Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 14
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El jueves trece de febrero, a las ocho menos diez de la tarde, estoy en la esquina de Ramona sacando un solo cuando Álvaro se pone a mi lado a esperar su turno.

No me mira. Mira la etiqueta de rotulador del costado de la máquina, Ramona, como si la leyera por primera vez.

—Conde Duque, veintitrés —dice, muy bajo, en el tono en que se pide la sal—. Tercero izquierda. A las nueve y media.

Ramona hace su ruido de avión. Cuando termina, él ya ha cogido su taza y se ha ido escaleras arriba, y yo me quedo con el café en la mano y el corazón en la garganta, mirando la leche de avena de Carla, de cuentas, que está contada.

No he dicho que sí. No me ha preguntado. Me ha dado una dirección y una hora, como se le da a un mensajero, y se ha ido, y lo que haga con eso es cosa mía.

A las nueve y veinticinco estoy en la calle del Conde Duque.

Es una calle larga y estrecha, entre Malasaña y Argüelles, con un cuartel enorme de ladrillo rojo convertido en centro cultural en un lado y edificios viejos de balcones de hierro en el otro.

Hay bares con las ventanas empañadas, una librería cerrada, una frutería que todavía tiene la luz encendida y un señor dentro, solo, colocando mandarinas en pirámide.

El veintitrés es un portal de madera oscura con una placa de latón en la que alguien ha pegado con celo un papel impreso: Apartamentos Conde Duque — Check-in autónomo — Caja de seguridad junto al buzón 3.

Un apartamento turístico.

Me quedo en la acera de enfrente un minuto entero.

Dos. Pienso en irme. Lo pienso de verdad, con la mano en el bolsillo apretando la tarjeta del abono transporte, como si fuera un billete de vuelta.

Pienso en Wafa, que esta noche libra y estará en el sofá con su serie coreana.

Pienso en mi padre, que el domingo dijo que en el Mar Menor no hay mar de fondo porque la laguna está cerrada y lo que pasa fuera no le llega.

A las nueve y media en punto, el portal se abre desde dentro con un zumbido, sin que yo haya llamado a nada. Alguien me está viendo desde una ventana.

Cruzo.

Tres pisos. Hay ascensor, un ascensor minúsculo de rejilla con una puerta que hay que cerrar a mano, pero no lo cojo. Subo andando. En el tercero hay dos puertas, y la de la izquierda está entornada, con la luz de dentro saliendo por la rendija como una línea amarilla en el suelo del rellano.

Entro.

El apartamento es pequeño y es de nadie.

Eso es lo primero que pienso. Un salón con cocina americana, un sofá gris de los que salen en todos los catálogos, una mesa redonda de madera clara con dos sillas, unas láminas enmarcadas de Madrid en blanco y negro —la Gran Vía, el Palacio Real,

un tranvía antiguo— y una planta de plástico en una esquina.

Todo limpio, todo nuevo, todo sin una sola marca de haber sido vivido.

Al fondo, una puerta abierta a un dormitorio con una cama grande hecha con sábanas blancas estiradas como en un hotel.

En la encimera, una cesta de bienvenida con dos botellas pequeñas de agua, un paquete de galletas y una tarjeta que dice Welcome to Madrid! con un dibujo de un oso y un madroño.

Álvaro está sentado en el sofá, con el portátil abierto encima de las rodillas y los pies descalzos encima de la mesa baja. Tiene los cascos puestos. Hay material del rodaje en la pantalla: el bar de Famara, Iker con el pulgar quieto. Cuando entro, se quita los cascos, cierra el portátil y me mira.

—Has venido.

—Me has abierto tú.

—Te he visto desde la ventana. —Señala la ventana del salón, que da a la calle—. Llevabas dos minutos en la acera de enfrente. He pensado que si no te abría te ibas.

—A lo mejor me iba.

—A lo mejor. —Deja el portátil en la mesa—. Por eso te he abierto.

No sé qué hacer con el abrigo. Me lo quito. No sé dónde dejarlo. Lo dejo en el respaldo de una de las dos sillas de la mesa redonda, que se tambalea un poco. Él no se levanta del sofá. No viene hacia mí. Igual que en Famara, en la puerta de la catorce: me deja el espacio entero. Me deja que sea yo.

—¿Qué es este sitio? —digo.

—Un apartamento. Lo alquilo los jueves.

—¿Los jueves?

—Los jueves por la tarde reviso montajes. Aquí no me interrumpe nadie. —Lo dice con naturalidad, como quien dice que los jueves va al gimnasio—. Lo llevo haciendo dos años. En casa no puedo, en la agencia menos.

Dos años. Me quedo con eso. Lo dejo en algún sitio de dentro para mirarlo más tarde, y no lo miro.

—Siéntate, Nerea. Por favor.

Me siento en la otra punta del sofá. Hay un metro de sofá gris entre los dos. Él se incorpora, quita los pies de la mesa, apoya los codos en las rodillas y se queda mirando la moqueta. Así, de perfil, con la luz de la lámpara de pie, se le ven más las canas y más las ojeras.

—Te voy a decir unas cosas —dice—. Y luego tú decides. Y lo que decidas estará bien. Si te levantas y te vas, mañana en Oleaje no ha pasado nada, te lo prometo, y en junio te hago la carta de recomendación que te haría igual. ¿Vale?

—Vale.

—No hay nada por escrito. Nunca. Ni un mensaje que no sea de trabajo.

Ni una foto. Nada que alguien pueda encontrar en un móvil.

—Levanta un dedo—. Nada que se vea. En la agencia soy tu jefe y tú eres la de prácticas, y así es como me vas a ver y así es como te voy a tratar, igual que a los demás.

Igual que el lunes. —Levanta otro—. Ninguna promesa.

No te voy a decir que voy a dejar a Irene, porque no la voy a dejar.

No te voy a decir que esto va a durar, porque no lo sé.

No te voy a decir nada que no sea verdad.

Se calla. Me mira por fin.

—Y la última. El día que uno de los dos diga basta, es basta. Sin conversación. Sin explicaciones. Sin llamadas a las dos de la mañana. Uno dice basta y el otro coge el abrigo. Y al día siguiente, en la agencia, lo mismo que cualquier otro día.

Me quedo callada mucho rato. En la calle pasa una moto. En la cocina americana, la nevera hace un ruido de motor que se enciende.

Es lo más frío que me han dicho nunca. Y es lo más honesto.

Las dos cosas a la vez, en el mismo sitio, y no sé separarlas.

Nadie en mi vida me ha dado las reglas antes de empezar.

Aitor no me dio ninguna, y yo me inventé las mías, y las suyas eran otras, y me enteré de las suyas ocho meses tarde, en un vídeo.

Bruno me dio una, «solo un mes», y era mentira.

Matteo no me dio ninguna porque no hacía falta: su única regla era preguntarme «¿posso?»

antes de cada foto, y eso no era una regla, era él.

Álvaro me está dando cuatro. En voz alta. Con los dedos. Como un contrato.

Y una parte de mí, la que tiene veinte años y está en la barra del Salitre, dice: esto es lo que tendría que haber hecho alguien antes. Esto es un hombre que no te va a hacer daño porque te ha dicho exactamente cómo te lo puede hacer.

La otra parte no dice nada. La otra parte está mirando la tarjeta de bienvenida de la encimera, el oso y el madroño, Welcome to Madrid!, y pensando que esto es un sitio donde viene gente que se va.

—¿Y tú qué ganas? —digo.

Álvaro lo piensa. Eso me gusta de él: que no contesta rápido a las cosas importantes.

—No lo sé —dice—. Algo que no tengo. —Y luego, más bajo—: No me hagas decir más, porque lo que diga ya sería una promesa.

Me levanto.

Él no se mueve. Me mira levantarme con la cara quieta, preparado para verme coger el abrigo de la silla que se tambalea, para oír la puerta, para volver a ponerse los cascos y seguir con el bar de Famara.

No cojo el abrigo.

Me siento en el medio del sofá. En el metro que había. Y le pongo la mano en la rodilla.

—Vale —digo.

Él cierra los ojos un segundo. Solo uno. Y cuando los abre ya no es el Álvaro de la esquina de Ramona ni el del Cantábrico ni el de la cinta de equipajes de Barajas. Es el de la puerta de la catorce.

Corte.

·

A las doce y cuarto, cuando me visto para irme —porque él no se queda nunca a dormir, lo sabré enseguida; porque esa también es una regla, aunque no la haya dicho con un dedo—, me acompaña hasta la puerta del apartamento. No más allá. Descalzo, con la camiseta del revés.

—Para la próxima vez —dice—, no hace falta que te abra. Hay una caja con código en el portal, junto al buzón tres. La llave de arriba está dentro.

—¿Qué código?

—Cero siete uno cuatro.

Me quedo en el rellano.

Cero siete uno cuatro. Las siete y catorce. El plano de Hans bajando al agua, con mi padre en la ventana.

—Lo he cambiado esta mañana —dice Álvaro. Y sonríe, por primera vez esta noche, una sonrisa pequeña y torcida—. Así no tienes que apuntarlo en ningún sitio.

Nada por escrito.

Bajo los tres pisos andando. En el portal, junto al buzón tres, hay una cajita negra de metal con cuatro ruedecillas numeradas.

Me paro delante. No la toco. La miro un rato largo, a la luz del fluorescente del portal, esa caja pequeña que guarda la llave de un piso de nadie, cerrada con la combinación de lo único mío que él ha visto antes de conocerme.

Y salgo a la calle del Conde Duque, que ya no tiene ni la frutería abierta, y camino hasta Noviciado, y cojo el último metro.

Es jueves. Caigo en el andén, mirando el panel. Jueves.

Yago me escribía los jueves, cuando yo tenía veinte años y todavía no sabía nada: siempre los jueves, nunca otro día, y siempre firmaba con un cohete.

Matteo tocaba los jueves, veinte minutos exactos en un bar de via del Pratello, con el delantal tirado en el suelo al lado de la silla, y luego volvía a la cocina pasando por delante de la barra.

Y ahora esto. Los jueves en un apartamento de nadie en la calle del Conde Duque.

No sé si es una casualidad. No sé si la vida hace rimas o si las hago yo.

Pero en el andén de Noviciado, a las doce y cuarenta de la noche, con el pelo todavía revuelto y el abrigo abrochado hasta arriba, me hace gracia.

Y luego, cuando llega el tren y me siento y veo mi cara en la ventanilla negra, ya no me hace tanta.