fruta, y está helada y dulce y se sube enseguida.

Abajo, en un escenario, una orquesta toca pasodobles, y en el corro de delante hay dos señoras de ochenta años con mantón bailando un chotis muy despacio, muy juntas, dando vueltas sobre una sola baldosa imaginaria, con una seriedad total.

Me río. Por primera vez en días, me río sin pensar en qué hora es.

Diego y Wafa se llevan bien. No me lo esperaba y me alegra de una manera que me sorprende.

Diego le pregunta por las urgencias, y Wafa, que nunca habla de las urgencias, le cuenta lo de los columpios de la feria, y lo de un señor que llegó un quince de mayo con un clavel metido en la nariz,

y Diego se ríe tanto que se le cae la gorra de chulapo por la cuesta y tiene que ir a buscarla entre las mantas de los demás.

Wafa le pregunta por el presupuesto, y Diego le explica qué es la programática con las manos, y Wafa le dice que eso suena a lo que hacen los que venden seguros por teléfono, y Diego se queda pensando y dice que sí, que más o menos.

A las ocho y media miro el móvil.

A las ocho y cuarenta lo vuelvo a mirar.

A las ocho y cuarenta y cinco, cuando el sol ya se ha puesto detrás de la Almudena y el cielo se ha vuelto de un morado que parece pintado, digo:

—Tengo que irme un rato.

Diego y Wafa se giran a la vez.

—¿Ahora? —dice Diego.

—Es una cosa del trabajo. El montaje del spot del autobús. Maite me ha pedido que le revise una cosa del color para mañana, y el portátil lo tengo en…

Me callo. Nadie me ha preguntado qué es.

Nadie me ha preguntado por qué. Wafa está pelando una mandarina y Diego tiene un vaso de limonada a medio camino de la boca, y los dos me miran, y yo he soltado una mentira entera, con detalles, con el nombre de Maite, que está en Cádiz, y con un portátil que no sé dónde iba a decir que tenía.

La mentira preparada, que nadie me ha pedido.

Wafa sigue pelando la mandarina. En espiral, sin romper la piel. Como Diego en la cena de Navidad.

—Vale —dice. Sin levantar la vista.

—Vuelvo —digo—. En un rato. A las doce o así. Si seguís aquí…

—Estaremos —dice Diego.

No me mira al decirlo. Mira hacia abajo, hacia el corro de las señoras del chotis, que siguen dando vueltas sobre su baldosa imaginaria, ahora a oscuras, iluminadas por las bombillas de colores que alguien ha colgado de los árboles.

·

Llego a Conde Duque a las nueve y treinta y cuatro. Giro las ruedecillas. Cero siete uno cuatro. La caja se abre con un clic.

Álvaro está en el sofá. No tiene el portátil. Tiene una botella de vino abierta en la mesa baja, dos copas, y la televisión encendida sin sonido, en el telediario de la noche, que abre con imágenes de la Pradera de San Isidro: la misma ladera, las mismas mantas, las mismas chulapas.

—¿Has estado? —dice, señalando la tele con la barbilla.

—Un rato.

—Nunca he ido. Llevo quince años en Madrid y nunca he ido a San Isidro.

—Nadie ha ido nunca a San Isidro —digo—. Es lo que dice todo el mundo. Y está lleno.

Se ríe. Me sirve vino.

Y durante tres horas, en el apartamento de nadie, con la tele sin sonido pasando la Pradera en bucle, me olvido de la Pradera.

Me olvido de verdad. Esa es la cosa: que funciona.

Que la otra ciudad, la de los jueves, se traga todo lo demás como el agua se traga una piedra, sin dejar marca en la superficie.

Que cuando estoy aquí no hay Diego con gorra de chulapo, ni Wafa riéndose entera, ni rosquilla lista ni rosquilla tonta. Solo hay esto.

A las doce y cuarto bajo los tres pisos. En Noviciado, en el andén, miro el móvil.

Tengo un mensaje de Wafa, de las once y cuarto: Nos vamos. Diego me acompaña al metro, que no hay metro. Te he dejado una lista en la mesa de la cocina.

Y una foto, de las diez y media, que ha mandado Diego al grupo que hicimos esta tarde, los tres, con un clavel de nombre.

En la foto están Wafa y él de noche, con las bombillas de colores detrás, haciendo una mueca a la cámara, con la jarra de limonada vacía levantada.

Y en la manta, a su lado, en el hueco donde estaba yo, hay un clavel rojo. Encima de la manta. Solo.

No sé si lo han puesto a propósito. Probablemente no. Probablemente se le cayó a Diego del pelo, o de la gorra, y se quedó ahí.

Miro la foto en el andén de Noviciado hasta que llega el tren.

En casa, en la mesa de la cocina, envuelta en una servilleta de papel de la Pradera, hay una rosquilla lista. Con el azúcar por encima medio derretido por el calor del bolso de Wafa. Me la como de pie, a oscuras, a la una de la mañana, sin encender la luz, y está buenísima, y no me sabe a nada.