Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 16
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El lunes siete de abril, a las seis y cuarenta de la mañana, «No lo reenvíes» sale a la calle.

No lo sé por ningún correo. Lo sé porque me despierto a las seis y diez sin alarma, igual que en Famara, y me visto a oscuras, y bajo los cuatro pisos, y ando hasta Bravo Murillo con el frío de abril todavía metido en los portales, y en la parada del 3,

la que está enfrente de la frutería de los carteles en árabe, la marquesina de cristal que el viernes anunciaba un musical ahora tiene otra cosa.

Es el chico del bar. Iker. En primer plano, con la luz de Famara en la cara, esa luz de tarde que tardamos veintiséis tomas en conseguir, mirando el móvil.

Solo se le ven los ojos y el pulgar, grande, en el centro del cartel, quieto encima de la flecha.

Y abajo, en la letra gorda, en la letra de urgencias, en blanco sobre negro:

El daño no lo hace quien lo graba. Lo hacen todos los demás.

NO LO REENVÍES.

Me quedo delante de la marquesina con las manos en los bolsillos del abrigo. No hay nadie más en la calle salvo un barrendero con el carro y un chico con la chaqueta de un reparto que espera el autobús fumando, de espaldas al cartel. Pasa un camión de la basura. Se enciende la luz de la frutería.

Me acuerdo de las dos de la mañana de octubre, del Bic sin tinta, de la hoja arrancada.

De los catorce. Del «hemos». De la mano de Álvaro tachando «los catorce» y escribiendo «todos los demás».

Me acuerdo de todo a la vez, delante del cristal, y noto que me tiemblan un poco las piernas, como cuando bajas de una barca después de muchas horas en el agua y el suelo firme te parece que se mueve.

Es mío. Nadie lo sabe. Está en una marquesina de Bravo Murillo a las siete menos veinte de la mañana y es mío.

Saco el móvil para hacerle una foto. Lo pienso mejor. Nada por escrito, nada que se vea. Una foto de una marquesina no es nada, podría hacérsela cualquiera, pero guardo el móvil igual.

A las siete y cuarto llega el autobús. A las siete y veinte empieza a llenarse la parada: una señora con un carro de la compra vacío, dos obreros con el mono manchado de yeso, un chico con uniforme de colegio concertado y una mochila enorme. Y una chica.

Tiene dieciséis o diecisiete años. Pelo teñido de un rojo que ya se está yendo, raíces negras, cascos grandes de los que tapan toda la oreja, una sudadera gris con capucha y el móvil en la mano.

Se pone justo delante de la marquesina, de espaldas al cartel, apoyada en el cristal, con el hombro sobre la cara de Iker.

Mira el móvil. Escribe algo muy deprisa, con los dos pulgares. Se ríe sola. Escribe otra cosa.

No se da la vuelta ni una vez. No mira el cartel. Ni un segundo. Está apoyada en él, lo tiene literalmente pegado a la espalda, y no lo ve.

Llega su autobús. Se sube sin levantar la vista del móvil. Se va.

Miro el hueco que ha dejado en el cristal, la huella un poco empañada de su hombro encima de la cara de Iker, y pienso que es ella.

Que es para ella. Que toda la campaña, los tres spots, Famara, las veintiséis tomas, el presupuesto con seis ceros, el Cantábrico, la pizarra, las dos de la mañana: todo es para esa chica del pelo rojo que va a recibir algún día, a lo mejor esta misma mañana, algo en el móvil que no debería ver.

Y que no ha mirado el cartel.

No lo he contado nunca, esto. No lo he contado en ninguna reunión. Pero lo pienso esa mañana en Bravo Murillo y no dejo de pensarlo durante meses, y cuando por fin entiendo lo que significa, ya es demasiado tarde para decirlo.

·

En Oleaje, a las once, hay cava.

No es cava bueno. Lo ha comprado Sonia, la de producción, en el Carrefour Express de Alonso Martínez, cuatro botellas a seis euros, y lo servimos en las tazas blancas de la ola azul porque no hay copas.

Da igual. Alguien pone música. Lucas hace un discurso de un minuto subido a una silla que nadie entiende.

Maite llora porque ha visto el spot del cumpleaños en la tele de un bar a las nueve de la mañana, mientras desayunaba, y la camarera se ha quedado mirándolo con el trapo en la mano.

Álvaro llega a las once y media, brinda con todos, sonríe a todos. Me da un golpecito en el hombro al pasar, igual que se lo da a Lucas, igual que se lo da a Diego. Y sigue.

Bea no brinda. Está en su mesa con la pantalla llena de números.

—Ven —me dice Diego, a las doce, con la taza de cava en la mano—. Mira esto.

Me lleva a su mesa. Tiene abiertas cinco pestañas del navegador, una por plataforma, con gráficas de colores que suben. Y una sexta, más grande, que se llama Panel IJCD — Fase 1 — Tiempo real, con un número enorme arriba del todo, en verde.

—Alcance —dice Diego—. Gente única que lo ha visto. Desde las seis y media de esta mañana.

Miro el número. Tiene siete cifras.

—¿Eso es mucho?

—Eso es muchísimo. —Diego se ríe, un poco nervioso—. Eso es más que la final de la Champions en algunos países. Y son las doce del mediodía del primer día.

—¿Es normal?

Diego lo piensa. Da un trago de cava de la taza.

—Es muy bueno —dice. Que no es lo mismo que decir que es normal. Lo noto, a medias. Y él también, creo, porque añade enseguida—: Hemos metido mucha pauta en digital. Programática, sobre todo. Eso llega a mucha gente muy deprisa.

—¿Qué es programática?

—Anuncios que se compran solos. Por máquina. —Hace un gesto vago con la mano—. Tú dices a quién quieres llegar, cuánto quieres pagar, y un algoritmo va comprando espacios en miles de webs y apps a la vez, en milisegundos. Es muy barato. Llega a todas partes.

—¿A qué webs?

—A todas —dice Diego—. A las que el algoritmo encuentra.

No pregunto más. No sé qué más preguntar. Miro la gráfica verde que sube como la marea en agosto, sin prisa y sin parar, y el número de arriba, que cambia mientras lo miro, que ha subido tres mil desde que me he acercado, y pienso en la chica del pelo rojo apoyada en la marquesina.

Ella no está en ese número. Eso lo sé. Ella no ha mirado.

Pero no lo digo. Tengo una taza de cava en la mano y es el primer día de la campaña y todo el mundo está contento. Y además, ¿qué iba a decir? ¿Que he visto a una chica en una parada que no ha mirado un cartel? Eso no es un dato. Eso no sale en ninguna gráfica.

·

A las siete de la tarde, Bea recibe un correo y lo reenvía a todo el equipo. Sin comentarios. Es de Inma Vilches, del IJCD.

«Buen arranque. Gracias al equipo.»

Cinco palabras. Maite contesta con tres corazones. Lucas con un gif de fuegos artificiales. Diego con un «¡A por la fase 2!». Álvaro no contesta. Yo tampoco. Bea tampoco, pero ella es la que lo ha reenviado.

Leo el correo de Inma varias veces. Buen arranque.

No dice buenos resultados. No dice enhorabuena.

Dice arranque, que es una palabra de coches, de cosas que empiezan y que no sabes todavía adónde van.

Y me acuerdo de la sala de la sexta planta, del reloj de estación que hacía clic, de la única pregunta que hizo en noviembre: Le pregunto cómo lo van a medir. No qué número me van a dar.

Me lo quito de la cabeza. Es una tontería. Inma es de las que escriben poco. Ya está.

·

El resto de abril es así. Los números suben.

Cada lunes, Diego manda un informe semanal con una gráfica verde que sube un poco más que la del lunes anterior, y Bea lo revisa, y lo firma, y se lo manda al IJCD.

Cada lunes, Inma contesta con una línea: «Recibido.»

Nada más. A mediados de mes, un periódico digital publica un artículo sobre la campaña, «El anuncio que te pide que no hagas algo que ya has hecho», y Lucas lo imprime y lo cuelga con celo en la pared de la sala Zahara.

A finales de mes, una influencer con dos millones de seguidores hace un vídeo llorando delante de la cámara contando que a ella le pasó a los diecisiete, y el vídeo lo ven cuatro millones de personas, y en Oleaje se abre otra botella de cava del Carrefour Express.

Yo veo el vídeo de la influencer una noche, en la cama, con el volumen bajo para no despertar a Wafa.

La chica tiene veinticinco años y un salón lleno de plantas y una luz preciosa, con un aro de luz que se refleja en sus pupilas como dos lunas pequeñas.

Llora bien. Cuenta que lo pasó fatal, que dejó de ir a clase, que desconfiaba de todo el mundo.

Cuenta que no se lo dijo a sus padres. Cuenta que la salvó una amiga.

No sé si es verdad. No sé si le pasó. Probablemente sí, porque le pasa a una de cada cinco, según el pliego.

Pero lo cuenta con una luz tan bonita, con un aro de luz tan perfecto en los ojos, que no puedo dejar de pensar en el reel de Faro, en las chicas de espaldas con el pelo al viento, en los planos donde todo es bonito y nada es verdad.

Cierro el vídeo antes de que acabe. En el contador pone que lo han compartido ochenta y dos mil veces.

Y en la oscuridad, sin encender la luz, pienso en la palabra. Compartido. Reenviado. Ochenta y dos mil veces. Y me río sola, bajito, de una manera que no me gusta nada, porque no sé si lo que me hace gracia es la ironía o lo que me da miedo es lo mismo.