Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 13
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Me despierto a las cinco y diez sin alarma, porque llevo toda la vida despertándome antes que el sol cuando duermo en un sitio que no es mío.

La habitación catorce está a oscuras. La ventana sigue abierta y el mar sigue ahí, las mismas filas de olas, más flojas que anoche, como si la tormenta de hace cuatro días se estuviera cansando.

Álvaro duerme boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama y la cara hundida en la almohada, y respira hondo y lento, como respiran los hombres que no tienen miedo de nada mientras duermen.

En la mesilla, su móvil. Boca abajo. No lo toco.

Me visto a oscuras. Encuentro los vaqueros, que siguen húmedos de sal del agua de ayer.

Encuentro la camiseta. No encuentro un calcetín, y lo dejo.

Salgo al pasillo descalza, con las zapatillas en la mano, y ando los ocho metros de barro cocido hasta la doce en dirección contraria, y el barro está frío, y el pasillo se me hace más largo que anoche, mucho más largo, aunque sea el mismo.

En la ducha de la doce, con el agua caliente en la nuca, me quedo quieta mucho rato.

No me arrepiento. Lo compruebo por dentro, como quien se palpa después de una caída para ver si se ha roto algo.

No me he roto nada. Me siento bien. Me siento despierta de una forma que no recordaba, con la piel como recién estrenada, como cuando sales del Mar Menor en agosto después de estar una hora dentro y el aire te parece otra cosa.

Pienso en su corazón corriendo bajo mi mano.

Pienso que se rio contra mi pelo. Pienso que fui yo la que anduvo el pasillo.

Fui yo. Me lo repito debajo del agua. Fui yo.

·

A las seis y cuarto estoy en la playa con un café de termo en la mano y la chaqueta de la productora, que nos han dado a todos, y el pelo mojado.

El equipo monta el cumpleaños en la arena: una mesa plegable con un mantel de colores, globos que el viento intenta llevarse, una tarta de cartón pluma porque las de verdad se derriten con los focos, ocho actores en bañador temblando de frío dentro de unas mantas de la Cruz Roja.

Diego está en la orilla con su carpeta. Me ve llegar. Me mira el pelo mojado. Me mira la cara. No dice nada. Vuelve a la carpeta.

—Buenos días —le digo.

—Buenos días. —Pasa una hoja—. ¿Has dormido?

—Poco.

—Ya. —Pasa otra hoja—. Aquí las persianas no cierran bien.

No sé si lo sabe. Me digo que no lo sabe. Me digo que Diego no puede saber nada, que su habitación es la ocho, en la planta baja, en el otro extremo del hotel, y que a las doce y media se fue a dormir. Me lo digo con mucha firmeza, varias veces, mientras me quemo la lengua con el café del termo.

Álvaro llega a las seis y cuarenta, con el pelo mojado también y una gorra de la productora, y el termo en la mano, y los ojos hinchados de sueño.

Saluda al director de Bilbao. Saluda a Maite.

Saluda a Diego. Me saluda a mí, con la mano, desde lejos, igual que ha saludado a los demás, con la misma cara, y se pone a hablar con el director de fotografía sobre la luz.

No me mira en toda la mañana. Ni una vez.

Me digo que es normal. Que hay treinta personas en la playa.

Que es el último día de rodaje y hay que sacar el cumpleaños entero antes de que suba la marea a las doce, y que un director creativo tiene cosas más importantes en la cabeza que mirar a la de prácticas.

Me lo digo con la misma firmeza con la que me he dicho lo de Diego.

Rodamos el cumpleaños. Una chica recibe el vídeo en medio de la fiesta, con la tarta de cartón pluma detrás.

Lo mira. Mira a su alrededor, a sus amigas cantando.

El pulgar quieto. En la toma catorce, la actriz, que se llama Aroa y es de Tenerife, hace algo que no estaba en el guion: levanta la vista del móvil y mira a una de las amigas, a la que canta más fuerte, y durante un segundo no sabemos si es ella la del vídeo.

Y el director de Bilbao dice «¡corten!» con la voz rota, y se hace un silencio en la playa, y Álvaro, que está detrás del monitor, se tapa la boca con la mano.

Me mira. Por primera vez en todo el día. Por encima del monitor, con la mano en la boca, me mira. Un segundo. Y aparta los ojos.

No sé qué ha sido esa mirada. No sé si ha sido por la toma o por mí. No sé si él lo sabe.

·

El vuelo de vuelta es el viernes siete a las tres de la tarde.

Nos toca sentarnos juntos por el orden de la reserva, que hice yo en enero, sin pensar: fila once, él en la ventana, yo en el pasillo.

En medio, Maite, que se duerme antes de despegar con la cabeza apoyada en el hombro de él, y él la deja.

Álvaro abre el portátil en cuanto se apaga la luz del cinturón.

Trabaja las tres horas del vuelo. Revisa el material del rodaje, las tomas buenas marcadas por la script, con los auriculares puestos, pasando planos con el dedo en el panel táctil, parando, volviendo atrás.

No habla. Una vez, sobre Andalucía, se quita un auricular y le pregunta a Maite, que se ha despertado, algo sobre la corrección de color.

Maite contesta dormida. Él se vuelve a poner el auricular.

A mí no me dice nada en todo el vuelo.

Yo miro por la ventanilla de su lado, por encima de Maite y por encima de él, a las nubes, luego a la meseta marrón y seca, luego a Madrid, que desde arriba es una mancha gris enorme sin ninguna mancha azul por ningún lado.

En Barajas, en la cinta de equipajes, mientras esperamos las maletas y los doce baúles de material, Álvaro se pone a mi lado. No muy cerca. Con el móvil en la mano, mirando la pantalla.

—Buen rodaje —dice.

—Sí.

—Hasta el lunes.

Coge su maleta, una bolsa de lona verde que pasa por delante en la cinta, se la cuelga al hombro y se va hacia la salida. En la puerta de llegadas, a través del cristal, veo un monovolumen gris en doble fila con los intermitentes puestos. No veo quién conduce. No me hace falta.

Diego coge mi maleta de la cinta antes de que yo la vea, y me la deja delante, sin decir nada.

·

El fin de semana no pasa nada. Wafa trabaja las dos noches.

Yo duermo. Deshago la maleta, que suelta arena de Famara por todo el suelo del cuarto, y no la barro.

La dejo. Lavo los vaqueros, que siguen oliendo a sal, y cuando los saco de la lavadora que centrifuga como si fuera a despegar ya no huelen a nada.

El domingo, a las nueve y cinco, mi padre. Dos minutos. Le digo que he estado en Canarias. Me pregunta si hacía calor. Le digo que no mucho, que había mucho viento, que había mar de fondo. Me pregunta qué es eso. Se lo explico como me lo explicó Yeray. Él escucha sin decir nada, y al final dice:

—Eso aquí no pasa. En el Mar Menor no hay mar de fondo.

—Ya.

—La laguna está cerrada. Lo que pasa fuera no le llega.

Y no sé por qué, eso me pone un nudo en la garganta, y le digo que tengo que colgar, que me estoy duchando, y no me estoy duchando.

·

El lunes diez llego a Oleaje a las once menos cuarto, antes de lo normal. No sé por qué. O sí.

Álvaro llega a las once y veinte. Saluda a la sala con la mano, sin pararse, como siempre.

Se sienta en su mesa del fondo. Se pone los cascos.

A las doce baja a Ramona. A las doce y media tiene reunión con Bea en Zahara, y la oigo levantar la voz una vez, a través del cristal, algo sobre las fechas de montaje.

A la una y media se va a comer con los de arte.

A las cuatro me pasa por el chat de trabajo, el de todo el equipo, una tabla con las tomas elegidas para que la reenvíe a la productora.

Con un «gracias» al final. Igual que se lo habría pasado a cualquiera.

Igual que me lo habría pasado el martes pasado, antes de Famara.

La misma cara. La misma voz. El mismo saludo con la mano.

Como si no hubiera pasado nada.

Lo miro desde mi mesa toda la tarde, de reojo, por encima de la pantalla, buscando algo.

Una señal. Un gesto que solo yo pueda entender.

Un segundo de más al pasar. No hay nada.

Es perfecto. Es tan perfecto que durante un rato, hacia las seis, empiezo a pensar que me lo he inventado, que la habitación catorce y el pasillo de barro cocido y el corazón corriendo bajo mi mano no han existido, que he soñado todo en la doce, con la ventana abierta, oyendo el mar.

A las siete y media me voy. Él sigue en su mesa con los cascos. No levanta la vista.

En el metro, en la línea diez, entiendo lo que es. No me cae encima de golpe. Me va llegando, parada a parada, como el agua que sube cuando la marea entra en la orilla sin que la veas moverse.

No me ha dicho nada. No me ha puesto ninguna condición. No me ha pedido que calle. No ha hecho falta.

La regla está ahí. La ha puesto él sin decir una palabra, solo con su cara del lunes, con su «hasta el lunes» en la cinta de equipajes, con su monovolumen gris en doble fila. Y la regla dice: Famara fue Famara. Madrid es Madrid. Aquí no pasa nada. Aquí nadie ve nada. Aquí lo que pasó no se dice.

Y yo, en la línea diez, entre Gregorio Marañón y Cuatro Caminos, con la frente contra el cristal, la acepto.

No la discuto. No me enfado. No me pregunto si es justa. La acepto como se acepta el frío del agua cuando ya estás dentro: porque ya estás dentro, y salir ahora sería peor.

Pienso en Matteo, que se lo dijo a Gianni delante de toda la cocina al día siguiente de besarme.

Que no se escondía. Que me preguntaba «¿posso?»

antes de cada foto. Y pienso que aquello era de otra edad, de otro sitio, de una ciudad con el agua escondida debajo de las calles donde a los veintiuno todo se podía decir en voz alta.

Esto es Madrid. Esto es un hombre casado de treinta y ocho años que me dijo que no me iba a mentir nunca, y que no me ha mentido.

No me ha dicho nada. El silencio no es una mentira.

Me lo digo así. El silencio no es una mentira.

A las once y cuarto de la noche, en la cama, con la luz apagada y la arena de Famara todavía en el suelo, me vibra el móvil.

Es el chat de trabajo. El de todo el equipo del IJCD: Bea, Álvaro, Diego, Maite, Lucas y yo. Un mensaje de Álvaro, a la vista de todos, sin emojis, sin nada más:

«Buen trabajo el de Famara.»

Maite contesta con un corazón. Lucas, con un gif de un surfista. Diego no contesta. Bea tampoco.

Yo lo leo muchas veces, en la oscuridad, con el brillo de la pantalla en la cara. Cuatro palabras que puede leer cualquiera. Que no dicen nada. Que dicen todo, si sabes leerlas, y solo yo sé.

No contesto. Esa es la primera regla que aprendo sin que me la enseñe nadie.

Dejo el móvil boca abajo en la mesilla, como él dejó el suyo en la catorce, y cierro los ojos, y oigo un coche bajar por la calle, muy despacio, buscando sitio, y luego ya nada.