Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 11
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La última semana de enero, en Oleaje se deja de dormir.

No es una forma de hablar. El lunes veinte me voy a las once de la noche.

El martes, a las doce y media. El miércoles, a la una y diez, y cuando salgo, en el jardín delantero, entre las dos palmeras, todavía hay luz en la primera planta y en la tercera.

La productora que elegimos, una de Barcelona con un director de Bilbao que rueda en blanco y negro pero que para nosotros va a rodar en color, nos manda cada día un documento nuevo con cambios de plan de rodaje, y cada cambio arrastra otros diez:

si el cumpleaños de la playa se rueda el miércoles en vez del martes, hay que cambiar el hotel, y los billetes de los actores, y el permiso del ayuntamiento de Teguise, y el catering, y a veces Diego se levanta de la silla, se va al baño de la segunda planta y vuelve con la cara mojada.

Yo no tengo un trabajo fijo esa semana. Tengo todos.

Hago de puente entre Maite y la productora para el vestuario, porque Maite no soporta a la estilista de Barcelona y la estilista de Barcelona no soporta a Maite.

Reviso las fichas de los cuarenta chicos y chicas del casting para comprobar que todos tienen más de dieciocho años, porque el pliego lo exige y porque una vez, dice Bea, a otra agencia se le coló uno de diecisiete en un anuncio de cerveza y acabó en los periódicos.

Hago la lista de todo lo que hay que llevar a la isla. Hago la lista de las listas.

Y cada noche, sin que nadie lo haya decidido, los dos últimos en irnos somos Álvaro y yo.

No es a propósito. O no es a propósito al principio.

Él se queda porque es el director creativo y tiene que aprobar cada cambio antes de que lo vea el cliente, y yo me quedo porque soy la que sabe dónde está cada cosa.

A las diez y media, cuando se va Diego, que es siempre el penúltimo, la planta se queda a oscuras salvo nuestras dos lámparas, la mía junto a la ventana y la suya al fondo, en la otra punta, y el neón rosa de la escalera.

No hablamos. Él tiene los cascos puestos.

Yo no. De vez en cuando se levanta y va a la ventana del jardín y se queda mirando la piscina a oscuras, que de noche no es verde sino negra, y vuelve.

El martes, a la una menos cuarto, se quita los cascos y dice desde su mesa, en voz alta, cruzando toda la sala:

—¿Dónde vives?

Me sobresalto.

—En Tetuán.

—Te llevo. Me pilla de camino.

No le pilla de camino. Lo sé porque Diego me ha dicho que Álvaro vive en Aravaca, que es hacia el otro lado, hacia el noroeste, en una casa con jardín.

Tetuán le pilla de camino como a mí Albacete.

Pero son la una menos cuarto y el metro cierra a la una y media y el taxi de la agencia se lo han recortado a los de prácticas desde enero, y digo:

—Vale.

Tiene un coche viejo. No me lo espero. Me esperaba algo negro y alemán, de los que salen en los anuncios que hacemos, y es un Volvo familiar de color verde oscuro, de hace quince años por lo menos,

con la tapicería de los asientos de atrás cubierta de pelos de perro y una sillita de bebé vacía en el asiento de atrás, del lado derecho.

Miro la sillita. No digo nada.

—Es de mi sobrina —dice él, que ha visto que la miro—. Mi hermana me la deja cuando se la llevo al parque los sábados. Nunca me acuerdo de devolvérsela.

—Ah.

Arranca. No pone la radio. No pone nada. Hay un hueco en el salpicadero donde iba un radiocasete, y ahora hay un cable colgando de él, sin conectar a nada, como una raíz.

Conduce sin prisa por Madrid vacío. Por Almagro, por la glorieta de Bilbao, por Santa Engracia, todo de noche, todo con los semáforos en ámbar parpadeante y las aceras mojadas de un chaparrón que ha caído a las once y que no hemos oído desde dentro.

No habla. Yo tampoco. Y el silencio, que en otro coche sería incómodo, aquí no lo es.

Aquí es otra cosa. Es como estar dentro del agua con los oídos tapados, donde todo llega de lejos y amortiguado, y lo único que se oye es la propia respiración.

En un semáforo de Cuatro Caminos, en rojo, sin coches a los lados, dice:

—No pongo nunca música.

—Ya lo veo.

—Me paso el día escuchando música. Para los anuncios. Para los montajes. Doscientas canciones al día buscando la que va debajo de un plano de tres segundos. —Tiene las dos manos en el volante, arriba, como en la autoescuela—. Cuando me meto en el coche, necesito que no suene nada.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes. —Lo dice sin maldad, casi divertido—. Tienes veinticuatro años. A los veinticuatro, el silencio es algo que se rellena.

El semáforo se pone verde. Arranca.

Pienso en ULTIMO VERANO. En las ochenta y cuatro canciones mal ordenadas que empecé en febrero de hace cinco años estudiando de noche para la EBAU, y que puse en el coche de Lucía, y en el autobús de Murcia, y en los escalones de Santo Stefano con Nacho a las cinco de la mañana,

y que no he puesto ni una vez desde que llegué a Madrid.

Ni una. No me había dado cuenta hasta ahora, en este coche sin música. No sé qué quiere decir.

En Bravo Murillo, a la altura del metro de Tetuán, para en doble fila, con los intermitentes puestos. No apaga el motor.

—Es aquella calle —digo, señalando—. La que baja.

—Aquí está bien. No me meto, que luego no salgo.

—Vale. Gracias.

Me desabrocho el cinturón. Cojo la mochila de entre los pies. Pongo la mano en la manilla de la puerta.

—Nerea.

Me giro.

Álvaro no me mira. Mira hacia delante, por el parabrisas, a la calle, al letrero apagado de una tienda de móviles, a un repartidor en bici que pasa con una caja cuadrada a la espalda. Tiene las manos todavía arriba en el volante.

—Estoy casado —dice.

Lo dice así. Tres palabras. Sin tono. Como quien dice la hora.

No contesto. El intermitente hace clic, clic, clic, como el reloj del IJCD.

—Llevo nueve años casado con Irene. La viste en la cena, creo. —Hace una pausa—. No te lo digo porque haya pasado nada. No ha pasado nada. Te lo digo porque no va a pasar nada sin que lo sepas. Y porque no te voy a mentir nunca. Ni en eso ni en nada.

Se gira. Ahora sí me mira. En la luz naranja de las farolas de Bravo Murillo, con la barba de cinco días y las ojeras de la última semana de enero, tiene una cara que no le he visto nunca: seria, cansada, sin ninguna de las sonrisas que usa en las reuniones. Una cara de verdad.

—Nunca —repite—. Eso es lo único que te puedo prometer. Todo lo demás, no.

No sé qué decir. No sé qué ha pasado. No ha pasado nada. Nadie ha tocado a nadie. Estamos en un Volvo verde en doble fila con una sillita de bebé vacía detrás, y un hombre me acaba de decir que está casado, cosa que yo ya sabía, y que no me va a mentir, cosa que nadie me había dicho nunca.

Aitor nunca me dijo que no me iba a mentir. Aitor nunca me dijo nada. Esperaba. Dejaba que yo creyera. Bruno me dijo «solo un mes, es un lío de papeles». Mi madre me dijo «vuelvo a buscarte». Nadie en mi vida me ha dicho la verdad antes de que yo la necesitara.

—Buenas noches, Álvaro —digo.

—Buenas noches.

Me bajo. Cierro la puerta sin dar portazo. El Volvo verde se va Bravo Murillo abajo, despacio, con el intermitente todavía puesto una manzana entera antes de acordarse de quitarlo.

Subo los cuatro pisos sin pararme en el tercero.

No duermo. Claro que no duermo. Me paso la noche mirando la grieta del techo, la que va desde la lámpara hasta la esquina como un río en un mapa, y pensando que no ha pasado nada.

Que no ha pasado nada. Que lo único que ha hecho un hombre casado es decirme que está casado, y que eso es lo más honesto que me ha dicho un hombre en veinticuatro años, y que no sé por qué la honestidad me ha dejado el corazón así, corriendo, como si en vez de un aviso fuera una invitación.

Algo en mí lo sabe. Algo que tiene veinte años y está sentado en la barra del Salitre, mirando cómo un chico de Valencia le prepara un cóctel con especias. Pero lo dejo ahí, en la barra, y no lo escucho.

·

El jueves, a las cinco de la tarde, me encuentro a Bea en el office de la segunda planta.

El office es un cuarto pequeño con una encimera, un microondas, una nevera que nadie limpia y una ventana alta que da al patio del edificio de al lado.

Bea está sola, de pie, esperando a que el microondas termine de calentar algo que huele a lentejas.

Tiene las gafas en la cabeza. No me mira cuando entro.

Me pongo a lavar mi taza. Es lo único que se me ocurre hacer con las manos.

El microondas hace pip. Bea no lo abre. Se queda mirando la puerta de cristal, con su táper dando vueltas quieto dentro, y dice, sin girarse:

—Te trajo el martes.

No es una pregunta. Me quedo con la taza bajo el grifo.

—Me acercó. Era tarde. No había metro.

—Había metro hasta la una y media.

No contesto. El agua sigue corriendo. Bea abre el microondas, saca el táper, lo deja en la encimera. Busca un tenedor en el cajón. No lo encuentra. Coge una cuchara.

—Aquí todas hemos tenido un Álvaro —dice.

Lo dice mirando las lentejas. Con una voz neutra, profesional, la misma con la que dice «el pliego pesa un treinta por ciento». Me giro. Ella no se gira.

—No sé a qué te refieres.

—Claro que no. —Revuelve las lentejas con la cuchara—. Es lo que decimos todas.

Se calla. Come una cucharada. Mastica. Yo cierro el grifo, porque la taza lleva un minuto limpia.

—¿Tú también? —digo.

No sé de dónde me sale. Me sale solo, como a veces se me escapan las cosas en la barra cuando un cliente es imbécil.

Bea deja la cuchara dentro del táper. Me mira, por fin. Tiene los ojos grises, no me había dado cuenta nunca, grises como el agua del Mar Menor un día de levante, y ahora me miran con algo que no sé leer. No es enfado. No es celos. Es una cosa más vieja y más cansada.

—Algunas lo hemos tenido —dice—. Y otras lo hemos sido.

Coge el táper con las dos manos, como quien lleva algo caliente, y sale del office sin decir nada más, y la oigo bajar la escalera hacia la primera planta con paso firme, sin prisa, y la puerta de la sala abrirse y cerrarse.

Me quedo sola con la taza limpia en la mano. En el patio del edificio de al lado, alguien ha tendido una sábana blanca en una cuerda, en pleno enero, y se mueve con el aire como una vela.

No sé qué ha querido decir. Me lo repito toda la tarde.

Algunas lo hemos tenido. Y otras lo hemos sido.

No sé si es un aviso o una amenaza o una confesión.

No sé si lo ha dicho para protegerme o para marcar un territorio.

Y a las nueve de la noche, cuando Diego se va y la planta se queda a oscuras salvo mi lámpara y la del fondo, sigo sin saberlo.

Álvaro se quita los cascos a las once y diez.

—¿Te llevo?

Miro la mesa de Bea, vacía, con la silla metida debajo y las gafas olvidadas encima del teclado.

—No —digo—. Hoy cojo el metro.

Él asiente. No insiste. Se vuelve a poner los cascos.

Y yo cojo el metro, y en el metro, sin saber por qué, me pongo los auriculares y busco ULTIMO VERANO, y le doy al aleatorio, y la primera que sale es una de Quevedo que me ponía en el autobús de Murcia a los veinte, y me la escucho entera, dos veces, con los ojos cerrados, hasta Tetuán.