Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 7
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La sede del IJCD está en un edificio de cristal de ocho plantas en la zona de Nuevos Ministerios, entre un ministerio de verdad y una aseguradora, y tiene la entrada más fea que he visto en mi vida: un vestíbulo de mármol gris con un arco de seguridad, dos vigilantes,

un ficus de plástico y un cartel enrollable con la cara sonriente de una chica con auriculares y la frase Convivir también es digital.

—Esa campaña la hizo la competencia —dice Diego en voz baja, a mi lado, mientras esperamos a que nos den las tarjetas de visitante—. Hace dos años. Costó un dineral.

—¿Y funcionó?

—Nadie lo sabe. Por eso nos piden medirlo todo.

Somos cinco: Bea, Álvaro, Diego, Maite y yo.

Lucas se ha quedado en la agencia con gripe, o con resaca, según a quién preguntes.

Bea lleva el mismo pantalón negro y la misma camisa blanca de siempre, pero hoy la camisa parece planchada con rabia.

Álvaro lleva una americana azul marino que no le he visto nunca, sin corbata, y no lleva nada en las manos: ni portátil, ni carpeta, ni papeles.

Diego carga con una caja de cartón con seis copias encuadernadas de la propuesta, que pesan como un niño de tres años.

Maite lleva el disco duro con los spots en una funda de fieltro, apretado contra el pecho como una reliquia.

Yo llevo el Bic de Román en el bolsillo del abrigo. Nada más. Nadie me ha dicho qué tengo que hacer en la reunión, y cuando se lo pregunté a Bea anoche, a las once, me dijo:

—Estar. Y mirar a Inma. Mirar a Inma todo el rato.

—¿Para qué?

—Para decirme luego qué cara ha puesto cuando no la miraba nadie.

Nos suben en un ascensor lento a la sexta planta, a una sala de reuniones con una mesa ovalada de melamina gris, sillas de oficina de las que tienen ruedas y una ventana que da a otro edificio de cristal, donde se ve a gente trabajando en una sala igual que esta, como en un espejo.

Hay una botella de agua y un vaso de plástico delante de cada silla.

En la pared, un reloj redondo de estación, de los de manecillas, que hace un clic cada segundo.

Me acuerdo del reloj de Bolonia. Este sí va.

El comité son cuatro personas. Un hombre joven de la parte jurídica, con una carpeta llena de pósits de colores.

Una señora de administración que no levanta la vista del portátil.

Un técnico de la directora general, de cincuenta y tantos, que sonríe todo el rato con una sonrisa que no le llega a los ojos. E Inma Vilches.

Inma es igual que en la foto de la web y a la vez no se parece nada.

En la foto parecía seria. En persona no parece seria: parece alguien que ha decidido no gastar ni un gesto que no sea necesario.

Cuarenta y muchos, pelo castaño recogido en una coleta baja, sin maquillaje o con uno que no se nota, un jersey granate de cuello alto, unas gafas de leer colgadas del cuello con un cordón.

Nos da la mano uno a uno, mirándonos a los ojos, diciendo nuestro nombre en voz alta mientras nos la da, como si lo apuntara por dentro.

«Beatriz.» «Álvaro.» «Diego.» «Maite.» Cuando llega a mí, duda un segundo, porque yo no estoy en la lista que tiene delante.

—Nerea Baresa —digo.

—Nerea —repite ella. Y me mira un segundo más de lo que ha mirado a los demás. No sé por qué. A lo mejor porque soy la más joven. A lo mejor porque soy la única que no sabe dónde poner las manos.

Tenemos cuarenta minutos. Lo pone el pliego: cuarenta minutos de presentación, veinte de preguntas, ni uno más, cronometrados con el reloj de estación de la pared.

Empieza Bea. Doce minutos de estrategia, clavados, sin mirar ni una vez sus notas.

Habla de los datos del propio instituto, de la dinámica de la difusión, del segundo antes del reenvío, de los canales donde vive el público de quince a veintinueve años.

Habla bien. Habla como habla Bea, que es como si cada frase fuera un ladrillo y ella supiera dónde va a ir el siguiente.

El técnico de la sonrisa asiente. El de jurídica apunta. Inma no se mueve.

Luego se levanta Álvaro.

No hace nada especial. Eso es lo que más me impresiona, y lo que recordaré durante mucho tiempo, cuando intente hacerlo yo: que no hace nada.

Se pone de pie, rodea la mesa y se sienta en el borde de la ventana, de lado, con una pierna colgando, como si estuviera en la barra de un bar.

Y empieza a hablar en voz baja. Tan baja que los cuatro del comité tienen que inclinarse un poco hacia delante para oírle.

—Todos hemos reenviado algo —dice—. Algo que no era nuestro.

Un audio de un grupo a otro grupo. Una captura.

Una foto de alguien en una fiesta con mala cara.

Lo hemos hecho sin pensar, porque era gracioso, o porque nos parecía que había que verlo, o porque sí.

Y nunca, nunca, nos hemos considerado responsables de nada.

Porque nosotros no lo habíamos hecho. Solo lo habíamos pasado.

Hace una pausa. Mira por la ventana, al edificio de enfrente, a la gente que trabaja en el espejo.

—Esta campaña no va a hablar a las víctimas. Ni a los que graban. Va a hablar a los que pasan las cosas. Que son todos.

Maite le da al botón. En la pantalla, el primer spot. El chico en el bar. El móvil. La flecha. El pulgar quieto. El negro. La frase.

El daño no lo hace quien lo graba. Lo hacen todos los demás.

NO LO REENVÍES.

En letra gorda. Letra de urgencias.

Miro a Inma, como me ha dicho Bea. Todo el rato.

Y durante el spot, cuando todo el mundo mira la pantalla, veo que Inma no la mira.

Mira hacia abajo, a sus manos, que tiene cruzadas encima de la mesa.

Y en el momento del pulgar, en el segundo quieto antes del negro, veo que aprieta los dedos, uno contra otro, hasta que los nudillos se le ponen blancos.

Luego los suelta. Levanta la vista. La cara no ha cambiado.

Álvaro habla veinte minutos más. Los otros dos spots, los carteles, las redes.

Nunca levanta la voz. Nunca se pone de pie del todo.

Cuando termina, sin conclusión, sin «muchas gracias», simplemente se calla y vuelve a su silla, el reloj de estación marca que sobran dos minutos.

Y en esos dos minutos no habla nadie, y se oye el clic de cada segundo.

Las preguntas empiezan por el de jurídica, que pregunta por los derechos de los actores.

Luego la de administración, que pregunta por un desglose del presupuesto que Diego contesta de memoria, con cifras con decimales.

Luego el técnico de la sonrisa, que pregunta si no sería conveniente incluir algún mensaje sobre la ley, sobre las penas, algo que asuste un poco, y Bea contesta que los estudios dicen que el miedo no funciona con ese público, y cita dos estudios, y el técnico sonríe más y apunta algo.

Inma espera hasta el final. Quedan cuatro minutos.

—Una sola pregunta —dice—. ¿Cómo lo van a medir?

Bea se incorpora en la silla. Esto lo esperaba.

—Está desarrollado en el anexo cuatro. Proponemos un sistema de indicadores en tres niveles: exposición, interacción y cambio de actitud, con un estudio antes y después. En exposición, nos comprometemos a un alcance único verificado de…

—Lo he leído —dice Inma, sin levantar la voz—. Le pregunto otra cosa. Le pregunto cómo lo van a medir. No qué número me van a dar.

Hay un silencio.

Bea no se inmuta, o casi. Solo yo, que la miro de lado, veo que se le mueve un músculo de la mandíbula, uno pequeño, el mismo que se le mueve cuando Álvaro habla en las reuniones.

—Con las herramientas de verificación de cada plataforma, cruzadas con un medidor independiente y auditadas al cierre de cada fase —dice—. Alcance único verificado. Todo quedará documentado en el informe final, que firmará nuestra responsable de cuenta.

Inma la mira un momento. Luego asiente, una vez, y cierra su carpeta.

—Gracias —dice—. Les comunicaremos la resolución en diciembre.

Y se acabó.

·

En la calle, al salir, Bea se va en un taxi con Álvaro, porque tienen otra reunión, sin decirnos si ha ido bien o mal. Maite se va a una cita con su novia. Diego y yo nos quedamos en la acera de la Castellana, con la caja de cartón vacía y un viento de noviembre que corta.

—¿Una caña? —dice Diego.

—Son las doce y media.

—Es martes. Hemos presentado un concurso público. —Levanta la caja—. Y yo he cargado con esto desde Zurbano.

Nos metemos en un bar de los de toda la vida, a dos calles, con la barra de aluminio, un televisor con las noticias sin sonido y un camarero que lleva chaleco. Diego pide dos cañas y una ración de oreja sin preguntarme, y cuando lo miro, se ríe.

—Pruébala. Si no te gusta, me la como yo.

Me gusta. No se lo digo, pero me la como.

Diego es fácil. Eso es lo primero que pienso, en la barra, con la caña.

No en el mal sentido: fácil como es fácil nadar en agua salada, que te sostiene sin que hagas nada.

Se ríe de cualquier cosa, y sobre todo de sí mismo.

Me cuenta que en Alzira su familia tiene un campo de naranjos que ya no da dinero pero que su padre se niega a vender, y que todos los inviernos va a recoger naranjas un fin de semana y vuelve con la espalda destrozada y dos cajas que regala en la agencia.

Me cuenta que estudió Económicas porque su madre quería que fuera algo con traje y que acabó en publicidad porque era lo más parecido a un traje en el que también podía reírse.

Me cuenta que lleva tres años en Oleaje y que es el que más tiempo ha durado en su puesto, y que eso no sabe si es bueno o malo.

Yo le cuento el camping. Le cuento a mi padre y la depuradora y los holandeses del nueve.

Le cuento que trabajé un verano en un beach club de La Manga, y él abre mucho los ojos y dice que ese verano él fue a La Manga, con veintidós años, y que estuvo en un sitio que se llamaba Salitre, y que le cobraron catorce euros por un gin tonic, y que se acuerda porque le pareció un robo.

—A lo mejor te lo serví yo —digo.

—Me acordaría.

Lo dice a la caña. Lo deja ahí y sigue con otra cosa.

A la segunda caña, en la tele sin sonido sale un anuncio de una marca de galletas, y Diego lo mira y dice, sin cambiar de tono:

—Lo de la pizarra era tuyo, ¿verdad?

Me quedo con la caña a medio camino.

—¿Qué?

—La frase. Lo de los que reenvían. —Me mira ahora—. Te vi la cara en el Cantábrico. Cuando Álvaro la escribió. Nadie te miraba porque todos miraban la pizarra. Yo te miraba a ti.

No sé qué decir. Me acuerdo de la sala, del rotulador negro, del «hemos llegado a esto». Me acuerdo de que Diego me miró de reojo desde el otro lado de la mesa. Me lo había parecido. No estaba segura.

—Es de todo el equipo —digo.

—Ya. —Diego asiente con una media sonrisa—. Es de todo el equipo.

Y no insiste. Pide otra ración de oreja.

Habla de otra cosa, de la cena de Navidad de la agencia, de que el año pasado Lucas acabó cantando rancheras encima de una mesa.

Y yo me río, y me termino la caña, y en algún momento pienso que es la primera persona en Madrid que me ha dicho en voz alta algo que sabía de mí sin que yo se lo contara, y que no me ha pedido nada a cambio de saberlo.

Al salir, en la puerta del bar, con el viento, le pregunto:

—¿Ha ido bien? Lo de hoy.

Diego lo piensa.

—Álvaro ha estado muy bien. Bea ha estado muy bien. —Se sube el cuello del abrigo—. Pero lo único que ha preguntado Inma de verdad es cómo lo íbamos a medir, y la respuesta ha sido un número.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé. —Se encoge un poco—. Yo solo llevo el presupuesto.