5
Durante diez días, en Oleaje no se le ocurre nada a nadie.
No es que no se diga nada. Se dice muchísimo.
Se llenan tres pizarras blancas de la sala Zahara con flechas, círculos y palabras en mayúsculas que se borran al día siguiente.
Lucas y Maite presentan catorce rutas creativas en un documento de cuarenta páginas con fotos de chicas mirando el móvil con cara de pena, a contraluz, en habitaciones con guirnaldas de luces.
Álvaro las mira todas, pasando las páginas con el pulgar, sin prisa, y al final cierra el documento y dice:
—Esto es un anuncio de compresas.
Maite se pone roja. Lucas se ríe, porque Lucas se ríe de todo, sobre todo cuando le duele.
Bea trae una investigación de mercado con grupos de discusión de adolescentes de Getafe y de Salamanca.
Diego trae un presupuesto que cambia cada día.
Yo traigo café. Literalmente: el martes de la segunda semana descubro que mi función en el equipo, en la práctica, es bajar a Ramona cada hora y volver con seis tazas en una bandeja de cartón, y que lo hago bien, como me enseñó Saray en el Salitre con tres en una mano,
y que nadie me ha pedido que lo haga.
Dejo de hacerlo el miércoles. Nadie lo nota.
El jueves diecisiete, Bea sale de una llamada con Gonzalo con la cara de haber comido algo en mal estado.
—Mañana a las diez, Cantábrico —dice—. Quiere ver dónde estamos.
—No estamos en ningún sitio —dice Lucas.
—Pues eso le vamos a enseñar.
Álvaro no dice nada. Está de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos, mirando la piscina verde del jardín.
Lleva todo el día así, a ratos. Diego me dijo el martes, en la esquina de Ramona, que eso es buena señal, que cuando Álvaro mira por la ventana es que está cerca, y que cuando se pone a hablar mucho es que está perdido. Hoy no ha dicho casi nada.
A las nueve de la noche se van todos. Yo también. Recojo, bajo la escalera, le digo adiós a la recepcionista de las uñas, que hoy las lleva naranjas, y salgo al jardín delantero, entre las dos palmeras, y me quedo en la verja con la mano en el hierro frío.
Y vuelvo a entrar.
No me lo explico. O sí me lo explico, pero no quiero hacerlo en esas palabras: vuelvo a entrar porque llevo diez días callada en una sala donde se habla de lo único de lo que yo sé más que nadie, y no puedo irme a casa otra noche más con las catorce rayitas en el margen de la libreta.
La planta está a oscuras, salvo el neón de la entrada, que tiñe de rosa la escalera. Me siento en mi mesa y no enciendo la lámpara. Abro la libreta por la página de las rayitas. Las cuento otra vez. Catorce.
Adri mandó el vídeo a un grupo de catorce personas.
Diez minutos después de recibirlo. Lo sé porque me enseñó el móvil en comisaría, con la pantalla hacia mí, con el pulgar temblando.
Los del insti, se llamaba el grupo, y tenía un emoji de una cerveza.
Ninguno de los catorce me conocía. Ninguno.
Y a la semana el vídeo lo había visto media facultad, y el problema no fue Núria, que lo mandó una vez desde una tarjeta francesa para que se supiera quién era Aitor, ni fue Adri, que lo mandó una vez a catorce personas.
El problema fueron los que vinieron detrás.
Los que no eran nadie. Los que no tenían nada contra mí.
Los que lo abrieron un martes en la cola del comedor, pensaron «hostia», y le dieron a la flecha, sin pensarlo más, como quien comparte un meme de gatos.
Escribo.
No escribo bien, al principio. Escribo frases largas y torpes, con demasiados adjetivos, que tacho.
Escribo cómo se siente uno en el tranvía.
Lo tacho. Escribo una escena de un chico que recibe el vídeo en un bar y lo reenvía, y es mala, parece un telefilm, la tacho.
Escribo «¿Y si fuera tu hermana?», y la tacho con tanta fuerza que rompo el papel, porque es exactamente lo que dicen todas las campañas y porque nadie reenvía pensando en su hermana.
Escribo «Tú no lo has grabado. Tú no lo has mandado. Pero…» . La tacho también.
A la una y media tengo tres páginas llenas de rayas y el Bic de Román casi sin tinta. Me levanto, bajo a Ramona a oscuras, le doy al solo. Mientras el café sale, en el silencio del edificio vacío, lo pienso sin buscarlo, como se piensan las cosas buenas, de lado:
El que lo manda es uno. El que lo reenvía somos todos.
Subo corriendo la escalera con el café en la mano, derramándolo. Me siento. Lo escribo.
El daño no lo hace el primero que lo manda. Lo hacen los catorce que lo reenvían.
Y debajo, más grande, con las letras repasadas dos veces:
NO LO REENVÍES.
Lo miro durante mucho rato. Es sencillo.
Es tan sencillo que me da vergüenza, como cuando en un examen la respuesta es demasiado fácil y piensas que tiene trampa.
Tres palabras. Un imperativo. Nada de chicas llorando a contraluz, nada de hermanas.
Un chico, o una chica, cualquiera, con el pulgar encima de una flecha, en el segundo antes. Solo ese segundo.
Arranco la hoja. La doblo en dos. Cruzo la sala a oscuras hasta la mesa del fondo, la de Álvaro, que está llena de papeles, de libros de fotografía abiertos boca abajo, de una taza con restos de algo, y le pego la hoja en la pantalla con un pósit de los suyos,
que saco de un taco amarillo que tiene junto al teclado.
No la firmo.
Me voy a casa a las dos y cuarto. En el taxi, que no me puedo permitir, pienso que he hecho una tontería, que mañana voy a volver antes que nadie a quitarla. En la cama pienso que no, que la dejo. A las cuatro pienso que la quito. Me duermo a las cinco sin haber decidido nada.
Me despierto a las ocho y cuarenta con el móvil vibrando encima de la mesilla.
Álvaro Redondo: ¿A qué hora llegas?
No hay nada más. Ni un saludo, ni un emoji, ni un «buenos días». Contesto «¿A las diez?» con los dedos todavía dormidos, y él contesta en diez segundos:
Álvaro Redondo: Nueve y media. Sala Zahara.
Llego a las nueve y treinta y cuatro, sin ducharme, con el pelo recogido de cualquier manera y la cara de no haber dormido. Él ya está en la sala, solo. Tiene mi hoja encima de la mesa, desdoblada, y al lado un folio suyo, escrito a mano con esa letra pequeña y recta.
—Siéntate —dice.
Me siento.
—¿Los catorce son de verdad?
No me lo espero. Me quedo quieta.
—¿Qué?
—Los catorce. —Pone el dedo encima de la palabra, sin apretar—. No es un número redondo. Nadie pone catorce si se lo inventa. Pondría diez, o cien, o miles. ¿De dónde sale?
Podría contárselo. Aquí, a las nueve y media de la mañana, en una sala vacía con una foto de dunas, a un hombre que ha visto a mi padre en una ventana y ha sabido que era bueno. Lo pienso de verdad. Lo pienso tanto que abro la boca.
—De un caso que leí —digo.
Álvaro me mira. Otra vez ese segundo de más. Otra vez asiente, como si oyera otra cosa distinta de la que digo, y no insiste.
—Vale. —Coge su folio—. Mira.
Ha reescrito mi frase. Dos cambios. Ha tachado «el primero que lo manda» y ha puesto «quien lo graba»; ha tachado «los catorce» y ha puesto «todos los demás».
El daño no lo hace quien lo graba. Lo hacen todos los demás.
Y debajo, igual que yo, sin tocar una letra: NO LO REENVÍES.
Es mejor. Eso es lo peor de todo, lo que más tarde me costará perdonarle, aunque en ese momento no lo sepa: que es mejor. Más general, más duro, más de cartel. Cualquiera puede ser «todos los demás». Solo yo era los catorce.
—Es tuya —dice Álvaro—. Lo sabes, ¿no? Es tuya y es muy buena.
—Gracias.
—No me des las gracias. —Se levanta, coge los dos papeles—. A las diez, en Cantábrico, la voy a presentar yo.
Y así es. A las diez, en la sala del Cantábrico, con su mesa de madera maciza de diez metros, Gonzalo Vergés se sienta en la cabecera con las manos cruzadas y escucha a Bea resumir la estrategia en cuatro minutos, sin interrumpirla.
Luego mira a Álvaro. Y Álvaro, que no ha traído portátil ni presentación ni nada, se levanta, se acerca a la pizarra y escribe con un rotulador negro, en letras grandes, mi frase con sus dos cambios. Y debajo, NO LO REENVÍES.
—Hemos llegado a esto —dice.
Hemos.
Nadie dice nada durante un rato largo. Lucas y Maite se miran entre ellos, desconcertados, porque es la primera vez que la ven. Diego me mira a mí, de reojo, desde el otro lado de la mesa. Bea mira la pizarra con los labios apretados, y veo que le gusta, y veo que le molesta que le guste.
Gonzalo se levanta. Se acerca a la pizarra. La lee dos veces, moviendo un poco los labios, como la gente mayor que lee sin darse cuenta.
—Eso es —dice—. Ya está. Esto se gana.
Y se va.
En el pasillo, cuando salimos, Álvaro se pone a mi lado un momento, sin pararse, en el hueco de la escalera, donde nadie oye. No me mira. Habla hacia delante, bajito, como se habla en misa.
—La idea es tuya —dice—. La venta es mía. Así funciona.
Y baja la escalera.
Me quedo en el rellano. Debería sentirme robada.
Lo sé ahora y lo sabía entonces, en algún sitio.
Pero lo que siento no es eso. Lo que siento, apoyada en la barandilla con el neón rosa por debajo, es algo caliente que me sube desde el estómago, algo parecido a lo que sentía en el Salitre cuando Fran me decía «bien» sin mirarme después de un servicio de doscientos cubiertos:
que alguien que sabe lo que hace me ha tomado en serio.
Que lo que escribí a las dos de la mañana con un Bic sin tinta está en una pizarra del Cantábrico, y el hombre del pelo blanco ha dicho: esto se gana.
Nadie sabe que es mío, salvo él y yo. Y a lo mejor Diego.
Me parece bastante. En octubre de 2030, a los veinticuatro años, con dos meses de contrato, me parece más que bastante.