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En enero, en publicidad, todo el mundo tiene prisa por algo que todavía no existe.
El tratamiento se entrega el siete a las nueve y dos minutos de la mañana, y el ocho ya estamos en preproducción, que es una palabra que en Oleaje se dice con el mismo tono con el que en el Salitre se decía «se ha roto la cámara de hielo».
Preproducción quiere decir buscar productora, director, casting, localizaciones, fechas, vestuario, permisos, seguros, catering, y hacerlo todo a la vez, en tres semanas, con un presupuesto que Diego repasa cada mañana con la cara de alguien que cuenta los días que le quedan a un enfermo.
El rodaje será en Lanzarote, del cuatro al seis de febrero.
Lo decidió Álvaro en una reunión de diez minutos: los tres spots pasan en verano, en bares con terraza, en autobuses con las ventanas abiertas, en un cumpleaños en la playa, y en Madrid en febrero hace cinco grados.
En Canarias, en febrero, es verano rodado en invierno.
Bea preguntó cuánto costaba llevar a un equipo de treinta personas a una isla.
Diego dijo una cifra. Bea miró a Álvaro.
Álvaro miró por la ventana, a la piscina verde.
Nadie dijo nada más, y nos vamos a Lanzarote.
Mi trabajo, esas semanas, es de todo y de nada.
Busco referencias de luz. Hago tablas. Llamo por teléfono a gente que no me conoce para preguntar cosas que no entiendo del todo y apunto las respuestas en una libreta, con el Bic de Román, que ya va por su tercer recambio.
Me siento en las reuniones en la esquina de la mesa y hago lo que me dijo Bea en noviembre: miro.
Y aprendo que en una reunión de preproducción lo importante nunca se dice en la reunión, sino después, en el pasillo, en la esquina de Ramona, en el ascensor.
El lunes trece llegan los reels.
Un reel es un vídeo de dos o tres minutos donde un director de publicidad enseña lo mejor que ha hecho, montado deprisa, con música por debajo, para que una agencia lo contrate.
Las productoras mandan los reels de los directores que tienen en su plantilla, y la agencia elige.
Esta vez hemos pedido cuatro productoras y cada una ha mandado tres directores.
Doce reels. Los vemos en la sala Zahara con las persianas bajadas, a las cuatro de la tarde, Álvaro, Maite, Lucas y yo, con la pantalla grande y unos altavoces que suenan demasiado bien.
El primero es de un director de Barcelona que hace todo a cámara lenta.
El segundo, una directora joven que rueda con móviles, muy de verdad, muy movido, que a Maite le encanta y a Lucas le marea.
El tercero, un señor de sesenta años con treinta años de anuncios de coches a sus espaldas, que Álvaro quita a los veinte segundos sin decir nada.
Así van cayendo. Álvaro no comenta casi.
A veces dice «este no» antes de que acabe.
A veces deja uno entero y al final dice «otra vez», y lo volvemos a ver.
Yo apunto en la libreta los nombres y una palabra al lado de cada uno.
El noveno reel es de una productora de Madrid que se llama Faro, con sede en Arganzuela y un logo de un faro dibujado con una sola línea.
Tiene tres directores. El primero, un chico de treinta que rueda deportes extremos.
El segundo, una directora argentina que solo hace anuncios de comida.
Y el tercero empieza con un plano de una chica de espaldas, en una playa al amanecer, con el pelo al viento, y la música por debajo es un piano muy lento, y la chica se gira hacia la cámara, y sonríe, y funde a negro, y en blanco sobre el negro aparece el nombre del director.
Aitor Belmonte.
No me muevo.
Es lo único que recuerdo después: que no me muevo.
Que tengo el Bic en la mano, apoyado en la libreta, y que no se mueve.
Que el reel sigue, dos minutos, y yo lo veo entero, cada plano, sin perder ni uno, con los ojos abiertos, como quien ve un accidente en la carretera desde el coche y no puede dejar de mirar aunque sepa que no debería.
Un anuncio de un banco con un abuelo y una nieta en un parque.
Uno de una marca de cerveza con un grupo de amigos en una furgoneta.
Uno de una colonia con una pareja en un ascensor.
Y otra vez chicas. Chicas de espaldas. Chicas de perfil, dormidas, con la luz de la mañana en la cara.
Chicas que no saben que las miran, o que hacen como que no lo saben.
Lo reconozco en cada plano. No lo reconozco a él; reconozco su mirada.
La reconozco como reconoces la letra de alguien en un sobre antes de leer el remite: por la forma de inclinarse.
La manera de encuadrar un hombro. La distancia exacta desde la que le gustaba mirar.
Lo aprendí en su casa de Vistabella, en ocho meses, con la cámara entre dos libros que yo no sabía que estaba encendida, y no lo he olvidado.
El reel termina. Otra vez el faro de una sola línea.
—Este tiene buena luz —dice Maite.
—Demasiado bonito —dice Lucas—. Esto es un anuncio de colonia. Todo lo que hace es un anuncio de colonia.
—La luz es buena, Lucas.
—La luz es buena en todos. Por eso no vale para nada.
Álvaro no dice nada. Me mira a mí.
No sé cómo tengo la cara. Me imagino que blanca, porque la noto fría, como si la sangre se hubiera ido a otra parte del cuerpo donde hiciera más falta.
Me imagino que quieta. Me he quedado con el Bic apoyado en la libreta, en la línea donde tendría que escribir el nombre, y no lo he escrito.
Lo miro ahora: Faro — 3. Y un espacio en blanco.
—Ese no —digo.
Mi voz suena normal. O eso creo.
Maite se vuelve hacia mí, sorprendida. No he dicho nada en toda la tarde. No he dicho nada en ninguna tarde de reels. Soy la de prácticas y estoy en la esquina de la mesa y mi trabajo es mirar.
—¿Por qué? —dice—. Tiene muy buena…
—La productora entera —digo—. Faro. Esa no.
Hay un silencio. Lucas me mira con curiosidad, con la cabeza ladeada, como un pájaro. Maite abre la boca para decir algo.
Álvaro coge el mando y le da al siguiente.
—Faro fuera —dice, sin mirarme—. Siguiente.
Y el décimo reel empieza, un director de Bilbao que rueda en blanco y negro, y Maite se gira hacia la pantalla, y Lucas se ríe de algo, y la tarde sigue.
Nadie me pregunta nada. Nadie vuelve a mencionar a Faro en toda la tarde, ni en toda la semana, ni nunca.
Al día siguiente, en la tabla de productoras que manda Diego, Faro ya no aparece, y no hay ninguna nota al margen que diga por qué.
Esa noche, en el metro, con la frente contra la ventanilla, pienso que Álvaro me ha protegido.
Es lo que pienso. Lo pienso con esas palabras, y me gusta pensarlas, y me las repito hasta Tetuán.
Me ha protegido sin preguntar. Ha visto algo en mi cara y ha tachado una productora entera, con doce personas y tres directores, sin pedir una explicación, porque confía en mí.
Como Matteo, que no preguntaba nada que yo no contara.
Como Román, que pregunta una vez y se calla.
Tardaré meses en entender que no es lo mismo.
Que Matteo no preguntaba porque le importaba tanto lo que yo quisiera contar que no quería meterme prisa, y que Álvaro no preguntó porque le daba igual.
Porque Faro no le interesaba, ni el director de las chicas de espaldas, ni lo que ese nombre le hacía a mi cara.
Le interesaba que la reunión siguiera. Le interesaba que la de prácticas no se pusiera a llorar en la sala Zahara con las persianas bajadas.
Le interesaba, a lo mejor, que yo le debiera algo.
Pero eso lo sabré en otoño. En enero, en el metro, con la frente fría contra el cristal, pienso que me ha protegido, y me siento a salvo, y es la primera vez que me siento a salvo en Madrid desde que llegué.
·
Llamo a Román desde el portal, antes de subir. Es jueves y son las diez y media y sé que se habrá acostado ya, pero lo llamo.
—¿Qué pasa? —dice al segundo tono, con la voz ronca.
—Hoy he visto un reel de Aitor.
Hay un silencio largo. Oigo cómo se incorpora en la cama, el crujido del somier.
—Faro —dice.
No es una pregunta.
—¿Lo sabías?
—Hace un año que está en Faro. —Román habla despacio, con cuidado, como quien cruza un río pisando piedras—. Me lo encontré en un rodaje en septiembre. Uno de un banco. Yo era el de las jirafas y él era el director. No me reconoció. O hizo como que no me reconocía.
—¿Y no me lo dijiste?
—No.
—¿Por qué?
Román tarda en contestar.
—Porque acababas de llegar a Madrid —dice—. Y estabas contenta. Y porque no sabía para qué te iba a servir saberlo, salvo para no estar contenta.
Me siento en el primer escalón del portal. Está frío. Por la puerta de cristal se ve la calle, un chico que pasea un perro, una bolsa de plástico que el viento arrastra por la acera.
—Le va bien —digo—. Tiene buena luz.
—Le va bien —dice Román—. Los que son como él siempre tienen buena luz.
No decimos nada durante un rato. Oigo su respiración. Él oye la mía.
—¿Qué has hecho? —pregunta al final.
—He dicho que esa productora no. Y la han quitado. Álvaro la ha quitado sin preguntar.
—¿Sin preguntar nada?
—Nada.
Otro silencio. Más corto.
—Vale —dice Román.
Y no dice nada más. Pero ese vale no es el vale de siempre, el que dice cuando está de acuerdo. Es otro. Es el vale de alguien que deja algo en la mesa para volver a por ello más tarde.
—Vete a dormir, Baresa.
—Vete tú, que te levantas a las cinco.
—A las cuatro y media. Mañana hay un caballo.
—¿Un caballo?
—Un caballo blanco. En la Castellana. A las seis de la mañana. —Suspira—. No preguntes.
Me río. Sin querer, en el portal frío, me río. Él también.
Y subo los cuatro pisos a oscuras, sin encender la luz de la escalera, contando los escalones, y en el tercero me paro, como siempre, a respirar.