15
En marzo aprendo a vivir en dos ciudades a la vez.
Una es Madrid de lunes a miércoles, y de viernes a domingo.
Esa es la que conozco: el metro de Tetuán, las escaleras sin ascensor, Wafa y sus turnos, la esquina de Ramona, el chat de trabajo con los gifs de Lucas, las reuniones de montaje donde Álvaro me trata igual que a Maite, con la misma cara, la misma voz, el mismo «¿tú qué opinas?»
que a veces me dirige y a veces no. En esa ciudad soy la de prácticas y no pasa nada.
La otra ciudad es los jueves. Empieza a las nueve y media en un portal de madera oscura de la calle del Conde Duque, con cuatro ruedecillas numeradas que ya giro sin mirar, cero siete uno cuatro, y termina a las doce y cuarto en el andén de Noviciado.
Tres horas. En esa ciudad no hay nada escrito, no hay fotos, no hay mensajes, no hay nadie más.
En esa ciudad Álvaro se ríe con la cabeza hacia atrás y me cuenta cosas de su infancia en Valladolid, de un padre que era notario y no le habló durante un año cuando dejó Derecho, de la primera vez que vio un anuncio suyo en la tele y lloró solo en un bar.
En esa ciudad me pregunta qué pienso de verdad de los montajes, y le digo que el del autobús tiene un plano de más, y al jueves siguiente el plano ha desaparecido y nadie en Oleaje sabe por qué.
Las dos ciudades no se tocan. Esa es la regla.
Y yo la cumplo tan bien que a veces, un martes por la mañana, en la esquina de Ramona, con él a mi lado esperando su café, me olvido de la otra.
De verdad me olvido. Y el jueves, cuando giro la última ruedecilla y la caja negra se abre con un clic, me vuelvo a acordar de golpe, como cuando te metes en el agua y el frío te lo recuerda todo.
No se lo cuento a nadie.
A Wafa no, porque Wafa no pregunta, y yo le digo que los jueves tengo reuniones de montaje hasta tarde, y ella asiente sin levantar la vista del móvil.
A mi padre, por supuesto que no. A Lucía, a Jimena, a nadie del grupo de Los Alcázares, que sigue vivo en el móvil con fotos del crío de Lucía y audios de Jimena quejándose de los turnos del Arrixaca.
A Diego no, aunque Diego me mira los viernes de una forma que no sé leer, como quien busca en un plano algo que sabe que tendría que estar y no está.
Y a Román no, hasta el sábado ocho.
·
Quedamos en el Retiro porque hace el primer día bueno del año, uno de esos días de marzo en Madrid en los que de repente la gente sale a la calle en manga corta como si se hubiera acabado una guerra.
Nos sentamos en la hierba cerca del estanque, con dos latas de cerveza del chino y una bolsa de pipas.
Hay barcas en el agua. Parejas remando en círculos, un padre con dos niños que chocan contra todo, un chico solo que rema muy bien, muy recto, como si entrenara para algo.
El estanque del Retiro es lo más parecido al agua que hay en Madrid, y es verde, y huele a pan mojado, y los patos se pelean por una bolsa de gusanitos. Me gusta de una manera triste, como se quiere a un perro que no es tuyo.
Román me cuenta lo del caballo blanco. Salió bien: el caballo cruzó la Castellana a las seis de la mañana, con la luz del amanecer, en una sola toma, y el cliente, una marca de coches, cambió de idea a la semana y sacó el caballo del anuncio.
Me cuenta que está pensando en dejar la productora.
Que le han ofrecido algo en una más pequeña, de documentales, donde ganaría menos y dormiría más. Que no sabe.
—¿Y tú? —dice—. ¿Qué tal el anuncio de la chica que no reenvía?
—Montaje. Sale en abril.
—¿Y Álvaro?
Lo dice así, de pasada, pelando una pipa. Igual que preguntó por Matteo en septiembre. Pero esta vez algo en mí no aguanta, algo que lleva cuatro jueves apretado, y se me sale, como se sale el agua de una botella que has llenado demasiado cuando la inclinas un poco.
Se lo cuento.
No todo. No le cuento Famara ni el pasillo de barro cocido ni el corazón bajo mi mano.
No le cuento el código de la caja. Le cuento que hay algo.
Que empezó en Canarias. Que los jueves. Que él está casado y me lo dijo antes de que pasara nada, en un coche en Bravo Murillo, con las manos en el volante.
Que me dijo que no me iba a mentir nunca, y que no me ha mentido.
Que me dio las reglas antes de empezar. En voz alta. Con los dedos.
Lo cuento deprisa, mirando las barcas, sin mirar a Román. Y al terminar me oigo, y oigo que lo he contado como se cuenta algo de lo que estás orgullosa. Como si las reglas fueran una prueba de que esta vez lo he hecho bien.
Román ha dejado de pelar pipas. Tiene una en la mano, a medio abrir. No dice nada durante mucho rato. El chico que rema recto pasa delante de nosotros, a diez metros, sin mirar a nadie.
—Nerea —dice al final.
—Qué.
—Esto ya lo has vivido.
Lo dice bajo. Sin enfado. Sin juicio en la voz. Lo dice como decía los datos en clase, cuando éramos compañeros de práctica y yo me emperraba en un plano que no funcionaba y él me decía, muy tranquilo: la luz no está, Baresa. Así. Como un dato.
Y a mí me sube algo desde el estómago que no es tristeza, que es rabia, una rabia caliente, rápida, que no sabía que tenía.
—No es lo mismo.
—Vale.
—No, no me digas vale. No es lo mismo, Román.
—Me incorporo en la hierba—. Aitor era mi profesor.
Aitor me mintió desde el primer día. Aitor tenía una cámara entre dos libros.
Aitor me hacía creer que yo era la única cuando había otra, cuando había…
—Me paro. No digo el nombre de Núria. No lo digo nunca—.
Álvaro me dijo que estaba casado antes de tocarme.
Me dijo que no me iba a prometer nada. Me dijo las reglas.
Me dijo que el día que yo quisiera, me iba, sin explicaciones.
¿Tú sabes lo que es eso? ¿Que alguien te diga la verdad antes?
Román me mira. Tiene la pipa todavía en los dedos.
—Aitor tampoco te mintió —dice.
Me quedo con la boca abierta.
—¿Qué?
—Piénsalo. —Deja la pipa en la bolsa—. ¿Qué te dijo Aitor, de verdad? ¿Qué te prometió? ¿Te dijo alguna vez que te quería? ¿Que ibais a estar juntos? ¿Que eras la única?
Abro la boca para contestar. La cierro.
No. No me lo dijo. Nunca. Lo he pensado muchas veces en cuatro años, en la cama de Murcia, en la de Bolonia, y siempre llego al mismo sitio y siempre me doy la vuelta antes de mirarlo bien.
Aitor nunca me dijo nada. Me invitaba a su casa de Vistabella.
Me ponía vino. Me hablaba de cine. Me miraba.
Y yo me inventé todo lo demás, sola, en el hueco de lo que no decía.
—No te mintió —repite Román—. Te dejó creer.
Que es peor, porque luego no le puedes echar nada en cara.
Nunca dijo nada. —Se encoge de hombros, pero no hay nada ligero en el gesto—.
Y ahora hay uno que tampoco te miente. Que te dice «no te prometo nada» y se queda tan ancho.
Y tú lo cuentas como si eso fuera un regalo.
—Es que es un regalo.
—No. Es un contrato. —Me mira—. Y los contratos los escribe siempre el que tiene más que perder, para no perderlo.
Me levanto. No sé para qué. Me levanto de la hierba con la lata en la mano y me quedo de pie, mirando el estanque, las barcas, los patos, el chico que rema recto y que ahora está volviendo al embarcadero.
—No tienes ni idea —digo.
—Puede.
—No lo conoces.
—No. —Román sigue sentado—. Pero te conozco a ti. Y te vi en Murcia, en abril de hace cuatro años, en la cafetería de la facultad, cuando no podías levantar la vista de la mesa. Y no quiero volver a verte así. Eso es todo. Es lo único que sé.
No contesto. No puedo. Tengo la garganta cerrada, como cuando se te mete agua salada en la nariz.
Tiro la lata a medio beber en una papelera que está a dos metros y no acierto, y la lata rueda por el suelo soltando cerveza, y me agacho a cogerla, y la meto en la papelera, y tengo las manos pegajosas, y no sé qué hacer con ellas.
—Me voy —digo.
—Vale.
—Y no me digas vale.
Román se levanta. Se sacude la hierba del pantalón. Me da la bolsa de pipas, que no le he pedido, y yo la cojo, que no sé por qué la cojo.
—Te lo digo una vez, Baresa —dice—. Solo una. No te lo voy a repetir. No voy a estar encima. Si me equivoco, me lo dices dentro de un año y te invito a cenar donde quieras y me como las croquetas alargadas con los dedos delante de ti.
—Te vas a equivocar.
—Ojalá.
Me voy por el paseo, entre los árboles todavía sin hojas, con la bolsa de pipas en la mano y las manos pegajosas. No me doy la vuelta. Sé que él sigue de pie en la hierba, mirándome irme, y no me doy la vuelta.
·
El jueves trece giro las cuatro ruedecillas a las nueve y veintiocho, dos minutos antes que nunca.
Álvaro está en el sofá con el portátil. Me mira entrar. Se quita los cascos.
—¿Estás bien?
—Sí.
No me pregunta más. Nunca pregunta más. Cierra el portátil y me hace sitio en el sofá, y yo me siento, y me apoyo en él, y durante un rato largo no hacemos nada, solo estar así, con la lámpara de pie encendida y el oso y el madroño en la encimera, y la calle del Conde Duque sonando lejos,
como el mar desde dentro de una casa.
Y pienso en Román. En el estanque. En que Aitor tampoco me mintió.
Y pienso que Álvaro no me ha preguntado qué me pasa. Que no me pregunta nunca nada. Y que en septiembre eso me pareció respeto, y en enero me pareció protección, y ahora, esta noche, con la cabeza en su hombro, no sé lo que me parece.
Lo dejo. No lo miro. Lo dejo en la hierba del Retiro con la lata a medio beber, y cierro los ojos.
Tardaré ocho meses en volver a por ello.