12
En Lanzarote el agua está donde tiene que estar.
Lo pienso nada más bajar del avión, en la pista, con el viento de cara.
Lo huelo antes de verlo. Sal, algas, algo caliente de piedra al sol.
Cinco meses en Madrid sin ese olor y ahora me entra por la nariz de golpe, como cuando abres una puerta y hay alguien esperándote detrás al que no esperabas, y me tengo que parar en la escalerilla un segundo, con la mochila,
y el técnico de sonido que viene detrás me da un golpe con su maleta y me pide perdón en catalán.
Somos treinta y dos. Veinte de la productora de Barcelona, ocho actores y actrices, y cuatro de Oleaje: Álvaro, Maite, Diego, que viene a controlar el presupuesto con una carpeta que no suelta ni para dormir, y yo, que vengo, según el correo de Bea, «de apoyo a agencia».
Bea no viene. Bea no va nunca a los rodajes.
Dice que lo suyo empieza cuando se apagan las cámaras.
Nos alojamos en un hotel pequeño en Caleta de Famara, un pueblo de casas bajas y blancas con las puertas pintadas de verde y azul, calles de arena en vez de asfalto y una playa enorme, de kilómetros, con un risco detrás de seiscientos metros que cae a pico sobre el mar como una pared de catedral.
El viento no para nunca. Te despeina, te mete arena en los dientes, te empuja por la espalda cuando andas por la orilla.
Y el mar es de un azul que no he visto nunca, ni en el Mediterráneo ni en ningún sitio: azul oscuro, azul de tinta, con las olas rompiendo blancas y largas, una detrás de otra, en filas, como si alguien las estuviera mandando desde muy lejos.
El primer día rodamos el bar. Una terraza de madera de un chiringuito de surferos con las mesas de colores y una pizarra con las tablas de mareas.
El chico del spot, un actor de veintidós años de Valladolid que se llama Iker y que es tan guapo que da un poco de pena, tiene que recibir un mensaje, mirar el móvil, dudar, y dejar el pulgar quieto sobre la flecha.
Lo repetimos veintiséis veces. El director de Bilbao quiere que la duda se le vea en la cara sin que haga nada con la cara, y Iker, que es buen chico, no sabe qué quiere decir eso, y a la toma diecinueve se pone a llorar de frustración, y Álvaro se acerca, se sienta a su lado en la terraza,
le dice algo al oído durante un minuto, y en la toma veinte la duda está ahí, en los ojos, sin que se mueva nada.
Nadie sabe qué le ha dicho. Se lo pregunto a la hora de comer.
—Le he preguntado si alguna vez ha reenviado algo que le diera vergüenza —dice Álvaro, pelando una papa arrugada con los dedos—. Y le he dicho que no me lo cuente. Que solo lo piense.
Entre toma y toma, cuando cambian la luz o la posición de la cámara y hay veinte minutos muertos, me voy a la orilla.
No me baño el primer día. Me quito las zapatillas y meto los pies.
Está fría, mucho más que el Mar Menor en febrero, de un frío que sube por los tobillos y se te queda en las rodillas.
Me da igual. Me quedo ahí de pie, con el agua hasta los tobillos y los vaqueros remangados, mirando las filas de olas llegar, y romper, y retirarse, y llegar otra vez.
El segundo día, entre el autobús y el cumpleaños de la playa, llega Yeray.
Yeray es el fixer, que es como llaman en los rodajes a la persona del sitio que lo arregla todo: los permisos, la barca de seguridad, el bar que te deja el enchufe, el señor que tiene un perro que no ladra durante las tomas.
Tiene cuarenta años, la piel curtida como el cuero de una silla vieja, el pelo largo con canas recogido en una coleta y unas manos enormes llenas de cortes pequeños y blancos.
Es de Famara de toda la vida. Da clases de surf cuando no hay rodajes y cuando hay rodajes también, por la mañana temprano, antes de que llegue nadie.
Me lo encuentro en la orilla, al final de la tarde del segundo día, cuando ya se ha ido la luz buena y el equipo está recogiendo. Está de pie con los brazos cruzados, mirando el mar, igual que yo.
—¿Tú eres la de Murcia? —dice.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te metes en el agua como los de Murcia. De puntillas. Como si el agua te fuera a morder. —Se ríe—. Los de aquí entramos de golpe. No hay otra forma. Si entras de puntillas en Famara, te come una ola.
Miro el mar. Hoy está más fuerte que ayer. Las olas son más altas, más largas, rompen más lejos. Y sin embargo el cielo está limpio, sin una nube, y el viento es el mismo de siempre, ni más ni menos.
—¿Por qué hay más olas hoy? —pregunto—. Si no hace más viento.
Yeray me mira. Asiente, como si hubiera hecho la pregunta buena.
—Eso es mar de fondo —dice.
—¿Mar de fondo?
—Las olas del viento de aquí son las de encima.
Las pequeñas. Las que hace el viento que tienes en la cara.
—Señala con la barbilla hacia el horizonte—.
Pero estas no son de aquí. Estas vienen de una borrasca que hubo hace tres o cuatro días en mitad del Atlántico, a mil o dos mil kilómetros.
Allí hubo tormenta. Aquí no ha llovido nada.
Pero el agua se ha quedado con la tormenta dentro y ha viajado todos estos días por debajo, sin que la veas, y llega ahora.
Con el cielo limpio. Cuando ya nadie se acuerda de que hubo tormenta.
Me quedo mirando las olas. Las filas largas, ordenadas, que llegan de muy lejos.
—¿Y cómo sabes que vienen?
—No lo sabes, si no miras los partes. —Se encoge de hombros—. Los turistas nunca lo saben. Ven el cielo azul y se meten. Y el mar de fondo es el que te revuelca. No el de encima. El de encima lo ves venir. El de fondo te pilla por los pies.
Se va hacia el chiringuito, donde lo llama alguien de la productora.
Yo me quedo en la orilla. El agua me llega a los tobillos.
Luego a las rodillas, porque me meto un poco más.
Luego a la cintura, con los vaqueros puestos, porque me da igual, porque llevo cinco meses sin mar y el mar está aquí, frío y azul de tinta, con una tormenta de hace cuatro días dentro.
Me meto de golpe. Como los de Famara.
El agua me corta la respiración. Salgo tosiendo, riéndome, con el pelo en la cara y la sal en los ojos, con los vaqueros pesando diez kilos, y en la orilla, de pie, con las manos en los bolsillos del chaquetón y el viento revolviéndole el pelo, está Álvaro, mirándome.
No sé cuánto tiempo lleva ahí.
No se ríe. No dice nada. Me mira salir del agua, empapada, con la camiseta pegada, temblando, y cuando llego a la orilla se quita el chaquetón y me lo pone por los hombros sin decir una palabra.
Huele a él. A madera y a vino y a viento.
—Estás loca —dice, muy bajo.
—Es mar de fondo —digo, con los dientes castañeteando—. Me lo ha explicado Yeray.
—Ya lo sé. —Me coloca el cuello del chaquetón, que se me ha doblado por dentro—. Llevo quince años viniendo a rodar aquí.
Nos quedamos así, en la orilla, él en camiseta con los brazos cruzados por el frío, yo con su chaquetón puesto, chorreando. Detrás de nosotros, el equipo recoge los focos. Delante, las olas que vienen de lejos.
·
La cena de esa noche es en el restaurante del hotel, con todo el equipo, en una mesa larga con manteles de papel y pescado a la plancha y vino blanco de la isla que sabe a volcán.
Me siento en la otra punta de Álvaro. Lo hago a propósito.
Hablo con Diego de la carpeta del presupuesto, que ha sobrevivido a dos días de viento sin perder una hoja.
Hablo con Maite de la estilista, que ha dicho algo imperdonable de unas zapatillas.
Me río con Iker, que está contento porque el director le ha dicho que la toma veinte es la mejor de su vida.
No miro a Álvaro. En toda la cena no lo miro ni una vez.
A las doce la gente empieza a irse. A las doce y media quedan cuatro, y Diego me dice que se va a dormir, que mañana a las seis hay que estar en la playa, y me mira un segundo antes de irse, como si quisiera decirme algo y lo pensara mejor.
—Buenas noches, Diego.
—Buenas noches. —Y luego, ya en la puerta, sin girarse—: Pon la alarma, que aquí las persianas no cierran bien y la luz entra a las siete.
Subo a las doce y cuarenta. Mi habitación es la doce, en la primera planta, al final de un pasillo con suelo de barro cocido y paredes blancas y una ventana abierta al fondo por donde entra el ruido del mar.
La de Álvaro es la catorce. Lo sé porque lo pone en el plan de rodaje, en la hoja de alojamiento, que he hecho yo.
Me paro delante de la doce con la tarjeta en la mano.
La puerta de la catorce se abre.
No sale. Se queda en el umbral, apoyado en el marco, con la luz de la habitación detrás, en camiseta y descalzo. No dice nada. Me mira desde el final del pasillo, con el ruido del mar de fondo entrando por la ventana abierta, y espera.
Espera. Eso es lo que hace. No me llama. No viene. No dice mi nombre. Se queda en su puerta y espera, y deja que el pasillo entero, los ocho metros de barro cocido, sean míos. Que sea yo la que los ande. Que sea idea mía.
Tardaré mucho en entender que eso también es una forma de pedir.
Pero esa noche no lo entiendo. Esa noche solo sé que llevo cinco meses mirando a este hombre desde la otra punta de una sala, y que me ha dicho que no me va a mentir nunca, y que me ha puesto su chaquetón en la orilla,
y que tengo el pelo todavía húmedo de sal y la piel todavía fría del agua de una tormenta que pasó hace cuatro días a dos mil kilómetros.
Guardo la tarjeta de la doce en el bolsillo.
Ando el pasillo.
Cuando llego a su puerta, él no se aparta.
Tengo que pasar pegada a él, rozándole el pecho con el hombro, y al pasar noto que respira hondo, una sola vez, como quien va a meterse en el agua fría.
Cierra la puerta detrás de mí sin ruido.
La habitación está a oscuras salvo una lámpara de mesilla, y la ventana está abierta, y el mar se oye más fuerte que en el pasillo, las filas de olas llegando una tras otra, sin prisa, sin parar.
—Nerea —dice. Solo eso. Mi nombre, bajito, como una pregunta que no hace.
Le pongo la mano en el pecho. Noto el corazón, muy rápido, más rápido que el mío, y eso me sorprende tanto que me río, un poco, sin querer, y él también, contra mi pelo.
Y después ya no nos reímos.