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El tratamiento del spot hay que entregarlo el siete de enero. Lo dice un correo de Bea del día diecinueve, con copia a Álvaro y a Maite y a mí, con una sola línea y ninguna despedida: Tratamiento cerrado el 7/1 a primera hora. Que nadie cuente con Reyes.
Nadie cuenta con Reyes. Pero Nochebuena y Navidad sí existen, en teoría, y en Oleaje la oficina cierra del veinticuatro al veintiséis, y los billetes del AVE a Murcia del día veintitrés por la tarde todavía están a cuarenta y dos euros cuando los miro el viernes.
Los miro tres veces. Dejo uno en el carrito. Lo quito. Lo vuelvo a meter.
El sábado por la noche tengo abierto en el portátil el documento del tratamiento, que ya va por la versión nueve, y la página de Renfe en otra pestaña.
El documento dice cosas como luz de tarde, cálida, lateral; el pulgar entra en plano desde abajo; el sonido ambiente cae de golpe, no en fundido.
La página de Renfe dice que quedan pocas plazas.
Cierro la de Renfe.
No es por el trabajo. O no solo. Me digo que es por el trabajo, y es verdad que hay trabajo: Maite quiere que le rehaga las referencias de luz, Álvaro me ha pedido que busque localizaciones de bares que no parezcan bares de anuncio,
y Bea quiere un documento aparte con los riesgos del rodaje que no sé ni por dónde empezar.
Pero podría hacerlo en el camping. Podría hacerlo en la mesa de la recepción, con el portátil enchufado junto a la caja registradora vieja y mi padre haciendo como que no mira por encima de las gafas.
Lo he hecho otras veces. Hice medio trabajo de fin de grado allí.
No es por el trabajo. Es porque si vuelvo, me voy a sentar en el escalón de la oficina con mi padre, a las nueve y cinco, sin teléfono en medio, y me va a preguntar qué tal Madrid, y le voy a decir que bien, y él va a asentir, y los dos nos vamos a quedar mirando las parcelas vacías del invierno,
y yo no voy a saber qué contarle.
Porque lo que tengo que contar es una frase en una pizarra que no lleva mi nombre, y un hombre junto a una ventana con niebla, y una mujer que le coloca el cuello del abrigo. Y nada de eso cabe en el escalón.
El domingo veintidós, a las nueve y cinco, me suena el móvil.
—Dime, papá.
—¿Qué tal, hija?
—Bien. —Tomo aire—. Papá, que al final no voy a poder ir.
Hay una pausa. No larga. La depuradora.
—Claro, hija.
—Es que hay que entregar una cosa el siete y…
—Claro. Si es el trabajo, es el trabajo.
—Voy en Semana Santa. O antes. En febrero, a lo mejor.
—Cuando puedas.
Lo dice sin reproche. Eso es lo peor. Si me reprochara algo, podría defenderme.
Podría decirle que él tampoco vino a verme a Murcia más que dos veces en dos años, que él tampoco me contó lo del embargo hasta que se lo sacó Hans, que en esta familia nadie avisa de nada.
Pero no me reprocha nada. Dice «claro, hija» y «cuando puedas», y me deja ahí, sola con mi excusa, como quien le devuelve a alguien un paraguas que no era suyo.
—¿Y tú qué vas a hacer? —le pregunto.
—¿En Nochebuena? Lo de siempre. Chelo me ha dicho que vaya a su casa, que va a estar Lucía con el crío.
—Ve.
—A lo mejor.
No va a ir. Lo sé como sé que mañana sale el sol.
Va a cenar en la recepción, con la tele pequeña encendida en el especial de Nochebuena, un plato de jamón y un trozo de turrón duro, y a las doce va a salir al escalón a fumarse el cigarro que no fuma, y va a mirar el cartel del camping con su ese nueva, y se va a ir a la cama a las doce y cuarto.
—Ve, papá. Dile a Lucía que le mando un beso.
—Se lo digo.
Cuelgo. Dos minutos y cincuenta segundos. Me quedo mirando la pantalla hasta que se apaga sola.
·
El lunes veintitrés, Wafa sale de su cuarto a las once de la mañana, con el pelo mojado y una sudadera de la Complutense, y me encuentra en el sofá con el portátil encima de las piernas y la cara de alguien que lleva desde las siete mirando fotos de bares.
—¿No te ibas a Murcia?
—Al final no.
Wafa me mira. Con esa mirada de tomar el pulso.
—¿Por trabajo?
—Por trabajo.
Asiente. No dice «mentira», esta vez, aunque sé que lo piensa. Se va a la cocina, pone la cafetera, y desde la cocina, de espaldas, con el ruido del agua, dice:
—Mañana te vienes a casa de mi madre.
—¿Qué?
—Mañana. A cenar. A Villaverde.
—Wafa, no hace falta, de verdad, yo…
—No es una pregunta. —Se asoma a la puerta de la cocina con la cafetera en la mano—. Mi madre no me deja volver si se entera de que has pasado el veinticuatro sola en este piso. Y se va a enterar, porque se lo voy a decir yo.
—Pero vosotros no…
Me callo. No sé cómo terminar la frase sin que suene mal. Wafa se ríe.
—¿No celebramos la Navidad? No. —Vuelve a la cocina—. Pero en mi casa se celebra que yo libre un día de fiesta, que pasa una vez cada tres años. Y ese día mi madre cocina para treinta aunque seamos seis. Tú eres la siete.
·
Villaverde está al final de la línea de Cercanías, al sur, donde Madrid deja de parecer Madrid y empieza a parecerse a cualquier otro sitio: bloques de ladrillo de doce plantas, avenidas anchas con rotondas, un polígono industrial con las naves cerradas por las fiestas,
un parque con los columpios mojados.
La casa de la madre de Wafa es un tercero sin ascensor —cómo no— en un bloque de los años setenta con los tendederos en las ventanas y las antenas parabólicas apuntando todas en la misma dirección, como girasoles.
Huele desde el rellano. Huele a comino, a canela, a carne que lleva horas cociéndose a fuego lento con algo dulce.
La madre de Wafa se llama Latifa y es bajita, redonda, con un pañuelo de color berenjena en la cabeza y un delantal con dibujos de limones, y me abraza en la puerta como si me conociera de toda la vida, y me dice algo en árabe que Wafa traduce, poniendo los ojos en blanco, como «estás muy delgada»,
y luego algo en castellano, con mucho acento, que no hace falta traducir:
—Tú come.
Como. Como durante tres horas. Hay un tajín de cordero con ciruelas y almendras que se deshace con mirarlo, y unas pastas de hojaldre rellenas de pollo y canela con azúcar glas por encima, que me parece una locura hasta que lo pruebo, y una ensalada de tomate y pimiento asado,
y pan que Latifa ha hecho por la mañana, y un té con hierbabuena que me sirve el hermano de Wafa desde muy alto, haciendo espuma en el vaso, y que me quema los dedos.
El hermano se llama Karim, tiene treinta y nueve años, es electricista, tiene una furgoneta blanca aparcada abajo con su nombre y un número de teléfono pintados en el costado, y una risa enorme que llena el salón.
Está su mujer, Sara, que es de Leganés y le discute a Latifa cómo se hacen las pastas.
Están sus dos niñas, de siete y cuatro años, que se pasan la cena debajo de la mesa y me atan los cordones de las botas entre ellos.
Y está el padre de Wafa, Driss, que no habla casi nada, que se sienta en la cabecera con una chaqueta de punto y me sirve cordero cada vez que ve el plato vacío, sin preguntar.
Nadie me pregunta a qué me dedico hasta el postre. Y cuando Karim me lo pregunta, con la boca llena de dátiles, y le digo que trabajo en una agencia de publicidad, él dice:
—¿Anuncios? ¿Como los de la tele?
—Como los de la tele.
—¿Y cuál has hecho tú?
—Ninguno todavía. Estamos con uno.
—¿De qué?
Miro a Wafa, que está pelando una naranja para la pequeña. Miro a las niñas debajo de la mesa. Miro a Latifa, que lleva tres horas sin sentarse.
—De que no se pasen por el móvil fotos de la gente sin permiso —digo.
Karim deja de masticar.
—Eso está bien —dice. Y luego, mirando a sus hijas debajo de la mesa, más serio—: Eso está muy bien.
Y nadie pregunta más, y Latifa trae otra bandeja de pastas, y la pequeña se duerme en el sofá con la cabeza en las rodillas de Driss, y Sara pone en la tele un programa de villancicos flamencos a volumen bajo, y yo,
que llevo tres meses en Madrid sin sentarme en una mesa donde nadie hablara de trabajo, descubro que me estoy quedando dormida yo también, sentada, con un vaso de té en la mano, en el salón de una familia que no es la mía y que no celebra la Navidad.
A las doce, cuando en la tele empiezan las campanadas de una iglesia que no sé cuál es, Wafa me da un codazo.
—Llama a tu padre.
—Es Nochebuena, estará…
—Llámalo.
Salgo al rellano. Llamo. Tarda cuatro tonos.
—¿Hija?
De fondo no suena la depuradora. Suena una tele. Suena, más lejos, una risa de niño, y una mujer que dice «Lucía, que se te cae», y otra que se ríe. Suena a casa de Chelo.
—Has ido —digo.
—Me ha obligado Chelo. —Se oye que sonríe. Casi nunca se oye—. ¿Tú dónde estás, que hay mucho ruido?
Miro la puerta entreabierta del piso de Latifa. La luz amarilla. El olor a canela en el rellano.
—En casa de una amiga —digo—. Cenando.
—Pues muy bien.
—Feliz Navidad, papá.
—Feliz Navidad, hija.
Y esta vez no cuelgo enseguida. Me quedo en el rellano, con el móvil en la oreja, oyendo la casa de Chelo, a Lucía riéndose, al niño llorar un poco, a alguien pedir que suban la tele. Mi padre tampoco cuelga. No decimos nada. Estamos así un minuto, cada uno en su rellano, oyendo la casa del otro.