6
En noviembre, Madrid se pone gris de un día para otro, como si alguien hubiera bajado una persiana sobre la ciudad entera, y yo aprendo a trabajar doce horas.
Nadie me lo pide. Eso es lo primero que aprendo.
En Oleaje nadie te dice «quédate», igual que nadie te dice «vete».
La gente simplemente no se va, y tú tampoco, y a las nueve y media de la noche la planta sigue llena de nucas iluminadas por pantallas, y alguien pide sushi para todos a cargo del concurso, y te lo comes en la mesa con los palillos de madera, sin dejar de mirar el documento,
y a las once coges un taxi que te paga la agencia, y en el taxi te sientes importante, y en la cama te sientes vacía, y no sabes cuál de las dos es la verdad.
La idea ha crecido. Ya no es una frase en una pizarra; es una campaña con tres spots, una acción en redes, unos carteles para marquesinas y un plan de medición de veinte páginas que Bea reescribe cada noche.
Los tres spots cuentan lo mismo desde tres sitios: un chico en un bar, una chica en un autobús, un grupo de amigos en un cumpleaños.
Alguien recibe algo. Mira. Duda. El pulgar se queda quieto sobre la flecha.
Y ahí, en ese segundo, la pantalla se funde a negro y aparece la frase de Álvaro, que era la mía, y debajo NO LO REENVÍES, en blanco, en una tipografía gruesa que ha elegido Maite.
El miércoles trece, Maite cambia la tipografía.
Lo hace a las siete de la tarde, sin decírselo a nadie, porque dice que la gruesa grita y que en un tema así no hay que gritar.
Pone una fina, elegante, de revista, con las letras separadas.
Y yo la veo en la pantalla grande de la sala Zahara y siento que me han cambiado algo por dentro, que la frase ya no suena igual, que ahora parece un anuncio de perfume, y paso toda la tarde con un enfado sordo, de estómago, que no sé dónde poner porque no es mi campaña, porque soy la de prácticas,
porque nadie sabe que esa frase la escribí yo a las dos de la mañana con un Bic sin tinta.
Llego a casa a las diez y cuarto con el enfado todavía puesto, como un abrigo mojado.
Tengo el discurso preparado en el metro.
Lo voy a soltar en la cocina, a quien esté, aunque no sea nadie: que no se puede cambiar una tipografía sin preguntar, que la fina no se lee en una marquesina a cuatro metros, que hay cosas que no se tocan.
Wafa está en la cocina.
Está sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta del horno, todavía con el pijama sanitario, las zapatillas blancas de goma puestas, las rodillas dobladas y los brazos encima de las rodillas.
No hay ninguna luz encendida salvo la del extractor, que da una luz amarilla de pecera.
No llora. No hace nada. Mira el suelo, las baldosas de color crema con la junta ennegrecida, como si estuviera contándolas.
Me quedo en la puerta de la cocina con el abrigo mojado del enfado todavía puesto.
—Hola —digo.
—Hola.
No se mueve. Yo tampoco. Luego dejo la mochila en el suelo del pasillo y me siento en el suelo de la cocina, enfrente de ella, con la espalda contra los armarios de abajo. Las baldosas están frías. No hay sitio para las piernas de las dos, así que las pongo de lado.
Estamos así un rato. En el patio, el del tercero tose.
—Se me ha muerto uno —dice Wafa.
No contesto. Espero.
—Cuarenta años. Uno más que mi hermano. —Se mira las manos—.
Ha entrado andando. Andando, Nerea. Con su mujer.
Decía que le dolía el brazo y que seguro que era de la mudanza, que el fin de semana habían subido un sofá a un cuarto sin ascensor.
Se reía. Le he puesto yo la vía. Me ha dicho que tenía las manos frías, que perdonara.
—Hace una pausa larga—. A la media hora estábamos todos encima de él.
El extractor zumba. En algún piso de arriba, alguien pone la lavadora.
—No se ha podido hacer nada —dice—. Eso es lo que se dice. «No se ha podido hacer nada.» Lo he dicho yo, a la mujer, en el pasillo, porque la médica estaba con otro. Lo he dicho yo, porque alguien tenía que decirlo, y ella me ha mirado como si fuera la persona que le había matado al marido.
Me acuerdo de la tipografía fina. Me acuerdo de las letras separadas de revista, del enfado en el metro, del discurso que llevaba preparado. Me acuerdo de que iba a decir «hay cosas que no se tocan».
Y me da tanta vergüenza que tengo que mirar a otra parte.
—Lo siento —digo.
—Ya.
—¿Quieres algo? ¿Una leche?
Wafa levanta la cabeza por primera vez. Tiene las marcas de la mascarilla más rojas que nunca, porque hoy ha estado doce horas seguidas sin quitársela, y los ojos secos. Me mira. Y se ríe. Una risa corta, rota, que le sale sin querer.
—Una leche —dice—. Qué murciana eres.
—¿Qué tiene que ver?
—No sé. Nada. —Se limpia la nariz con la manga—. ¿Y tú qué? ¿Qué tal tu día?
Y aquí sí. Pienso en la tipografía, en Maite, en el perfume. Y me oigo decir:
—Nada. Un día normal.
Wafa me mira. Tiene una forma de mirar que he visto en Jimena y que creo que se aprende en las urgencias, o en las casas donde la madre trabaja de noche: una mirada que te mide, rápida, como se toma el pulso, sin que te enteres.
—Mentira —dice—. Traías cara de pelea.
—Una tontería del trabajo.
—Cuéntamela.
—Es una tontería, Wafa. De verdad. Al lado de lo tuyo…
—Por eso. —Se apoya la cabeza contra la puerta del horno—. Cuéntame una tontería. Llevo desde las ocho de la mañana sin oír ninguna.
Así que se lo cuento. La frase, la pizarra, las dos tipografías.
Y al contarlo en voz alta, en el suelo de una cocina de Tetuán a las diez y media de la noche, delante de alguien que acaba de decirle a una mujer que no se ha podido hacer nada, el enfado se va encogiendo en cada palabra, se va quedando del tamaño que tiene de verdad,
como un jersey de lana en la lavadora caliente.
Cuando llego al final, casi me estoy riendo yo también.
—¿Y tú qué harías? —le pregunto.
Wafa lo piensa en serio. Eso me gusta de ella. No se burla.
—La gorda —dice—. Si la frase es para que alguien no haga algo, que se lea desde lejos. En urgencias los carteles de NO PASAR son gordos. Nadie pone NO PASAR en letra de boda.
Nos reímos las dos. Ella más fuerte que yo, y más rato, hasta que la risa se le cambia de sitio sin avisar y se pone a llorar, sin ruido, con la cabeza contra el horno.
Yo me cambio de lado. Me siento a su lado, en el suelo, con el hombro contra su hombro.
No la abrazo, porque no sé si quiere, y porque me parece que Wafa es de las que se deshacen si las abrazas cuando no toca.
Me quedo al lado. Y así estamos hasta que el extractor se apaga solo, porque tiene un temporizador, y nos quedamos a oscuras, y ninguna de las dos se levanta a encenderlo.
Al día siguiente, en Oleaje, le digo a Maite en la esquina de Ramona, con toda la educación del mundo, que en urgencias los carteles de NO PASAR son gordos.
Maite me mira como si hubiera hablado en húngaro.
Pero el viernes la tipografía vuelve a ser la gruesa, y nadie me dice por qué, y yo no pregunto.
·
El domingo diecisiete, a las nueve y cinco, estoy en el sofá con el portátil encima de las piernas, corrigiendo la versión catorce del plan de medición. Me suena el móvil. Lo cojo al segundo tono.
—Dime, papá.
—¿Qué tal, hija?
—Liada. Con lo del concurso.
—Ah. El concurso.
Lo dice como si le hubiera contado que me presento a un certamen de pintura rápida. Le he explicado tres veces lo que es un concurso público, y las tres ha dicho «ah», y las tres he sabido que se lo imaginaba como los de las fiestas del pueblo, con un jurado de señoras en una mesa plegable.
—¿Y allí? —digo.
—Aquí bien. Tranquilo. Los holandeses se van el martes, que Hans tiene revisión en Utrecht. —Una pausa. La depuradora—. Ha venido Hugo esta mañana.
Dejo de teclear.
—¿Hugo?
—Con los del proyecto. Los de la laguna. Han puesto una boya delante de la playa del camping, a doscientos metros. Una amarilla, grande, con una antena. Dice que mide no sé qué, el oxígeno, la temperatura, cosas del agua. Que manda los datos a un ordenador cada diez minutos.
Me lo imagino. No puedo evitarlo. Hugo con el traje de neopreno y las gafas en la frente, con el pelo mojado, metido en el agua hasta la cintura en noviembre, dando instrucciones a alguien en una barca.
Hugo midiendo el agua, como su abuela Encarnita contaba peces, como hacía a los veinte con el disco de Secchi en la orilla.
Me lo imagino tan bien que casi me pica la piel, del frío.
—Qué bien —digo.
—Está hecho un hombre. —Mi padre lo dice con una admiración que no le he oído usar para casi nadie—. Tiene un contrato con la universidad, con el proyecto. Se ha ido a vivir a Cartagena. Con la novia.
La novia.
Lo sé desde hace casi tres años. Me lo contó él, en un mensaje largo que me llegó en la Nochevieja de Bolonia, debajo del Vecchione ardiendo, y que leí tres veces sin contestar.
Lo sé. No es una noticia. Y aun así la palabra se me queda en el pecho un momento, como cuando tragas un trozo de pan demasiado grande y lo notas bajar.
—Pregunta por ti —dice mi padre.
—¿Sí?
—Que qué tal Madrid. Le he dicho que bien, que trabajas mucho. —Otra pausa—. Te manda recuerdos.
—Dale recuerdos.
—Se los doy.
—Me alegro, papá. De verdad. Me alegro por él.
Y es verdad. A medias, pero es verdad. Me alegro de que Hugo esté hecho un hombre y tenga un contrato y una boya amarilla con una antena y una novia en Cartagena con la que compra las cortinas.
Me alegro de que no esté esperando nada.
Me alegro, sobre todo, de no tener que pensar en qué estaría esperando.
La otra mitad no sé qué es. No la miro.
—Venga, hija. Que te dejo trabajar.
—Hasta el domingo.
—Hasta el domingo.
Cuelgo. Tres minutos y doce segundos. Vuelvo al plan de medición, a la página once, donde Bea ha escrito en rojo ¿esto se puede comprometer? al lado de una cifra de alcance. No lo sé. No sé si eso se puede comprometer. Lo miro un rato y no lo sé.
Wafa sale de su cuarto a las diez, en pijama de verdad, con una manta por encima. Se sienta en la otra punta del sofá y pone los pies debajo de mis piernas, para calentárselos, sin pedir permiso, como si lo hubiera hecho toda la vida. No le digo nada. La dejo.