Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 8
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La resolución llega el jueves doce de diciembre a las once y cuarenta de la mañana, en un correo de la plataforma de contratación del Estado con un asunto de doce palabras que no dice nada, y yo me entero antes de abrirlo porque Diego se levanta de la silla de golpe, con el portátil en las manos,

y grita:

—¡Hostia!

Toda la planta se gira. Diego se queda de pie, rojo, con el portátil abierto contra el pecho como un cuadro, y dice más bajo, ya sin voz:

—Que lo tenemos.

Lo que pasa después lo recuerdo a trozos, como se recuerdan las bodas.

Recuerdo que alguien pone música en los altavoces de la sala, una canción de Rosalía muy alta, y que Lucas, recuperado de su gripe o de su resaca, se sube a una silla.

Recuerdo que la recepcionista de las uñas, que hoy las lleva rojas con purpurina por la Navidad, sube corriendo la escalera para preguntar qué pasa y se queda a bailar.

Recuerdo a Maite abrazando a todo el que pasa.

Recuerdo a Bea en su mesa, sin levantarse, leyendo el correo por segunda vez con las gafas puestas, y sonriendo con media boca, una sonrisa pequeña, privada, la primera que le veo en tres meses, que se le quita en cuanto nota que la miro.

Y recuerdo a Álvaro, que no está en la planta, que llega veinte minutos después desde la calle, con el abrigo puesto y las mejillas rojas de frío, y la sala entera aplaude al verlo, y él levanta las dos manos como diciendo no, no, parad, y no paran.

Y recuerdo que cruza la sala entre los aplausos, saludando, dando palmadas en hombros, sin pararse con nadie, y que al pasar por mi mesa me mira.

Solo eso. No se para. Me mira un segundo al pasar, con una cara que no le he visto nunca, sin sonrisa, sin nada, como si en esa sala llena de gente que aplaudía hubiera una sola persona que supiera lo mismo que él.

Y sigue andando.

Gonzalo baja a las doce y media. Esta vez nadie teclea más fuerte, porque nadie está tecleando. Se para en el centro de la sala con las manos en los bolsillos del traje gris y espera a que alguien baje la música. Alguien la baja.

—Buen trabajo —dice. Dos palabras. Luego, con algo que en otra persona sería una sonrisa—: La cena de Navidad corre de mi cuenta.

Y se vuelve a subir. Y la sala estalla otra vez, más fuerte que con el correo, y yo me quedo pensando que en esta empresa una cena gratis vale más que un concurso público, o que a lo mejor es lo mismo dicho de otra manera.

·

La cena es el miércoles dieciocho en un restaurante de Chamberí que se llama como un pueblo de Asturias y que tiene las paredes forradas de madera oscura, las lámparas de latón y las sillas tapizadas de un terciopelo verde que se te pega a las medias.

Nos ponen en un reservado del fondo, en una mesa larga para cuarenta personas, con manteles blancos y tres copas por cabeza, y me siento entre Diego y una chica de producción que se llama Sonia y que no para de hablar de su perro.

No he estado nunca en una cena así. En el Salitre, las cenas de Navidad no existían, porque en diciembre el Salitre estaba cerrado y los que habíamos trabajado allí estábamos repartidos por media España o, en mi caso, en un piso de Murcia llorando por un profesor asociado.

En Bolonia, la cena de Navidad fue una bandeja de pasta en la cocina de la trattoria a las doce de la noche, con Gianni cortando el panettone con un cuchillo de carne.

Esto es otra cosa. Esto es una cena donde los camareros te cambian el plato sin que te des cuenta, donde el vino lo elige alguien que sabe de vino, donde nadie mira la cuenta porque no la va a pagar.

Bebo.

No mucho. O no mucho para lo que bebía a los veinte en La Manga.

Pero bebo un vino blanco con el entrante y un tinto con la carne, y una copa de algo dulce con el postre que me pone Sonia porque dice que hay que probarlo, y cuando llegan los cafés tengo la cara caliente y la sensación de estar dentro de una pecera de agua templada,

donde todo se mueve un poco más despacio y un poco más bonito.

Y miro a Álvaro.

No quiero. O quiero y no quiero. Está en la otra punta de la mesa, al lado de Gonzalo, que se ha ido a los postres, y enfrente de Bea, con la que no habla, y durante toda la cena habla con Lucas y con Maite y con los de arte, y se ríe con la cabeza hacia atrás, y en ningún momento me mira.

En ninguno. Y precisamente por eso lo miro yo, una vez, y otra, y otra, como cuando te dicen que no mires una herida y los ojos se te van solos.

—Te va a gastar —dice Diego, a mi lado, sin mirarme.

—¿Qué?

—Nada. —Me rellena la copa de agua, no la de vino—. Que bebas agua.

Me pongo roja. Lo noto subir desde el cuello. Diego no me mira, está pelando una mandarina del centro de mesa con mucho cuidado, en espiral, sin romper la piel, y cuando termina me da la mitad sin decir nada.

A las doce y media la gente empieza a cambiarse de sitio, como pasa en todas las cenas largas.

Los de producción se juntan en una punta a jugar a algo con servilletas.

Lucas empieza a cantar, pero no rancheras: una copla, de Rocío Jurado, con los ojos cerrados y la mano en el pecho, y un camarero mayor le hace los coros desde la puerta.

Bea se va la primera, a las doce y cuarenta, despidiéndose en general, con la mano levantada, sin besos.

Gonzalo ya se había ido a la una menos cuarto sin despedirse de nadie.

Y en algún momento, no sé cuándo, me encuentro de pie junto a la ventana del reservado, con una copa en la mano que no sé de dónde ha salido, y Álvaro está a mi lado.

No ha venido hacia mí. O no lo parece. Estaba en la ventana cuando llegué, o llegué cuando estaba él. Mira la calle. Hay una niebla fina, de las que no mojan, y las farolas hacen halos amarillos.

—¿Qué tal tu primera cena de Navidad? —dice.

—Bien. Muy bien. —Me oigo la voz más aguda de lo normal y la bajo—. No sabía que se cantaba copla.

—Solo cuando se gana. Cuando se pierde, Lucas canta Nino Bravo.

Me río. Él también, un poco.

—¿Has visto la cara de Inma? —dice—. En el spot. Cuando el pulgar.

Me giro a mirarle.

—¿Tú también la has visto?

—Te vi mirarla. —Sigue con los ojos en la calle—. Y luego la miré yo. Apretó las manos.

—Hasta que se le pusieron blancos los nudillos.

—Hasta que se le pusieron blancos los nudillos —repite—. Ahí supe que lo teníamos. No con las preguntas. Ahí.

Nos quedamos callados. En la calle pasa un taxi libre, con la luz verde, y la niebla se abre detrás de él y se vuelve a cerrar.

—Eso fue tuyo —dice, muy bajo—. Lo que le pasó a Inma en las manos. Eso fue tuyo, Nerea.

No contesto. No me sale. Tengo la copa en la mano y la cara caliente y el corazón haciendo algo que no le he mandado hacer, y estoy a cuarenta centímetros de un hombre de treinta y ocho años que huele a vino y a una colonia de madera, y que me está diciendo, en voz baja,

junto a una ventana con niebla, lo único que yo quería que me dijera alguien desde el diecisiete de octubre.

Y en ese momento le suena el móvil.

Lo saca. Mira la pantalla. Algo le cambia en los hombros, muy poco, como cuando alguien se pone la chaqueta sin ponérsela.

—Me vienen a buscar —dice.

Y se va a despedirse de los de producción.

Me quedo en la ventana. No me muevo, porque no sé adónde moverme. Y por eso lo veo.

Un coche para en doble fila delante del restaurante, con los intermitentes puestos. Un coche normal, un monovolumen gris, de los que tienen las familias. Se abre la puerta del conductor. Sale una mujer.

Tiene treinta y muchos. Lleva un abrigo de color camel largo, bufanda de lana gruesa, el pelo castaño suelto hasta los hombros, liso, de los que no necesitan secador.

Deportivas blancas. No es guapa como son guapas las mujeres de los anuncios que hacemos en Oleaje; es guapa de otra manera, de una manera cansada y tranquila, como alguien que ha dormido poco porque ha estado haciendo algo que le importaba.

Se apoya en el coche con los brazos cruzados, por el frío, y mira hacia la puerta del restaurante.

Álvaro sale.

Ella sonríe al verle. No mucho. Una sonrisa de las de todos los días, de las que no se piensan.

Él se acerca con el abrigo abierto, torcido, con el cuello doblado hacia dentro por un lado, como se lo ha puesto con prisa.

Le da un beso rápido en los labios. Y ella, sin decir nada, sin dejar de hablarle de algo, le coloca el cuello del abrigo con las dos manos, lo estira, lo pone derecho, le quita una pelusa del hombro con dos dedos,

como se hace con alguien a quien le has colocado el cuello del abrigo mil veces y sabes que se lo vas a colocar mil veces más.

Luego él da la vuelta al coche. Ella se sube. Arrancan. El intermitente se apaga. La niebla se cierra.

Me doy la vuelta. Diego está a dos metros, con el abrigo ya puesto y el mío en la mano.

—Irene —dice. Solo eso. Como quien lee el nombre de una calle.

Me da mi abrigo.

—Venga —dice—. Te acompaño al metro, que a esta hora ya no hay, pero te acompaño igual.